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Evolución Rota - Capítulo 78

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78: Capítulo 78 78: Capítulo 78 El cielo seguía cubierto por un gris extraño, pesado, como si la ciudad estuviera atrapada en un limbo después de la caída del ave de fuego rango verde.

Alejandro lo había pensado muchas veces: fuera cual fuera el plan del ejército —evacuar o traer refuerzos— estaba condenado al fracaso sin el dominio del aire.

Ahora que ese depredador había desaparecido, el cielo se había vuelto un caos.

Como si al caer un alfa, las bestias menores hubieran reclamado el vacío.

Bandadas de aves mutadas cruzaban a velocidades imposibles, algunas peleando entre sí por el territorio, otras lanzándose contra cualquier cosa que se moviera en tierra.

Un solo bombardero perdido ya había sido demasiado; imaginar una operación aérea masiva parecía absurdo.

El país simplemente no tenía esa fuerza.

Alejandro dejó escapar un suspiro mientras blandía su nueva espada de fuego en el jardín de la mansión.

La hoja ardía con un resplandor rojizo cuando vertía su aura en ella.

Cada corte encendía un látigo de llamas que quemaba la hierba húmeda y ennegrecía las paredes del muro.

Era devastador, pero su costo era prohibitivo: apenas podía mantener esa potencia un par de minutos antes de sentir el maná drenársele del cuerpo.

—Necesito más ojos… muchos más… —murmuró, bajando la espada y mirando el humo disiparse en el aire húmedo.

La conclusión era clara: si quería usar un objeto rango verde claro de forma continua, tanto él como las chicas debían evolucionar rápido.

Y para eso necesitaban cazar sin descanso.

Con esa determinación, preparó su equipo para salir.

Esa mañana todas lo esperaban en la sala para despedirlo.

Alejandro sentía una motivación inusual, casi febril, por lanzarse a cazar desde temprano.

Pero apenas abrió la puerta, un aguacero repentino cayó sobre la ciudad, azotando los techos y encharcando el suelo.

—¿Eh?

—se quedó congelado, mirando cómo la cortina de agua ahogaba su ánimo—.

¡No me jodas…!

Laura, serena como siempre, se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No es buena idea salir así.

Con esta lluvia apenas podrás ver, y el ruido cubrirá a los mutantes.

Podrían emboscarte.

Alejandro frunció el ceño, chasqueando la lengua.

—Maldita sea… quería probar la espada con lo primero que se me cruzara.

Ana, traviesa, aprovechó el momento: saltó sobre él, cerró la puerta con un empujón de su poder psíquico y lo besó en la mejilla.

—Entonces quédate con nosotras —le susurró con una sonrisa pícara—.

Hace tiempo que no pasas un día tranquilo en casa.

—¡Exacto!

—Luisa lo tomó de las manos y lo arrastró hacia la sala—.

Hoy juegas con nosotras.

Isabela, la más descarada, atrapó su otro brazo y lo acomodó entre su pecho con burla.

—Lo siento, cazador, pero hoy tienes que atender a tu harén.

—¡Oigan, yo quería ojos!

—se quejó él, arrastrado como un niño.

Sara, más seria, levantó la voz tímidamente: —Si no sales… podrías enseñarme otra vez a usar el aura en la espada.

No logro que funcione como explicaste.

Camila, siempre serena, agregó en un susurro: —Yo… quisiera que me enseñaras a pelear… aunque sea un poco.

Natalia apareció detrás, sumándose a la multitud para empujarlo suavemente hacia el sofá.

—Un líder de harén no puede abandonarnos todos los días.

— Agregó con su tono de broma Laura, observando la escena con los brazos cruzados, estalló en una risa clara.

El sonido de la lluvia retumbaba en el techo mientras todos se acomodaban en la sala.

El mundo exterior parecía lejano, cubierto por la tormenta.

Alejandro terminó sentado, resignado, mientras Isabela le masajeaba los hombros.

Frente a él, Ana hacía levitar a Luisa como si fuera un avión, concentrándose con el ceño fruncido.

Mantener el peso en el aire por mucho tiempo era un entrenamiento brutal, pero ella lo tomaba con seriedad, riéndose cuando Luisa aleteaba los brazos fingiendo volar.

Sara y Camila se habían sentado en posición de loto, cada una sosteniendo un par de ojos mutados, absorbiendo aura con esfuerzo.

Sus respiraciones eran profundas, sincronizadas, un reflejo del tiempo que llevaban entrenando juntas.

Alejandro se inclinó, curioso.

—Van bien —comentó con aprobación.

Camila abrió un ojo tímidamente.

—¿De verdad?

A veces siento que no avanzo… Sara la animó: —Sí avanzamos.

Laura nos lo prometió… —¿Qué les prometió?

—preguntó Alejandro, arqueando una ceja.

—Un secreto —respondió sin darle más pistas.

Laura sonrió misteriosa desde la otra esquina, donde practicaba con la espada de hielo.

Ella no podía congelar tanto como Alejandro, Ana o Luisa, pero su control era impecable.

Se concentraba en verter su aura lentamente, creando pequeñas capas de hielo sobre un balde.

Cuando los bloques se derretían, obtenían agua perfectamente potable.

Una solución que se había vuelto vital en la casa.

La rutina fue interrumpida por Natalia, que entró con una bandeja de pastelitos recién hechos.

—Hora del descanso —anunció con orgullo.

Las chicas dejaron todo y corrieron a la mesa improvisada.

Aunque eran postres artesanales, hechos sin horno, el sabor cálido de la harina dulce llenó la sala.

—Extraño la leche —dijo Ana, mordiéndolo con nostalgia.

—Yo extraño los dulces de verdad —suspiró Luisa.

Pronto todas compartían recuerdos: ropa nueva, helados, música en vivo, cosas simples que ahora parecían sueños.

Cuando se giraron hacia Alejandro, esperaban su respuesta.

Él sonrió de medio lado.

—Yo no extraño nada… porque ahora estoy rodeado de chicas hermosas comiendo mis postres favoritos.

—¡Mujeriego!

—lo acusaron todas al unísono, entre risas.

El ambiente volvió a ser ligero, a pesar de la tormenta.

La lluvia siguió, golpeando incansablemente el plástico que cubría la piscina del jardín.

Por suerte, los agujeros hechos en el centro permitían que el agua cayera directo llenándola otra vez.

Tenían reservas de sobra para bañarse y lavar.

En ese momento, Alejandro se recordó lo afortunados que eran de vivir en un país sin estaciones extremas: aunque existían épocas secas, siempre habría lluvia para llenar sus depósitos.

La tarde pasó con tranquilidad, salvo por una rana gigante de rango blanco que entró al jardín.

Croó varias veces.

Cuando se acercó a la casa, Alejandro desde el sofá a través de la ventana, activó su Aura y la rana intimidada por un ente azul claro, saltó hasta el muro y desapareció en otra calle.

Nadie se molestó en matarla.

Sara y Camila lo vieron con asombro, no habían visto usar su aura así e incluso ellas se sintieron un poco oprimidas por la sensación aunque la intención asesina estaba dirigida a otro, eso fue una motivación más para seguir absorbiendo el aura de los ojos.

Al día siguiente, la tormenta se había ido.

El aire estaba húmedo, impregnado con un olor terroso.

Las nubes cubrían el sol, bajando la temperatura, dándole al paisaje un aspecto lúgubre.

Alejandro salió decidido.

Primero despejó el vecindario: tras la lluvia, cientos de ranas rango blanco habían surgido como una plaga, incluso en los tejados.

Eran tantas que parecían cubrir el asfalto como una alfombra viviente.

Al matarlas, notó que algunas tenían vientres abultados; al abrirlos, encontró restos de insectos rango blanco.

Parecía que habían tenido un festín nocturno.

Después de limpiar el área y dejar carne en las puertas de las pocas casas aún habitadas, corrió hacia el centro de la ciudad.

Esta vez no se dejaría distraer.

Ignoró a los rangos blancos y apenas se detuvo con algunos rango azul claro para extraer sus ojos.

Antes del mediodía ya estaba en la zona donde el ave de fuego había caído.

Los edificios allí eran esqueletos carbonizados, sus fachadas negras y quebradas.

De repente, un estruendo seco retumbó desde un edificio cercano.

Alejandro giró la cabeza justo a tiempo para ver cómo el concreto se resquebrajaba y un monstruo emergía de las profundidades atravesando un agujero de una puerta y entrando por otro agujero de una ventana: un ciempiés mutado de rango azul claro.

Su cuerpo era un tren interminable de placas negras y húmedas, con decenas de patas puntiagudas que arañaban el suelo al arrastrarse.

Cada movimiento producía un sonido chirriante, como acero raspando contra piedra.

Su cabeza, grotesca, estaba coronada por antenas brillantes y unas fauces que se abrían y cerraban con chasquidos que parecían cuchillas.

Alejandro apretó la empuñadura de la espada de fuego.

Un sonido familiar resonó en su mente: Misión: Nivel E [Despejar nido de ciempiés mutantes].

Una sonrisa apareció en su rostro.

—Justo lo que necesitaba… —murmuró, desenvainando.

El aire alrededor de él se calentó, mientras la espada evapora el agua del suelo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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