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Evolución Rota - Capítulo 61

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61: Capítulo 61 61: Capítulo 61 El mercado se convirtió en ruinas, antaño era un hervidero de vida, incluso en medio de la crisis y hambruna el suministro de carne mutada y las verduras de tamaño y formas extrañas mantenían repletas las estanterías, pero ahora se alzaba como un escenario de muerte y desolación.

Lo que quedó tras el saqueo y los incendios era un caos irreconocible: techos calcinados, estantes venidos abajo, carne podrida mezclada con cenizas y vidrios rotos.

El aire todavía cargaba el hedor del humo y del metal quemado.

Cuerpos yacían por doquier: adultos, ancianos, niños.

Algunos apenas calcinados, otros hechos pedazos por el fuego o la violencia directa.

Las baldosas estaban manchadas con charcos oscuros de sangre que habían comenzado a coagular, sobre los cuales se reflejaban las llamas tardías que aún ardían en las pilas de cartones y productos plásticos.

La mitad de la ciudad se sumergió en el caos.

Lo que comenzó como un saqueo por la desesperación, se convirtió en una explosión de violencia.

El antiguo campamento de refugiados, levantado como una esperanza provisoria para quienes habían perdido su hogar, fue consumido por el fuego.

Las carpas y tiendas, hechas con lonas delgadas, no resistieron al primer estallido.

Algunas se incendiaron antes de que sus ocupantes pudieran correr.

Otras fueron aplastadas por la estampida humana.

Todavía se veían ganchos y puntales doblados, estructuras enterradas bajo la ceniza.

Pedazos de ropa y documentos esparcidos contaban historias personales truncadas.

Cuando empezaron los enfrentamientos con la policía y el ejército, muchos de los refugiados huyeron del campamento en estampida.

Eran multitudes frágiles con ojos hundidos y estómagos vacíos, aferradas a lo poco que tenían.

Pero la confusión los dispersó.

Algunos se mezclaron en las calles del sector pobre de la ciudad.

Allí, sintiendo que todos les daban la espalda al no abrirles las puertas por miedo, dieron rienda suelta a la rabia contenida.

Entraron a las casas una a una: puertas abiertas con patadas, ventanas forzadas sin respeto.

Allí mataron a los residentes con una brutalidad desesperada.

Un señor mayor que intentó detenerlos sólo recibió un puñetazo en la cara.

Una joven madre fue apuñalada en la cocina por una mujer que gritó “¡Esto es por nuestros hijos muertos por hambre!” Un anciano se negó a entregarse y su verdugo lo estranguló con un cinturón en el pasillo.

Se apropiaron de latas de comida, colchones, cualquier cosa que pudieran cargar.

Con el tiempo, estas casas se convirtieron en refugios improvisados donde los saqueadores se instalaron, inoculando miedo en quienes realmente necesitaban ayuda.

Al segundo día, el ejército cambió las reglas del juego.

Ya no había advertencias.

La orden fue clarísima: disparar a matar sin vacilar.

Los militares organizaron barricadas, interceptando a los refugiados en las calles.

Muchos fueron emboscados: mataron a quienes intentaban huir, incluso a quienes lo hacían con las manos en alto.

El sonido de disparos resonaba como metralla en corredores y plazas.

Soldados apuntaban y disparaban a quemarropa desde vehículos blindados.

Las calles se llenaron de cadáveres abatidos sin posibilidad de huir ni buscar un hospital, los heridos fueron abandonados a su suerte.

Los uniformados encontraron resistencia activa, sí, pero también apuñalamientos defensivos y gritos de gente que sólo pedía pan.

La respuesta militar fue letal.

Cada balazo apagaba una voz.

En medio del caos, surgió otro peligro: bandas de cazadores mercenarios, hombres armados, viejos parias dispuestos a aprovecharse a la madrugada del caos urbano.

Ya no mataban mutantes: secuestraban mujeres.

No era por comida, era por maldad.

Los secuestros ocurrían en pasillos oscuros y rincones.

Una mujer solitaria, dio un grito ahogado, con su cuerpo arrastrado por el suelo.

“Ven conmigo”, decía un cazador con pistola.

Algunas fueron rescatadas por vecinos; muchas otras desaparecieron sin dejar rastro, siendo llevadas a las guaridas de esas pandillas.

El ejército estaba ocupado con incendios y saqueos: no había quien vigilará.

Pero el desorden no acababa allí.

Fuera de la ciudad, los animales mutantes se reagrupan en las fronteras.

El ejército ya no tenía soldados suficientes para dos frentes mientras se escondían de los mosquitos.

Tres días transcurridos desde el toque de queda impuesto.

En buena parte del sector rico y el edificio de Alejandro, no habían llegado los saqueadores pero había señales de caos.

Las ventanas estaban selladas, puertas cerradas, persianas bajadas.

El aire se volvió quieto, casi pesado.

Aunque no había llegado la violencia los mosquitos mutados siguieron activando el pánico.

Nadie se atrevía a salir.

Las ventanas abiertas eran una invitación al horror.

Las calles estaban vacías; en la distancia se escuchaban drones de vigilancia.

Dentro del tercer piso, la vida continuaba, próspera en normalidad.

En contraste brutal con el silencio mortífero del exterior.

Pero en el mismo edificio, en el segundo piso, vivía Camila.

Una joven de cabello rubio corto hasta los hombros, rostro angelical que contrastaba con los moretones que cubrían su cara.

Servía sopa, la limitadísima ración del día: papas, sal, ajo seco.

Lo hacía con calma, temiendo la reacción de su marido.

—La sopa… ya está lista —dijo con voz apagada.

—¿Sopa?

¿Otra vez?

—gruñó un hombre grueso, voz farfullada—.

¿Puede esa mierda durar?

No es suficiente.

El golpe fue brutal.

Camila cayó al suelo sin emitir sonido.

Su vestido estaba lleno de manchas de sangre y sudor.

Abrió los ojos un segundo, apenas.

El puño de él desapareció en el aire.

Sangre brotó del labio partido y del ojo morado.

—No tienes remedio —murmuró él, peleándola con rabia—.

¿Qué clase de esposa eres si no puedes conseguir comida?

El hombre sacó una lata oxidada de frijoles, un pan duro, se lo llevó a la boca con furia.

Luego pateó el cuerpo de Camila derrumbado, que se quedó en el piso, caída, rodeada de sudor y sangre.

Allí quedó: inmóvil, sin fuerzas.

Su marido cerró la puerta con estrépito, dejó la llave girada.

El silencio mortal reinó en el corredor.

Desde el tercer piso del edificio, donde Alejandro y su peculiar familia convivían, la guerra civil del exterior parecía una historia ajena.

Las ventanas seguían selladas.

Nadie se asomaba.

Nadie gritaba.

Sólo se escuchaban, a veces, los chillidos lejanos de los mosquitos mutantes, como si la muerte misma cantará en la oscuridad.

El apartamento, conservaba un calor familiar casi milagroso.

La cocina olía a pan frito con ajo.

Laura y Natalia estaban en una discusión trivial pero apasionada sobre el menú del almuerzo.

—¿Y si hacemos lentejas con zanahoria y un poco de carne de rango verde claro?

—propuso Natalia, removiendo con una cuchara de madera una olla vacía.

—No —respondió Laura sin mirarla—.

Ya hicimos lentejas esta semana.

Además, la carne de rango verde es para las tiras secas, Alejandro dijo que la guardáramos para emergencias hay que usar la azul.

—¿Entonces arroz y vegetales con carne azul otra vez?

Nos van a linchar en esta casa —bromeó Natalia con una sonrisa irónica.

—¿Y tú qué propones, chef estrella?

—Laura la miró con los brazos cruzados.

—Pasta.

Con una salsa que haga milagros con tomate mutado y queso rallado de esa bola rara que trajo Alejandro.

—Hmm…

¿y si le ponemos carne azul clara picada?

—dijo Laura con una chispa en los ojos.

—Trato hecho —Natalia sonrió y chocaron sus palmas.

Mientras tanto, en la sala, Alejandro estaba recostado en la alfombra.

Su cabeza descansaba sobre las piernas de Isabela, quien estaba sentada con las piernas cruzadas, envuelta en una tenue capa de aura traslúcida.

Era delgada, como un velo brillante que cubría desde su cintura hasta los hombros.

Su respiración era lenta, controlada.

Cada segundo parecía sostener un equilibrio frágil entre esfuerzo y dominio.

Finalmente, su energía se agotó.

La capa desapareció con un suspiro sutil, y ella se desplomó sobre la alfombra, dejando su cuerpo como almohada de Alejandro.

—Me siento estancada —murmuró, acariciándole la cabeza con dedos perezosos—.

Necesito más ojos mutados si quiero mejorar mi aura.

Cada vez es más difícil subir.

Alejandro no apartó la vista de su libro, pero sonrió apenas.

—Cuando levanten el toque de queda… voy a cazar hasta llenar dos maletas de ojos.

Te daré los más grandes.

—¿Lo prometes?

no me quiero quedar atrás de Ana y Laura.

— preguntó Isabella, cerrando los ojos.

— Lo prometo.

Al otro lado de la sala, Ana estaba concentrada.

Mantenía los brazos extendidos, el ceño fruncido y una pequeña gota de sudor bajándole por la sien.

Delante de ella, Luisa flotaba apenas unos centímetros del suelo.

Era como levantar una pluma con la mente… pero esa pluma tenía alma y estaba inquieta.

—¡No te muevas, Luisa!

—dijo Ana, temblando de esfuerzo.

—¡No me muevo, lo juro!

—gritó la niña, con los brazos extendidos y la cara tensa de emoción.

La escena fue interrumpida por una sugerencia de Ana, quien, aún con Luisa levitando, giró la cabeza hacia Alejandro.

—¿Y si cambiamos cuerpos de animales por ojos en el gremio?

Seguro que el gremio no usa mucho los ojos como ingredientes… Alejandro levantó una ceja, dejando el libro sobre su pecho.

—¿Cómo es posible que la misma tonta que se tropieza con sus propios pies… pensara en eso antes que yo?

Ana sonrió triunfal, pero el gesto se rompió cuando perdió la concentración.

Luisa cayó sobre un cojín, soltando una carcajada.

—¡Aaaaaaaah!

—gritó la niña, seguida de un estruendo suave al aterrizar.

Ana ni se molestó en disculparse.

Se lanzó hacia Alejandro con una sonrisa traviesa y lo mordió en el hombro por insinuar que era torpe.

Él respondió igual, como un lobo jugando con su cría.

Luisa se levantó de un salto, se unió al juego y mordió a Ana en la espalda.

—¡¡Traidora!!

—gritó Ana, mientras todos reían.

El contraste entre el mundo exterior y el hogar de Alejandro era increíble.

Una semana después de iniciado el nuevo toque de queda, la calma se impuso con la fuerza del miedo.

Las revueltas terminaron… no con treguas, sino con sangre.

Las calles estaban repletas de cuerpos en descomposición.

Nadie se atrevía a salir a enterrarlos.

Las lluvias débiles arrastraban manchas rojizas entre los agujeros abiertos por los topos mutantes.

Los cadáveres estaban repartidos sin orden.

Algunos tenían heridas de bala, otros marcas de mordeduras, o picaduras de mosquitos que los drenaron hasta dejarlos secos como papel.

Sólo se sabía que el ejército patrullaba con fuego, y disparaba a cualquier sombra sospechosa.

Las zonas más pobres quedaron vacías, como pueblos fantasmas.

Algunos refugiados se escondieron pero otros no escaparon de las requisas de los soldados.

la ciudad estaba agujereada como un pan infestado de larvas.

Los alimentos dejaron de circular.

La hambruna se apoderó de todos los barrios.

Excepto en los sectores ricos, donde aún se repartían las últimas reservas de comida con vigilancia armada.

Ahora el ejército tenía dos problemas sin resolver, limpiar las calles para evitar propagación de enfermedades y lidiar con la plaga de mosquitos.

aunque intentaban dispararles no dieron resultados.

eran pequeños y volaban con un alta maniobrabilidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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