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Evolución Rota - Capítulo 64

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64: Capítulo 64 64: Capítulo 64 El edificio en la esquina, justo a seis casas del apartamento de Alejandro, era un bloque de cinco pisos olvidado por el tiempo.

Sus ventanas tenían rejas oxidadas y el portal decía “Edificio San Martín” en una placa medio rota.

Sin embargo, ese edificio acogía hoy a madres solteras y familias humildes: gente vulnerable, sin refugios sólidos.

Ese mismo bloque fue el elegido por el primer grupo de pandilleros.

Llegaron en silencio poco después del mediodía, cuando el sol ya tensaba el aire.

Cuatro hombres endurecidos, rostros rígidos, manos preparadas para romper.

Subieron al quinto piso con paso decidido, guiados por la información del desgraciado marido de Camila.

Al llegar al último piso, tocaron la puerta sin vacilar.

Desde adentro se escuchó: —¿Quién es?

—Somos soldados del gobierno—respondió uno con voz grave—.

Estamos repartiendo provisiones de emergencia en la zona.

Las promesas de comida resonaron en la mente cansada de la mujer que vivía ahí.

Abrió con desconfianza, y al inclinarse para mirar, los cuatro otros hombres entraron de golpe.

Uno la empujó violentamente.

La mujer cayó al suelo, golpeada.

Intentó incorporarse, pero otro la empujó con el pie.

La arrastraron hasta la sala.

Una adolescente que salía de su cuarto parpadeó.

Su rostro se desfiguró al ver a los extraños.

Inmediatamente gritó.

En segundos, cuatro cuerpos rodearon a la joven.

la golpearon para que no siguiera gritando y la d******n, paralizada por el miedo.

La arrastraron hacia una cama.

No hubo piedad, los hombres la v*****n.

Al terminar, los pandilleros la patearon como si fuera un saco de tierra.

La muerte llegó rápida.

La madre, en el suelo, recuperó la consciencia justo en ese instante.

Sus ojos se abrieron con claridad, la sangre turbulenta corría por su cabeza, su cuerpo temblaba de terror.

Quedó paralizada al ver a su hija muerta y d****a siendo profa****a por esos animales.

hasta que algo se encendió en su mente.

Con manos que apenas temblaban, se arrastró hacia la cocina.

Encontró una botella de vidrio medio llena de alcohol y un encendedor.

Se incorporó y caminó despacio, aferrándose a las paredes.

Cada paso era un pulso de ira desenfrenada, el odio opaco el dolor.

Al llegar al cuarto, donde los hombres seguían riéndose y pateando el cuerpo sin vida de su hija, levantó la botella y la arrojó con fuerza.

El líquido se esparció encima de la cama y todos ellos se salpicaron.

—¡Mueran…!

—murmuró con voz quebrada, encendiendo el encendedor de un tirón.

La llama saltó.

El fuego estalló en segundos, quemando muebles, cortinas y el techo.

Una explosión breve dejó caer chispas, luego la habitación se iluminó con naranja hirviente.

El piso cobró vida.

Todos en la habitación estaban envueltos en llamas incluyendo a la madre que bloqueó con su cuerpo la salida.

consciente hasta el último segundo peleó para matar a los asesinos de su hija.

columnas de humo escalaban en todas las direcciones.

El olor a humo alcanzó la nariz de Alejandro.

El aroma cortó su aliento.

Escuchó crujidos.

Sabía qué era.

Sin pensarlo, descendió hasta el primer piso, salió a la calle.

Entonces lo vio con claridad: el quinto piso del bloque de edificios en su misma calle estaba envuelto en llamas.

Las ventanas explotaban.

El fuego se arrastraba ya al cuarto piso.

Una cascada de cenizas y brasas llenaba el callejón.

Corrió hacia su edificio y subió tres pisos en un segundo.

Al llegar al apartamento, abrió la puerta y entró de un salto.

—¡Hay… incendio en el edificio de la esquina!

—gritó con gravedad—.

¡Tenemos que bajar todas lo que podamos a la camioneta ya!

Las mujeres estaban en la sala, con su ropa de combate y armas listas.

—¿Qué pasó con los tipos?

—preguntó Natalia, poniéndose de pie.

— Los mate.

Laura intervino — ¿Dónde está el fuego y cuánto nos queda?

— El fuego está en el edificio de la esquina.

Las llamas llegarán aquí en minutos si bajan los vientos.

—Entonces… ¿cómo nos llevamos todo?

—preguntó Laura.

—Voy a bajar a sacar la camioneta y ponerla contra la puerta.

Isabela, Laura, Natalia… Ustedes bajen todo lo que puedan por la escalera hasta el remolque.

Ana y Luisa ustedes arrojen todas las maletas y lo que puedan por el balcón yo las recibiré y las pondré en el plafón de la camioneta.

—¡Y los mosquitos!

—intervino Isabela.

— Si se acercan al balcón Ana los puede matar si se acercan a la puerta yo me encargo.

Además el humo los espantará, muevanse todas.

Las mujeres asintieron.

La urgencia vibró en el aire como electricidad estática.

La casa se transformó en una máquina ordenada.

Laura cargó cajas pequeñas.

Natalia recogió varias mochilas y las llenó con todo lo que cupo.

Isabela bajó por la escalera con cajas llenas de comida y costales de granos y sal.

Ana y Luisa entregaron maletas y cajas a Alejandro, que las acomodaba en la camioneta.

Las llamas parecían pintadas por el viento.

El humo serpenteaba entre los edificios, cortando la vista.

Laura, Natalia e Isabela se movían como una coreografía bien aceitada.

Compartían miradas sin palabras.

Caja tras caja salía del salón.

nada importaba más que la supervivencia.

se centraron en salvar primero la comida, armas y munición.

Luego empacaron toda la ropa suelta y la amarraron en una sábana que arrojaron a Alejandro.

Cada paso marcado por el miedo y la determinación.

—¡Rápido!

—ordenó Alejandro, mientras el fuego ya consumía el edificio a dos casas de distancia, ondulando siniestramente bajo el cielo opaco.

—Bajen —gritó—.

Caminen con cuidado pero rápido.

Ana y Luisa bajaron con las últimas cajas de comida cada una.

Él subió para bajar lo más pesado unos garrafones de agua y las dos pequeñas neveras portátiles ahora repletas de carne verde claro.

El fuego estaba a solo una casa más cuando terminó.

No sacaron muebles ni camas.

ni siquiera tuvieron tiempo de empacar ollas ni platos.

las chicas solo tomaron los cuchillos de cocina que alejandro había mejorado, eran tesoros ahora.

El piso de madera y las cómodas quedaron vacías.

Los colchones, por densos, quedaron atrás.

El fuego ya estaba en la parte alta.

Todas las cosas esenciales fueron sacadas del apartamento.

Mientras tanto en el primer piso aprovechando que el fuego llegó primero al piso de arriba,todas las chicas vaciaron la caja del salón de uñas, cremas, shampoos, esmaltes, tijera, incluso los ahorros en vales de comida quedaron empaquetados.

no eran objetos de supervivencia pero para ellas eran tesoros .

El derrumbe del edificio vecino fue visiblemente aterrador: el humo oscuro se alzaba como una nube pesada, casi flotando directo sobre su edificio.

Antes de bajar por última vez, Alejandro golpeó suavemente la puerta del apartamento del segundo piso.

Esperó.

Escuchó pasos vacilantes.

Camila abrió la puerta y él la encontró con su vestido blanco manchado de sangre y su mirada sombría.

El cuchillo ensangrentado le colgaba de la mano; sus ojos brillaban con determinación.

Su decisión estaba escrita en su rostro: una mezcla de miedo, orgullo y resignación.

Al ver a Alejandro, algo en su semblante cambió: una leve sonrisa, temblorosa como esperando la aprobación, su mirada se tornó sumisa como la de un perro doméstico esperando una caricia de su amo.

Alejandro acaricio su rostro herido con su mano como felicitándola por su decisión.

Con voz suave pero firme explicó: —Hay incendio, no hay tiempo para recoger nada.

Pueden venir con nosotros.

Vamos.

Ella asintió de forma sumisa sin decir palabra.

Alejandro bajó primero y ella lo siguió caminando lentamente con el cuchillo ensangrentado que aún tenía en la mano.

Las mujeres en el vestíbulo guardaron silencio al ver a Camila.

Natalia soltó una pequeña exclamación.

Las otras se mantuvieron firmes, expectantes.

Laura fue quien habló: —¿Ella viene con nosotros?

Alejandro respondió: —Le prometí que la llevaría con nosotros.

No se preocupen por ella.

La acepto si está dispuesta a obedecer.

Laura asintió con aceptación.

El resto asintió sin preguntar.

Camila subió a la camioneta del lado de la puerta trasera, sin decir palabra.

Las cuatro esposas y Camila se acomodaron contra las ventanas.

Alejandro se sentó al volante.

Luisa estaba sentada en las piernas de Ana, contenta de ver esa nueva figura en su “familia” improvisada.

Todas las mujeres estaban un poco tensas e incómodas sin saber que decir por verla cubierta de sangre, pero Luisa la miraba con ojos curiosos y alegres, quizás porque confiaba demasiado en las palabras de Alejandro.

—¿Qué haremos ahora?

—preguntó Isabela, con voz tensa.

—No podemos quedarnos aquí.

Mañana nos fumigan con gas letal.

Tendremos que movernos.

— dijo Alejandro.

—Yo no conozco a nadie en la ciudad —dijo Isabela, con los ojos caídos.

—Y yo…

tampoco —añadió Camila con voz suave.

queriendo integrarse.

Laura asintió.

—Disponemos de la dirección de esa clienta rica —dijo Laura—.

Dijo que vive sola y tiene provisiones.

Nos dio coordenadas.

La casa tiene un muro blanco alto, cuatro metros.

Muy identificable.

Alejandro la miró por el retrovisor.

—¿Es confiable?

—Sí —aseguró Laura con vehemencia—.

Es hermana de un general, tiene sistema de energía solar, comida para meses… Ella es una cliente que se hizo muy amiga de nosotras por eso nos habló de eso.

—Muy bien.

—Alejandro giró la llave, preparó la marcha de la camioneta—.

Ahí iremos.

Ana e Isabela miraron a Laura, queriendo preguntarle si estaba segura de ir donde esa cliente.

Laura, les hizo señas para que no preguntaran.

No quería decirle a Alejandro que ella había pedido acostarse con él.

Avanzaron por la calle compartida por mansiones y edificios de lujo.

Dejando atrás el voraz incendio.

Todo parecía lejano, como una sombra de la ciudad que conocieron.

Camila con la mirada fija al frente, ensimismada.

Las otras sólo la observaron con respeto silencioso.

Luisa se acercó y tomó su mano en silencio, queriendo consolarla sin meterse en sus problemas

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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