Evolución Rota - Capítulo 65
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65: Capítulo 65 65: Capítulo 65 La camioneta giró en una calle ancha.
Al doblar, el muro blanco apareció ante ellos.
La casa era grande, solitaria, pero protegida.
Una puerta negra reforzada parecía inviolable.
—Aquí estamos — dijo Alejandro — parece que el muro se construyó después de la escasez de gasolina, así que taparon la entrada para autos.
Tendremos que descargar todo y dejar la camioneta afuera.
Un silencio breve llenó el vehículo.
—Pero al menos estamos vivos — dijo Laura al final, con un suspiro profundo.
Laura abrió la puerta y dijo.
— Isabela acompáñame a hablar con Sara.
Ambas bajaron del vehículo y caminaron hasta el timbre, una pequeña caja metálica junto al portón.
Laura lo presionó una vez.
El sonido seco de la campana resonó tras la muralla.
Pasaron unos segundos antes de que un zumbido del intercomunicador anunciara la respuesta.
—¿Quién es?
—preguntó una voz femenina, algo temblorosa.
—Sara, soy Laura, de la peluquería.
No sé si me recuerdas, me diste tu dirección… necesitamos hablar contigo.
Es urgente.
Hubo una pausa larga, apenas interrumpida por la brisa.
Entonces, un clic metálico marcó la apertura de la puerta pequeña en el portón.
Sara apareció tras ella, con una bata sencilla de algodón, el cabello castaño recogido de forma apresurada y una expresión de sorpresa contenida.
—Laura… ¿qué pasó?
¿Están bien?
Isabela saludó con una sonrisa amable.
Laura no perdió tiempo.
—El edificio se incendió.
Todo el barrio estaba ardiendo.
Tuvimos que escapar… y como tú ofreciste tu casa como refugio, queríamos pedirte si podríamos quedarnos unos días.
Solo hasta que pase la fumigación del ejército.
Tirarán veneno en el aire mañana.
Sara abrió más la puerta con urgencia, el rostro palideciendo.
—¡Por supuesto!
Pasen, por favor.
¿Están todos bien?
Laura miró con seriedad a la joven.
—Sara… sobre lo que me dijiste aquella vez… lo de querer unirte a la familia de Alejandro… Sara se congeló, se le encendieron las mejillas y bajó la vista.
—Yo… lo sé.
Suena loco.
Nunca había pedido algo así… pero ese día salí al mercado por mi cuenta.
Un niño, tal vez de trece años, intentó coquetearme.
Cuando me lo quite de encima me di cuenta que no hay hombres de mi edad en la ciudad.
Solo niños o ancianos.
Fue ahí cuando entendí que Alejandro era…
una excepción.
Laura e Isabela intercambiaron una mirada.
Isabela habló con dulzura.
—Sara, entendemos.
Pero si vas a querer algo así… tendrás que demostrarlo con el tiempo.
No es un juego.
Todas convivimos, nos respetamos, y cada una eligió esto libremente de una forma muy seria y no por impulso.
Sara asintió, los ojos húmedos.
—No quiero que piensen que los invito por interés.
Pueden quedarse todo el tiempo que necesiten.
Lo digo en serio.
Esta casa es muy grande para una sola persona.
Me da miedo estar aquí sola.
Una vez que Alejandro recibió la señal desde la puerta, encendió nuevamente la camioneta y la acerco.
Las mujeres comenzaron a mover las cajas con rapidez, trabajando como un equipo bien entrenado.
tras los altos muros blancos se abría un terreno amplio.
El pasto crecido ondeaba con el viento como un mar verde, no estaba para nada cuidado.
el sector tenía otras mansiones similares, pero esa era la única con una vegetación tan descuidada.
A un costado de la casa, una piscina rectangular todavía reflejaba el cielo anaranjado, su agua limpia y cristalina.
La casa era una verdadera mansión, de tres pisos, con balcones, ventanales grandes y un portón de entrada cubierto por enredaderas.
Las cajas de comida, las bolsas de arroz, las conservas enlatadas y las maletas con ropa y munición comenzaron a acumularse en el hall.
—¡Pónganlo en ese salón!
—gritó Laura señalando una habitación a la izquierda—.
Este cuarto está vacío.
Isabela y Natalia apilaron las cajas junto a la pared.
Ana y Luisa se turnaban para llevar bolsas pequeñas de ropa, almohadas, utensilios.
Sara ayudaba en lo que podía, algo abrumada por la energía de las recién llegadas.
Observó cómo incluso Camila — con su vestido ensangrentado y la mirada perdida— llevaba un saco de arroz a la cocina.
Cuando finalmente todo estuvo bajo techo, el sol ya casi se ocultaba.
Las nubes se teñían de naranja y violeta.
La luz bañaba los muebles finos del salón principal: sofás amplios de cuero claro, mesas bajas con tallados dorados, alfombras que probablemente valían una fortuna.
Luisa se lanzó al sofá más grande y rebotó como si flotara en una nube.
—¡Esto es como vivir en un castillo!
—dijo maravillada.
Ana la siguió, rodando sobre uno de los cojines con un suspiro.
—Y pensar que ayer dormíamos en colchonetas duras… Alejandro se sentó en el borde de un sillón, observando el espacio.
—Sara —dijo, mirando hacia donde ella estaba de pie junto a la puerta—.
Gracias.
De verdad.
Esto es más de lo que podríamos haber pedido.
Ella bajó la mirada, jugueteando con el borde de su manga.
—No es nada.
No me gusta estar sola… y esta casa es demasiado para mí.
Alejandro se inclinó un poco hacia adelante.
—Podemos ayudarte.
No queremos ser una carga.
Podemos encargarnos del mantenimiento, del jardín y de la seguridad hasta que encontremos donde quedarnos.
Ana se sentó erguida.
—Alejandro es muy fuerte.
Puede con cualquier saqueador.
Y todas sabemos usar armas.
No estamos indefensas.
Sara la miró sorprendida.
Sus ojos pasaron por las mochilas con armas, los cuchillos en fundas atadas a sus piernas, las botas reforzadas que todas llevaban.
Incluso Camila, que estaba claramente herida tenía un aura intimidante, parecía más una soldado que una víctima.
—Nunca imaginé que… que vivían así —dijo Sara, impresionada.
—Sobrevivimos así —respondió Natalia desde la cocina, donde empezaba a buscar agua para preparar algo caliente.
Sara sonrió con timidez y asintió.
—Bueno… me alegra saber que están aquí.
Siento que ya no estoy sola, verán esta casa es de mi hermano, es un general del ejército, el gobierno le ordenó irse a la capital y yo me quede a cuidar su casa.
ahora me sentiré más segura con alguien aquí.
Alejandro se acercó a una de las ventanas y observó la piscina en el jardín trasero.
El agua brillaba con los últimos rayos del sol.
Se giró hacia Sara.
—¿Usas esa piscina como reserva de agua?
—Sí.
La limpio cada semana, tengo muchos químicos guardados para potabilizarla.
No me fío del suministro municipal a veces se corta.
—Buena idea.
Pero mañana fumigarán toda la ciudad.
Si no la cubrimos, el veneno la arruinará.
¿Tienes algo que podamos usar?
Sara pareció recordar algo y asintió.
—Sí, claro.
En el cobertizo hay un gran plástico y varias cuerdas.
Es del tipo que usan para cubrir invernaderos.
Ven, te muestro.
Salieron por una puerta lateral hasta un pequeño cobertizo de madera blanca.
Dentro, entre herramientas y bolsas con tierra, encontraron un rollo de plástico resistente, casi traslúcido, lo suficientemente grande como para cubrir la piscina entera.
Alejandro lo cargó sobre su hombro y sacó también las cuerdas.
—Perfecto.
Con esto la mantendremos segura.
No quiero perder agua potable ahora que el gremio se fue de la ciudad.
Sara lo miró con los ojos fijos en los suyos, y por un momento pareció querer decir algo, pero lo pensó mejor.
Solo asintió.
—Gracias por ayudarte tanto.
Alejandro simplemente le sonrió.
—Gracias a ti por no cerrarnos la puerta.
Mientras Alejandro terminaba de sellar la piscina con el plástico.
Analizo el exterior de la mansión, había árboles, una zona de prado amplía, eran casi 3 hectáreas de tierra dentro de los muros.
a los otros lados había otras casas de lujo, pero solo esa parecía descuidada.
Sara condujo a las mujeres por un pasillo tapizado, mostrándoles las habitaciones.
—Este salón solía ser un cuarto de juegos y allá está el comedor…
pero los cuartos…
son demasiados.
Laura la interrumpió con decisión afable: —Solo necesitamos tres: uno para Luisa, otro para Camila, y uno amplio para Alejandro y sus cuatro esposas.
Sara se detuvo un segundo, su rostro se encendió de rubor.
Luego suspiró.
—Claro…
Sígueme.
Entraron primero a una habitación amplia, ventilada, con una cama de tres metros, cortinas de lino y almohadones de plumas.
era la habitación principal.
Sara dijo con un rubor en su rostro — creo que ustedes caben en la cama.
— Ana saltó en la cama e Isabela la siguió diciendo felizmente.
— Por fin podremos dormir todas juntas, antes siempre terminaba alguna cayendo al suelo.
En la otra habitación Luisa se subió al colchón grande y acomodó almohadas a cada lado.
—¡Esto es una cama de princesa!
—gritó con alegría, saltando de un lado al otro.
Luego pasaron al cuarto de Camila.
Sara abrió la puerta y gesticuló hacia una habitación más modesta, con una cama individual, una mesita y un armario.
Un baño estaba a la derecha, con una ducha espaciosa y azulejos blancos.
—Aquí puedes estar tú.
Hay un baño privado…
todo tuyo.
La joven examinó con mirada lenta cada detalle.
Tuvo fuerza para decir: “Gracias.” Luego giró en silencio y entró al baño.
Cerró la puerta con delicadeza tras de sí.
Sara estaba un poco nerviosa en su presencia, ella estaba cubierta de heridas y era la única que no reconoció, tenía un poco de miedo de preguntarle que le había pasado por el aura fría a su alrededor y por ser la única que no hablaba.
En el interior Camila, aún cojeando por el reciente golpe, se quitaba el vestido blanco manchado de sangre seca.
Su piel estaba cubierta de moretones que se extendían por brazos y costados.
Del ojo morado, el párpado caído apenas le permitía ver.
En el espejo del baño, su reflejo se veía vulnerable.
Dejó caer el vestido al suelo.
activó la grifería.
El agua, tibia, corrió sobre su cuerpo maltrecho.
Lavó la sangre con lentitud.
Sintió el alivio térmico en cada gota que se llevaba el recuerdo de la golpiza.
En medio de esa penumbra corporal, emergió un pensamiento: había matado a su marido con un cuchillo; no sintió culpa, por el contrario desahogo años de maltrato con cada puñalada que daba y al finalizar se dio cuenta de una sonrisa en su rostro.
Su mente, rota por el dolor y reconstruida por la violencia, se volvió una sola cosa: lealtad hacia quien la salvó.
“Ahora pertenezco al hombre que me salvó la vida.
Le serviré por siempre.
Si él lo pide incluso le daré mi cuerpo…
quiero estar junto a él incluso si soy solo una más.
Le entregaré mi cuerpo y alma.” se repetía obsesivamente mientras se bañaba.
La mente de esa mujer era un caos, lo único que había conocido en su infancia fue el maltrato y cuando huyó de su familia con el primer hombre que la sacó de allí, pero llegó a otro hogar lleno de violencia, nunca pudo responder ni defenderse, siempre fue una persona débil y sumisa, pero aquel tipo que entró a su apartamento y evito que esos tipos la violaran matandolos como si nada.
Alejandro le dio algo más que protección o una ayuda.
cuando le pasó el cuchillo en la mano y le dijo palabras de aceptación sin importar que hiciera.
en su mente pasó de ser un extraño a una deidad.
Afuera Alejandro rodeó la piscina con los bordes plásticos tensos.
Con cuidado coloco sacos de tierra y herramientas hasta que se aseguró que no entrara aire.
Tres metros a su derecha, las ventanas del patio parecían despertar.
Dentro, las mujeres habían terminado de acomodar la casa.
Los cuartos estaban listos con su ropa desempacada.
—Mañana fumigan — dijo Alejandro cuando regresó—.
Tenemos que sellar todas las ventanas.
Las puertas también.
Usar trapos húmedos y bloquear la parte baja de las puertas.
Sara asintió, ya quitándose la bata.
— Yo estaba usando cinta adhesiva industrial arriba ya tenía las ventanas cubiertas pero todavía me falta mucho.
— Bien —respondió Alejandro—.
Hagamos todo antes del anochecer.
Entre todas acaban de sellar puertas, ventanas y rejillas de ventilación.
La casa quedó sellada como una fortaleza clínica.
Laura vio que solo faltaba Camila y después de pensarlo un poco cayó en cuenta de algo.
— Oye, Luisa, toma un vestido de Isabela y llevaselo a Camila, no tiene más ropa para cambiarse.
La pequeña asintio y salio corriendo al cuarto principal, alli abrio una maleta con ropa sexy, vio todas las tangas y vestidos eroticos que guardaban y decidio llevarle una pijama de vestido negro.
Al seleccionarlo entendió porque la mando por algo de Isabela, era la única con unas tetas tan grandes.
la pequeña entró al cuarto de camila sin tocar la puerta, allí estaba Camila con solo una toalla, La pequeña saltó encima de ella y la abrazo.
Camila se sorprendió por la repentina muestra de afecto.
— Aquí te traje un vestido — con una voz pícara y una sonrisa le dijo.
— Ahora que eres parte de la familia seguro que Alejandro estará feliz de verte con un vestido sexy.
Luisa se fue sin esperar respuesta dejando a Camila con el vestido corto en su mano.
No entendía la actitud de la niña pero estaba feliz de ponerse algo que le gustara a Alejandro, rápidamente se lo puso pese a que no tenía ropa interior.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Isaac_JPC ya vamos por el cap 120 en patreon
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