Evolución Rota - Capítulo 67
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67: Capítulo 67 67: Capítulo 67 El amanecer no trajo alivio.
Ni el leve murmullo de la ciudad que alguna vez despertaba con vida.
Solo el retumbar de explosiones, el eco distante de disparos, y el zumbido mecánico de helicópteros girando sobre una ciudad moribunda.
La guerra seguía con intensidad descomunal.
Las tropas del ejército, diezmadas y agotadas, se habían replegado hacia el interior de la ciudad, abandonando la zona residencial pobre, el mercado y gran parte del centro.
Las posiciones periféricas habían sido devoradas por el caos.
Los cadáveres de civiles, soldados y criaturas deformes se acumulaban en las calles cubiertas de niebla tóxica, convertida ahora en un fango denso que nublaba la visión y corroía los pulmones.
Solo quedaba una línea de defensa: una franja, protegida por barricadas improvisadas, sacos de arena, alambres de púas y camiones blindados.
Los edificios y casas eran ahora trincheras.
—¡A tus posiciones!
¡Cuidado a la izquierda!
—gritó un oficial mientras empujaba a dos soldados detrás de un vehículo volcado.
Su voz era ronca, su máscara anti-gas cubierta de hollín y sudor.
Las máscaras dificultaban todo: la visión era reducida, los cristales se empañaban, respirar era un castigo.
Y aún así, disparaban.
Cada vez que una criatura mutada cruzaba los escombros o salía del humo, era recibida por una ráfaga de balas, morteros y fuego.
Pero la munición escaseaba.
Gran parte de las reservas había sido abandonada al perder el centro.
Lo poco que quedaba se usaba con cruel precisión.
Si un soldado fallaba un disparo, era su vida la que pendía de un hilo.
Los enemigos no eran humanos ni bestias.
Eran cosas sin nombre, deformes, alimentadas por el veneno, la carne y el caos.
Algunas parecían perros con bocas múltiples.
Otras, arañas del tamaño de coches.
Había una que parecía una oruga sin ojos, pero podía desgarrar cemento con sus dientes.
Y luego, estaban los rangos altos.
Como si la tierra misma hubiera contenido la respiración, un silencio extraño se apoderó de la calle durante un segundo.
Una pausa breve entre metralla y gritos.
Fue entonces cuando lo vieron.
Desde la cima de un edificio de cinco pisos, una figura oscura saltó al vacío.
Era enorme.
Al principio se pensó que era otro escombro cayendo… hasta que se estrelló contra el suelo con la fuerza de un meteoro, haciendo temblar la avenida.
—¡¿Qué mierda es eso?!
—gritó uno de los soldados.
Una rana.
Pero no cualquier rana.
Medía más de 6 metros, su piel era de un verde metálico cubierto por placas gruesas, como un blindaje natural.
Tenía ojos verde claro como esmeraldas y una lengua que vibraba como una serpiente.
Un grupo de soldados abrió fuego de inmediato.
Las balas rebotaban en su piel con un chasquido seco.
La criatura dio un salto hacia adelante, aterrizando en medio del pelotón.
El impacto destrozó huesos y rompió piernas.
La bestia giró sobre sí misma, su boca se abrió como una flor infernal, y de ella emergió un chorro de ácido amarillo que impactó de lleno a otros dos soldados.
Estos gritaron mientras su carne se derretía bajo el veneno corrosivo.
Las máscaras se fundieron en sus rostros.
—¡Cuerpo a cuerpo!
¡Cuerpo a cuerpo!
—gritó el oficial, desesperado.
Pero nadie quería acercarse.
La rana rugió —un sonido que parecía más una sierra oxidada rasgando acero— y saltó al siguiente grupo.
El suelo volvió a temblar.
Era una criatura de rango verde claro.
No era la más fuerte del bestiario mutado… pero allí, en medio de la niebla, con los soldados agotados y medio ciegos por sus máscaras, era un demonio imparable.
Y eso, apenas era el inicio del día.
—¡Evolucionados, al frente!
—gritó un comandante desde una radio agrietada.
Un nuevo grupo emergió entre el humo y la desesperanza.
No eran soldados comunes.
Se movían como sombras veloces, y sus cuerpos desprendían energía visible, casi como si el aire temblara a su alrededor.
Eran parte del escuadrón especial de evolucionados del ejército: humanos que habían mutado gracias al consumo de carne mutada, despertando habilidades únicas.
El primero en aparecer fue el “Incinerador”, un hombre alto y fornido cuyas manos ardían con llamas azules.
Al pisar el pavimento, el calor se esparcía, y una lengua de fuego surgía de su espalda, agitándose como un látigo.
—Vamos a quemar a esa maldita rana —gruñó.
A su lado, un joven de cabello rubio tocó el suelo con una mano, y una oleada de hielo se extendió como escarcha viva.
Tenía la capacidad de crear picos y columnas de hielo que emergían desde el suelo.
A su derecha, una mujer con los ojos encendidos y un campo transparente a su alrededor.
Su habilidad era la de generar un escudo invisible de energía cinética, capaz de detener proyectiles e incluso explosiones pequeñas.
Completando el escuadrón estaba, un tipo robusto que al golpear el suelo podía levantar muros de tierra y “Sombra Rápida”, una joven tan veloz que dejaba una estela oscura a su paso.
Los cinco se enfrentaron a la rana mutada sin titubear.
Mientras el batallón se replegaba, los evolucionados corrieron hacia el enemigo.
uno alzó una muralla de hielo justo cuando la criatura lanzaba otro chorro de ácido.
El líquido burbujeó sobre la superficie congelada.
—¡Ahora!
—gritó el “Incinerador”.
Una lluvia de fuego cayó del cielo mientras la mujer que se movía como una sombra colocaba explosivos en las patas traseras del monstruo.
Las detonaciones hicieron que la criatura chillara, tambaleándose, y saltara fuera del humo…
pero no cayó sola.
Con un rugido salvaje, embistió al soldado con poderes de tierra y le destrozó el torso.
la mujer rápidamente intentó ayudarlo, pero la criatura giró violentamente y le arrancó el brazo con su lengua prensil.
—¡Retrocedan!
—gritó la otra mujer, cubriendo a los heridos con su escudo.
El chico rubio creó estalactitas y se las arrojó, una tras otra, hasta que una se incrustó en uno de los ojos de la criatura.
Por otro lado, el soldado con poderes de fuego concentró toda su energía y lanzó una llamarada directa al rostro de la bestia.
Finalmente, en una combinación perfecta, la lengua de la rana fue congelada y quebrada por una explosión.
Solo tres soldados mutados quedaron en pie, jadeando.
La criatura agonizaba envuelta en llamas.
Pero no hubo tiempo para celebrar.
A mediodía, el ejército, desesperado, solicitó un nuevo bombardeo.
Esta vez no se buscaba eliminar a las criaturas, sino crear una línea de edificios derrumbados para frenar su avance, sin importar los civiles que quedaran atrapados.
La orden fue ejecutada.
Aviones bombarderos surcaron el cielo.
Las explosiones resonaron como un trueno infinito.
Las estructuras colapsaron, sepultando mutantes, civiles y soldados por igual.
Pero entonces, el cielo se quebró.
Un pájaro colosal emergió entre las nubes, su plumaje era de un rojo radiante con venas incandescentes.
Era un rango verde claro.
Abrió sus alas en llamas y exhaló una explosión ardiente contra los aviones.
Dos fueron incinerados antes de poder escapar.
El resto de los bombarderos se retiró, temiendo por su seguridad.
El humo y los escombros crearon un nuevo problema: una gran nube de polvo cubrió la ciudad y entre esa bruma, criaturas rango azul oscuro comenzaron a avanzar.
El caos volvió a intensificarse, rompiendo nuevamente las filas del ejército.
En medio del infierno, un convoy de camiones blindados recogía a funcionarios de alto rango: miembros del gobierno y generales.
Mientras los soldados luchaban sin descanso, sin comida ni munición, esos mismos líderes eran evacuados sin aviso.
Al anochecer cuando el veneno ya había sido dispersado por el viento, como si el mundo no pudiera hundirse más, una nueva amenaza emergió.
Una oleada de insectos gigantes que cayó como una plaga.
Hormigas negras del tamaño de perros, escarabajos blindados y ciempiés con patas afiladas como cuchillas.
Dividieron a las tropas, rompiendo toda estrategia.
El ejército se fragmentó, acorralado, mientras las criaturas invadían los barrios de ricos, los refugios y las últimas zonas habitables de la ciudad.
Y en medio del caos, el búnker donde Alejandro y su familia descansaban parecía cada vez más pequeño ante un mundo que colapsaba.
Un sonido seco, metálico y repentino resonó por todo el refugio subterráneo.
Alejandro abrió los ojos con sus sentidos en alerta.
—Eso fue…
—murmuró Isabela.
Un agudo chirrido siguió, y luego una alarma empezó a sonar.
No era cualquier alarma.
Era la de su camioneta.
—¡Mierda!
—dijo Alejandro en voz baja, corriendo a uno de los ductos de ventilación sellados para tratar de escuchar mejor.
El zumbido de la alarma duró apenas unos segundos antes de que fuera silenciada por completo.
Lo único que se escuchó después fue un leve sonido de metal aplastado y luego…
nada.
—Alguien o algo pisó mi camioneta —dijo Alejandro, volviendo al centro del refugio.
Las demás lo miraron con preocupación, pero nadie dijo nada.
El silencio pesaba como el veneno en el aire de la superficie.
Intentando distraerse del terror afuera, las mujeres hablaban en voz baja.
—Yo estudiaba enfermería en la universidad…
antes de todo esto —comentaba Sara a Natalia mientras revisaban una caja con latas viejas—.
Teníamos prácticas en hospitales del centro.
Pensé que iba a salvar vidas…
Antes de que pudiera seguir, soltó un grito.
Una lata flotaba frente a ella, girando lentamente en el aire.
—¡¿Qué es eso?!
—gritó Sara, cayendo hacia atrás con los ojos abiertos de par en par.
Camila, sentada en una esquina, también se puso de pie, alerta.
—¡Eso no es normal!
—exclamó con voz tensa.
Las latas giraron un poco más antes de caer con un golpe metálico.
Natalia, Isabela y Laura giraron la mirada directo a Ana, que se hacía la desentendida.
Luisa reía, recostada, mientras señalaba otra lata que había estado levitando.
—¡Ana!
—regañó Laura—.
No es momento para bromas.
—¡Ay, estaban flotando solas!
—dijo Ana, haciendo un puchero—.
Luisa quería jugar.
Sara aún respiraba agitada.
—¿Qué demonios está pasando?
Alejandro, aún calmado, se sentó en una de las camas del refugio.
—Te lo iba a decir tarde o temprano.
Ya que vas a estar con nosotros por mucho tiempo…
es mejor que lo sepas ahora.
Ana y yo tenemos poderes.
Sara lo miró como si no entendiera las palabras.
Camila, por otro lado, simplemente asintió en silencio, como si ya lo hubiese imaginado desde que lo vio matar a los pandilleros.
—¿Poderes?
—preguntó Sara con voz baja.
Alejandro cerró los ojos un segundo y, con un leve suspiro, liberó su aura.
Un brillo azul suave lo rodeó, envolviendo su cuerpo como un halo de energía viva.
La temperatura en el refugio pareció bajar un grado.
La sensación era…
imponente.
—Esto se llama “Aura”.
Es una manifestación de energía interna.
Me protege de golpes, incrementa mi fuerza y, con entrenamiento, puede usarse como arma.
Sara lo miraba fascinada, mientras Luisa y Ana aplaudían con entusiasmo.
— ¿Ambos son personas evolucionadas?
— Si, pero este aura no es mi poder, esto lo puede hacer cualquiera si conoce el método secreto.
—¿Y cómo se aprende eso?
—Primero, meditación.
Segundo, necesitas absorber energía de ojos mutantes de rango azul claro en adelante.
Eso desbloquea tu habilidad de usar Aura.
Con el tiempo, cambia de color.
El mío es azul claro…
cerca del nivel azul oscuro.
El de Ana está pasando de gris a azul.
Todas ustedes tienen aura blanca, el nivel más débil.
Pero puede crecer.
Isabela tomó la palabra.
—Podemos enseñarte a meditar.
A ti y a Camila.
Así estarán listas cuando llegue el momento de absorber sus primeros ojos.
Sara asintió, aún abrumada.
—¿La niña también puede usarlo?
—Claro —dijo Luisa con una sonrisa—.
¡Yo soy casi una maestra!
Laura tomó el control de la conversación y les explicó los pasos básicos para meditar mientras les mostraba con su aura como hacerlo y lo que se debía sentir.
Camila no dijo nada.
Simplemente se sentó en silencio, cerró los ojos y comenzó a respirar hondo.
Su rostro mostraba ahora una decisión silenciosa y una fe ciega en Alejandro y su grupo.
Sara, un poco más nerviosa, hizo lo mismo.
Isabela se sentó a su lado para guiarla.
Mientras tanto, Ana hizo levitar a Luisa, que se reía flotando de espaldas sobre la cama.
Alejandro miró la escena.
La luz tenue de los bombillos que funcionaban con energía solar iluminaba sus rostros serenos en medio del caos.
Mujeres decididas, fuertes y dulces, todas unidas en esta tragedia.
“Quizá…
este infierno no sea tan terrible”, pensó.
“No mientras las tenga a ellas”.
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