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Evolución Rota - Capítulo 76

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76: CAPÍTULO 76 76: CAPÍTULO 76 La ciudad tenía un ambiente desolador por el anterior toque de queda.

Vanessa caminaba con paso inseguro, su corazón latiendo rápido mientras recordaba la última vez que vio a su padre.

Él, un funcionario del gobierno de voz firme y comprometido con el trabajo, había prometido volver pronto.

Siempre enviaba dinero y provisiones, aunque eso apenas alcanzaba para mantener a flote a su familia: Tatiana, su esposa de 36 años y madre de Vanessa, la hija mayor que recién cumplidos los 18; y la pequeña Lucía, de tan solo 12 años.

Vivían con lo justo, racionando comida como si cada grano de arroz fuera oro.

Pero todo cambió con la revuelta.

El mando militar tomó el control y, en medio del caos, el padre quedó atrapado entre refugiados y soldados.

No hubo distinción… las balas cayeron como lluvia, sin importar quién estuviera en la mira.

Su familia nunca se enteró.

Incluso una semana después de su muerte, una caravana militar llegó con las provisiones del mes que siempre repartieron a la familia de los funcionarios, como siempre.

Tatiana y Vanessa preguntaron por él, pero los soldados, con miradas vacías, respondían igual que máquinas: —Solo repartimos lo que está en la lista… no sabemos nada más.

Aquello les dio una falsa esperanza.

Si seguían recibiendo comida, él debía estar vivo.

¿Verdad?

Esa ilusión se quebró cuando llegó la noticia: el ejército fumigaría un gas letal para erradicar una plaga de mosquitos mutantes.

Les entregaron máscaras anti-gas y, aunque Tatiana intentó calmar a sus hijas, no podía ocultar su preocupación.

—Debe volver antes de la fumigación… — susurraba para sí misma mientras acomodaba las provisiones que el ejército le dio.

El día antes de la fumigación tomó una decisión desesperada.

—Vanessa… —su voz temblaba, pero intentaba mantenerse firme—, cuida a tu hermana.

Yo iré a buscar a tu padre.

—¿Y si no vuelves?

—preguntó Vanessa, sintiendo un nudo en la garganta.

—Volveré —mintió—.

Lo traeré conmigo.

Salió con un grupo de soldados que pasaban por la zona.

No eran taxis, solo la llevaron por ser familiar de un alto cargo de la alcaldía; se detuvieron en múltiples puntos para entregar máscaras y provisiones.

Tatiana ayudó a repartirlas, cada minuto mirando de reojo el horizonte, temiendo que el tiempo se agotara.

Al llegar al cuartel, buscó con desesperación entre los funcionarios.

La mayoría ya se había dispersado y el ejército le dijo que ya se habían ido a casa el día anterior y que si no hubiera vuelto seguramente estaría muerto.

Su única opción fue plantarse frente a un muro de listas de fallecidos: cientos de nombres impresos en hojas arrugadas y manchadas.

El olor a papel húmedo se mezclaba con el aire pesado.

Pasó horas revisando fila por fila, hasta que una mano se posó sobre su hombro.

—Señora… — era un soldado joven, de uniforme desgastado—, aquí tiene una vela y una manta.

La noche será larga.

Tatiana lo miró percatandose que estaba oscureciendo, y él sintió un golpe en el pecho.

La expresión en sus ojos le recordó a su propia madre, a la que no veía desde hace más de un año.

Finalmente, la desgracia se confirmó.

Encontró el nombre de su esposo.

Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas.

La vela rodó por el suelo mientras un grito ahogado le escapaba de los labios.

El soldado, identificado en su placa como Ramírez, se arrodilló a su lado.

—Lo siento… —susurró, con la voz quebrada.

Él también lloraba, recordando su propio hogar perdido del que no tenía noticias ni esperanzas de volver.

Al final ella pasó toda la noche acurrucada en una esquina llorando con su manta puesta.

Faltaban pocas horas para la fumigación cuando Tatiana comenzó a pedir ayuda para volver a casa.

Nadie aceptaba.

El riesgo era demasiado alto.

Ramírez, al verla desesperada, se acercó a su superior.

—Señor, déjeme llevarla.

Iré con la patrulla que recoge munición en las fábricas.

—No estamos para favores, Ramírez… — respondió el hombre, cansado.

—No es un favor… —insistió—.

Podría ser mi madre ahí afuera.

Con un suspiro, el superior cedió, al ver a la mujer también le recordó a su familia, todos allí habían sido separados de sus hogares y desde la caída del internet, no tenían noticias de nadie.

Ordenó que Tatiana se uniera al grupo.

El viaje comenzó con los motores rugiendo en medio de una ciudad fantasma.

Dentro del vehículo hermético, los soldados bromeaban: —Mira, el valiente Ramírez, llevando a su madre a casa.

—No es mi madre… —replicó él, molesto—.

Es la esposa de un compañero caído.

Uno de los hombres le ofreció a Tatiana una barra de dulce al sentirse mal por eso.

—Para el camino, señora.

Disculpe la broma.

En la primera fábrica cargaron cajas de munición.

Al dirigirse al siguiente punto, la radio crepitó: —Atención, la fumigación se adelanta.

Repito, la fumigación se adelanta.

—¡Maldición!

—exclamó el conductor—.

¿Y ahora qué?

El conductor se detuvo y le informó de su ubicación a la base, La voz del radio les indicó unas coordenadas cercanas: un almacén militar seguro, donde podrían refugiarse hasta que el gas se disipará.

Al llegar, golpearon el portón metálico y una voz desde adentro gritó: —¡Identifíquense!

—Patrulla Alfa, cargamento de municiones y una civil —respondió Ramírez.

El almacén resultó ser una torre de diez pisos, confiscada por el ejército al inicio de la crisis.

Tatiana fue conducida a una oficina en el octavo piso, la única área con camas.

Desde la ventana, vio cómo los primeros aviones sobrevolaban la ciudad.

Cuando la neblina cayó, todo se volvió blanco.

Durante una hora no pudo ver nada más allá de la ventana, como si estuviera atrapada en las nubes.

Luego, la bruma descendió, revelando siluetas inquietantes: destellos de disparos y formas monstruosas moviéndose entre edificios.

Algunas figuras eran tan grandes que parecían saltar por encima de las casas.

Los disparos se intensificaron.

Tatiana se cubrió los oídos, temblando, mientras rezaba por que sus hijas estuvieran bien.

—Van a resistir… tienen que resistir… —se repetía.

Unas horas más tarde el rugido de aviones cortó el cielo.

Las bombas impactaron cerca, rompiendo los vidrios de las ventanas.

El aire se llenó de polvo y olor a pólvora.

—¡Máscaras!

—gritó un soldado, y todos se las colocaron de inmediato y subían a los pisos altos donde la neblina era menos espesa.

Durante días, el edificio se convirtió en una fortaleza improvisada.

Francotiradores en los pisos altos disparaban a cualquier cosa que se moviera, pero muchas criaturas parecían no inmutarse.

En las noches, los rugidos de bestias mutadas resonaban, haciendo vibrar las paredes.

Mientras más soldados llegaban retrocediendo desde las líneas del frente en busca de refugio.

Tatiana sobrevivía gracias a las reservas de comida, para no ser expulsada de allí, se dedicó a ayudar a los heridos y cocinarles a todos, pero la tensión la consumía.

Ramírez pasaba a verla cuando podía.

—¿Está bien?

—preguntaba, dejando sobre la mesa alguna ración extra.

—Sí… —mentía—.

Pero necesito volver con mis hijas.

— Cuando sea seguro… lo juro.

El tiempo en aquel lugar se volvió un ciclo interminable de disparos, explosiones y gritos.

Un día, un estruendo mayor que todos los anteriores sacudió el edificio: un ciempiés gigante había logrado colarse.

El caos fue absoluto.

Disparos y granadas estallaban dentro del propio almacén.

Ramírez fue uno de los primeros en enfrentarlo, lanzándose con una escopeta al monstruo que destrozaba paredes como papel.

Tatiana lo vio caer desde la escalera, aplastado contra el suelo.

Quiso gritar, pero el humo y los disparos ahogaron su voz.

Otros soldados lograron abatir a la criatura, pero el precio fue alto: el piso quedó cubierto de cuerpos, y la sangre se mezclaba con el veneno que aún flotaba en el aire.

El almacén resistió, pero la guerra afuera no cesaba.

Tatiana entendió que, aunque sobreviviera, la ciudad que conocía ya no existía y lo único que podía hacer era rezar por sus hijas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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