Evolución Rota - Capítulo 60
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60: Capítulo 60 60: Capítulo 60 La masa humana que colapsó en la salida del mercado fue la chispa de un estallido imprevisible.
Todo ocurrió en segundos: el zumbido del mosquito gigante, el hombre desplomándose, la sangre escurriendo por su cuello, y el grito desgarrador de una mujer que vio cómo moría sin siquiera saber qué había pasado.
La multitud reaccionó con pánico visceral.
Algunos comenzaron a correr hacia las puertas; otros, más desesperados, aprovecharon el caos para tomar comida sin permiso.
Refugiados, desgastados por días de hambre, se lanzaron sobre los stands como lobos hambrientos.
Arrancaban latas, bolsas, verduras, pan…
sus manos temblorosas y ojos hundidos demostraban más hambre que miedo.
Guardias y policías comenzaron a gritar órdenes, pero el desorden crecía como un incendio.
Cuando un disparo erróneo impactó a una madre con un niño en brazos, todo se salió de control.
La escena encendió la rabia contenida de los refugiados.
Varios, armados con cuchillos y herramientas improvisadas, se abalanzaron sobre los uniformados, arrebatándoles las armas.
Un tiroteo estalló.
Caían cuerpos, se quebraban vitrinas, el eco de las balas era constante.
El caos absoluto se apoderó del mercado.
En ese instante, Alejandro, Ana y Luisa salían con sus mochilas repletas.
A pesar del entrenamiento, el peso de los víveres y la cantidad de gente dificultaron el avance.
Luisa se aferró con fuerza a los dos mientras Alejandro y Ana empujaban con decisión a través de la marea humana.
Tropezaron, cayeron, se levantaron… y lograron salir.
—¡No se suelten de mí!
—ordenó Alejandro, arrastrándolas entre gritos y explosiones.
La calle no ofrecía alivio, algunos saqueaban tiendas, otros gritaban “¡no disparen!” con las manos en alto.
Desde el mercado, columnas de humo negro comenzaban a alzarse.
Se escuchaban alarmas y el crepitar del fuego devorando todo a su paso.
Desde una calle lateral, Alejandro alzó la vista y frunció el ceño.
Decenas de mosquitos se alzaban en formación sobre los edificios.
Puntos oscuros, lejanos, invisibles para el ojo humano común, pero claros como el día para él.
No eran aleatorios.
Era una invasión.
—Luisa, Ana.
A casa.
Ahora.
Empezaron a caminar a paso rápido, zigzagueando entre cuerpos y escombros.
En una esquina, una pareja agonizaba.
Tenían la piel blanca, hinchada, como drenados.
Un mosquito aún se alimentaba del cuello del hombre.
Ana se tapó los ojos.
Luisa palideció.
Un mosquito intentó acercarse al grupo, pero Alejandro lo partió en dos sin esfuerzo, eran débiles y lentos para él, sin embargo si alguno lo picara desprevenido sería un final absurdo.
Mientras caminaban, el zumbido de los helicópteros se volvió constante.
Camiones militares blindados pasaban a toda velocidad, y soldados descendían empuñando garrotes y rifles.
Desde altavoces montados en los techos, una voz metálica retumbaba: —¡TOQUE DE QUEDA E INICIO DE LEY MARCIAL!
TODOS EN SUS CASAS ANTES DEL MEDIODÍA.
SE ABRIRÁ FUEGO SIN ADVERTENCIA A QUIEN PERMANESCA AFUERA.
Alejandro apuró el paso.
Guiando a las niñas, se escabulló por rutas secundarias, saltando escombros y evitando calles principales.
Al llegar al edificio, subió las escaleras con las mochilas a cuestas.
Laura lo esperaba en la entrada del salón, despidiendo a las últimas clientas con una sonrisa forzada intentando calmarlas.
Una clienta joven, de cabello castaño claro y ojos verdes, los observó desde la esquina.
Cuando Laura quedó sola, ella regresó rápidamente.
—Perdón… Soy Sara, no sé si recuerdas lo que te dije la última vez antes del primer toque de queda.
Si alguna vez necesitan refugio… Vivo en la zona rica, en una casa con muros altos.
Mi hermano es general del ejército.
Está en Bogotá y no tengo noticias suyas.
Estoy sola, tengo comida y un refugio antiaéreo.
Les dejo la dirección —dijo, entregándole un papel.
Su belleza era desarmante.
Piel clara, rostro fino, labios rosados, y una mirada tímida pero decidida.
Laura la miró con una mezcla de sorpresa y confusión.
—¿Hablas en serio?
Yo… no sabía… —Desde la primera vez que vine, me gustó Alejandro.
No sabía que tenía esposas… y menos que fueran tres.
Me impactó, pero…
me pareció hermoso.
Parecen una familia real en medio de esta pesadilla.
Si algún día me necesitan, quiero que sepan que estoy dispuesta a… hacer lo que sea para ser parte.
Laura tragó saliva.
Se ruborizó.
—Yo… lo pensaré.
No puedo decidir sola.
Pero te buscaré si lo necesitamos.
—Gracias.
No los molestaré más.
Se despidieron con un gesto cordial.
Laura subió lentamente, con el rostro aún confundido.
La relación poligámica no era común… pero se sentía menos sola sabiendo que alguien más la veía como ella.
En casa, Alejandro ya organizaba las provisiones.
Natalia, Isabela y Laura lo rodearon.
—¿Es muy grave?
—preguntó Isabela.
—Sí.
Mosquitos mutados.
Son pequeños, del tamaño de una mano, pero letales.
Los soldados no pueden matarlos fácilmente.
Si te pican, mueres en segundos.
—¿Y aquí estamos seguros?
—dijo Natalia, nerviosa.
—Sí.
Incluso si entran, puedo matarlos.
Pero debemos asegurar las ventanas y tener cuidado cuando abran la puerta.
Ana intervino: —¡Yo también puedo matarlos, solo debo entrenar más!
—Entonces Luisa y yo te entrenaremos —respondió Alejandro con una sonrisa.
Aunque afuera era un caos sentía que podía tener todo bajo control si no entraba en pánico.
Pasaron la tarde en entrenamiento.
Alejandro y Luisa lanzaban pelotas y libros desde distintas direcciones.
Ana debía detenerlos con su telequinesis.
Tras varios intentos fallidos, logró detener dos al mismo tiempo y gritó de felicidad… solo para recibir un cojín en la cara lanzado por Laura.
—¡Señorita creída!
No festejes en medio del combate —rió, burlona.
Esa noche, Alejandro conversaba con Natalia y Luisa.
Mientras tanto, desde la ducha donde se bañaban juntas, Laura, Isabela y Ana tenían una reunión secreta.
—¿Así que esa mujer habló de un refugio con búnker otra vez?
—preguntó Isabela —Sí.
Dijo que su hermano es general y que vive en una zona segura — contestó Laura mientras el agua caía por su cuerpo.
—No sé qué pensar.
es un poco extraño que quiera unirse sin conocernos bien.
—suspiró Isabela.
juntando su cuerpo al de Laura para mojarse también.
Ana intervino — No quiero mujeres desconocidas en el harem.
Si van a unirse, deben convivir con nosotras primero.
Como Natalia.
— dijo enjabonandose.
——¿Y qué opinan de Natalia?
¿Les gustaría que fuera una esposa también?
—preguntó Isabela.
—¿Unir a Natalia al harén?
— preguntó Laura.
mientras enjabona la espalda de Ana.
Ana intervino mientras jugaba con espuma en las tetas de Isabela.— Es una buena persona.
Nos ayuda mucho y cocina muy rico.
Me agrada.
¿Y a ti?
Laura llevó espuma al trasero de Ana mientras hablaba: — Natalia ha sido muy leal, útil y cariñosa… No me desagrada en absoluto.
Isabela tomo el tarro de shampoo y se lo aplicó al cabello de Ana.
— A mí me cae bien.
Si queremos alguien más, primero debería ser Natali.
— … — Además creo que necesitamos un refuerzo en la cama, Alejandro se está poniendo muy intenso y me cuesta caminar en las mañanas — Laura respondió con vergüenza — Creo que está haciendo algo en secreto para tener más aguante.
Cuando Isabela se unió creía que descansaría un poco, pero se puso peor.
— Ana asintió con los ojos cerrados mientras le jugaban el cabello.
— Oigan y ¿si lo mandamos a dormir al mueble dos días a la semana para que nos deje dormir?
— Al final la reunión secreta del harén terminó con varias conclusiones.
primero le propondría a Natalia unirse y a la clienta, la pondrían a prueba, tendría que trabajar con ellas en la peluquería.
además mandarina a Alejandro al mueble si no las deja dormir.
Afuera, la ciudad ardía.
El caos se expandía: disparos, fuego, cadáveres y un festín de mosquitos…
El ejército, superado por la revuelta de los refugiados, apenas lograba contener a los mutantes.
fuera de la ciudad e intentar matar a la plaga de mosquitos con lanzallamas.
Por el contrario, la zona de ricos estaba lejos de todo caos.
en su pequeña mansión silenciosa, Sara se acomodaba frente a una ventana viendo las estrellas.
Sara ya estaba dentro de su casa, era muy cómoda con varias habitaciones.
Su hermano vivía allí con su esposa e hijas, pero al estallar la crisis salió con su familia a Bogotá y le encargó a ella cuidar su casa.
Era una mujer joven de aproximadamente 22 años.
Cabello castaño claro, ligeramente ondulado, largo hasta los hombros.con ojos de color verde brillante, con una mirada suave y serena.
Su piel clara con rasgos faciales finos y labios pequeños bien definidos y rosados.
Emana un aire calmado y tímido.
su personalidad siempre fue serena, estudiaba enfermería antes de la crisis y cuando todo estalló busco refugio en la casa de su hermano.
sin embargo la dejó sola pensando que la crisis se resolvería pronto.
le dejo mucha comida y el ejército le daba vales y dinero por ser familiar de un general, sin embargo sentía que la soledad de la mansión era aterradora, en esa ciudad no conocía a nadie y no tenía noticias de su hermano, si algo pasaba estaba sola y se sentía insegura.
La primera vez que entro por curiosidad a la peluquería.
vio a un hombre guapo cargando una niña.
Le pareció muy atractivo pero supuso que alguna de las trabajadoras de la peluquería sería su esposa, sin embargo su mente casi colapsa por la sorpresa cuando se enteró que tenía 3 esposas y todas Vivían con él.
Al comienzo se ruborizó con las bromas y narraciones de sus esposas presumiendo que era una bestia mutante en la cama.
Para ella él era un hombre misterioso con contrastes diferentes.
Un día lo vio entrar a la casa cargando varios kilos de comida y una espada, allí se enteró que las historias de sus esposas no eran broma, el sujeto era un tipo aterradoramente fuerte.
Además, no era alguien con mal carácter, por el contrario siempre se veía amable cuando salía a jugar con la niña que vivía con él.
En su cabeza su imaginación volaba pensando en unirse a su harem, un día quiso ir a buscar algo de comida en el mercado para ver como era afuera de la zona rica y se dio cuenta que no habían hombres Jóvenes, sólo adolescentes y ancianos.
al pensarlo detenidamente el era un buen partido y si no estaba dispuesta a ser una de sus esposas probablemente terminará casándose con un anciano o viviría soltera toda la vida, sin mencionar que cada vez que había un toque de queda tenía miedo de estar sola.
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