Evolución Rota - Capítulo 69
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69: Capítulo 69 69: Capítulo 69 Cortar la carne les tomó todo el día.
El sonido constante de cuchillos contra hueso y el olor metálico de la sangre llenaron el aire hasta el atardecer.
El grupo trabajó sin pausa, guardando cada corte en las neveras y procesando los pedazos más grandes para almacenarlos.
Para cuando terminaron, todas estaban sudorosas y con manchas de sangre en la ropa, listas para algo que anhelaban casi tanto como la comida: una buena ducha.
Una a una, subieron a los baños de la mansión.
El sonido del agua corriendo y el vapor llenó los pasillos mientras se turnaban, dejando atrás la suciedad del día.
Cuando todas terminaron, Natalia ya estaba en la cocina sirviendo grandes cantidades de carne nivel verde claro.
El aroma era tan intenso y jugoso que hasta las más cansadas aceleraron el paso para sentarse a la mesa.
Sara tomó el primer bocado y cerró los ojos.
—No puedo creer lo buena que está… —murmuró, saboreando la textura.
—Y la energía… es como si me despertara todo el cuerpo —añadió Camila, que ya devoraba su segundo pedazo.
En el otro extremo de la mesa, las demás charlaban sobre cómo organizarían la seguridad de la casa.
—Podríamos turnarnos en guardias de dos horas —sugirió Isabela, cortando su carne con precisión.
—Y yo podría vigilar desde la parte más alta de la mansión con el francotirador —propuso Laura, con una mirada seria.
—Me gusta —respondió Alejandro—.
Aquí no vamos a bajar la guardia.
Después de cenar, la satisfacción se reflejaba en sus rostros.
El cansancio del día parecía haberse desvanecido gracias a la carne de alto rango.
Bajaron al búnker, charlando entre risas.
Al llegar, Ana y Luisa, que no podían quedarse quietas, ya habían reemplazado las colchonetas por un enorme colchón que habían arrastrado desde una de las habitaciones de la mansión.
—¿De verdad quieren dormir todas encima de mí?
—bromeó Alejandro, cruzándose de brazos.
—Claro —contestó Ana sin dudar—, eres la mejor almohada del apocalipsis.
Esa noche, el búnker se sentía más como un apartamento de lujo improvisado que un refugio.
El colchón mullido y el ambiente seguro hicieron que todas se durmieran rápido, con sonrisas en el rostro.
Alejandro quedó atrapado en medio, con Ana y Luisa literalmente sobre él, usándolo como almohada.
Al amanecer, las apartó con cuidado; ambas rodaron sobre el colchón sin despertarse.
Las primeras que decidió levantar fueron Laura y Ana.
—¿Y por qué solo a nosotras?
—preguntó Laura mientras subían las escaleras.
—Ya lo verán —respondió él, misterioso.
En la sala, Alejandro sacó de la nevera los ojos verde claro que había obtenido del jaguar.
Uno para cada una.
—Estos son raros… si los absorben, es probable que suban sus atributos de golpe —explicó, tendiéndoles las piezas brillantes.
Las dos los recibieron con seriedad.
Se sentaron en posición de meditación y comenzaron a concentrarse, absorbiendo lentamente el aura que desprendían los ojos.
Alejandro, mientras tanto, se acomodó en un sillón y comenzó a limpiar su espada, observándolas de reojo.
Ana fue la primera en terminar.
Se levantó con una sonrisa confiada.
—Me siento… llena de energía —dijo, y sin pensarlo, enfocó la vista en un mueble cercano.
Con su telequinesis, lo levantó varios centímetros del suelo.
—Vaya… ahora puedes mover más peso —comentó Alejandro, sorprendido.
Se acercó y le acarició la cabeza—.
Bien hecho.
Pero al mirar a Laura, notó que permanecía en silencio, con el rostro sonrojado y gotas de sudor en la frente.
Se inclinó hacia ella.
—¿Estás bien?
Laura levantó la mirada, con los ojos un poco nublados.
—Me siento… rara… —dijo, antes de desmayarse en sus brazos.
Alejandro la sostuvo y revisó su estado en el sistema.
Nombre: Laura Ocupación: Cazador Rango C Don de evolución: Sentidos de Depredador Estado: Evolucionando El recuerdo le golpeó de inmediato: los mismos síntomas que tuvo Ana cuando evolucionó.
—Ana, tráeme la espada congelante y trapos —ordenó.
Cuando Ana regresó, él utilizó la espada para congelar un mueble.
Con rapidez rompió varios trozos de hielo, los envolvió en trapos y comenzó a colocarlos sobre el cuerpo de Laura, intentando bajar la fiebre que ardía en su piel.
En ese instante, todas las chicas —ya despiertas por el alboroto— entraron a la sala.
Se detuvieron al ver la escena: Laura recostada en el sillón, cubierta de trapos húmedos con hielo, mientras Alejandro se inclinaba sobre ella, vigilando cada uno de sus movimientos.
—¿Qué le pasó?
—preguntó Natalia con el ceño fruncido.
—¿Está herida?
—añadió Luisa, intentando acercarse.
Sara, con el rostro pálido, dio un paso atrás—.
Nunca había visto a alguien así… —Yo tampoco… —murmuró Camila, con la mano en el pecho.
Alejandro levantó la vista y, con voz firme, les dijo: —Tranquilas.
Está evolucionando.
No es una herida, pero no sé si ocurra algo como cuando Ana pasó por esto… así que, por precaución, mantengan la distancia.
El tono de Alejandro no admitía réplica.
Las mujeres se miraron entre sí y, aunque la preocupación seguía presente, retrocedieron unos pasos.
Todas menos él.
Alejandro permaneció junto a Laura, observando cualquier cambio en su respiración.
Pasaron minutos tensos, pero esta vez no hubo ondas de choque ni ataques de área.
Finalmente, Laura abrió lentamente los ojos, parpadeando como si la luz la confundiera.
—¿Qué… pasó?
—preguntó con voz ronca.
Alejandro sonrió apenas.
—Has evolucionado, Laura.
Ana dio un salto y se lanzó hacia ella con lágrimas en los ojos.
—¡Estaba tan preocupada!
—dijo, abrazándola.
Las demás se acercaron con sonrisas y palabras de felicitación, rodeándola en un círculo cálido.
Laura miró a Alejandro, aún confundida.
—¿Y… cuál es mi don?
—Está relacionado con tus sentidos —explicó él—.
Tienes que concentrarte y experimentar para descubrir su alcance.
Con algo de curiosidad, Laura se incorporó.
—Lo primero… será el oído.
Se quedó quieta, cerrando los ojos y enfocándose.
Pero, de repente, se tapó los oídos con fuerza y se encogió.
—¡Demasiado…!
—se quejó, apretando los dientes.
Alejandro se inclinó hacia ella.
—¿Qué pasó?
—Escuché disparos… pero no aquí… están muy lejos… y aún así me dolió la cabeza.
Él asintió, satisfecho.
—Entonces tu audición está potenciada.
Ahora tendrás que aprender a modularla… a escuchar lo mínimo y luego, poco a poco, ampliar el alcance.
Laura respiró hondo, asintiendo.
Luego se acercó a la ventana.
—Veamos la vista… Sus pupilas se contrajeron al enfocarse.
Sintió como si la distancia desapareciera y pudiera ver con detalle extremo… pero el exceso de información visual la mareó.
Dio un paso y se tambaleó, cayendo sobre sus rodillas.
—¡Cuidado!
—Natalia y Luisa se apresuraron a ayudarla a sentarse en el sofá.
—Puedo ver muy lejos… pero es como si mi cerebro no estuviera listo para procesarlo —explicó Laura, masajeándose las sienes.
—Prueba con el olfato —sugirió Ana, apoyada en el respaldo del sillón.
Laura cerró los ojos de nuevo.
El aire se llenó de sensaciones: el olor metálico y salado de la sangre que quedaba en la cocina, la humedad en la ropa de algunas de ellas, y el perfume particular que distinguía a cada persona del grupo.
—La sangre en la cocina —dijo, un poco impresionada por sí misma.
Sara, con cierta timidez, levantó la mano.
—¿Y el tacto?
Laura extendió las manos, intentando sentir algo más allá de lo normal… pero nada ocurrió.
—Parece que no… no noto diferencia.
Alejandro se cruzó de brazos, evaluando la situación.
—Está bien.
Tu don está claro: sentidos potenciados, incluso puede que desarrolles mejoras que aun no entiendes.
El reto ahora es aprender a controlarlos.
Miró a todas.
—Hoy mi trabajo será asegurar el área por si hay monstruos cerca.
El de ustedes será pensar en entrenamientos para Laura y encargarse de ayudarla.
—Perfecto —dijo Isabela, animada—.
Podemos hacer pruebas por sentidos, enseñarle a controlar un sentido a la vez.
—Y medir su alcance… —añadió Natalia.
—También podríamos buscar ruidos específicos para que aprenda a bloquear lo que no quiera sentir — propuso Ana.
Sara dijo entusiasmada — Laura usa un francotirador, que tal practicamos sin mira desde el techo.
Camila que siempre era la más reservada, sugirió — podríamos entrenarla igual que un perro de caza, para que memorice el olor de todos nosotros y pueda rastrear si alguno se pierde.
Laura miró a la tímida Camila y con entusiasmo le dijo — eso suena genial.
cada una puede traer una prenda y esconderla por la casa yo la buscaré con mi olfato es lo único que no me marea.
Alejandro, observando la escena, se sintió satisfecho.
No solo tenían una nueva habilidad en el grupo, sino que también estaban fortaleciendo su coordinación como equipo.
Y en ese mundo en ruinas, eso podía significar la diferencia entre vivir o morir.
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