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Evolución Rota - Capítulo 59

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59: Capítulo 59 59: Capítulo 59 La luz del amanecer se filtraba tímidamente entre los edificios, dibujando sombras alargadas sobre los muros agrietados y descoloridos por los años sin mantenimiento.

Desde el tercer piso de un edificio viejo, Alejandro estaba sentado en posición de loto sobre el suelo frío de la sala.

No se movía.

Respiraba despacio, casi imperceptiblemente, pero su cuerpo irradiaba una vibración intensa y sutil.

Como si su alma se quemara con una llama silenciosa.

Cada inhalación canalizaba el maná desde el ambiente hacia su núcleo, y cada exhalación lo liberaba en forma de aura invisible que recubría su cuerpo poco a poco.

Estaba en medio de un ejercicio profundo de control: expandir su aura hasta cubrirlo por completo sin perder la concentración.

Cerca de él, Ana y Luisa convertían la sala en un campo de juegos.

—¡Prepárate!

—gritó Luisa, lanzando una pelota directamente a la cara de Alejandro.

—¡Telequinesis lista!

—exclamó Ana, haciendo levitar un cojín como proyectil improvisado.

—¡Fallaste otra vez!

—se burló Alejandro, esquivando ambos objetos con un movimiento fluido.

—¡Tú te mueves como una sombra maldita!

—gruñó Ana, frustrada pero divertida.

—¡Yo quiero otra ronda!

—intervino Luisa con energía infantil.

Mientras tanto, abajo en la peluquería, el ambiente era radicalmente distinto.

Peines, esmaltes y secadores en mano, Natalia, Laura e Isabela atendían a una fila de mujeres jóvenes, todas de la clase acomodada de la ciudad.

Eran esposas de burócratas, comerciantes bien conectados o militares de mediano rango.

En medio de los chismes flotaban como humo en el aire.

El salón se había vuelto popular, sin internet ni otros lugares para socializar las mujeres encontraron en el salón un espacio en común para hablar de sus chismes y tener reuniones sociales.

—Mi esposo mandó a hacer un búnker en el sótano.

Tiene luz solar artificial, cámaras, y hasta un generador eólico —dijo una clienta rubia, estirando las manos para mostrar sus uñas recién arregladas.

—Bah, el mío consiguió que un ingeniero militar le montara un sistema de ventilación autónomo.

¡Y tenemos alimentos enlatados para cinco años!

—replicó otra, con una sonrisa de superioridad.

—Pero ustedes viven con Alejandro, ¿no?

—preguntó una tercera con una mirada pícara—.

Dicen que es como un dios del combate.

Yo cambiaría todo mi refugio por un hombre así… Isabela soltó una risa y acomodó el cabello de la clienta.

—Él mantiene la nevera llena, corta animales como si fueran papel, y bueno… nos toma a todas como esposas.

Ya se imaginarán cómo es en la cama.

Pero no le digan nada, se pondría insoportable.

Las clientas rieron, pero en sus miradas se mezclaban el deseo y la frustración.

En este nuevo mundo, tener a un hombre fuerte era más valioso que cualquier búnker y la mayoría pasaban sus días solas en casa, sus esposos podían tardar meses en servicio y los que regresaban a diario a casa siempre estaban cansados.

por eso ver a un hombre joven, bien parecido y fuerte, con muchas mujeres era el motivo de chisme de todas las mujeres.

Muy lejos del bullicio y las risas, en lo profundo del subsuelo, algo respiraba.

Un crujido.

Un temblor leve en la tierra.

Un pedazo de concreto colapsando silenciosamente en un túnel olvidado.

Ojos pálidos y sin pupilas se abrieron en la penumbra.

No eran muchos ni fuertes.

Pero si rápidos, escurridizos y tenían hambre.

Topos mutantes.

Criaturas deformes, sin pelo, con cuerpos del tamaño de vacas pequeñas, patas musculosas y garras como cuchillas de acero.

No veían, pero su olfato era tan preciso que podían cazar a un humano bajo tierra con solo sentir sus pasos.

Las primeras víctimas fueron indigentes.

Luego niños.

Después, casas enteras desaparecieron con todos sus habitantes sin dejar rastro.

El ejército actuó.

Quemaron aceite usado y basura en lo profundo de los túneles, esperando que el humo revelara las salidas.

Donde emergía el humo, cavaban y esperaban.

Trampas, fuego, incluso arrojaban granadas dentro de los agujeros.

Y aun así, las criaturas escapaban.

Atacaban desde ángulos nuevos.

Aparecían en zonas distintas.

Cuando el sol empezaba a caer, un vehículo militar blindado recorrió las calles, interrumpiendo todo con sus altavoces: —¡ATENCIÓN!

TOQUE DE QUEDA PARA CIVILES.

NADIE DEBE ESTAR EN LA CALLE DESPUÉS DE LAS 18:00 HORAS.

REPITO: TOQUE DE QUEDA.

PERMANEZCAN EN SUS CASAS.

ES UNA ORDEN DIRECTA DEL MANDO MILITAR.

El vehículo pasó frente a la peluquería.

Las clientas se miraron con nerviosismo.

Natalia cerró las cortinas con un gesto firme.

—Es hora de irse.

Vamos a cerrar.

Una clienta se acercó a Laura antes de salir, hablando en voz baja: —Si algo pasa… pueden venir a mi casa.

Pero quiero que Alejandro también venga.

Si no le molesta, me gustaría ser parte… de su familia.

Laura parpadeó, desconcertada.

Sonrió con cortesía, pero por dentro solo pensaba: Claro.

Ahora todas quieren un cazador como esposo pero antes se burlaban de su estatus.

De vuelta en casa, el entrenamiento con Ana y Luisa continuaba.

Esta vez, Ana usaba su telequinesis para cambiar la trayectoria de los proyectiles en el aire mientras Luisa los lanzaba en ráfagas juguetonas.

Alejandro esquivaba con gracia, sin abrir los ojos.

—¡Ustedes están tratando de matarme, no entrenarme!

—gritó entre risas.

Durante la cena, Natalia sirvió una sopa humeante con carne azul oscuro.

Alejandro aprovechó la calma para dar instrucciones: —Mañana tampoco salimos.

Esto huele a problema grande.

El ejército nunca impone toques de queda por capricho.

—¿Y el trabajo?

—preguntó Isabela con una mueca.

—Las clientas volverán cuando pase todo.

Si están vivas —bromeó Laura con ironía.

Durante los siguientes días, Alejandro entrenó su control de aura cubriendo su cuerpo por completo durante horas.

Luisa se volvió entrenadora oficial de Ana, siempre le propone retos y juegos que la ayudaban a mejorar progresaba lentamente, pero con determinación.

Mientras tanto, Natalia fabricaba tiras de carne seca para emergencias con la carne verde claro, Laura ordenaba el arsenal, e Isabela limpiaba el almacén.

Un día, al abrir los ojos tras una larga sesión de meditación, Alejandro notó que su aura ya no era blanca.

Un resplandor azul claro lo envolvía.

[Control de Aura +1] [Maná +1] —¿Qué…?

¿Subí el maná solo entrenando?

—susurró, sorprendido.

Laura, que lo observaba desde la cocina, frunció el ceño.

—Tu aura…

y tus ojos.

Son azul claro.

Como los de un animal mutado.

Alejandro se levanto para verse en un espero pero al dispersar su aura los ojos regresaron al color negro.

se miró al espejo.

Cuando dispersaba su aura, sus ojos volvían al negro.

Pero con solo concentrarse en activar su aura, el reflejo revelaba un brillo azul claro, casi fluorescente.

—Perfecto.

Lo último que quiero es que me confundan con una bestia —gruñó.

Cuatro días pasaron tranquilos.

Alejandro reforzaba las mochilas, preparaba el carro para una posible evacuación y todos entrenaban.

Hasta que un vehículo militar pasó por la calle con un nuevo anuncio: —¡CIUDADANOS, LA AMENAZA HA SIDO NEUTRALIZADA!

EL TOQUE DE QUEDA HA TERMINADO.

PUEDEN RETOMAR SUS ACTIVIDADES CON PRECAUCIÓN.

EVITEN LOS TÚNELES Y REPORTEN CUALQUIER RUIDO ANORMAL.

Todos en la casa suspiraron de alivio.

Natalia, Laura e Isabela se alistaron para abrir el salón.

No ganarían mucho, pero era una bocanada de normalidad en medio del caos.

—¿Qué vas a hacer hoy?

—preguntó Laura, abrazando a Alejandro.

—Salir con Ana y Luisa.

Necesitamos frutas.

Las mochilas están listas.

—Cuiden bien a la niña.

—dijo Laura, jalando las mejillas de Ana—.

Y tú, nada de poderes en público.

Ni tropezarte.

— ¡Sí, sí, señora general!

— respondió Ana, con una sonrisa nerviosa.

Con mochilas y armas, salieron.

Luisa, pequeña pero fuerte, cargaba una mochila.

Ana llevaba su espada y otra mochila.

Al cruzar varias calles vacías, encontraron enormes agujeros en el suelo.

—¿Un oso cabría ahí…?

—dijo Alejandro.

—¡Debe haber sido un gusano gigante!

—teorizó Ana, con los ojos brillando.

—Mañana le preguntaré al gremio —dijo Alejandro, mientras revisaba el terreno.

Al llegar al mercado, las filas eran largas.

Solo se podía entrar a través de una puerta con vigilancia.

Tras dos horas escogiendo verduras y frutas tuvieron que pasar otras dos horas solo haciendo fila.

al final estaban cargados con las mochilas llenas de verduras y frutas.

Pero justo al salir, un grito cortó el aire.

En medio de la multitud y el bullicio una persona se desplomó en el suelo.

Su rostro era pálido como una hoja de papel y un pequeño agujero del tamaño de una bala se encontraba justo en su cuello.

—¡Esa cosa lo mató!

¡Lo vi en el techo!

¡Una cosa con alas!

Alejandro giró la cabeza.

Y allí estaba.

Un zancudo mutado.

Más grande que una mano humana.

Su abdomen estaba rojo de sangre.

En el suelo, un hombre muerto.

Pálido.

Vacío.

Al comienzo de las mutaciones el gobierno había ordenado fumigaciones masivas y campañas de exterminación de mosquitos temiendo alguna propagación de enfermedades, la población de mosquito había caído y su tamaño era similar a una avispa así que no habían sido un problema antes.

solo una picadura dejaba un moretón y eran tan ruidosos que cualquiera los podía escuchar y matar antes de que te picarán.

pero estos tenían un tamaño mayor y si no te los quitarás de encima rápido podrían dejarte sin sangre en unos segundos.

—Esto… va a ser un problema —murmuró Alejandro, tensando los músculos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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