Evolución Rota - Capítulo 72
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72: CAPÍTULO 72 72: CAPÍTULO 72 El sol comenzaba a filtrarse por las cortinas de la habitación, tiñendo de dorado el rostro de Alejandro.
Entreabrió los ojos lentamente, sintiendo el calor agradable de la mañana.
A su lado, Natalia ya estaba despierta, recostada sobre un codo y mirándolo con una sonrisa tranquila.
[IMAGEN EN PATREON] —Te ves tan relajado cuando duermes… —susurró ella.
Alejandro sonrió, sin abrir del todo los ojos.
—¿Y eso es algo bueno o malo?
—Bueno… aunque pareces menos peligroso así —respondió con un tono juguetón, acariciándole la mejilla.
—Menos peligroso, pero igual de guapo —dijo él, inclinándose para darle un beso suave.
Compartieron un par de minutos, disfrutando de la mañana.
Luego Natalia se levantó y estiró los brazos.
—Vamos, dormilón, que si no bajamos nadie va a preparar el desayuno.
—Está bien, está bien.
Bajaron juntos a la cocina.
El olor a pan y café comenzó a llenar la mansión.
Alejandro se movía con soltura, friendo un par de filetes mientras Natalia ponía la mesa.
Poco a poco, los pasos y voces del resto comenzaron a escucharse desde el refugio del sótano.
Cuando todas estuvieron reunidas en la sala, el desayuno ya estaba listo y dispuesto sobre la mesa.
Alejandro se limpió las manos con un paño y, con un movimiento casi solemne, colocó sobre la mesa un pequeño saco de tela.
Al abrirlo, dentro brillaban catorce ojos de color azul claro y dos de un tono azul oscuro profundo.
—Hoy vamos a aprovechar bien estos —dijo él, mirando a todas—.
Isabela, quiero que absorbas uno de los azul oscuro y les enseñes a Camila y a Sara cómo se hace.
Isabela asintió y tomó el ojo con cuidado, sentándose en posición de meditación.
Las dos nuevas se acomodaron frente a ella, siguiendo cada indicación mientras tomaban los ojos azul claro que Alejandro les entregaba.
—Los catorce son para ustedes dos —dijo mirando a Camila y a Sara—.
Quiero que los usen todos.
Luego se volvió hacia Natalia y le entregó el otro ojo azul oscuro.
—Para ti.
Sácale el mayor provecho.
Alejandro miró a Laura.
—Tú y yo nos encargaremos de cuidar la casa hoy.
Bueno… más bien tú.
Yo saldré con Ana a patrullar para que practique su habilidad contra monstruos.
Laura sonrió con confianza.
—No te preocupes, no dejaré que nadie se acerque y aprovecharé para marcar cosas en el mapa..
Poco después salieron.
Alejandro caminaba más despacio de lo habitual, adaptando su paso al de Ana, que no tenía la misma velocidad ni la capacidad de trepar que él.
Las calles estaban cubiertas de escombros, trozos de muros caídos y restos de vehículos destrozados.
—No es un mal día para cazar —comentó Alejandro.
Ana, seria, mantenía la mano en la empuñadura de sus dos kunais con firmeza.
—Estoy lista.
El primer animal apareció a mitad de una calle estrecha.
Desde lejos parecía un perro, aunque su pelaje erizado y el brillo turbio de sus ojos indicaban otra cosa.
Alejandro lo observó sin inmutarse.
—Nos acercamos de frente.
Este es tuyo.
Ana tragó saliva, pero asintió.
El animal gruñó y mostró los dientes antes de lanzarse contra ellos.
Alejandro no se movió; podría matarlo con una patada si quisiera.
Ana esperó a que entrara en su rango.
Sus kunais salieron disparados con tal fuerza que atravesaron el pecho y el cráneo de la criatura en un instante.
[IMAGEN EN PATREON] El cuerpo se desplomó.
Ana soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo la respiración, y notó el sudor en su frente y el temblor en sus manos.
—Buen trabajo —dijo Alejandro, revolviéndole el cabello.
Alejandro sabía que cerca había casas habitadas.
Cargó el cuerpo del animal y lo dejó frente a una de las puertas, golpeando para avisar antes de seguir su camino.
—¿Conoces a la gente de aquí?
—preguntó Ana, curiosa.
—No, pero prefiero que se coman la carne antes de que se pudra y atraiga a otros animales.
Y si puedo ayudar un poco, mejor.
Ana lo miró con una mezcla de respeto y admiración.
Pasaron la mañana moviéndose por varias cuadras alrededor de su casa, eliminando cualquier criatura de rango blanco que encontraran.
Varias veces, Alejandro notó que la gente los miraba desde ventanas o grietas en las cortinas.
Esta vez no parecía que lo observaran con miedo.
Tal vez, pensó, verlo acompañado de una mujer les daba una sensación distinta.
Ana mejoraba con cada enfrentamiento.
Cuando un animal no caía con el primer impacto, sus cuchillos giraban en el aire y regresaban para rematarlo.
En un momento, se toparon con dos bestias al mismo tiempo y Ana tuvo problemas para concentrarse en dos objetivos.
Sus kunais fallaron uno de los golpes, pero rápidamente corrigió su trayectoria y acabó con ambos sin que Alejandro tuviera que intervenir.
Cerca del mediodía, se detuvieron a descansar en una casa semi derrumbada.
La fachada estaba en el suelo y tuvieron que trepar entre bloques y vigas hasta alcanzar el segundo piso.
Allí, en una habitación cubierta de polvo, Alejandro arrastró una mesita y sacó dos almuerzos de su mochila.
—No está mal el sitio… tiene buena vista —comentó Ana, sentándose en un sillón viejo.
—Mientras no se caiga con nosotros encima, sí —respondió él con media sonrisa.
Comieron tranquilos, conversando sobre la cacería.
Ana estaba radiante, contando cómo había matado más animales en una mañana que la mayoría de los grupos de cazadores en varios días.
Alejandro la escuchó, evaluando mentalmente su progreso.
—Oye —dijo de pronto—, ¿cuánto peso crees que puedas levantar con tu poder?
—No estoy segura… pero puedo alzar a Luisa hasta el techo sin problemas.
—Eso deben ser menos de cuarenta kilos… bien.
En el próximo enfrentamiento contra un animal pequeño, quiero que intentes retenerlo en el aire y golpearlo contra una pared o usar cualquier cosa del entorno.
Practicaremos sin armas.
Si no puedes ellos no te preocupes, yo me encargaré.
Ana asintió, un poco nerviosa pero confiada en que, con él cerca, no corría peligro.
Al salir de la casa, Alejandro notó algo extraño: el aire estaba demasiado tranquilo.
Los disparos, que el día anterior habían sido casi constantes, ahora eran esporádicos y lejanos.
Frunció el ceño.
—Esto no me gusta nada… —murmuró para sí.
Ana, que lo seguía de cerca, lo escuchó.
—¿Crees que el ejército esté perdiendo terreno?
—Tal vez… o tal vez se están replegando — respondió sin darle más vueltas, aunque la preocupación seguía en su mirada.
Caminaron un par de calles y allí estaba su primera presa: un ciempiés del tamaño de una motocicleta, su caparazón brillante con el tono característico de un insecto.
su ojos denotaban su rango azul claro.
Alejandro lo evaluó en silencio; se movía demasiado rápido como para que Ana lo atrapara en su estado actual.
—Quédate escondida —le dijo—.
Esto lo hago yo.
Antes de que Ana pudiera protestar, él ya había saltado hacia la pared de una casa por donde reptaba la criatura.
El ciempiés, al verlo, chasqueó sus mandíbulas y se lanzó hacia él.
Alejandro no le dio tiempo: su espada atravesó el cráneo en un parpadeo.
El cuerpo sin vida cayó al suelo con un golpe seco.
Se agachó, extrajo los ojos del animal y los guardó en su mochila.
Ana salió de su escondite con la boca entreabierta.
—Increíble… apenas si pude verte moverte.
—Por eso estamos entrenando para que también te muevas así—respondió él con una media sonrisa.
Unos minutos después, encontraron lo que parecía una abeja gigante, apenas rango blanco, revoloteando nerviosa cerca de un poste.
—Esta es tuya.
Intenta retenerla —indicó Alejandro.
Ana alzó la mano y la abeja quedó suspendida en el aire, pero luchaba con fuerza, batiendo sus alas para escapar.
El esfuerzo se reflejaba en el sudor que empezaba a recorrerle la sien.
Finalmente, el insecto logró liberarse y fue directo hacia ellos.
Alejandro lo interceptó, partiendo su abdomen con un tajo.
—Lo siento… —dijo Ana, mordiéndose el labio.
—No pasa nada.
Esto es para medir tus límites, no para ganar una competencia.
Durante las horas siguientes cazaron sin descanso.
Los animales terrestres eran fáciles de elevar para Ana, aunque mantenerlos así era otra historia.
Cuando intentaba estrellarlos contra paredes, la falta de velocidad restaba impacto; y si usaba objetos cercanos, solo funcionaban si eran lo bastante filosos.
Alejandro le sugirió algo nuevo: —Prueba estrangularlos.
Divide tu poder en dos: uno que los levante unos centímetros para que no se muevan y otro que apriete el cuello como si tuvieras un lazo invisible.
Ana practicó varias veces hasta que, jadeante y con el ceño fruncido, logró noquear a una criatura.
Alejandro se encargaba de dar el golpe final.
Así pasaron la tarde, afinando técnica.
En la mansión, mientras tanto, Camila y Sara entrenaban.
Ya habían aprendido a absorber los ojos y aunque al principio se mareaban por el incremento repentino en sus sentidos y el calor del maná recorriendo sus cuerpos, continuaron.
Después de varias horas, ambas habían logrado absorber tres ojos cada una.
En otra sala, Natalia, Isabela y Laura conversaban.
—No les dije antes —comentó Laura, bajando la voz—, pero descubrí que ahora tengo visión nocturna… y térmica.
—¿En serio?
—preguntó Natalia, sorprendida.
—Sí lo practique en la noche aprovechando la oscuridad.
Y también vi… algo — añadió Laura con una sonrisa maliciosa —.
Te vi anoche, saliendo con Alejandro.
Natalia se tensó de inmediato, sin saber qué decir.
Isabela, traviesa, se acercó por detrás y la abrazó manoseando los pechos.
—Vamos, confiesa, pecadora… —dijo mordiéndole suavemente la oreja.
Con las mejillas encendidas, Natalia tartamudeó: —Él… me despertó… y… subimos a una habitación del piso de arriba… para… cosas de pareja… —¡Cuenta todo!
—insistió Laura, divertida atacando también los pechos —.
Con mi oído mejorado puedo escuchar incluso desde el sótano.
Y vaya que fue… largo.
Natalia se tapó el rostro, muerta de vergüenza.
—Estaba… con estrés acumulado.
No paró en toda la noche… hasta el amanecer.
Me costó levantarme y… en varios momentos… me desmayé, creo que yo sola no puedo con él.
Isabela rió, mordiéndole ahora el cuello.
—Eres una pecadora traviesa… Laura cruzó los brazos, pensativa.
—Seguramente le da vergüenza hacerlo con camila, sara y luisa en la misma habitación, por eso creo que va a empezar a sacar a cada una por las noches.
Será difícil seguirle el ritmo, pero… habrá que aguantar.
Mientras tanto, Luisa, ajena a la conversación y con su inocencia intacta, recorría la casa con una mira óptica en las manos.
Se asomaba a cada ventana del segundo y tercer piso, buscando animales mutados y observando curiosidades en las calles, sin imaginarse de qué hablaban las demás.
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