Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Evolución Rota - Capítulo 52

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Evolución Rota
  4. Capítulo 52 - 52 Capítulo 52
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

52: Capítulo 52 52: Capítulo 52 Al día siguiente, Alejandro dormía profundamente, envuelto en un sueño cálido y provocador.

En su mente flotaban imágenes de sus tres esposas en pijamas translúcidos, rodeándolo con caricias lentas y miradas ardientes.

Sus cuerpos se curvaban alrededor del suyo, como un edén sensual en medio del fin del mundo.

Pero la fantasía se desvaneció abruptamente cuando una figura ligera trepó sobre él, revolviendo su cabello con dedos diminutos y juguetones.

—Buenos días, dormilón —canturreó Luisa con una sonrisa traviesa, enredando su dedito en el mechón más rebelde.

Alejandro abrió los ojos con lentitud, aún entre sueños, y la abrazó con ternura, despeinándola aún más.

—Buenos días, pequeña.

¿No crees que es muy temprano para hacer travesuras?

—¡Obvio que no!

—replicó ella, estirándole las mejillas como si fueran plastilina—.

Mi mamá ya hizo el desayuno.

¡Despierta, jefe del harem, o me comeré tu parte!

—Y si te comes mi parte…

—bromeó él, mordiéndole suavemente la mano— entonces me comeré yo a ti.

Luisa soltó una carcajada cristalina y le devolvió el mordisco, iniciando un juego de mordidas mutuas.

—¡Dejen de morderse y vengan a desayunar!

—gritó Natalia desde la cocina, su voz firme cargada de calor familiar—.

Luisa, ve a despertar a las esposas del jefe, que si no, se nos va el día y no abrimos el negocio.

La niña dio un saltito desde su pecho y salió disparada hacia el cuarto principal, dejando a Alejandro medio dormido y lleno de marcas de amor.

Aún estaba en el sofá, castigado por coquetear demasiado la noche anterior.

Su castigo era cruel: dormir solo.

Con un suspiro resignado, se puso una playera y caminó a la cocina con pasos pesados.

Natalia lo esperaba con una sonrisa, sirviéndole el desayuno mientras le acomodaba el cabello como quien cuida una planta delicada.

Ella se había vuelto una figura indispensable.

Al principio, temía ser una intrusa, pero las demás la habían acogido con cariño.

Y Alejandro… él era todo lo que su exmarido no fue: protector, generoso, constante.

Por primera vez, sentía que formaba parte de algo real.

Le encantaba molestarlo con cariño cada mañana.

—Oye, jefe —dijo mientras lo veía devorar el desayuno—.

¿Qué vas a hacer hoy?

Ayer trajiste tanta carne que podríamos montar una carnicería.

Laura apareció justo entonces, terminando de peinar el cabello de Alejandro con una naturalidad íntima.

Se sentó a su lado como si ese fuera su lugar por derecho.

—Creo que me quedaré en casa esta mañana —respondió él—.

Quiero organizar unas cosas.

Por la tarde, quizá salga con Ana y Luisa.

En ese momento, las tres mujeres salieron del cuarto.

Aún vestían sus pijamas provocadores, una costumbre cruel y deliciosa de venganza: seducirlo sin darle tregua.

Ana, emocionada por escuchar la palabra “salir”, se le colgó del brazo.

—¡¿Vamos a comprar cosas?!

¿Qué vamos a traer?

¿Comida mutada?

¿Más libros?

¿Un dron?

Laura la palmeó suavemente en la cabeza.

—Tranquila, Ana.

Solo irán por provisiones.

Ayuda a Alejandro con las bolsas y cuida de Luisa, ¿sí?

—¡Sííííííí!

—dijo Ana, haciendo un gesto exagerado de emoción.

Laura se giró hacia Alejandro con media sonrisa, aún sentada junto a él.

—Tengo curiosidad.

Eso que vas a organizar en casa…

¿Tiene que ver con la piel y los huesos que trajiste?

—Sí.

Esa piel tiene propiedades de aislación térmica.

Quiero reforzar las cobijas y las carpas.

Me preocupa una posible evacuación.

Prefiero dejar todo esencial listo en la camioneta: comida, abrigo, herramientas… — Lógica pura —intervino Isabela con un bostezo felino, entrando en escena con una pijama negra tan traslúcida que Alejandro tuvo que hacer esfuerzo por no babear.

Aun así, fracasó.

Su mirada se deslizó por su silueta antes de que sus manos la tomaran por la cintura y la sentaran en sus piernas.

La acarició con ternura mientras acababa de comer.

—Escuchen —dijo, bajando la voz a un tono grave—.

Mientras atienden a las mujeres que vienen al local, estén atentas.

Necesito que recopilen información, aunque parezca irrelevante.

—¿Qué clase de información?

—preguntó Natalia, cruzando los brazos con curiosidad.

—Estamos cerca de la zona residencial de los ricos.

Muchas de nuestras clientas podrían ser esposas o hijas de oficiales o miembros del gobierno.

Si algo grave se avecina, ellas lo sabrán primero.

Gánense su confianza.

Si alguna es influyente, ofrézcale algo especial, como un arreglo de uñas o una sesión especial de maquillaje.

Y escuchen bien lo que digan.

—¿Desde cuándo eres espía?

—dijo Isabela, apoyando su cabeza en el hombro de él.

—No es espionaje, es supervivencia —replicó con una sonrisa ladeada—.

Siempre es mejor estar un paso adelante.

La conversación se volvió una ronda de ideas, bromas y planes futuros.

Luego del desayuno, las mujeres se alistaron para abrir el local.

Aunque el dinero que ganaban no era mucho en comparación con lo ganado por alejandro cazando, esa rutina les daba una sensación de normalidad que Alejandro valoraba más que el oro.

Y aunque él traía el sustento más importante, todas entrenaban.

Cada día absorbían un ojo mutado y los fines de semana practicaban tiro.

Él enseñaba esgrima a Ana y a Luisa cada mañana.

Luisa, aunque pequeña, imitaba todo con seriedad.

Como no podía levantar una espada, le había forjado un machete pequeño y resistente.

Tras entrenar, las mandó a bañarse.

Luego, Alejandro reforzó cobijas y carpas con la piel del oso hormiguero mutado, integró huesos a las suelas de los zapatos de todas, incluso en las sandalias.

Empacó herramientas, carpas, cantimploras y artículos de supervivencia en cajas junto a la puerta.

Separó las provisiones: lo que duraría más se fue a la camioneta, lo demás quedó a mano.

Finalmente, el apartamento respiraba amplitud y orden.

Ya limpias y peinadas, Ana y Luisa ayudaron a cargar las cajas al local.

Alejandro se sorprendió al notar la fuerza de Luisa: la carne mutada estaba fortaleciendo su cuerpo discretamente tanto que cargaba una caja repleta de enlatados como si fuera una adulta.

El local estaba repleto de mujeres bien vestidas, todas con aire de tener vidas más cómodas que la media.

Al ver a Alejandro entrar, sus ojos se encendieron.

Su camiseta negra delineaba cada músculo, su piel brillaba con salud.

Parecía un modelo sacado de una portada postapocalíptica.

Cada vez que subía por otra caja, las clientas murmuraban entre ellas, algunas se atrevían a preguntar por él.

Laura, aunque celosa, fingía naturalidad.

—Él es el dueño del edificio —decía, sin pestañear—.

Nos protege.

— Pues deberías presentarnos, me encantaría conocer a un hombre tan guapo.

Las mujeres suspiraban.

La mayoría llevaba meses sin ver hombres jóvenes: todos habían sido reclutados por el ejército y muchos hombres morían a diario en peleas con animales mutados.

la diferencia entre hombres y mujeres a nivel mundial ya era de un 40/60.

Alejandro, ajeno al revuelo, terminó de organizar todo.

Tomó su inseparable katana, una mochila vacía y entregó otras a Ana y Luisa.

Ana ató sus kunais a la falda con emoción infantil.

Alejandro le enseño que nunca debía salir sin un arma.

incluso le dio un cuchillo de supervivencia a Luisa para que lo ocultara debajo de su vestido.

El porte de armas ya no era ilegal y salir de casa sin tener al menos una navaja a la mano era ridículo.

Caminaron por la ciudad.

Aunque las calles estaban tristes y silenciosas, para Luisa era un paseo mágico.

Caminar junto a Ana y Alejandro le devolvía algo de normalidad perdida.

Pasaron primero por una librería, una mujer joven que trataba de ganar algo de dinero atendía el lugar..

Alejandro les compró novelas.

ya que era el único entretenimiento que tenían sin internet.

Luego, en el mercado, canjearon vales por frutas y verduras.

Antes de volver, se detuvieron en un parque de juegos vacío..

El día fue tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Y por eso, precioso.

Ya en casa, Alejandro cocinó.

Antes del anochecer, enseñó a Isabela, Natalia y Luisa a absorber el aura de los ojos mutados.

Las tres estaban fascinadas.

Ana ya dominaba el aura en sus brazos.

Laura podía envolver las manos por breves momentos.

Alejandro era el mejor.

No por fuerza, sino por precisión.

Ese día no hubo monstruos, ni sangre, ni peligro.

Solo paz.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Isaac_JPC Este capitulo tiene dos imagenes si quieres verlas busca en TMO evolución rota o apoyame en patreon donde ya he publicado 100 capitulos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo