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Evolución Rota - Capítulo 77

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77: CAPÍTULO 77 77: CAPÍTULO 77 La casa estaba en silencio, interrumpido casualmente por el crujir ocasional de la madera o el retumbar lejano de disparos.

Desde que su madre había salido a buscar a su padre, Vanessa no había vuelto a verla.

Aquella última frase, susurrada en la puerta antes de marcharse, aún resonaba en su cabeza: —Volveré antes de que caiga la neblina… Pero la neblina había llegado, y su madre no.

La bruma blanca, densa y venenosa, cubría las calles como un sudario.

Desde las ventanas del segundo piso, Vanessa y su hermanita Karen observaban cómo el mundo se transformaba en un lugar muerto.

el silencio estaba roto solo por el eco distante de explosiones o por los chillidos desgarradores de algún monstruo invisible.

Por suerte, los vidrios de su casa —ubicada en la zona de ricos— habían resistido la onda de los bombardeos.

Pero sobrevivir no era tan simple.

No había agua corriente ni electricidad.

Lo poco que tenían era gracias a la previsión de Vanessa, que había llenado hasta el último tarro, botella y bolsa con agua cuando anunciaron la fumigación.

La comida, en cambio, era un problema más cruel.

Latas contadas, un poco de arroz y unas cuantas galletas duras.

Vanessa había decidido, sin decírselo a su hermana, comer menos para dejarle más a Karen.

Lo hacía en silencio, apartando su porción mientras fingía que ya había comido.

— Come tú, todavía estás creciendo —le decía, forzando una sonrisa.

— Pero tú también necesitas… — Ya comí antes —mentía, acariciándole el cabello para que no insistiera.

Las noches eran frías.

Dormían juntas en el sofá de la sala, cubiertas con mantas raídas, escuchando el sonido inquietante de pasos pesados en el exterior.

A veces eran animales mutados, otras, cosas que no podían identificar.

Había días en que escuchaban el golpeteo de garras contra el asfalto, y luego un rugido que helaba la sangre, en otras ocasiones algunos vehículos del ejército pasaban disparando mientras eran perseguidos por animales, incluso escuchaban explosiones cercanas a su casa.

—¿Crees que mamá volverá pronto?

— preguntaba Karen cada noche.

—Claro que sí… y traerá a papá —respondía Vanessa, aunque por dentro la duda la carcomía.

Bañarse era un lujo extraño.

Usaban un balde con agua fría que calentaban un poco en una olla sobre una llama improvisada, encendida con lo que quedaba de madera de los muebles viejos.

La cocina estaba llena de hollín por el humo.

cada día era peor que el anterior, el hambre estaba haciendo estragos en las dos y Vanessa no sabía que hacer.

Un día, mientras el silencio se extendía como una losa, un ruido seco y fuerte rompió la calma.

Algo había golpeado la calle frente a su casa.

Vanessa se asomó con cuidado, con el corazón en la garganta… y lo vio.

Un hombre alto, musculoso, con una espada manchada de sangre.

A sus pies yacía un animal mutante parecido a un enorme perro.

La mirada de él se cruzó con la suya, y ella retrocedió de inmediato, pensando que iba a derribar la puerta.

Corrió a la cocina, tomó un cuchillo con las manos temblorosas y puso a Karen detrás de ella.

—Si intenta entrar, corres a la habitación y cierras —le susurró, intentando sonar firme.

Pero el hombre no entró.

En cambio, dejó algo frente a la puerta y se alejó sin mirar atrás.

Vanessa se quedó paralizada unos segundos viendo la silueta por los cristales sucios de la puerta, escuchando cómo sus pasos se desvanecían.

Luego, con el corazón acelerado, miró por la ventana.

Esperó casi una hora, hasta que estuvo segura de que no volvería.

El olor metálico de la sangre se colaba por debajo de la puerta.

Abrió con cautela y lo vio: dos enormes piernas traseras del animal.

Carne fresca.

Suficiente para varios días.

No pensó, incluso si era una trampa debía tomar el riesgo, simplemente la arrastró hacia adentro, cerró con llave y se dejó caer en el suelo.

Tenía tanta hambre que esa carne cruda parecía un banquete.

Karen, que en otro tiempo habría sentido asco o miedo, solo la miraba con el mismo brillo hambriento en los ojos.

Subieron al tercer piso arrastrando la carne, donde abrieron una ventana apenas para dejar escapar el humo, y con pedazos de madera de una cama improvisaron una fogata.

La carne chisporroteaba mientras el olor llenaba el cuarto.

Karen no pudo esperar; tomó un trozo y se quemó la lengua, pero siguió comiendo con lágrimas en los ojos.

Vanessa también temblaba mientras comía.

Hacía semanas que no probaban proteína.

Esa noche durmieron junto al fuego, custodiando la carne como si fuera oro.

Los días siguientes se convirtieron en una rutina de espera.

Sentadas junto a la ventana, veían pasar criaturas deformes, insectos del tamaño de perros, sombras veloces que cruzaban la calle.

Una vez, vieron a un vecino intentar salir.

Un zumbido agudo cortó el aire y, en un instante, un insecto le arrancó la cabeza.

El cuerpo fue devorado en segundos.

Vanessa evitó que la niña viera eso.

tapándole los ojos y arrastrandola a un baño.

—Nunca saldremos, ¿verdad?

—murmuró Karen, con la voz apenas audible.

—Claro que sí… algún día el ejército vendrá —mintió Vanessa, acariciándole el cabello.

Una tarde, un sonido como un cuchillo cortando el viento las alertó.

Se asomaron y lo vieron de nuevo: el hombre de la espada, esta vez acompañado por una mujer pequeña, rubia, con unos intensos ojos azules.

Su piel estaba limpia, radiante y tenia puesto un vestido blanco, como si viniera de otro mundo.

De repente, un aura azul brotó de sus manos y su cabello se elevó ligeramente.

Un animal que intentaba embestirlos se quedó suspendido en el aire.

La mujer apretó el puño y el cuello del monstruo crujió.

Cayó muerto al instante.

— Parece… magia — susurró Karen, fascinada.

La mujer saltó sobre el hombre con una sonrisa amplia, celebrando su victoria como si fuera un juego.

Vanessa la miraba boquiabierta.

Ese hombre le había traído comida, pero tenía miedo que fuera un saqueador, sin embargo ahora estaba acompañado de una mujer igual de fuerte que él y paseaban como si fuera un juego.

Sus ojos se cruzaron otra vez y pero en esta ocasión aunque por reflejo se escondieron detrás de las cortinas no tenían el mismo miedo de antes.

Repitió el mismo gesto que la vez anterior: dejó un trozo enorme de carne en la puerta, tocó y se fue.

Esta vez, Vanessa no esperó tanto para abrir.

Junto a Karen, arrastró el botín hacia adentro.

Era suficiente para cuatro días.

Ambas hablaron por horas sobre esos dos, pensando en lo fuerte que era él para combatir contra esos monstruos solo con una espada y del poder tan extraño que tenía la chica rubia o qué relación tendrían ambos.

La tercera vez que lo vieron, estaba solo.

Portaba dos espadas, y una de ellas congelaba todo lo que tocaba.

Cortaba a los monstruos con tal rapidez que parecían estatuas de hielo antes de caer hechas pedazos.

La carne que dejó estaba completamente congelada.

Vanessa la guardó en la vieja hielera junto a la que tenía, era perfecto para mantener la carne en buen estado por más tiempo.

— ¿Crees que sabe que solo estamos nosotras?

— preguntó Karen, tocando el hielo con curiosidad.

— Creo que sí… y por eso nos ayuda — respondió Vanessa, sin saber por qué confiaba en aquel extraño.

Las hermanas empezaron a hablar de él todo el tiempo: del hombre y de la chica rubia, de su poder de congelar cosas.

Se preguntaban quiénes eran, cómo sobrevivían ahí afuera, si vivían en un refugio.

Y, sobre todo, si deberían saludarle la próxima vez… o pedirle que las llevara con ellos.

Esa noche, mientras se acurrucaban bajo las mantas, Karen sonrió por primera vez en semanas.

—Tal vez… cuando vuelva, podremos irnos con él.

Vanessa no respondió de inmediato.

Miró el techo, escuchando los ruidos lejanos de la ciudad moribunda, y susurró: —Tal vez, hermanita… tal vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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