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Evolución Rota - Capítulo 57

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57: Capítulo 57 57: Capítulo 57 El rugido sordo emergió del agua como una amenaza ancestral.

Desde las turbulentas corrientes del río, la criatura surgió, imponente y espantosa.

Era un lagarto del tamaño de una tractomula.

Su piel blanca como el hueso parecía hecha de hielo sólido, un caparazón escamoso que brillaba bajo el sol de la mañana.

Cada paso congelaba el suelo, las piedras, las raíces.

Su aliento era escarcha pura.

Del lomo brotaban crestas puntiagudas, afiladas como cuchillas de hielo.

Los ojos, de un verde claro sobrenatural, destellaban con furia salvaje.

En un instante, se abalanzó sobre un grupo de cazadores.

Una exhalación bastó para cubrirlos con una ola helada.

Quedaron atrapados en esculturas de hielo, sin oportunidad de reaccionar.

Luego, con movimientos lentos y grotescos, el lagarto los devoró uno por uno, torturándolos como si fueran muñecos de trapo.

Los disparos de fusil rebotan en la piel del monstruo, su piel era por completo blindada y ningún arma convencional le hacía daño.

Alejandro observaba desde una caseta de concreto reforzado junto a varios ingenieros y cazadores.

El rostro de los presentes era puro terror.

Los soldados estaban dispersos, a cientos de metros manteniendo los flancos del perímetro.

Los helicópteros y soldados ya habían despejado esa área y nadie esperaba que la amenaza surgiera desde el corazón mismo del río.

—¡¿Vieron eso?!

—gritó un cazador— ¡Estamos muertos!

—¡Es de rango verde claro!

¡No podemos hacerle nada!

Carlos, el fanfarrón de rango A que antes no paraba de hablar, ahora estaba encogido tras una caja de herramientas, pálido.

—¡No saldré a morir por unos vales de carne!

—vociferó otro— ¡Esa cosa nos mata de un respiro Nadie me dijo que existían monstruos así!

Alejandro los miró a todos.

Los soldados cercanos ya estaban muertos o moribundos.

Los ingenieros lo miraban con desesperación.

Sabían que, si el lagarto entraba en el refugio después de matar a los soldados, no quedaría nadie con vida.

—Escuchen —dijo Alejandro, su voz fue como una orden—.

El ejército no llegará a tiempo.

Esa cosa matará a todos los que quedan aquí si no hacemos algo.

Silencio.

—Está bien —continuó—.

Iré solo.

Lo alejaré del campamento.

Pero si no terminan el trabajo mientras lo distraigo…

Su mirada era tan fría como el enemigo afuera.

—…yo mismo los mataré, cobardes.

Abrió la puerta de golpe.

Afuera, el lagarto perseguía a los cinco últimos soldados aún con vida.

Alejandro corrió hacia él, para atacar por la espalda, desenfundó su espada y con un tajo rápido le cortó una de las patas traseras.

El reptil rugió de dolor.

Alejandro se alejó antes de que pudiera atacar.

Su ropa recién mejorada con plumas lo salvó del coletazo por unos pocos centímetros.

La espalda y el pelo de Alejandro estaban cubiertos por una delgada escarcha de hielo, ni siquiera lo había tocado pero fue suficiente para hacerle daño.

la criatura lo miró fijamente y lo persiguió con furia ciega.

Alejandro corrió hacia el bosque, guiándolo lejos del río.

El combate en la selva fue una danza mortal.

Alejandro esquivaba las mordidas del lagarto saltando entre árboles.

El lagarto derribaba todo a su paso, pero sus heridas acumuladas lo volvían más torpe.

Cuando un helicóptero apareció justo enfrente de ellos empezó a disparar contra la bestia, apenas logró herirlo.

El lagarto saltó, mordió al helicóptero que estaba demasiado bajo y lo derribó.

El helicóptero explotó dejando temporalmente ciego al lagarto que se movía desesperado para incorporarse otra vez.

En ese caos, Alejandro saltó entre las ramas y le cortó el cuello.

El tajo fue limpio, pudo sentir como su espada se deslizaba por la carne, pero en lugar de salir un chorro de sangre, la herida se congeló, cubierta por un cristal rojo.

—¿Se regeneró…?

—murmuró Alejandro, con la sangre helada, al ver que la herida se había cerrado y el animal había congelado la salida de sangre para evitar una hemorragia y la mitad de la pata que había cortado estaba creciendo como si nada otra vez.

El monstruo rugió de nuevo.

El estruendo fue tan grande que los oídos sensibles de Alejandro se lastimaron.

Sus ojos se fijaron en él y comenzó otra persecución.

Alejandro corrió hasta el río, saltó sobre las rocas y cruzó al otro lado.

El lagarto lo siguió, pero al caer al agua comenzó a congelarse a sí mismo.

Su propio poder lo atrapaba como si estuviera fuera de control.

Alejandro aprovechó.

Subió sobre su hocico y le cortó ambos ojos.

el reptil giró abruptamente por el dolor y ambos fueron arrastrados por la corriente.

En una orilla despejada, salieron, maltrechos.

Alejandro estaba cubierto de escarcha aunque solo había tocado al lagarto por unos pocos segundos.

Sus botas y espada estaban congeladas.

Se golpeó contra una roca para liberar el hielo de no ser por el efecto de aislación térmica de las plumas que tenía en su ropa había perdido una pierna.

La criatura, ciega y desorientada, se arrastraba.

Alejandro reunió su última energía, cubrió su cuerpo con aura, y se lanzó para dar un tajo certero.

La mitad de la cabeza del lagarto cayó al suelo cuando cortó parte de la columna vertebral y Alejandro cayó en el suelo al otro lado, había hecho lo posible por no tocar la piel del animal y aun así su espada estaba congelada otra vez.

Una pantalla apareció ante sus ojos: Asesinaste: 1 Lagarto helado / Rareza: verde claro / + 800 EXP Misión Completa: Nivel D [matar al Lagarto helado] Evaluación de la misión: ¡Buena!

+ 200 EXP Recompensa Básica + 800 EXP —¿Sólo eso…?

—jadeó Alejandro, exhausto—.

Estoy en 8200 de 18000 puntos de experiencia… a este ritmo jamás subiré de nivel.

Cayó sentado en la arena.

La pelea solo había durado unos minutos, pero en ese poco tiempo recorrió un gran terreno y saltó varias veces entre las ramas de los árboles, su energía se había drenado por la intensa velocidad del combate y su ropa estaba mojada y congelada, además tenía moretones de golpes por todas partes después de golpearse contra varias rocas en el río.

Un helicóptero lo encontró, dio varias vueltas y descendió.

Soldados asaltaron con armas al hombro, pero al ver el cadáver y a Alejandro de pie, se detuvieron, incrédulos.

—¡¿Tú mataste esa cosa?!

—preguntó uno.

—Santo cielo… —dijo otro—.

No lo puedo creer.

—¿Puedo llevarme carne y piel?

—preguntó Alejandro, sin ceremonias en medio de sus jadeos por la hipotermia.

—¡Llévate lo que quieras!

—dijo el sargento—.

Por esa hazaña, te daríamos hasta el helicóptero si nos lo pides.

Los soldados lo ayudaron.

Cien kilos de carne y una placa sólida de piel.

Subieron todo al helicóptero y sobrevolaron el bosque mutado, custodiando la caravana de regreso a la ciudad, Alejandro pasó todo el viaje descansando.

Horas después, ya en la ciudad, un mayor del ejército lo esperaba.

—Gracias a ti, pudimos reparar la bocatoma sin más pérdidas —le dijo—.

¿Has considerado unirte al ejército?

Podrías tener un rango oficial.

—Lo siento.

No puedo alejarme de mis mujeres —respondió Alejandro, sin vacilar.

El mayor sonrió con resignación.

Le entregó una carta de recomendación al gremio para subirlo a rango A, además de permitirle canjear vales de comida por carne de rango azul oscuro solo esa vez.

Alejandro recibió los vales y los cambió todos por carne azul oscuro, en el mercado corriente solo podía cambiarlos por carne blanca, así que esa era la mejor oferta que podía tomar.

Al final obtuvo 200 kilos de carne azul oscuro.

y una gran caja de munición para sus armas.

Esa misma tarde, lo dejaron frente a su edificio en un carro blindado.

Los soldados bajaron las cajas de munición y la carne.

Al verlo, las chicas salieron sorprendidas.

—¡¿Qué es todo esto?!

—exclamó Laura—.

¿Por qué el ejército te trae carne y municiones?

—Larga historia… maté un animal verde claro esta mañana.

—¿¡QUÉ!?

—gritó Isabela, sentándose a su lado con asombro—.

¿Y cómo era?

Alejandro les contó todo.

Describió la criatura, su habilidad, cómo regeneraba usando el frío.

Todas lo escuchaban embelesadas.

—¿Qué vas a hacer con la piel?

—preguntó Laura.

—¿La vas a usar para ropa?

—dijo Isabela—.

¿Y si nos congelamos vivos?

—¿Y para tu espada?

—preguntó Ana, emocionada—.

¡Imagínate una espada de hielo!

Alejandro negó con la cabeza.

—No es buena idea.

Necesito conservar carne al cazar.

Si congelo todo lo que toco… se vuelve inútil.

Natalia intervino: —Tienes varias espadas guardadas.

¿Por qué no mejoras una solo para casos extremos?

—Buena idea —asintió Alejandro—.

Ana, Luisa… tráiganme una espada del almacén.

Ana apareció con una espada azul.

—Esta es la más bonita para usarla con poderes de hielo—dijo con orgullo.

Alejandro usó su habilidad y fusionó la piel con la hoja.

probó la hoja espada solo tocando una silla del comedor.

Al principio solo una película delgada apareció, Alejandro quiso probar algo y usó su aura solo en la palma de su mano, pero cuando activó el flujo de maná desde su mano, la silla se congeló al instante.

—Impresionante… —murmuró Laura—.

Pero es peligrosa para el uso común.

Todas intentaron romper el hielo, pero era sólido.

Cuando se resignaron, Luisa y Ana jugaron, acercaron la lengua como una broma y… se quedaron pegadas.

—¡AAIIUDAA!

—gritaron las dos.

El resto estalló en carcajadas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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