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Evolución Rota - Capítulo 63

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63: Capítulo 63 63: Capítulo 63 La calma reinaba esa mañana en el apartamento del tercer piso mientras el entrenamiento interno continuaba con intensidad.

Laura, Ana, Luisa, Natalia e Isabela practicaban su control del aura en la sala.

Durante todo el toque de queda se mantuvieron en un régimen de entrenamiento estricto.

cuando no entrenaban con Aura hacían ejercicios lideradas por Isabela como si tuvieran un gimnasio en casa.

Alejandro salió al balcón, espada en mano.

El sol ya estaba en lo alto.

Se recostó contra la pared para observar la calle.

Los mosquitos mutados zigzagueaban ante él de vez en cuando; cada vez que se acercaban, Alejandro desplegaba su hoja, apuntaba y cortaba con precisión silenciosa.

Cada criatura alada se desplomaba partida en dos.

Desde que el soldado le advirtió sobre las pandillas, se mantenían con la guardia alta, no quería que lo tomaran por sorpresa.

así que vigilaba la calle constantemente.

Para matar el tiempo en su mente repasaba planes defensivos mientras limpiaba los mosquitos muertos del pasillo del balcón.

No había mucho movimiento afuera.

Pero entonces lo vio: el hombre del segundo piso, salió del edificio con paso acelerado y mirada paranoica.

Cruzó la calle y desapareció en otro edificio a unas calles de distancia.

Alejandro lo observó con desinterés como quien observa la sombra de un perro callejero.

Sabía que no debía involucrarse en asuntos ajenos…

pero algo de incomodidad quedó en su nuca.

Aquel hombre no había comido bien en días.

Su hambre era tanta que le había quitado las raciones de comida a su esposa y ella a veces se desmayaba por hambre.

Antes de salir de casa el tipo la había golpeado tan fuerte que terminó inconsciente en el suelo de su casa.

Sangre seca le cubría el rostro.

No lloraba ya.

Incluso su voz se había apagado.

Él, ojeroso, famélico, sintió un hormigueo en el pecho cuando recordó que su amigo le habló en una ocasión sobre una pandilla, ahora desesperado por algo de proteína decidió buscarla.

Su amigo de juergas dijo una vez—Tienen comida y mujeres, roban, matan, saquean comida de las casas ricas.

Y si les pagas bien… dejan que te cojas una buena mujer.

La idea de conseguir comida le nubló la mente.

Abandonó su departamento, con el estómago rugiendo.

Corrió tres calles huyendo de los mosquitos hasta llegar a un edificio ruinoso.

Cuatro hombres con cicatrices, con camisas raídas, lo miraron desde un umbral.

El líder, un hombre gordo, con una vieja chaqueta de cuero, lo dejó pasar.

Al entrar, recibió una escena grotesca.

Dos mujeres estaban tiradas en el suelo, desnudas, cuarteadas y magulladas.

Sus brazos con cortes, sus ojos hundidos, cuerpos flácidos de inanición.

Sus rostros habían perdido todo rasgo humano.

Se quedaron mirando al hombre con ojos apagados, vacíos.

No había aire de protesta, sólo silencio.

—Aquí —le dijo el líder, aproximándose—.

¿Quieres comida?

El hombre titubeó cuando vio una mesa con latas de carne que el líder le presumía.

—Sí…

por favor…

El líder lo agarró del cuello con una mano callosa, inclinándose con intimidación.

La voz era fría y burlona: —Si quieres sobrevivir… danos algo a cambio.

—¿Qué… qué quieren?

—dijo el hombre con voz ronca—.

Tengo una esposa joven y sana.

—¿Y crees que solo una mujer es suficiente por algo de carne?

— escupió el líder El hombre tragó saliva.

—Sé dónde hay una madre soltera con una hija…

las dos viven solas en el sexto piso del edificio que queda en mi cuadra, las dos son muy tetonas… La mueca del líder cambió a algo divertido.

hizo una señal.

Cuatro tipos salieron disparados del edificio.

El hombre retrocedió.

—¿Y quién dice que no podemos tomarlas por nuestra cuenta?

—Por favor…

Necesito comida…

No soportaré otro día sin comer… Además en mi edificio también hay un hombre con 5 mujeres incluso una niña puedo dejarlos entrar al edificio.

— Eso suena más interesante, pero primero vamos por tu esposa.

El líder estalló en risa.

— Bien, guíanos.

Lo tomaron del brazo y salieron con burlas.

Él bajó la calle con la mirada perdida, consciente del precio que pagaría su mujer, pero no le importó desde un principio.

su relación no tenía más de dos años y desde antes de que el apocalipsis empezará, el la golpeaba y como ella no quería seguir con el.

simplemente terminaba violándola para desahogarse, ahora ni siquiera le habla, el único motivo por el que ella no lo ha dejado es porque no tiene dónde huir.

De regreso en el balcón Alejandro aún estaba vigilando cuando vio a su vecino regresar pero esta vez acompañado de 5 hombres, todos tenían pinta de pandilleros.

Alejandro suspiró cuando los vio entrar al edificio.

— Esto será un problema — susurro mientras pensaba si debía esperar a que tocaran su puerta o bajar y verificar que pasaba.

En el apartamento del segundo piso al entrar, la luz tenue del pasillo daba paso a una escena grotesca: Camila estaba al borde de una esquina, su rostro todavía hinchado y morado.

Intentaba limpiarse con torpeza los rastros de sangre seca cuando su esposo apareció con los cinco hombres.

Sus piernas demacradas se estremecieron.

El líder de la pandilla vio a Camila arrastrándose en el suelo — ¿Esa es tu mujer?

no vale nada si la tienes así de herida.

—Mi mujer está algo delgada y golpeada, pero tiene unas tetas enormes y un buen culo — dijo el marido, con la voz quebrada pero altiva — Si me das algo de comida los 5 pueden hacerle lo que quieran.

El líder de los pandilleros lo agarró del cuello y lo empujó contra la pared.

—¿Y tú crees que te daremos algo por ella?.

Tu mujer está rota.

¡No sirve!.

Camila intentó ponerse de pie con las pocas fuerzas que tenía, lágrimas corrían por su mejilla mientras sus rodillas apenas si respondian.

El jefe hizo un gesto hacia uno de sus hombres, el tipo miró al esposo, agarró un jarrón y se lo partió en la cabeza.

Sangre brotó de inmediato.

El jefe lo arrojó al suelo y los otros cuatro lo patearon, burlándose de él como si fuera un muñeco.

Camila se estremeció cuando él cayó.

Aterrada, quiso correr, pero el líder de la pandilla la agarró del brazo y la estampó contra la pared.

Sus ojos brillaron.

En la penumbra de la habitación ruinosa, su mirada se oscureció mientras estaba otra vez tendida en el suelo sin fuerzas.

Pero cuando vio a su esposo sufrir, una sombra de satisfacción distorsionó sus labios.

Alejandro decidió no esperar más, iría a ellos directamente para verificar qué pasaba.

Al pasar por la sala Laura lo vio y le preguntó.

— ¿Amor, Pasa algo?.

Te ves tenso.

— — Si, unos tipos entraron al edificio.

iré a verificar, ustedes tomen sus armas y estén en guardia mientras regreso.

— Las 5 se vieron con rostros serios y fueron a sus cuartos a cambiarse y tomar sus armas.

Su actitud había cambiado radicalmente desde el primer día del apocalipsis.

ya no esperaban pasivas, en su lugar se habían vuelto confiables y determinadas.

Alejandro salió del apartamento, bajo las escaleras con sigilo, calculando el ruido de sus pisadas.

espada en mano, llegó al segundo piso y abrió lentamente la puerta que estaba entreabierta.

Todo se detuvo.

Los pandilleros lo vieron al mismo tiempo parado en la puerta.

Alejandro no dijo ni una sola palabra, vio al marido de la chica sangrando en el suelo y a Camila lastimada mirándolo como pidiendo ayuda.

Nadie se movía como suponiendo que harían correr al nuevo invitado pero, Alejandro avanzó, cerró detrás de sí la puerta con la intención de que nadie escapara.

los pandilleros se sorprendieron, ya estaban listos para perseguirlo y no entendieron sus acciones.

El primero en romper el intenso silencio en la habitación fue el marido de Camila.

El hombre en el suelo se incorporó con odio y temor.

—¡Déjame unirme!

—dijo con voz rota—.

Te puedo traer más mujeres, ese tipo tiene muchas mujeres en su casa y puedes tener a mi esposa también —dijo, señalando a Camila.

El rostro del líder se torció en una sonrisa oscura por un instante.

Luego dirigió la mirada hacia Alejandro.

Sin decir nada.

Los cinco lo rodearon con sus cuchillos en mano.

La habitación se llenó de tensión.

—¿Qué vas a hacer?

¿Por qué no intentaste huir?

—preguntó uno con voz catártica— Alejandro se limitó a traquear su cuello y con una voz gruesa y decidida dijo —¿Se atreven a entrar en mi edificio, robar y golpear a una mujer?

ninguno de ustedes saldrá de aquí vivo .

La respuesta fue una lanzada colectiva.

Los cinco se lanzaron en un instante sin mediar palabra.

Alejandro desenvainó la espada y se lanzó contra ellos.

Todo ocurrió en segundos.

Alejandro esquivó una puñalada con la empuñadura de la espada.

Cortó el cuello de dos hombres, avanzó sin que pudieran hacer nada y en unos segundos uno por uno cayeron dejando una nube de sangre que salpicó, el suelo, las paredes y el techo Nadie pudo decir ni una palabra, no hubo gritos; fue letal y rápido.

Alejandro respiró hondo.

Luego caminó hacia su vecino.

El hombre lo miraba paralizado como viendo a un monstruo gigante a punto de devorarlo.

Intentó rogar por su vida, pero antes de pronunciar una palabra Alejandro le dio un golpe seco en el estómago con la parte plana de la empuñadura.

cayó sin aire retorciéndose en el suelo.

—Puedo ayudarte —dijo Alejandro mirando a Camila, la mujer aun en el suelo lo miraba con asombro pero sin miedo.

Ella lo observó, por unos segundos con los labios temblando y voz apenas audible le dijo.

—Pero primero…

mata a mi esposo.

Alejandro sonrió tenuemente, sin humor.

se acercó a ella y la tomó suavemente del rostro.

—Odio a los débiles que se aferran a la fuerza ajena — extendió su mano hacia un cuchillo en el suelo de uno de los pandilleros.

Él puso el cuchillo en las manos temblorosas de la mujer.

—Esto es tuyo.

Si lo que deseas es verlo muerto, tú misma debes tomar su vida.

—Quiero…

— dijo, con su voz temblorosa Alejandro soltó su rostro y se levantó — Si decides matarlo o no, no te juzgaré.

una vez que decidas ven conmigo, prometo cuidarte si decides seguirme.

Él la levantó con solidez, y salió del apartamento sin mirar atrás.

Camila colapsó en lágrimas.

su esposo estaba consciente, pero no se movía.

El golpe de Alejandro había sido devastador, incluso si ella no lo mataba él moriría sin atención médica.

Al salir al pasillo Alejandro se alertó inmediatamente un olor a humo y ceniza se intensificó.

En el silencio.

Alejandro descendió por la escalera, era imposible no oír gritos lejanos y ver la neblina de humo que empezaba a cubrir calles.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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