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Evolución Rota - Capítulo 75

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75: CAPÍTULO 75 75: CAPÍTULO 75 Alejandro se alistó temprano para salir.

Revisó su mochila: el mapa bien doblado, un par de vendas, y el almuerzo que Natalia le había preparado al amanecer, todavía tibio.

Ella había madrugado solo para eso, y el olor a carne asada con especias le recordaba la deliciosa sazón de Natalia que entre todas sus esposas era la ama de casa perfecta.

Al bajar a la sala, las vio a ellas concentradas en su entrenamiento.

Sentadas en círculo, absorbían con seriedad el aura contenida en los ojos mutados que había cazado en días anteriores.

Desde que Laura había evolucionado, el ambiente había cambiado; ya no lo hacían como una rutina obligatoria, sino con la determinación de alcanzar la misma fuerza.

Ana era otro ejemplo que las motivaba: verla despachar mutantes con facilidad había encendido una competencia silenciosa entre todas.

Antes de cruzar la verja de la mansión, Ana y Laura lo interceptaron.

Ambas estaban de guardia, vigilando desde puntos opuestos del muro.

—Hoy nos toca cuidar todo, no te preocupes — aseguró Laura, ajustándose el rifle en la espalda.

—El alcance de mi poder aumentó medio metro —presumió Ana, con una sonrisa orgullosa—.

Y ya puedo cargar un poco más de peso.

— Y yo ya puedo enfocar mejor mi visión —añadió Laura, tocándose el borde de la sien—.

Incluso estoy practicando cómo localizar exactamente de dónde viene cada sonido.

Alejandro les dedicó una mirada aprobatoria.

— Confío en ustedes.

Después de una breve charla partió.

Calle a calle, fue despejando su camino, eliminando a cualquier mutante que apareciera.

Ese día planeaba rodear el nido de la gran araña por la derecha.

Con la ruta clara, el avance fue rápido, pero no tanto como para ignorar oportunidades: dos mutantes de rango azul claro le salieron al paso y, con ellos, la posibilidad de sumar cuarenta puntos de experiencia y dos pares de ojos valiosos para sus mujeres.

Los decapitó sin esfuerzo, guardando los trofeos en un bolsillo lateral de la mochila.

Mientras se limpiaba las manos con un trozo de tela, un zumbido grave y constante llegó desde el horizonte.

Aviones.

Levantó la vista, pero el cielo estaba limpio desde esa posición.

Decidió buscar un punto alto.

Bajó por dos calles, localizó un edificio de cinco pisos con la fachada ennegrecida y la puerta principal estaba sellada pero no era un problema.

Un golpe de su espada bastó para romper la cerradura oxidada.

El interior era un silencio fúnebre: muebles volcados, paredes manchadas, vidrios rotos, y cuerpos en putrefacción que la nube de veneno atrapo desprevenidos.

Subió las escaleras sin mirar demasiado.

En el último piso, una patada derribó la puerta que daba a la terraza.

Entonces los vio: dos bombarderos pesados avanzando en formación, escoltados por dos cazas.

Alejandro entrecerró los ojos, analizando.

— O despejan para una toma… o preparan una evacuación —murmuró.

Si era evacuación ese mismo día, tendría un problema monumental para sacar a todas de casa.

Incluso con Ana, cruzar media ciudad infestada sería una locura.

Pero si se trataba de un operativo previo, tendría margen para planear algo.

Los aviones entraron en la ciudad y comenzaron su trabajo: explosiones en cadena, edificios colapsando, y varias líneas rectas abiertas como pasillos improvisados.

—Están limpiando rutas — concluyó Alejandro —.

Y matando todo lo que puedan en el proceso.

Entonces, un rugido atravesó el cielo.

Del bosque al este emergió un ave gigantesca, sus plumas encendidas en un fuego que no se apagaba.

Dejaba tras de sí una estela ardiente y volaba tan rápido como los cazas.

Alejandro lo supo al instante era mínimo de rango verde.

[IMAGEN EN PATREON] Los cazas viraron de inmediato para interceptarla.

El combate fue brutal y elegante: ráfagas de metralla iluminaban el cielo mientras el ave esquivaba con movimientos imposibles, lanzando llamaradas que obligaban a los pilotos a maniobrar al límite.

En una pirueta cerrada, la criatura rompió el enfrentamiento frontal y fue directo al bombardero que se había rezagado.

Se posó sobre él como un depredador sobre su presa, y en segundos lo incineró, derritiendo las alas.

El avión cayó en espiral, y cuando impactó contra la ciudad, la explosión fue tan grande que formó un hongo de fuego, seguramente por las bombas que aún no arrojaban.

La onda expansiva viajó hasta Alejandro, reventando los pocos vidrios que aún quedaban enteros en las fachadas cercanas.

El combate continuó.

Los cazas, rabiosos, persiguieron al ave que se deslizaba con giros perfectos.

Y de pronto, en una trayectoria que lo hizo tensarse, la criatura se lanzó en línea recta hacia donde él estaba.

Alejandro aferró su espada, preparado para apartarse si veía otra explosión inminente.

Pero el ave pasó por encima de su posición.

Entonces, uno de los cazas logró encajar un misil directo.

El proyectil impactó, y la criatura estalló en una bola de fuego y la onda explosiva casi rumba a alejandro del tejado; plumas incandescentes comenzaron a caer como brasas sobre la ciudad.

El ave mutante cayó como un meteorito sobre un edificio a pocas cuadras de donde Alejandro observaba.

Apenas tocó la estructura, el segundo caza no dudó: disparó otro misil directo a la zona de impacto.

Alejandro apenas tuvo tiempo de lanzarse al suelo, cubriéndose la cabeza.

La detonación fue ensordecedora.

El aire caliente lo golpeó de frente, y un destello blanco lo dejó momentáneamente ciego.

El estruendo retumbó en su pecho, podía sentir como el edificio donde estaba crujía por el pequeño temblor que causó la explosión, y cuando se atrevió a mirar, el lugar donde había caído el monstruo no era más que un cráter humeante, con las paredes de los edificios cercanos calcinadas y fragmentos ardiendo en el aire.

En el cielo, los aviones cambiaron su formación a defensa cuando un grupo de aves más pequeñas apareció en el horizonte, como si respondieran a la muerte de la criatura.

Sin embargo, no entraron en combate: los cazas escoltaron al último bombardero superviviente, y juntos se retiraron hacia el norte, desapareciendo en cuestión de minutos.

Alejandro no perdió tiempo.

Bajó a toda prisa las escaleras del edificio en ruinas, saltó el último tramo y corrió entre las calles hacia la zona de la explosión.

A mitad de camino, algo captó su atención: una pluma roja, larga y reluciente, reposaba sobre el asfalto agrietado.

Se agachó, tomándola con cuidado.

El calor que despedía era leve, como el de una piedra que ha estado al sol, y el tacto era extraño, más firme que una pluma normal, pero ligera como el aire.

Su sistema la analizó al instante: Material: Plumas de Ave Mutada Rareza: Verde claro Cualidades: Aura ignífuga, impermeabilidad, resistencia aerodinámica.

Alejandro chasqueó la lengua.

—Un tesoro… —susurró, guardándola con cuidado en la mochila.

Desde ese momento, su misión cambió: antes de llegar al punto de impacto, buscaría todas las plumas que pudiera encontrar.

Avanzó entre calles derrumbadas y muros agrietados, hallando tres más en las aceras y otras cuatro sobre techos bajos, a las que accedió con saltos precisos.

Cada una parecía recién caída, brillando bajo la luz tenue de la tarde, el resto estaban casi incineradas o muy destruidas.

Cuando por fin alcanzó la zona cero, el panorama era apocalíptico.

Varias casas habían colapsado por la onda expansiva, los restos de muebles y vigas ardían en montones dispersos, y un humo espeso hacía arder los ojos.

En el centro, un amasijo irreconocible de huesos y carne carbonizada aún crepitaba bajo llamas rojas.

El calor era tan intenso que el aire temblaba sobre el cráter.

El olor a carne quemada se mezclaba con el de combustibles y polvo.

Del ave no quedaba nada que pudiera aprovecharse; su cuerpo había sido consumido casi por completo por el fuego y las explosiones.

Alejandro observó un instante, evaluando si valía la pena seguir allí, pero el humo irritaba sus pulmones y ya había perdido casi dos horas desde el inicio de los bombardeos.

Se dio media vuelta y comenzó el camino de regreso a casa, satisfecho con las ocho plumas que había asegurado.

En su mente ya tenía claro en qué las usaría.

Cuando llegó a la mansión, Laura lo estaba esperando en el vestíbulo, los brazos cruzados y expresión inquisitiva.

—¿Qué pasó con los bombardeos?

—preguntó sin rodeos.

Alejandro dejó la mochila sobre la mesa.

—Están intentando despejar un camino y destruir algunos nidos… pero no lo lograron.

El ave los detuvo.

—La vi —dijo Laura, con tono serio—.

Rango verde claro.

Y sus plumas eran rojas.

Alejandro arqueó una ceja.

—¿Pudiste ver el color desde aquí?

—Con mi visión mejorada, sí.

Incluso podía distinguir el fuego en las alas.

Él sonrió con admiración.

—Eres mejor vigía de lo que pensé.

Las demás se acercaron, curiosas.

Alejandro llamó a Luisa: —Ve por la última espada que no usamos.

La joven salió corriendo y regresó con la última katana que compró Alejandro.

hoja sencilla de color metalico, la empuñadura era negra con adornos blancos.

Alejandro sacó las plumas de la mochila, y todas contuvieron el aliento.

Con un gesto, activó su habilidad de integración material.

Las plumas se desvanecieron, absorbidas por la espada, que adquirió un tono rojizo en el filo.

Aún no había recuperado por completo su aura desde el día anterior, cuando había usado la espada de hielo, pero bastó un leve impulso para que el filo se encendiera en llamas vivas.

Las chicas abrieron los ojos, fascinadas.

Alejandro hizo un corte al aire, y una llamarada se proyectó un metro antes de dispersarse en chispas.

—¡Eso es increíble!

—exclamó Sara, llevándose las manos a la boca.

—Con eso podrías quemar las telarañas del nido — añadió Luisa, pensando en la historia de la araña aterradora que alejandro les conto.

Alejandro apagó el fuego con un leve movimiento de muñeca.

—Escuchen bien —dijo con voz firme—.

A partir de ahora, la espada de hielo será para ustedes.

Quiero que cada día la practique una distinta.

Así entrenarán su mana y aprenderán a usar aura de forma constante.

La que logre manejarla mejor… se la quedará.

Yo usaré la de fuego solo en emergencias pero si alguna de ustedes tiene un buen desempeño se la dare.

Las caras de todas se iluminaron con una mezcla de entusiasmo y determinación.

No todas tenían poderes como Ana o la vista mejorada de Laura, pero con un arma como esa, tendrían una oportunidad real en combate.

—Entonces… —sonrió Isabela—, será una competencia.

—Una competencia en la que yo voy a ganar —respondió Natalia, cruzándose de brazos con un gesto desafiante.

Luisa sin decir nada avanzó y tomó la espada, cuando tocó el suelo con la hoja una gran columna de hielo se alzó como una estalactita.

Todas miraron sorprendidas a la niña que se puso la mano en la cintura orgullosa.

Alejandro las miro y les dijo — creo que alguien les lleva ventaja.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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