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Evolución Rota - Capítulo 50

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50: Capítulo 50 50: Capítulo 50 Alejandro se despertó temprano, antes de que saliera el sol.

Sus hombros dolían, rígidos por haber dormido en una posición incómoda en el sofá.

Su estatura imponente y su físico fornido no ayudaban en absoluto; aquel mueble no estaba hecho para alguien como él.

Pero lo había aceptado como castigo voluntario, una forma de evitar más peleas con sus mujeres después de la revelación de la carta de Isabela.

El ambiente aún estaba tenso aunque Laura liderará a las chicas.

Se incorporó con dificultad, estiró los brazos y observó el caos del apartamento.

Las cajas con víveres estaban por todas partes, no había ni un camino libre para caminar.

Suspiró, frotándose la nuca, y se dirigió a la cocina para comenzar a organizar todo.

Mientras terminaba de acomodar la primera tanda de enlatados, Natalia y Luisa salieron de su habitación.

Ambas se veían relajadas con las pijamas suaves que Alejandro les había comprado en uno de sus viajes.

Natalia vestía una camiseta larga que apenas le llegaba al muslo, y Luisa usaba un conjunto con estampados de estrellas.

La atmósfera cambió de inmediato al verlas.

—Buenos días —dijo Natalia con una sonrisa juguetona mientras se acercaba por el costado—.

¿Qué tal tu noche…

solito?

Luisa se le colgó del cuello en un abrazo cálido y agregó con una risita traviesa: —Si te sientes muy solo, podemos dejar que duermas con nosotras, jefe del harem.

Alejandro soltó una carcajada suave, jugando con las coletas de Luisa.

—Dormí mal…

pero si duermo con ustedes, creo que Laura me mandaría a dormir a la camioneta.

Rieron los tres mientras comenzaban a organizar las cajas juntos, trabajando con coordinación.

Alejandro observó cómo el pequeño cuarto se llenaba más y más con las provisiones.

Aunque sabía que tenían comida suficiente —en comparación con muchos—, no podía evitar preocuparse.

Ahora tenía cinco mujeres a su cargo, y no pensaba permitir que pasaran hambre.

Poco después, Laura, Ana e Isabela salieron del cuarto, aún medio dormidas, vistiendo pijamas diminutas y sorprendentemente sexys.

Eran parte de la única ropa que había conseguido durante un viaje, y él no se había quejado…

hasta ese momento.

Sus ojos casi se salieron de las órbitas al verlas, y su corazón se aceleró.

Laura, notando su expresión, sonrió con una satisfacción evidente.

—¿Te gusta lo que ves?

—dijo con voz melosa, disfrutando de la reacción.

—Esto fue totalmente intencional —respondió él con una mezcla de resignación y deseo, intentando no mirar demasiado.

Ana se acercó con una sonrisa traviesa.

—Te lo mereces, por no habernos contado todo desde el principio.

—No me van a dejar vivir esto en paz, ¿cierto?

—Nunca —respondió Laura con un guiño.

—Hablando de cosas más prácticas —interrumpió Alejandro para cambiar de tema—.

Oye, Isabela.

Aún tengo bastante combustible en la camioneta, y no quiero que nadie intente robarla.

¿Sabes de algún lugar donde pueda guardarla?

Isabela miró al techo, pensativa.

Luego, sus ojos se iluminaron.

—Claro…

Este edificio tenía una peluquería en el primer piso.

Según los vecinos del segundo piso, lleva meses cerrada porque los dueños murieron.

—¿Tienes la llave?

—Sí.

Mi abuela era la dueña del edificio.

Cuando falleció, los inquilinos se ofrecieron a cuidarlo por nosotros.

Podemos pedirles la llave.

Laura fue a cambiarse, poniéndose su short negro y una blusa blanca.

Bajó con Alejandro hacia el segundo piso, y, por pura curiosidad, todas las chicas los siguieron.

Al oír la palabra “peluquería”, la intriga pudo más que cualquier tarea.

Isabela tocó suavemente la puerta.

Una mujer de rostro angelical abrió.

Su cabello rubio caía en ondas y sus ojos eran de un dorado tan intenso como los de Natalia y Luisa.

Su belleza era impactante, casi de revista, pero todos notaron de inmediato algo inquietante: su ojo izquierdo estaba hinchado, amoratado.

Camila bajó la mirada con timidez al ver tantas personas en el pasillo.

Isabela, aunque sorprendida, mantuvo una sonrisa cordial para no mencionar nada sobre su ojo.

—Hola, Camila.

Disculpa la molestia…

¿Tienes las llaves del local de abajo?

Camila asintió sin decir palabra.

Entró al apartamento y volvió segundos después con las llaves.

Saludó con voz suave y cerró la puerta rápidamente.

Todos se miraron entre sí.

El silencio era denso.

Ya en el primer piso, mientras Isabela retiraba los candados del garaje, Ana fue la primera en hablar.

—¿Oigan, qué fue eso?

Natalia respondió con voz baja y los ojos apagados por recuerdos oscuros.

—Seguramente su esposo la maltrata.

Por eso no hizo ruido y se encerró tan rápido.

Luisa, al ver la expresión sombría de su madre, le tomó la mano discretamente y le sonrió.

Natalia respondió con una caricia cálida.

—Mi abuela me lo mencionó hace un tiempo —intervino Isabela, quitando el segundo candado—.

El esposo de Camila tenía problemas con el alcohol y solía ser violento.

La policía incluso tuvo que intervenir una vez.

Si no fuera por la llegada de los mutantes, mi abuela los habría echado.

—Esa clase de hombres son basura —dijo Laura con voz firme, cruzándose de brazos.

Ana asintió, imitando su gesto.

Cuando abrieron las puertas del garaje, todos quedaron asombrados.

El salón de belleza estaba en perfecto estado, con diez puestos, tocadores, esmaltes y equipos intactos.

Los ojos de las cinco mujeres se iluminaron como niñas en una tienda de dulces.

Alejandro apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de ser empujado a un lado por el torbellino femenino.

Mientras todas inspeccionaban felices el lugar, Alejandro se sentó frente a un espejo.

Su cabello estaba largo, desordenado; hacía más de tres meses que no lo cortaba.

—Oigan, ¿alguna sabe cortar el cabello?

—preguntó.

Laura y Natalia alzaron la mano.

—¡Yo puedo hacerlo!

—dijo Natalia, entusiasmada.

Mientras ella le cortaba el cabello con cuidado, Laura se encargó de recortar las puntas del resto.

El ambiente era cálido, casi hogareño.

Alejandro se miró al espejo al terminar y sonrió satisfecho.

Se sentía renovado.

Una idea le cruzó la mente.

—Oigan…

ustedes dos tienen talento para esto.

¿Y si convertimos la mitad del garaje en una peluquería?

Tapamos la camioneta con una lona y usamos el resto del espacio para atender personas.

Isabela frunció el ceño.

—No sé…

muchos locales cerraron por los cortes de energía, y ahora nadie gasta en lujos.

Laura se quedó pensativa.

—¿Todavía tienes el panel solar, cierto?

Si solo usamos la máquina de cortar cabello, no debería consumir mucho.

Podríamos ofrecer cortes sencillos a bajo costo.

Las mujeres solo quieren recortes de puntas, y a los hombres les hacen cortes militares.

Entre nosotras cuatro podríamos atender a muchas personas.

Luisa puede ayudarnos a limpiar.

—¿De verdad podemos hacerlo?

—preguntó Ana, emocionada.

—Claro —respondió Alejandro—.

Ustedes pueden con esto.

Las chicas se pusieron manos a la obra.

Subieron esmaltes y champús para uso personal, limpiaron los puestos y guardaron el exceso en la camioneta.

Alejandro la entró al garaje, la cubrió con una lona y dejó sólo una puerta accesible.

Luego subió al techo para instalar el panel solar y garantizar electricidad para la máquina y la nevera.

A mediodía, Alejandro observó desde el techo cómo muchas familias cocinaban en fogones improvisados en las calles o balcones, tras la suspensión del servicio de gas.

Por suerte, ellos aún tenían dos pipas llenas.

Almorzó y salió con su espada a explorar las zonas de caza.

La ciudad, aunque pequeña en comparación con Cali, había quintuplicado su tamaño con los refugiados.

En su caminata hacia el gremio, vio soldados organizando trabajo, entregando pan y agua a los recién llegados.

Las opciones eran pocas.

La mayoría de los refugiados eran mujeres, niños y ancianos.

Las mujeres jóvenes y los niños eran enviados a campos de cultivo custodiados por el ejército.

Los hombres, asignados a la recolección de leña.

Ancianos y mujeres mayores, destinados a fábricas improvisadas donde se producían drones, municiones y proyectiles a un ritmo frenético.

Alejandro se sentía afortunado de ser cazador.

El consumo de carne mutada había evitado una catástrofe alimentaria.

Por eso el gobierno los eximía del servicio militar.

Al llegar al gremio, un fuerte olor a sangre y carne lo recibió.

Aunque el lugar era más pequeño que el de Cali, el caos lo hacía parecer más vivo, saturado por refugiados buscando registrarse.

Alejandro se dirigió a la zona de mapas y anuncios de caza.

Las zonas eran muchas, pero todas estaban patrulladas por soldados, quienes se quedaban con lo que cazaban.

Aun así, los cazadores podían recoger los restos o encontrar sus propias presas.

Sabiendo que necesitaba carne fresca y puntos de experiencia, Alejandro descartó unirse a cualquier grupo.

Sacó su mapa personal y marcó las nuevas áreas abiertas.

Luego se acercó a una joven recepcionista de cabello rojizo y voz dulce para preguntar por los transportes disponibles.

—Cerca de las zonas de caza hay carretilleros asignados —explicó ella—.

Puedes contratarlos directamente.

Salió de inmediato, buscó una zona donde los carretilleros operaban, y acordó el servicio con uno que tenía varios ayudantes.

El hombre pensó al principio que Alejandro era representante de un grupo, pero no supo cómo negarse al ver que se marchaba solo.

Al cruzar por la zona de caza, varios grupos lo miraron con sorna mientras luchaban contra ranas, insectos, ratas y armadillos mutados.

Alejandro los ignoró, adentrándose en la zona quemada y luego en el bosque.

Cuando estuvo fuera de vista, abrió su estado.

Asignó dos de los cuatro puntos de habilidad a esgrima y el punto de atributo a fuerza.

Era la primera vez que alcanzaba 14 puntos en un atributo.

Su cuerpo tembló.

La temperatura subió bruscamente hasta 60 grados.

Mareado, cayó de rodillas, escupiendo vapor por la boca mientras jadeaba.

Al estabilizarse en cuestión de segundos, sus músculos vibraban de pura potencia.

Probó su nueva fuerza: cubrió un puño con aura y golpeó un árbol.

La mitad del tronco estalló y el árbol cayó como si lo hubiera derribado un cañón.

—Mierda…

—susurró, sorprendido.

Entonces escuchó un crujido entre los árboles.

Misión: Nivel D [Matar oso hormiguero azul oscuro] —¿Qué demonios…?

Giró hacia el sonido.

Un enorme oso hormiguero de ojos azul oscuro embistió hacia él.

Alejandro reaccionó al instante.

Corrió fuera del bosque, guiando al animal hacia terreno abierto, tal como había planeado.

Necesitaba matarlo cerca de los carretilleros para poder transportar su cuerpo…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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