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Evolución Rota - Capítulo 66

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66: Capítulo 66 66: Capítulo 66 Durante la noche Sara anunció que quería cocinar algo para todos, aunque solo supiera preparar platos con enlatados, quería atenderlos de alguna forma para ganarse su confianza.

Natalia sonrió cuando la escuchó como si por fin pudiera retomar su papel.

— Podemos hacerlo juntas.

— Dijo siguiéndola a la cocina.

La cocina era enorme, mucho más grande que todo su apartamento, al verla sintió que nunca podría regresar a vivir en un apartamento pequeño.

Mientras freían carne azul claro sobre la plancha, Laura preguntó: —Sara… si no eres cazadora o trabajas para el gobierno ¿cómo sobreviviste sola en esta casa?

—Bueno…

El ejército aún me da raciones porque mi hermano es general, ellos construyeron el muro afuera de la casa antes de que los refugiados llegarán —respondió Sara, ruborizada— Antes de todo esto estudiaba enfermería, luego nunca pude conseguir trabajo y solo vivo gracias a mi hermano aunque hace meses no se nada de él.

—¡Increíble!

—dijo Natalia—.

Pensábamos que eras alguna alta ejecutiva del gobierno.

—No…

no.

Nunca he tenido un trabajo… — El rostro de Sara reflejaba algo de vergüenza.

La carne azul se convirtió en el centro de la mesa.

Las mujeres apoyaron platos de metal con arroz y verduras.

Cuando sirvieron.

Alejandro cortó tiras de carne y las colocó con calma frente a Camila.

—Esto te ayudará a curarte —dijo—.

Tómalo despacio, tu plato tiene un poco de carne rango verde.

es muy fuerte.

Camila abrazó la pieza con los dedos.

La carne tenía un olor potente.

La mordió.

Al instante, cerró los ojos.

El efecto fue casi mágico: el punto donde había sido golpeada comenzó a sanar, pero también llegó un mareo y una fuerte fiebre.

—Ay…

— Una gota de sangre brotó de su nariz.

Se estremeció, se inclinó sobre el plato.

—¡Cuidado!

—exclamó Isabela— No te atragantes.

—Ven…

ven creo que es mejor que no comas más, es muy fuerte asi que solo ve a dormir.

— Alejandro se acercó y la tomó con ternura.

Se levantó y la ayudó a subir las escaleras para llevarla a su cuarto.

El resto permaneció en sus sillas.

No comentaron.

Ya estaban acostumbrados a los efectos de la carne.

Incluso Sara ya había comido carne azul antes.

En la habitación olía a lavanda y madera pulida.

Las sábanas estaban frías.

Camila, aún aturdida, se recostó en una esquina del colchón.

—Gracias —murmuró ella, apoyando su frente contra su mano.

—No fue nada —respondió Alejandro acariciándole el cabello—.

Pero …

tienes que descansar.

—Lo sé —dijo ella, con voz entrecortada—.

Pero antes…

quiero decirte algo.

—¿Qué?

—He decidido quedarme contigo.

Si quieres, si estás de acuerdo…

—su voz se quebró.

— No te preocupes, prometí que te ayudaría y lo haré.

Tener más ayuda en casa siempre es bueno.

Por ahora descansa.

Esa noche, la calma se instaló como un manto suave sobre la mansión.

En la habitación principal, la cama gigante estaba rodeada por cortinas blancas y sábanas recién lavadas.

Alejandro descansaba en el centro, rodeado por sus cuatro esposas.

Laura, Ana, Isabela y Natalia se acurrucaban a su lado, envueltas en una tranquilidad que parecía un sueño.

—¿Sabes qué quiero algún día?

—murmuró Laura, acariciándole el pecho—.

Una mansión como esta… pero construida por ti.

—Y con una cama más grande —añadió Isabela entre risas—.

Porque cuando Luisa también quiera dormir con nosotros, ya no vamos a caber.

—Y con una piscina gigante, cuando la vi quería meterme a nadar.

—comentó Ana, entrecerrando los ojos de satisfacción.

—Y bien, esposo nuestro ¿nos conseguirás nuestra propia mansión?

—preguntó Natalia de forma burlona.

Alejandro sonrió.

— No se como lo haré pero les prometo que les conseguiré una mansión más grande que está.

La mañana siguiente comenzó con una luz gris filtrándose por las cortinas.

Alejandro fue el primero en despertar.

Se sentó en la cama, desperezándose mientras sus esposas seguían dormidas a su alrededor, como flores cansadas después de una tormenta de pasión.

Una hora más tarde, ya todos estaban reunidos en la gran sala.

Luisa se sentó al lado de Natalia, bostezando mientras se frotaba los ojos.

—Hoy es el día —anunció Alejandro, con tono firme pero sereno—.

Tenemos que asegurarnos de que todo esté completamente sellado.

Nada puede salir mal.

Las mujeres se pusieron de pie de inmediato.

Cada una repasó las ventanas, las rendijas de las puertas, los tragaluces.

Usaron cinta, plásticos, trapos mojados.

Revisaron los ductos de ventilación.

Una vez seguros, todos tomaron sus máscaras anti gas.

Las colgaron del cuello, listas.

Luego, se sentaron a desayunar en la cocina.

Natalia había preparado un estofado con arroz y algunas verduras enlatadas.

Entonces, se oyó un zumbido.

Al principio lejano.

Luego, más fuerte.

Las cucharas se detuvieron.

Alejandro alzó la cabeza.

—Pónganse las máscaras —ordenó—.

Ya vienen.

Luisa fue ayudada por Ana, quien le ajustó las correas mientras ella preguntaba si eso era peligroso.

Ana le dijo que todo estaría bien, si entraba el veneno las máscaras las protegerían.

Desde la sala, las ventanas ofrecían una vista limitada de la ciudad.

En el cielo, una flota de aviones militares avanzaban en formación.

cruzando los cielos.

De cada uno, descendía una neblina densa, como un gas blanquecino que cubría los techos, las calles, los árboles.

Las avenidas quedaron sumergidas bajo un manto que parecía salido de una pesadilla.

No hubo explosiones, ni alarmas.

Solo silencio.

El veneno descendía como una cortina que mataba sin dolor.

Algunas ventanas se cerraban tarde.

Aquellos que no se prepararon.

los que no tenían máscaras.

los que no sellaron su hogar.

Cayeron uno por uno, sin vida, el veneno era letal.

El veneno lo cubrió todo.

Las calles dejaron de existir visualmente.

No se distinguían ni personas, ni cadáveres.

Solo un mar de humo.

Dentro de la mansión, la niebla se pegaba a las ventanas, pero no penetraba.

Las ventanas temblaban, pero resisten.

—¿Sienten algo raro?

—preguntó Isabela, con la máscara aún puesta.

Alejandro se quitó la máscara ya que él tenía inmunidad leve al veneno.

— Nada Una por una, comenzaron a quitarse las máscaras.

Verificaron que no había olor, ni picor, ni mareos.

La casa era un refugio hermético.

Afuera, sin embargo, los soldados no tuvieron la misma fortuna.

Muchos habían sido obligados a refugiarse dentro de camiones sellados o carpas improvisadas con sus máscaras antigás.

Pero lo peor vino después.

El ejército había confiado en que la fumigación no solo eliminaría los mosquitos, sino también mantendría alejados a los mutantes temporalmente.

Fue un error fatal.

Dos horas después del silencio, la tierra comenzó a temblar.

Algo se movía.

Desde el sur de la ciudad, se alzó un estruendo.

Criaturas gigantes, comenzaron a adentrarse en las calles.

Eran como sombras en la niebla, desde los puestos de francotiradores y las torretas no pudieron atinar les, disparaban a ciegas.

Enormes, pesadas.

Serpientes mutadas que se desplazaban sigilosamente, arrastrándose con un siseo húmedo.

Bestias de seis patas con garras del tamaño de cuchillos.

Otros simplemente eran masas de músculo cubiertas de escamas, con ojos que brillaban entre la neblina.

Los soldados que aún estaban vivos no podían ver más allá de cinco metros.

Disparaban a ciegas.

Algunos eran devorados por los flancos.

Otros simplemente desaparecían sin poder pedir ayuda.

La niebla, que debía protegerlos, se volvió su tumba.

El caos se propagó como un eco.

Las comunicaciones comenzaron a saturarse.

Los radios gritaban códigos de emergencia.

Un batallón entero se perdió en la zona este.

Otro fue arrasado en el centro.

Los pocos helicópteros que intentaban elevarse para ayudar eran atacados por aves gigantes cuando salían de la neblina.

El ejército, superado, solicitó apoyo aéreo urgente.

— Solicitamos un bombardeo inmediato sobre el cuadrante norte y este.

Repito, sector Este ha sido invadido por criaturas de gran tamaño.

No podemos contener las.

— En la mansión, Alejandro escuchaba el zumbido de los disparos a lo lejos.

—Están luchando —murmuró, con la mirada fija en la ventana empañada—.

No veo nada…

pero puedo escucharlos.

Natalia se acercó y puso una mano en su brazo.

—¿Crees que lleguen hasta aquí?

—No lo sé…

—respondió él, serio—.

Pero hay que estar preparados.

En sus ojos no había miedo.

Solo la certeza de que, en un mundo así, la muerte podía llegar de muchas formas.

Y esa niebla.

no había traído paz.

Solo un nuevo peligro.

El rugido de los bombarderos partió el cielo mientras la niebla aún cubría la ciudad como un sudario venenoso.

Las sombras de los aviones pasaban sobre los tejados como espectros de guerra.

Sin esperar confirmación, comenzaron a lanzar bombas por las zonas donde detectaban movimiento.

Fue un error devastador.

Las explosiones sacudieron barrios enteros.

Vidrios estallaron como lluvia afilada, rompiendo las ventanas selladas de cientos de casas.

Por esas grietas, el veneno que aún flotaba en el aire se coló con furia.

Familias que creían estar a salvo murieron en minutos, tosiendo, retorciéndose, cubriéndose los rostros sin poder hacer nada.

Cuando los bombarderos se retiraron, dejaron tras de sí una ciudad aún más rota.

Las tropas que esperaban el apoyo aéreo recibieron fragmentos de metralla.

El caos se desató.

El cerco defensivo que el ejército había levantado se rompió por completo, y cientos de animales mutantes aprovecharon para adentrarse en la ciudad.

Las criaturas emergieron como sombras que caminaban entre el humo.

Serpientes con ojos múltiples y escamas como cuchillas, felinos deformes con músculos expuestos y colas llenas de espinas, y seres indescriptibles que se movían entre los escombros con hambre salvaje.

Era una invasión.

Una guerra a gran escala.

Los soldados, aunque entrenados, no estaban preparados para enfrentarse a una emboscada en su propio terreno.

Se desplegaron por la ciudad, intentando proteger las zonas residenciales, pero los animales los emboscaron en los callejones, sobre los techos, dentro de los edificios derrumbados.

Los animales de rango azul oscuro eran letales, pero los más peligrosos eran los de rango verde claro.

Atraídos por el olor de la sangre y la pólvora, desmembrando cuerpos con una rapidez inhumana.

En la mansión, Alejandro escuchaba todo desde el salón.

Cada explosión le hacía fruncir el ceño.

La vibración del suelo ya era constante.

No podía quedarse más tiempo sin actuar.

—Sara —dijo, volteandose hacia ella—.

¿Dónde está el refugio del que hablaste con Laura?

Sara lo miró, pálida.

—Está…

está en el sótano.

Vengan.

La siguieron por un pasillo oculto tras una puerta de madera tallada.

Bajo una trampilla con bisagras reforzadas, una escalera bajaba a la oscuridad.

Sara encendió las luces de emergencia del búnker.

La puerta del refugio era de acero macizo, con un volante giratorio que sellaba la entrada desde adentro.

Al abrirla, el grupo se encontró con un espacio amplio, con estanterías llenas de sacos: harina, sal, arroz, azúcar.

Varias camas de campaña se alineaban contra las paredes.

Había un baño rudimentario, y en el rincón más alejado, un armario con velas, fósforos, botellas de agua.

Luisa fue la primera en soltar un “wow” mientras recorría el lugar.

Ana y Natalia la siguieron, sorprendidas por la cantidad de suministros.

—No puedo creer que hayas guardado tanto —dijo Laura, mirando las estanterías.

—Mi hermano es alguien de alto rango, parece que la gente importante del gobierno sabía que algo grave pasaría y se prepararon con mucho tiempo.

— murmuró Sara, aún con el rostro nervioso — Pero nunca pensé que viviría algo así…

—Vamos a quedarnos aquí esta noche —anunció Alejandro, con la voz firme—.

Dejen las armas cerca.

Si algo pasa, nos quedaremos aquí hasta que el veneno se disperse en dos días.

Mientras el grupo se organizaba, afuera la ciudad se convertía en un infierno.

El ejército perdía hombres cada minuto.

Los comandantes gritaban órdenes por radio, pero las líneas estaban saturadas.

Los civiles, desesperados, intentaron huir por las calles…

y murieron por docenas, atrapados entre el veneno y las bestias.

Cada cuerpo caído era una nueva llamada para los depredadores.

Los helicópteros, finalmente, se desplegaron cuando la neblina comenzó a disiparse a nivel del suelo.

Volaban bajo, disparando ráfagas sobre cualquier cosa que se moviera.

Pero su presencia solo generó más caos.

Las criaturas, verdes marcando territorio, comenzaron a pelear entre ellas, arrojando restos contra los edificios o contra las hélices de los helicópteros.

Varios aparatos cayeron en llamas, haciendo estallar los techos de los pocos refugios que aún resistían.

Dentro del búnker, la tensión era espesa.

Las mujeres hablaban en voz baja, con Luisa aferrada al brazo de Ana.

Para distraerse, Laura tuvo una idea.

—Voy a buscar esmaltes —dijo, y subió rápidamente a uno de los dormitorios.

Regresó con una maleta llena.

—¿En serio vamos a pintarnos las uñas en medio del apocalipsis?

—bromeó Isabela.

—¿Tienes algo mejor para no volverte loca?

—respondió Laura, sonriendo mientras sacaba un frasco de color lila.

Una a una, comenzaron a pintarse.

Incluso Ana, que normalmente estaba inquieta, se sentó en el suelo junto a Isabela.

Luisa se acercó a Camila, que estaba en una esquina del búnker, sentada en silencio con la mirada vacía.

—¿Quieres que te pinte las uñas?

—le preguntó, mostrando una sonrisa tímida.

Camila la miró.

No dijo nada por unos segundos.

Luego, asintió.

Luisa se sentó en el suelo frente a ella y empezó a trabajar en silencio.

Fue la única que se acercó sin miedo.

Aunque Camila no hablaba, su rostro se suavizó levemente.

Esa noche, nadie durmió bien.

se quedaban quietos, en silencio, esperando que los ruidos se detuvieran.

Alejandro permanecía junto a la puerta, escuchando, atento a cualquier sonido extraño.

Cuando llegó el amanecer, la ciudad ardía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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