Evolución Rota - Capítulo 62
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62: Capítulo 62 62: Capítulo 62 El sol apenas asomaba sobre los tejados grises de la ciudad, sus rayos tamizados por una neblina turbia que parecía no querer irse desde la última semana.
En el dormitorio principal del tercer piso, el silencio era cómodo, casi tierno.
Alejandro yacía sobre la cama, su torso desnudo cubierto a medias por una sábana.
A cada lado, sus esposas dormían cerca: Ana, con el rostro recostado sobre su brazo, su respiración tranquila; Laura abrazada a su cintura, enredada entre las sábanas; e Isabela, acostada de lado, acariciando con los dedos su pecho mientras apenas abría los ojos.
—Mmm…
¿sigues despierto?
—murmuró Isabela, apenas audible.
—Desde hace rato —respondió Alejandro con voz ronca.
—¿Qué quieres desayunar hoy?
—preguntó Laura entre bostezos, estirándose como un gato.
—Yo voto por arepas, todavía queda harina —dijo Ana, incorporándose y sentándose desnuda sobre la cama.
—Si lo dejamos a él, va a pedir carne mutada a la parrilla con salsa y una cerveza —bromeó Isabela.
—No suena mal, en realidad —replicó Alejandro, acariciando la pierna de Ana.
Las tres rieron con suavidad, compartiendo con el mundo exterior Aún tenían mucha comida en su apartamento y más guardada en la camioneta, la semana sin poder comprar verduras ni carne había hecho que su alacena en casa disminuyera, pero Alejandro no se preocupaba.
Cuando todo acabara podría traer más carne mutada y conseguir muchos vales de comida.
Pero la escena fue interrumpida por el sonido chirriante de un camión estacionado justo frente al edificio.
Un altavoz comenzó a sonar con voz metálica y grave.
—¡ATENCIÓN!
—gritó un soldado—.
En tres días, la ciudad será fumigada con gases especiales contra la plaga de mosquitos mutados.
¡TODOS LOS HOGARES DEBEN PERMANECER SELLADOS!
Cada vivienda debe enviar UNA persona a recoger máscaras antigás y una ración alimenticia.
¡Repito!
UNA persona por hogar.
Las chicas se incorporaron al instante.
—¿Máscaras antigás?
—preguntó Ana.
—Eso significa que el veneno será fuerte… ¿letal?
—dijo Laura, preocupada.
Alejandro se sentó en la cama, masajeándose el cuello.
— Tiene que ser algo devastador si esperan que mate mosquitos del tamaño de una mano humana.
Pero eso también lo hace letal para nosotros.
— Se levantó, buscando su ropa — Yo bajaré a buscar las cosas.
Quiero hablar con los soldados.
—Nosotras te preparamos el desayuno mientras vuelves —dijo Isabela, besándole el hombro.
Al salir del cuarto, Natalia ya estaba organizando cosas en la cocina.
Lo saludó con una sonrisa.
—¿Escuchaste el anuncio?
—Sí.
No te preocupes.
Yo me encargo —respondió él, tocándole el hombro con afecto.
Bajó por la escalera oscura del edificio.
En el segundo piso, la puerta del apartamento de los vecinos se abrió de golpe.
Un hombre desgarbado, ojeroso, con barba desordenada y ropa sucia salió sin decir palabra.
Su mirada era una mezcla de desprecio y paranoia.
Miró a Alejandro con hostilidad, pero no dijo nada.
Bajó primero.
Alejandro bajó en silencio.
Al salir a la calle, ya había una fila formada por los vecinos.
Todos esperaban frente a un camión militar que repartía cajas selladas.
Observó los rostros: hombres mayores, mujeres cansadas, adolescentes demacrados.
Nadie hablaba.
Sólo se escuchaban murmullos sobre el hambre.
—¿Otra vez arroz y frijoles?
—se quejó una mujer mayor—.
No nos alcanza ni para un día.
—¿Y las proteínas?
¡Llevamos semanas comiendo raíces!
—dijo un hombre encorvado.
—¿Esto es lo que nos da el gobierno para sobrevivir?
¿Qué comieron ellos ayer?
—preguntó alguien más.
Alejandro escuchaba en silencio, observando las espaldas huesudas, los rostros pálidos.
Todos estaban al borde del colapso.
El hambre los estaba consumiendo más que cualquier plaga.
Su propia contextura, fuerte y sana, lo hacía resaltar.
Algunos lo miraban con una mezcla de respeto, otros con envidia.
A pocos metros, dos soldados espantaban mosquitos con lanzallamas.
Las criaturas zumbaban alrededor, atraídas por el olor humano.
Cada explosión de fuego hacía gritar a la fila.
Pero nadie se movía.
El hambre los mantenía clavados al suelo.
Cuando fue su turno, Alejandro se acercó al camión.
Un soldado joven le entregó una caja.
—Necesito seis máscaras antigás —dijo Alejandro.
El soldado levantó la mirada.
—¿Vive con seis personas?
—Sí.
—Tome esto —le entregó un paquete envuelto—.
Y escuche con atención: deben sellar todas las ventanas.
Poner trapos mojados debajo de las puertas.
Si el veneno entra…
no será bueno.
—¿Y cuánto dura el veneno?
—Dos días en el aire.
Después de eso, pueden salir.
Pero cuidado… la ciudad ya no es segura.
El gremio evacuó.
Se trasladaron a la capital.
Nosotros repartimos la carne ahora.
—¿Y los cazadores?
—Pueden salir después de la fumigación.
Además hay bandas saqueando casas.
Violaciones, secuestros.
Está feo allá afuera así que mantén a tu familia junta.
Alejandro asintió en silencio.
Agradeció con un gesto y se marchó con la caja y el paquete de máscaras en brazos.
Al entrar al apartamento, sus esposas y Natalia lo rodearon de inmediato.
Luisa estaba en el sofá, esperando curiosa.
—¿Qué trajiste?
—preguntó Laura.
Colocó la caja sobre la mesa.
La abrieron.
Dentro: una bolsa de arroz pequeña, una lata de frijoles y un trozo de pan duro.
Nada más.
—¿Esto es todo?
—preguntó Isabela con incredulidad.
—Para una semana… —añadió Natalia, mordiendo su labio.
—Esto no va a alcanzar —dijo Ana—.
Nosotras estamos bien por ahora, pero los demás… —El caos apenas está comenzando —afirmó Alejandro—.
Pero no se preocupen, yo voy a vigilar el edificio desde esta noche.
Nadie va a entrar aquí sin que lo vea.
—¿Y el veneno?
—preguntó Laura.
—Letal.
Debemos sellar todo en tres días.
No debe entrar ni una brisa, para que no se contamine la comida en la camioneta También sellaremos el salón con toallas húmedas.
Las chicas asintieron, en silencio.
Más tarde, esa noche…
Alejandro se duchaba en el baño.
El agua era fría, pero eso no lo molestaba.
Sentía la tensión del día evaporarse con cada gota que golpeaba su espalda.
Afuera, en la sala, Ana y Luisa jugaban con cojines y peluches, ruidos suaves de una vida familiar normal.
Por otra parte, en la cocina, Natalia, Laura e Isabela lavaban platos mientras hablaban en voz baja.
—¿Entonces… ¿Has pensado en lo que hablamos?
—susurró Laura.
Natalia se ruborizó de inmediato.
Su rostro se volvió rojo como tomate.
Sus manos temblaron al enjuagar un plato.
—S-sí… lo he pensado —dijo casi en un susurro—.
Quiero hacerlo.
Quiero unirme.
Isabela sonrió de lado.
— Esta noche, cuando Luisa se duerma… ven al cuarto.
Natalia bajó la mirada, tímida.
—¿Creen que Alejandro quiera… conmigo?
No soy como ustedes.
No soy tan joven ni tan bonita… —No digas tonterías —respondió Laura con ternura—.
A él le pareces preciosa.
Pero hizo una promesa con nosotras, de que no haría avances si tú no querías y nosotras no le dábamos permiso.
Esta noche… le daremos la sorpresa.
Estoy segura de que te aceptará.
Natalia asintió, tragando saliva.
Su corazón latía tan rápido que apenas podía respirar.
Más tarde, en la oscuridad del apartamento…
Natalia se levantó con cuidado.
Luisa dormía plácidamente en su cama.
Caminó en silencio por el pasillo, a oscuras.
Su pijama era casi transparente, regalo de Laura.
Le quedaba perfecta, dejando ver sus curvas discretas.
Sus piernas temblaban con cada paso.
—¿Estoy haciendo lo correcto?
—se preguntó en voz baja.
Recordó a su ex esposo.
Al comienzo todo era perfecto pero de un momento para otro él la rechazó, la frialdad.
Los gritos.
Las semanas enteras sin siquiera mirarla.
Y ahora… Alejandro.
Un hombre que la trataba como parte de la familia, que se preocupaba por ella, que protegía a todos.
Su corazón latía tan rápido que dolía.
Se detuvo en la sala.
El lugar estaba en silencio.
Sólo el sonido del viento soplando afuera, y un mosquito gigante que zumbaba en la lejanía.
Natalia respiró hondo.
Su rostro, aún con timidez, tenía una expresión de vergüenza estaba tan sonrojada que sus orejas estaban rojas y sudaba por los nervios.
—Por fin… puedo ser feliz —pensó.
Natalia, con el corazón latiendo aceleradamente, entró en el cuarto principal con un pijama transparente que apenas cubría su cuerpo, sus partes íntimas y sus pezones estaban completamente expuestos.
Su rostro estaba ruborizado por la vergüenza, pero también por la anticipación de lo que estaba por venir.
Al abrir la puerta, se encontró con una escena que la dejó sin aliento.
Alejandro, completamente desnudo, estaba rodeado por Laura e Isabela, en cada brazo, también desnudas, besándolo apasionadamente.
En su e*****a, Ana, con una dedicación ferviente, le estaba haciendo s**o o**l.
Natalia, con timidez, dio un paso adelante, sus ojos fijos en la escena que se desarrollaba ante ella.
Alejandro, al notar su presencia, se sorprendió, pero Laura, con una sonrisa cómplice, le explicó en un susurro: “Quiere unirse al harén.” Alejandro, con una mezcla de sorpresa y deseo, asintió, aceptando a Natalia en su círculo íntimo.
Natalia, con manos temblorosas, comenzó a desnudarse, dejando caer su pijama al suelo.
Su cuerpo, ahora completamente expuesto, temblaba ligeramente por la anticipación.
Se acercó a Alejandro y se acostó sobre él, sus labios encontrándose en un beso apasionado.
Mientras se besaban, Laura e Isabela se acercaron, sus manos acariciando el cuerpo de Natalia, sus labios chupando y mordisqueando sus p****s, enviando oleadas de placer a través de su ser.
Ana, al notar la nueva incorporación, dejó de lamer el pene de Alejandro y se movió hacia la entrepierna de Natalia.
Con una habilidad experta, comenzó a lamer y chupar, haciendo que Natalia g****a de placer.
La sensación de las lenguas y manos de las mujeres sobre su cuerpo era abrumadora, y Natalia se perdió en un mar de sensaciones que nunca había sentido.
Ana, al ver que Natalia estaba lista, tomó el p**e de Alejandro y, con un movimiento suave, empujó las caderas de Natalia hacia abajo, permitiendo que Alejandro la p****a.
Natalia gimió de placer, sintiendo cómo Alejandro la llenaba por completo.
Alejandro, con movimientos lentos y profundos, comenzó a mover sus caderas, creando un ritmo que hacía que Natalia se sintiera en el paraíso.
Mientras Alejandro la penetraba, Natalia lo abrazó con fuerza, sus labios encontrándose en un beso romántico y apasionado.
Laura e Isabela, sin dejar de acariciar y besar a Natalia, le susurraban palabras de halago y afecto, haciendo que se sintiera amada y deseada.
“Eres hermosa,” susurró Laura, sus labios rozando el cuello de Natalia.
“Tu cuerpo es perfecto,” añadió Isabela, sus manos recorriendo las curvas de Natalia.
Natalia, en medio de este torbellino de placer y afecto, se sintió completa.
La aceptación en el harén de Alejandro, la intimidad compartida con estas mujeres, y el amor que sentía en cada caricia y beso, la llenaban de una felicidad indescriptible.
Esa noche Alejandro se centró en ella y las chicas lo respaldaron atacando en todos los lugares y posiciones posibles.
Una y otra vez sintió que su cuerpo y mente se divertían.
Al final de la noche cuando su mente apenas se mantenía consciente.
sonrió con una expresión tan sincera que nunca la había hecho, sabía que este era solo el comienzo de una aventura llena de pasión, romance y conexión profunda.
La luz tenue del amanecer apenas entraba por las persianas cuando Alejandro abrió los ojos.
A su alrededor, el aire olía a piel tibia y sábanas usadas, mezclado con el perfume suave de mujeres que habían dormido abrazadas a él durante horas.
Estaba rodeado.
Laura estaba recostada sobre su pecho izquierdo, su respiración suave y constante.
Isabela dormía de lado, pegada a su costado derecho, con una mano descansando sobre su vientre.
Ana estaba más abajo, enredada a sus piernas, aferrada como una gata.
Y entre todas, abrazada a su brazo izquierdo, dormía Natalia, con una sonrisa serena en los labios.
—Buenos días…
—murmuró Laura con voz pastosa, apenas abriendo los ojos.
—Buenos días a todas —respondió Alejandro, intentando incorporarse sin despertar al resto.
—No te muevas, estás calentito —se quejó Isabela, abrazándolo con más fuerza.
— Me dejaste otra vez con las piernas dormidas — bromeó Ana, soltando un bostezo exagerado.
Natalia despertó por el alboroto y se ruborizó al verse allí, tan pegada al cuerpo desnudo de Alejandro y Laura.
Su cabello negro estaba desordenado, pero su sonrisa irradiaba una calidez diferente.
Laura se dio media vuelta y la acarició con ternura besándole el cuello y le susurró: —Bienvenida oficialmente, esposa número cuatro.
Las otras dos rieron en voz baja.
Isabela bromeó: —¿Cómo se siente ser parte de este club exclusivo?
—Como si estuviera en un sueño raro…
pero bonito —respondió Natalia, aún un poco tímida.
Ana la abrazó por la espalda.
— Ahora ya no puedes escapar, tienes que soportar nuestras locuras.
— Ahora esta cama será más ruidosa de noche.
— añadió Laura.
Natalia soltó una risa nerviosa.
El ambiente era íntimo, pero no abrumador.
Había una sensación de tribu, de familia.
De pertenencia.
— Vamos a hacerle desayuno al jefe del harén antes de que empiece a dar órdenes — dijo Isabela, estirándose.
Las cuatro se levantaron juntas, dejándolo solo en la cama.
Alejandro cerró los ojos, sonriendo.
Nunca en la vida se imaginó tener cuatro esposas, honestamente accedió a la idea solo por Laura, sin su aprobación e iniciativas él nunca habría intentado nada así.
Las risas llenaban el ambiente.
Mientras preparaban el desayuno las mujeres hablaban.
—Bueno, Natalia, tenemos que explicarte algunas cosas importantes —comenzó Isabela con un tono solemne—.
Reglas no oficiales del harem.
—¿Hay reglas…?
— preguntó Natalia sorprendida.
— Claro —intervino Ana, con una cuchara de madera en la mano—.
Número uno: todas las decisiones importantes se hablan entre nosotras, especialmente cuando estamos en la ducha.
—Allí son las reuniones oficiales de esposas —añadió Laura con tono burlón—.
Y como líder del harén, yo las convocó.
Isabela soltó una carcajada.
—Claro, Su Majestad.
Tú solo lideras porque eras la primera.
Aquí la verdadera jefa de disciplina soy yo.
— Creo que eres nuestra entrenadora fitness del harem —bromeó Ana—.
Entonces yo soy la tesorera.
—¿Y qué administras tú?
—replicó Laura con una ceja levantada.
—Los daños a la casa —respondió Isabela, riendo—.
Ha roto más cosas que un temblor.
Laura le pegó suavemente en la cabeza con el trapo de cocina.
Natalia las miraba con asombro y ternura.
—Entonces… ¿yo qué puedo ser?
—preguntó con timidez.
—Tú cocinas muy rico.
¡Serás la chef oficial del harén!
—dijo Isabela.
—Me gusta — respondió Natalia sonriendo—.
Entonces… ¿Tenemos funciones específicas?
—Claro — dijo Laura con tono juguetón—.
Y turnos para dormir con Alejandro.
Todas rieron mientras servían los platos.
En el comedor Alejandro ya estaba sentado, esperando el desayuno.
Luisa se acercó, arrastrando una silla.
—Mamá, ¿por qué no dormiste conmigo anoche?
—preguntó con una mezcla de curiosidad y reproche.
Natalia se puso colorada.
—Bueno… es que… estuve ocupada —dijo torpemente.
Ana intervino con una sonrisa traviesa: —Tu mami es oficialmente esposa de Alejandro ahora.
Tenía que dormir en la habitación del jefe.
Isabela se rió por lo bajo.
Laura intentó disimular su risa, pero no pudo.
Luisa miró a su mamá con ojos redondos.
—¿Entonces Alejandro es tu esposo?
—Sí… —dijo Natalia, tragando saliva.
—¡Felicidades, mami!
—exclamó Luisa y luego se volvió a Alejandro y con una sonrisa burlona le dijo—.
Entonces tú eres mi padrastro ahora, ¿no?
Alejandro tosió, atragantado con el jugo.
—¡Qué raro!
Todas son sus esposas, y yo soy la única que no lo es — dijo Luisa cruzando los brazos.
Ana la miró con picardía.
— Tu siempre serás mi secuaz ¡Cuando crezcas también te unirás al harén!
Alejandro, se volvió a atragantar con el poco jugo que le quedaba.
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