Evolución Rota - Capítulo 68
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68: Capítulo 68 68: Capítulo 68 El día finalmente llegó.
El veneno, según los cálculos del ejército, debía haberse disipado lo suficiente como para no ser letal.
La tensión en el ambiente era densa, aún dentro del refugio, pero las mujeres miraban a Alejandro con esperanza.
—Voy a salir a comprobar la situación —anunció él, ajustándose su chaqueta y tomando su arma.
—Lleva la máscara —dijo Laura con firmeza, cruzándose de brazos—.
Solo por si acaso.
Y no te alejes.
—Iré solo hasta la puerta y daré una vuelta por la zona.
Lo prometo —respondió Alejandro con una media sonrisa.
Se colgó la máscara antigás al cuello, sin ponérsela aún, y subió por la escalera del refugio hasta la casa.
El interior estaba en silencio, sin señales de daño.
El veneno no había entrado, como lo esperaban.
La luz entraba con timidez por las ventanas cubiertas con plástico, mostrando motas de polvo suspendidas en el aire.
Al abrir la puerta y salir al jardín, lo primero que notó fue la cantidad de mosquitos muertos.
Pequeñas criaturas negras, con aguijones aún brillantes, cubrían el suelo entre el pasto alto como una alfombra siniestra.
El aire tenía un fuerte olor a ceniza, mezclado con un leve residuo químico.
Aún no era completamente seguro.
En lugar de abrir la puerta principal, Alejandro se impulsó con fuerza y trepó el muro de cuatro metros como si midiera la mitad.
Su entrenamiento lo hacía ver natural, casi animal.
Desde lo alto, observó la devastación.
Algunas mansiones de la zona estaban en ruinas, con columnas de humo saliendo de techos colapsados.
Había escombros en todas direcciones y paredes acribilladas por balas.
En medio de una calle se distinguían cuerpos, soldados y civiles, abandonados como si fueran desperdicio.
Más allá, su camioneta yacía dañada, con el frente completamente destrozado.
Solo el remolque parecía haber sobrevivido al impacto.
Al fondo, cientos de columnas de humo se elevaban, dando a la ciudad un aspecto infernal.
Incendios, destrucción, olor a sangre, veneno y muerte.
Aunque llevaba la máscara, se la quitó.
Su resistencia natural a toxinas lo protegía, y necesitaba ver con claridad.
Decidido a investigar la columna de humo más cercana, caminó unas pocas calles.
Entonces escuchó disparos, gritos, y explosiones.
Se escondió tras una pared, asomando solo la cabeza.
Un gigantesco felino mutado, de al menos ocho metros, rugía en el campo de batalla.
Su pelaje verde oscuro y ojos brillantes delataban su rango: verde claro.
A su alrededor, al menos cincuenta cadáveres de soldados cubrían el pavimento.
El último hombre con vida, desesperado, sostenía un lanzacohetes.
—¡Vamos, vamos!
—gritaba el soldado mientras retiraba el seguro.
El felino se lanzó hacia él.
Su mandíbula se abrió como una trampa infernal.
—¡AHORA!
—gritó el soldado, disparando directo a la boca del monstruo.
Una explosión sacudió el lugar.
La cabeza del felino estalló, pero su enorme cuerpo cayó encima del soldado, aplastándolo.
Una notificación brilló en el sistema de Alejandro: [Misión: Nivel D – Matar jaguar mutado de rango verde claro] Una sonrisa peligrosa se dibujó en el rostro de Alejandro mientras observaba el enorme cuerpo del felino aún caliente y con ligeros espasmos.
La criatura seguía viva, regenerándose lentamente.
Sin perder el tiempo, desenfundó su espada, la sostuvo con ambas manos y la hundió directamente en el cráneo del animal, atravesando el cerebro sin piedad.
El sistema sonó de inmediato.
[Misión completa: Nivel D – Matar jaguar mutado de rango verde claro] Tiempo de ejecución: 20 segundos Evaluación: Aceptable (0 EXP adicional) Recompensa básica: +800 EXP Alejandro limpió su espada con un trapo ensangrentado y analizó el campo de batalla.
El área estaba destrozada: sangre por todas partes, vehículos militares destruidos y cuerpos inertes de soldados.
No había tiempo para lamentarse.
Se acercó al cadáver del monstruo y comenzó a trabajar con precisión quirúrgica.
Lo primero fue arrancarle los ojos, cada uno del tamaño de una pelota de tenis y de un color esmeralda intenso.
Luego extrajo las garras, largas y curvadas, como cuchillas naturales.
Con los materiales más valiosos en su bolso, regresó a la mansión y los guardó.
No bajó al sótano.
En lugar de eso, salió otra vez con su mochila, cuerda y cuchillos.
Desenganchó el remolque de la camioneta y lo preparó para arrastrarlo él mismo.
Lo ató con fuerza y comenzó a jalarlo por la calle de regreso al campo de batalla.
El cadáver aún estaba allí, intacto.
Alejandro se puso manos a la obra.
Con paciencia y fuerza, comenzó a retirar el pelaje del animal.
Una piel completamente negra, gruesa y resistente como cuero blindado.
La dobló y la acomodó en el remolque, luego empezó a extraer la carne, cortando en secciones gruesas y organizándolas con habilidad.
No desperdició ni un minuto.
Una vez que llenó el remolque, regresó a la mansión.
Allí, las mujeres ya lo esperaban.
Las llamó para que lo ayudaran y rápidamente salieron del refugio.
Sin perder tiempo, se organizaron para procesar la carne.
Algunas limpiaban los huesos, otras cortaban secciones, mientras Sara y Camila, aunque novatas, se sumaban con dedicación, sorprendidas por la disciplina con la que todas se movían.
Parecía un matadero improvisado, pero eficiente.
Dentro de la mansión, Alejandro ordenó llenar las dos neveras grandes, las tres hieleras de licor y las dos neveras portátiles con carne.
La cocina olía a carne fresca, sangre y trabajo duro.
Natalia se encargó de cocinar de inmediato un buen lote para alimentar a todos.
Mientras tanto, Alejandro le pidió a Sara que trajera toda su ropa cómoda para combate y toda su ropa interior.
El resto de las mujeres lo miraron con curiosidad, pero sabiendo lo que venía, fueron a buscar sus propias prendas.
Usando la piel del jaguar mutado, Alejandro mejoró cada prenda, fusionándola con su habilidad del sistema.
No cambió el diseño, pero algo en la textura cambió.
Al ponerse la ropa, Sara y Camila quedaron boquiabiertas.
—No se siente como tela… —murmuró Camila, tocando sus propias piernas.
—Intenta darte un golpe —sugirió Alejandro.
Camila se golpeó el abdomen con un puño.
Nada.
Ni el más mínimo dolor.
Sara hizo lo mismo, y su rostro se iluminó con sorpresa.
—¡Esto es irrompible!
Alejandro asintió satisfecho.
Luego tomó los huesos del animal y se dedicó a mejorar todos los cuchillos y calzado del grupo.
Las suelas se volvieron más resistentes y las hojas, más afiladas.
Las armas de las mujeres también recibieron refuerzos óseos, haciéndolas más mortales que nunca.
Al final, aún sobraban tantos huesos que Alejandro decidió experimentar.
Tomó algunas secciones y comenzó a reforzar las ventanas de la casa.
Para su sorpresa, las ventanas seguían siendo transparentes, pero ahora eran irrompibles.
Con eficiencia implacable, reforzó todas las ventanas del primer y segundo piso, así como las puertas principales y traseras.
La mansión ya no era solo un refugio, era una fortaleza.
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