Evolución Rota - Capítulo 73
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
73: CAPÍTULO 73 73: CAPÍTULO 73 Cuando Alejandro y Ana cruzaron la puerta de la mansión, el ruido de las conversaciones cesó de inmediato.
Ana, con una sonrisa de oreja a oreja, saltó literalmente sobre el sofá donde estaban todas y comenzó a hablar atropelladamente.
—¡Mate a más de veinte animales mutados yo sola!
—exclamó, levantando las manos como si celebrara una victoria épica.
Las demás rieron y la rodearon, lanzándole palabras de felicitación.
Natalia le palmeó el hombro con orgullo, mientras Camila y Sara la miraban con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Te estás volviendo peligrosa, chiquita —comentó Isabela.
Laura, sin embargo, le acarició la cabeza con suavidad y dijo con tono casi maternal: —Sí, muy peligrosa… pero también estás llena de sangre.
Anda, vete a bañarte antes de que manches todo.
Ana frunció el ceño y puso un puchero exagerado.
—Pero quiero seguir contando… —Después, anda —insistió Laura con una leve sonrisa.
Refunfuñando, Ana se dio media vuelta y salió rumbo al baño, arrastrando los pies como si la estuvieran castigando.
Alejandro aprovechó para quitarse la mochila y abrirla sobre la mesa.
Sacó de su interior cuatro ojos de un intenso tono azul claro.
—Luisa, estos son para ti.
Absórbelos con calma —dijo, entregándoselos uno por uno.
La chica sonrió como si le hubieran regalado dulces y corrió a guardarlos con cuidado.
—¿Y ustedes?
—preguntó Alejandro, mirando a Camila y a Sara—.
¿Cómo les fue?
Camila, como siempre, se sonrojó y bajó la mirada antes de responder.
—Absorbí tres… — dijo en voz baja, pero con un brillo de orgullo en los ojos—.
Quiero intentar otro esta noche, si me dejas.
Alejandro asintió con una sonrisa y le revolvió el cabello.
—Buen trabajo.
Sara, que estaba sentada junto a ella, apretó las manos sobre sus rodillas y, con las mejillas encendidas, murmuró: —Yo también logré tres… y… quiero intentar con otro.
—Perfecto —respondió Alejandro con aprobación—.
Estoy orgulloso de ustedes.
El olor a carne asada interrumpió la conversación.
Natalia salió de la cocina con su delantal y una gran bandeja en las manos.
—Hora de comer —anunció, sirviendo platos llenos de carne nivel verde.
Pronto todos estaban alrededor de la mesa, disfrutando de la comida.
Entre bocados, Laura sacó un mapa doblado y lo extendió frente a Alejandro.
—Hoy mapeé casi la mitad de la ciudad —dijo con un toque de orgullo—.
Marqué dónde vi a los soldados atrincherados y también dónde se movían algunos monstruos grandes.
Alejandro repasó las marcas con atención y luego la miró con una sonrisa sincera.
—Excelente trabajo.
Esto nos será muy útil.
Se inclinó hacia atrás en su silla y habló en tono serio: —Mañana, Laura y Ana se quedarán cuidando la casa.
Yo saldré e intentaré llegar a uno de estos puestos para preguntar qué está pasando y cuándo planean evacuar… o si llegarán refuerzos.
Laura lo miró con gesto grave.
—Es casi seguro que evacúen… la ciudad está demasiado destruida.
Sara se tensó y dejó el tenedor sobre el plato.
—No tenemos automóvil… si evacúan, ¿dejaremos toda la comida?
Alejandro se puso la mano sobre la boca y con calma dijo.
—Si llega ese momento, encontraré un transporte.
Y si no, en caso de emergencia solo llevaremos la sal.
El resto lo conseguiremos cazando en el camino.
Natalia, con voz suave pero firme, intervino para tranquilizar a todas porque las vio nerviosas: —He tenido que evacuar de mi casa tres veces… pero ahora, con Alejandro y ustedes, me siento segura.
Sin importar si dejamos todo atrás, lo importante es que estaremos juntas y a salvo.
Ese comentario hizo que los hombros de todas se relajaran un poco.
Camila asintió en silencio, aunque por dentro recordó que ya lo había perdido todo una vez.
Solo había llegado allí con lo que traía puesto, pero… ahora sentía que, mientras siguiera a Alejandro y a las demás, tendría un hogar.
Tras terminar la cena, limpiaron la mesa y bajaron al refugio en el sótano.
Dormir allí les daba paz, la seguridad de que, incluso si un gran animal derribaba la casa, no las tomaría desprevenidas.
Cuando la oscuridad llenó la habitación y las respiraciones se volvieron lentas y regulares, Alejandro permaneció despierto.
Se sentó lentamente, dejando que sus manos tantearon con cuidado.
Tocó las nalgas de Ana, eran inconfundibles, era la más delgada y bajita, cada una de sus nalgas cabía en sus manos, pero al sentir lo profundamente dormida que estaba, decidió no molestarla, quería dejarla descansar.
Avanzó un poco más en la penumbra hasta que sus dedos se hundieron en las suaves y grandes tetas de Isabela.
Una sonrisa maliciosa cruzó su rostro al recordar sus días como amantes secretos.
La sensación de sus grandes pechos era inconfundible, sin duda solo Camila tenía la misma talla de brasier.
Se inclinó hacia ella, cubriéndole la boca con un dedo para evitar cualquier sonido, y le susurró al oído: —Ven conmigo, arriba.
Isabela abrió los ojos, reconociendo al instante su voz.
Una chispa traviesa brilló en ellos.
—Te seguiré… — respondió con un susurro coquetón.
Se movieron con sigilo, subiendo por la escalera hasta desaparecer en la penumbra del piso superior.
Ambos se deslizaron fuera del refugio con pasos calculados, cuidando de no pisar nada que crujiera.
Subieron las escaleras lentamente, intentando que ni un suspiro delatara su escapada.
Pero, en medio de la oscuridad, Laura, acurrucada en su rincón, abrió los ojos.
Con su visión nocturna, no le costó reconocer las siluetas.
Suspiró con resignación.
—Esos dos no van a dormir nada hoy… — pensó, girándose para abrazar a Natalia y fingir que no había visto nada.
Arriba, Alejandro e Isabela intercambiaban sonrisas cómplices mientras subían.
Sus pasos eran sigilosos, pero susurros juguetones escapaban inevitablemente.
Ella, con un toque coqueta, le rozaba el brazo con los pechos como si cada escalón fuera parte de un juego prohibido.
Alejandro e Isabela subieron las escaleras, sus corazones latiendo con anticipación.
Al llegar al cuarto, Alejandro cerró la puerta con un clic suave, y la habitación quedó sumergida en la penumbra, iluminada solo por la luz plateada de la luna que se filtraba a través del ventanal.
Isabela, con una sonrisa traviesa, se lanzó sobre Alejandro, sus labios encontrándose en un beso apasionado y urgente.
Capítulo Extra solo en patreon La mañana los encontró entrelazados, la luz filtrándose por las rendijas de las cortinas.
Alejandro abrió los ojos lentamente, encontrando el rostro de Isabela tan cerca que podía sentir el calor de su respiración.
Ella sonrió con picardía.
—Buenos días, cazador —murmuró.
—Buenos días, ladrona de sueño — contestó él, besándola.
Alejandro la levantó estirándose y le indicó con un gesto que volviera al refugio.
No quería que las demás sospecharan.
Isabela lo besó una última vez antes de bajar, con su pijama algo desordenada y el cabello revuelto, sonriendo como si ocultara un tesoro.
Alejandro la vio caminando con las nalgas expuestas y sonrió al ver que había dejado sus calzones a un lado de la cama, los tomó y los puso en la mesita de noche pensando en cuál sería la siguiente.
se dirigió a la cocina, encendiendo la parrilla para preparar el desayuno.
Natalia, adormilada, apareció poco después, abrazándolo por la espalda.
—¿Otra vez madrugando?
—preguntó, con voz ronca.
—Hoy tengo que salir pronto… —respondió él, sin girarse, pero con una leve sonrisa.
Ella lo ayudó a preparar algo que pudiera llevar de almuerzo.
Cuando todas subieron del refugio, la mesa ya estaba lista.
Desayunaron juntos, y Alejandro aprovechó para repasar el mapa que Laura había marcado.
Con el objetivo claro, salió de la mansión después de equiparse.
Cruzó varias calles, cortando de manera metódica a cada animal mutado que se cruzaba en su camino.
Cuanto más se acercaba al centro, más signos de destrucción encontraba.
Los edificios del barrio rico quedaban atrás, dando paso a fachadas destrozadas, ventanas rotas por explosiones y calles cubiertas de escombros.
—Seguramente todos murieron por el veneno… tuvimos mucha suerte esta vez —murmuró para sí mismo.
Avanzaba con cautela, pero cada criatura rango azul que encontraba era experiencia y material valioso.
En poco tiempo había sumado 260 puntos de experiencia y recolectado 26 ojos azul claro, la mayoría de insectos.
Pero su ritmo se detuvo abruptamente cuando una notificación resonó en su sistema: Misión Opcional – Nivel D: [Matar Puercoespín mutante – Rango verde claro] (Aceptar / Rechazar) De inmediato, Alejandro giró sobre sus talones, analizando las calles en todas direcciones.
No veía nada… pero lo que sí notó fue el silencio: ningún otro animal mutado rondaba por allí.
como si el rango verde claro hubiera espantado a todos a su alrededor.
Se movió lentamente, evaluando cada sombra.
Recordaba bien lo peligrosos que eran los rangos verdes: contra el reptil de hielo había sobrevivido por pura suerte, y al jaguar lo había rematado después de que el ejército lo dejara moribundo.
En la siguiente cuadra, algo se movió.
Sus ojos se encontraron con los de un primate gigante, su rango claramente azul oscuro.
Musculatura densa, capaz de levantar un camión y lanzarlo varias cuadras.
El gorila golpeó el suelo con tal fuerza que dejó un cráter y, sin previo aviso, cargó contra él.
Alejandro ya había activado su aura y desenvainado su espada, dispuesto a darlo todo, cuando algo lo dejó helado: tres sombras cruzaron el aire y atravesaron al gorila de lado a lado.
En menos de un segundo, la bestia yacía clavada contra el pavimento, empalada por espinas del tamaño de un ser humano.
De una casa destrozada emergió una masa monstruosa cubierta de púas.
El corazón de Alejandro se aceleró.
Saltó a través de una ventana rota y se ocultó en lo que quedaba de una sala familiar.
El olor a muerte era insoportable: cuatro cuerpos yacían en el suelo, víctimas del veneno.
Su velocidad actual era muy buena, sus reflejos y visión superan a cualquiera a menos que estuviera evolucionado como Laura, pero ver las espinas volando de la nada como sombras borrosas lo hizo entender que no tenía oportunidad ni siquiera de darle cara, moriría en un instante.
Sudando por el repentino encuentro, agarró un trozo de espejo roto que estaba en el suelo y lo inclinó lentamente hacia la ventana, no quería asomarse directamente, si lo veía estaría acabado.
Afuera, el puercoespín devoraba el cadáver del gorila, sus espinas listas para dispararse como proyectiles.
La única zona vulnerable era su vientre y su rostro… pero acercarse era un suicidio.
No tuvo más remedio que esperar y tener fe en que no lo encontrara o se quedaría allí mucho tiempo.
Atacar sin un plan era pedir una muerte rápida.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com