Evolución Rota - Capítulo 74
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74: CAPÍTULO 74 74: CAPÍTULO 74 Cuando la noche por fin cubrió la ciudad, el puercoespín mutante terminó su festín y se alejó lentamente.
Alejandro, agazapado en la penumbra de aquella casa derruida, lo observó hasta perderlo de vista.
No se permitió ni un segundo de duda: salió de su escondite y emprendió la retirada.
Activó su máxima velocidad.
El sonido de sus pasos resonaba contra las paredes destruidas mientras doblaba esquinas y cruzaba calles, tratando de poner tantos metros como fuera posible entre él y esa opresiva presencia que había sentido.
No era solo miedo.
Era como si el aire mismo se volviera más denso cerca de aquel rango verde, como si su cuerpo le gritara que cualquier error significaría la muerte instantánea.
Tras varias manzanas, cuando la presión en el pecho comenzó a aliviarse, se detuvo para recuperar el aliento.
Sin embargo, la sensación de alivio duró apenas un parpadeo.
Frente a él, las calles estaban vivas.
Decenas, quizás cientos de siluetas se movían entre las sombras.
Insectos mutados nocturnos, muchos del tamaño de un perro, recorrían la zona en todas direcciones.
Alejandro frunció el ceño.
—Si durante el día es un problema… de noche es un maldito enjambre —murmuró.
No podía retroceder.
No podía esperar.
Así que ajustó el agarre de su espada y avanzó.
La oscuridad solo se interrumpía con destellos metálicos cada vez que la hoja cortaba el aire.
Uno a uno, los insectos que se le acercaban caían, pero la sensación era frustrante.
Apenas tenía tiempo de verlos antes de aniquilarlos, y menos aún para recolectar los ojos de los rangos azules que lograba identificar.
El sistema confirmó la muerte de dos de ellos, pero el resto eran rango blanco, tan abundantes que apenas si podía mantener limpio el filo de su espada.
Sabía que no podía vencer al puercoespín en su estado actual.
Si quería tener una oportunidad, debía fortalecerse… y eso significaba cazar sin descanso.
Cuando por fin llegó a casa, con la ropa manchada y el paso firme, encontró a todas esperándolo en la entrada.
las luces de las linternas iluminaban sus rostros tensos.
—¡Te tardaste demasiado!
—fue Laura la primera en hablar.
—¿Qué pasó?
—preguntó Natalia, con las manos cruzadas.
Sara dio un paso adelante, mordiéndose el labio.
—¿Encontraste a los soldados?
Alejandro respiró hondo antes de contestar.
—No… pero encontré algo peligroso.
Un puercoespín mutante, rango verde claro.
Gigante… y letal.
El silencio se apoderó de la entrada.
Ana fue la primera en romperlo: —¿Tan fuerte es?
—Si se acerca, ¿qué haremos?
—preguntó Camila, con preocupación evidente.
—No creo que se acerque —respondió Alejandro—.
Parece territorial.
Mientras no entremos en su zona, no debería venir… pero si lo hace, tendremos que estar preparados.
Alejandro entró, se cambió de ropa y Natalia la limpió y dejó secando en medio de la noche.
Luego le sirvió comida caliente a Alejandro y todas lo rodearon mientras comía, solo iluminado por una tenue luz de linterna, tenían algo de energía solar, pero no podían prender la luz o atraerán a los animales como un faro.
En medio de la cena siguió una lluvia de ideas.
Natalia propuso intentar tenderle trampas, Laura sugirió dispararle desde lejos, y Ana quería probar si podía cortarle las púas con sus cuchillas.
Alejandro negó con la cabeza.
— Una trampa tendría que ser enorme para hacer algo, no creo que el poder de Ana detenga las púas, son tan veloces y fuertes que incluso yo solo vi pasar la sombra sin poder reaccionar, la mejor opción es disparar desde lejos, pero desde aquí no es visible.
Mañana trataré de buscar otra ruta hacia los soldados.
No podemos enfrentarlo así.
Al día siguiente, Alejandro se levantó con un solo objetivo: cazar todo lo que se moviera.
Decidido a subir de nivel aunque tuviera que matar a mil monstruos rango azul, tomó dos espadas: la suya habitual y la que tenía el poder de congelar, reservada para emergencias.
Antes de salir, recorrió las calles cercanas a la mansión.
Una por una, se aseguró de limpiar cualquier amenaza de rango blanco que pudiera acercarse a la casa.
Sabía que en un solo día sin patrullar, la zona podía llenarse otra vez de bestias, y no podía arriesgarse a dejar a las chicas desprotegidas.
Se sentía más tranquilo sabiendo que Ana había demostrado ser una cazadora formidable y que Laura, desde las alturas, podía vigilar y disparar evitando que cualquier cosa se les acerque.
Mientras avanzaba, notó algo diferente.
Algunas de las mujeres que antes se escondían tras las ventanas ahora se asomaban con más confianza.
Incluso un par de niñas le hicieron un tímido saludo.
Él, como de costumbre, cada vez que mataba a un animal cerca de una casa habitada, dejaba la carne en la entrada.
Al principio lo observaban con recelo, creyendo que era un saqueador, pero después de varios días de repetir el gesto, empezaron a esperarlo.
Sabía que, sin esas entregas, muchos ya habrían muerto de hambre.
Solo salían a recoger la carne cuando él se marchaba, arrastrando los cuerpos rápidamente hacia dentro.
En su interior, Alejandro sabía que eso no lo hacía un héroe… pero al menos, les daba una oportunidad más de vivir un día más Una vez despejó todas las calles cercanas a su barrio, Alejandro empezó a expandir poco a poco su zona de cacería.
Los animales de rango blanco ya no le otorgaban experiencia, pero igual los cazaba.
Cuando no había casas habitadas cerca, usaba la espada congelante para dejarlos atrapados en bloques de hielo como práctica.
El sonido del hielo quebrándose bajo sus manos se volvió casi rutinario.
Fue entonces cuando encontró algo interesante: un grupo de diez mariquitas gigantes que habían hecho su nido dentro de una casa abandonada.
Todas eran de rango azul claro.
Una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Bonito premio… —susurró.
Entró con paso firme y, uno tras otro, despachó a los insectos sin darles oportunidad de reaccionar.
La sangre y el zumbido metálico de su espada llenaron el lugar.
Luego, con paciencia, les extrajo los ojos.
Era un botín valioso.
Esos ojos servirían para que las que todavía estaban en nivel blanco pudieran avanzar más rápido en el control de aura.
En ese momento, las únicas en rango azul claro además de él eran Laura y Ana, así que había muchas candidatas a beneficiarse.
Al salir, subió a un techo para echar un vistazo al área.
No muy lejos, algo llamó su atención: varias manzanas entera cubierta de telaraña.
Decidió acercarse.
Avanzó saltando de techo en techo, con cuidado de no pisar zonas inestables, hasta llegar al borde de esa zona.
No dio un paso más.
Sabía que si se adentraba en esas hebras pegajosas, quedaría atrapado como una mosca.
La telaraña cubría al menos diez cuadras, envolviendo edificios enteros.
Entre sus fibras, podía ver cuerpos de monstruos de rango blanco y algunos de azul claro, todos atrapados e inmóviles.
En el centro, como la reina de un imperio silencioso, se encontraba una araña negra enorme.
Alejandro ajustó la vista, aprovechando su percepción mejorada.
Sus múltiples ojos reflejaban un tono azul oscuro, y su aura era tan pesada que le erizó el vello de los brazos.
Estaba claro: no era un simple rango azul oscuro.
Estaba a un paso de convertirse en rango verde.
La sensación en la piel le decía que acercarse sería una sentencia de muerte.
Sin embargo, no pensaba marcharse sin aprovechar la oportunidad.
“Si no puedo cazarla… puedo robarle la comida.” Así que recorrió toda la periferia de la telaraña, matando a los animales atrapados pero evitando que quedaran como un banquete servido.
Con la espada de hielo, los congelaba junto con las fibras exteriores, sellando la comida en bloques fríos, para cuando se descongelan la carne estaría más descompuesta y al menos así fastidia a la araña.
Además, congelar las hebras también debilita la estructura externa, lo que, con suerte, molestaría a la dueña del lugar.
Varias horas después, el conteo era impresionante: más de 300 criaturas de rango blanco y 130 de rango azul claro eliminadas.
Entre ellas incluso había un escarabajo de rango azul oscuro atrapado, aunque no pudo extraerle los ojos sin arriesgarse a quedar enganchado.
Aun así, el sistema le otorgó 2800 puntos de experiencia.
La cacería había sido tan productiva que comenzó a considerar regresar otro día para robarle presas vivas a la araña.
De hecho, ya ni siquiera pensaba en el ejército; la tentación de seguir ganando experiencia gratis era demasiado grande.
Pero el sol ya caía, y el frío en sus manos le recordó que había abusado de la espada de hielo.
El constante drenaje de maná lo había dejado entumecido, y su aura estaba demasiado débil para un combate serio.
Usar esa arma de forma continua no era opción.
En el camino de regreso mató a unos cuantos animales de rango blanco, pero esta vez logró llegar antes de que oscureciera del todo.
Combatir de noche era un fastidio: cientos de insectos salían de sus escondites y, aunque fueran fáciles de matar, un descuido podía significar caer ante uno con veneno.
Cuando llegó a la mansión, todas lo esperaban.
Laura fue la primera en acercarse, seguida por Natalia y Camila.
—¿Qué pasó?
—preguntó Natalia con el ceño fruncido—.
¿Encontraste la ruta?
Alejandro dejó su mochila sobre la mesa y desplegó el mapa.
—No exactamente.
El camino está bloqueado por una araña negra.
Tiene cubiertas casi diez cuadras con telaraña… y no es cualquier cosa, sus ojos son azul oscuro, muy cerca del rango verde y meterse en su territorio es imposible, su telaraña incluso atrapó a otro rango azul oscuro.
El ambiente se tensó mientras veían a Alejandro marcar el área y dibujar una araña.
—Entonces… ¿qué hacemos?
—preguntó Camila.
—De momento, nada.
También marqué otra ruta bloqueada por el puercoespín.
Entre uno y otro, solo nos queda rodear mucho más lejos… y eso significa arriesgarse más —explicó Alejandro mientras dibujaba con un bolígrafo.
Laura cruzó los brazos.
—Los disparos que escuchó cada día son menos… y hoy el helicóptero ni siquiera salió.
Alejandro levantó la vista, serio.
—Eso significa que el ejército está perdiendo control.
Si se rompe su línea, no llegarán refuerzos a rescatarnos, tenemos que saber pronto si habrá evacuación.
En la mesa quedó el mapa, con dos grandes manchas rojas que limitaban su avance.
Y sobre todos ellos, la certeza de que el tiempo se les estaba acabando.
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