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Evolución Rota - Capítulo 54

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54: Capítulo 54 54: Capítulo 54 Alejandro se despertó con el cuerpo algo adolorido.

La noche anterior había sido intensa: su castigo había terminado, y sus esposas lo recibieron con entusiasmo.

Las voces de ellas bañándose juntas llegaban tenues desde el baño.

En su nueva complicidad, solían tener “reuniones privadas” donde hablaban y compartían en intimidad.

Laura, sin que nadie lo declarara oficialmente, se había convertido en la esposa principal.

Isabela y Ana la respetaban, y en privado, la amaban por su calidez y su forma maternal de cuidar a todas.

Al salir del cuarto, vestido y con un gran bostezo, fue recibido por Luisa, que leía una novela en el sofá.

—¡Buenos días, jefe del harem!

—dijo sin apartar los ojos del libro.

Natalia fue la siguiente.

Como cada mañana, le sirvió el desayuno, aunque esta vez su rostro estaba levemente ruborizado y evitaba mirarlo directamente.

Alejandro notó el detalle.

Había escuchado su respiración agitada durante la noche.

Aunque le gustaba Natalia, no haría ningún movimiento sin el consentimiento de sus esposas.

Así que fingió normalidad, agradeció el desayuno y se sentó a comer con naturalidad.

El día transcurrió con calma.

Decidió no salir.

Pasaron la jornada leyendo y descansando juntos, el único entrenamiento que hicieron fue absorber todos los ojos mutados que quedaban Natalia, Isabela y Luisa aún no manifestaban el manejo de su Aura pero sus sentidos se habían mejorado mucho desde que empezaron a hacerlo.

Aunque estaban muy por detrás de Ana y Laura.

Por la noche, con el castigo concluido, Alejandro volvió a dormir en su cama, donde atendió con vigor a sus esposas.

El sonido de su amor llenó el apartamento, libre de inhibiciones.

Natalia dejó durmiendo a su hija y salió de su cuarto en medio de la noche.

no había tenido ninguna intimidad con un hombre desde hace años.

su exesposo no la había tocado desde antes del apocalipsis y su cuerpo reaccionaba solo al escuchar los gemidos de Laura, Isabela y Ana.

Alejandro no tenía piedad con ellas.

sus caderas las castigaban con fuerza y al terminar con una seguía con la otra.

Natalia terminó cayendo ante la lujuria y terminó por tocarse sola en el mueble de la sala mientras se imaginaba estar en medio de ese encuentro.

Al día siguiente, Alejandro cambió su rutina y fue directo al gremio.

El edificio vibraba con actividad: el olor metálico de sangre fresca impregnaba el ambiente, y el sonido constante de carne siendo despiezada y transportada era como una sinfonía industrial.

Grandes bestias eran llevadas y convertidas en recursos para el ejército y el gobierno.

La recepcionista lo recibió con una sonrisa coqueta.

—Buenos días, Alejandro.

Estás más guapo cada vez que vienes.

¿Dormiste bien?

—Lo justo para no tropezar al caminar —respondió él con una sonrisa despreocupada.

—Me alegra.

Oye, tengo una sugerencia para ti.

Necesitan cazadores para proteger los campos de cultivo y las zonas de pastoreo.

Es un buen trabajo.

No es tan peligroso y pagan con lo que se cosecha o cría.

—¿Zonas de pastoreo?

¿Aún existen animales de granja útiles?

—Claro —asintió ella—.

Las vacas se usan solo para leche.

Y los caballos para jalar carretas.

Son demasiado valiosos como para dejarlos sin protección.

Además, mantienen la maleza a raya sin costo alguno.

Parte del pago incluye litros de leche y lo que puedas cazar mientras los cuidas.

Alejandro aceptó.

Tenía curiosidad por esas zonas.

Al llegar, quedó sorprendido: torres de vigilancia con soldados armados como francotiradores bordeaban un mar de praderas.

Las vacas, gigantescas como camiones, y los caballos enormes pasaban con calma.

Muchos eran de rango blanco, pero podía distinguir a varios de rango azul claro.

Su tamaño era imponente.

si la fuerza de una patada de caballo antes de la mutación podría matar a alguien ahora con sus cuerpo colosales llenos de músculos podrían mandarte a volar un kilómetro solo son una patada.

Por suerte eran muy mansos y obedecían a las personas gracias a los miles de años de crianza que tenían sus especies.

Su tarea era sencilla: custodiar al ganado y matar a cualquier mutante que se acercara.

Caminando entre la maleza, notó que las vacas evitaban ciertas zonas.

Al investigar, encontró una rana del tamaño de un perro escondida.

Sin dudarlo, la mató.

Era de rango azul claro.

Se llevó sus ojos y algo de carne, útil para mejorar la resistencia a toxinas.

A lo largo del día, Alejandro mató varias criaturas: ranas y zarigüeyas mutadas, todas de rango azul claro.

Dejó algunos cuerpos intactos atrás.

Los otros cazadores lo observaban con una mezcla de incredulidad y celos.

¿Cómo podía cazar tanto y cargar sin ayuda?

Al atardecer, el ganado fue llevado a hangares protegidos por soldados.

Para el ejército, estas bestias eran más valiosas que las casas de civiles.

Sin leche y transporte, la logística colapsaría y su capacidad de despejar la maleza como si fueran tractores era vital para la ciudad.

De regreso en el gremio, Alejandro recibió su pago: algo de munición y varios litros de leche.

Parecía una mula de carga, transportando más de 150 kilos en carne y botellas.

Al cruzar la ciudad, las miradas eran inevitables.

Algunos lo admiran.

Otros, lo envidiaban.

Las casas en las calles estaban deterioradas.

Paredes agrietadas, calles sucias, sin mantenimiento.

La mayoría de las viviendas eran ocupadas por mujeres solas.

La mayoría de los hombres habían sido reclutados, desaparecidos tras líneas del frente o muertos en combate y los pocos que quedaban eran muy jóvenes o muy viejos.

Cuando llegó al edificio, la peluquería estaba cerrando.

Ana y Luisa limpiaban, y al verlo llegar, lo recibieron con alegría.

Las demás también bajaron a ayudar.

Aunque se mancharon de sangre, subieron todo entre risas y trabajo en equipo.

Algunos vecinos los miraban con ojos llenos de hambre y resentimiento.

La carne fue troceada y refrigerada.

Natalia aprovechó la leche para preparar jugo con la fruta restante.

Ella y Ana salían cada día a cambiar vales por verduras frescas.

En el mercado, muchos las veían como mujeres ricas.

Siempre bien vestidas, con múltiples vales.

La mayoría de las familias apenas tenían uno o dos por día.

En la cocina, Natalia cocinaba mientras Isabela, Laura y Ana ayudaban.

—Voy a hacer una especie de estofado de zarigüeya con especias —dijo Natalia—.

Y usaré la carne de rana para saltearla con las verduras mutadas.

—¡Y yo picaré todo!

—anunció Ana, cuchillo en mano.

—Cuidado, torpe, no te vayas a cortar —rió Isabela.

Laura probaba el aliño de la ensalada.

—Estas frutas mutadas son raras, pero tienen buen sabor.

Mientras tanto, Alejandro se duchaba.

Al salir, Isabela recogió su ropa sucia sin decir palabra.

Estaba empapada en barro y sangre.

Se ofreció a lavarla sin que él lo pidiera.

La cena fue un festín: carne asada de rana, zarigüeya en estofado, y una ensalada vibrante con frutos mutados rojizos y hojas azuladas.

Todos comieron contentos.

su dieta diaria era muy rica en nutrientes.

Gracias a abandonar las comidas chatarras sus cuerpos se veían mucho más sanos.

Aunque endulzaban las bebidas con azúcar que tenían almacenada su dieta era mucho más sana que antes del apocalipsis.

Durante la cena, mientras compartían un estofado caliente y el aroma de la carne recién cocinada llenaba el aire, Alejandro apoyó el vaso de jugo y preguntó: —¿Han oído algo útil entre sus clientas ricas últimamente?

Natalia se limpió los labios con una servilleta y fue la primera en hablar: —Varias de ellas son esposas de altos oficiales.

Hablan sin filtros.

Algunos mencionaron que ciertos generales han perdido el control en zonas fronterizas.

Se rumorea sobre sabotajes internos y disturbios crecientes en los campos de refugiados.

—Una clienta nuestra —intervino Isabela, mientras cortaba un trozo de carne— es hija de un miembro del consejo militar.

Según ella, en varios barrios hay problemas con la distribución de vales.

Hay desabastecimiento, y el desempleo está aumentando.

Dicen que las fábricas ya no tienen cupos para más trabajadores.

Laura bebió un sorbo de agua antes de aportar: —Y también escuchamos chismes sobre peleas entre residentes y refugiados.

Discriminación, ataques, robos.

La tensión se siente en el aire.

Algunas mujeres temen que se desate una revuelta en cualquier momento.

Alejandro asintió, aunque su expresión se mantuvo serena.

Internamente, evaluaba la situación con seriedad.

—Están haciendo un gran trabajo —dijo con tono calmo—.

Sigan ganándose la confianza de las mujeres más influyentes.

Entre más conexiones tengamos, mejor nos podremos preparar para lo que venga.

Hizo una pausa para beber otro trago de jugo.

—Y quiero que pregunten discretamente si han oído algo sobre personas evolucionadas —añadió—.

Si están apareciendo más como yo, el gobierno debe tener información.

Natalia soltó una risa suave.

—¿Acaso estás planeando expandir tu harem con mujeres ricas y evolucionadas, jefe?

Alejandro levantó las manos en señal de defensa.

—Solo si cocinan tan bien como tú —bromeó.

Las miradas de Laura, Ana e Isabela fueron fulminantes.

Todas alzaron una ceja con perfecta sincronía.

Alejandro se aclaró la garganta, algo nervioso.

—Era una broma…

una broma muy mala…

Luisa, que los observaba desde la cocina, no tardó en añadir: —¡Castiguenlo!

¡Que duerma solo esta noche otra vez!

La risa fue general.

Por un instante, todo pareció normal.

Esa noche, Alejandro durmió otra vez solo en el mueble, no había piedad en este cruel mundo.

La energía se apagó como cada noche, y la ciudad quedó sumida en un silencio profundo.

Sin autos, sin bullicio humano, las noches eran tranquilas como en la infancia.

Dormir se sentía natural.

Pleno.

…

Pero mientras Alejandro y su familia disfrutaban de la calma, la realidad en los campos de refugiados era una herida abierta.

A las afueras de la ciudad, donde antes hubo estadios deportivos y centros de eventos, ahora se alzaban hangares improvisados.

Carpas grises se amontonaban como un enjambre doloroso de necesidad.

Más de seis mil personas vivían en esa zona.

Todos desplazados.

Algunos por las criaturas mutadas.

Otros por la pérdida de sus hogares o simplemente por haber nacido en el lugar equivocado.

No había privacidad.

Ni esperanzas.

Durante el día, los refugiados trabajaban jornadas de doce a catorce horas en fábricas militarizadas: ensamblando municiones, reparando botas, clasificando partes de animales mutados.

A cambio, recibían un plato de sopa líquida, un pan duro, con suerte algo de carne a la semana y la promesa de “estabilidad” que nunca llegaba.

María era una de esas mujeres.

Madre de tres hijos, lavaba a mano los uniformes del ejército.

Su esposo había sido reclutado dos meses atrás y no había vuelto.

Ella dormía con los pequeños en una carpa rota, pegada a la reja perimetral del campo.

Esa mañana, su ración fue aún más escasa que de costumbre.

Media taza de sopa.

Un cuarto de pan.

Su hijo menor, Andrés, le tiró la ropa: —Mamá, tengo hambre otra vez.

—Lo sé, amor.

Aguanta un poco.

Tal vez hoy reparten fruta —respondió con una sonrisa fingida, tragando su rabia.

En una esquina del campo, un joven llamado Duván, de apenas dieciséis años, había perdido a sus padres durante un traslado forzado.

Su ira era volcánica.

Había escuchado rumores: que los militares llevaban carne para venderla en barrios ricos, que las clientas del gobierno recibían frutas frescas mientras ellos comían desechos.

Esa tarde, con el estómago vacío y las manos llenas de callos, Duván estalló.

—¡Nos tratan como basura!

¡Somos los que mantenemos sus fábricas andando!

¡No somos ciudadanos de segunda!

Los gritos se esparcieron como pólvora.

Los ancianos se levantaron.

Las mujeres alzaron ollas vacías y las golpearon como tambores de guerra.

Los adolescentes, muchos apenas con ropa, comenzaron a empujar y arrojar piedras contra el almacén militar.

Fue el caos.

Los soldados aparecieron con sus máscaras negras y armas cargadas.

Primero dispararon al aire, pero las peleas no paraban y dispararon al suelo.

Después, apuntaron a las piernas.

Duván fue el primero en caer, una bala atravesó por error su por muslo.

María corrió con sus hijos entre gritos, buscando refugio entre las carpas.

Varios fueron heridos.

Otros, arrastrados por los soldados.

El campamento quedó teñido de sangre, barro y desesperación.

Diez minutos después, todo había terminado.

Oficialmente, “nada había pasado”.

Los cuerpos fueron arrojados a la estepa para ser devorados por animales mutantes sin que nadie viera nada, pero el miedo se había esparcido como una niebla espesa.

Esa noche, entre las lonas húmedas y el olor a pólvora, muchas familias lloraron en silencio.

Los más jóvenes soñaban con la huida.

Otros, con venganza.

El odio se alimentaba del hambre.

La chispa ya no solo estaba encendida.

El fuego se estaba gestando bajo la superficie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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