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Evolución Rota - Capítulo 80

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80: Capítulo 80 80: Capítulo 80 Alejandro levantó la vista al cielo.

El sol se filtraba débil entre nubes grises y calculó que debía ser un poco más del mediodía.

Apretó el mango de la espada y respiró hondo.

Aún podía seguir ya estaba muy cerca para retroceder otra vez.

El camino lo llevó por calles desiertas, llenas de autos calcinados y paredes perforadas.

A medida que avanzaba, el rastro de la guerra era más evidente: cadáveres de animales mutados regados en el asfalto, cuerpos perforados con precisión quirúrgica por francotiradores, bestias colosales partidas por la mitad por lanzagranadas, y otras hechas jirones por pura metralla.

Cuando alzó la vista, lo vio.

Un edificio alto, con su fachada llena de abolladuras y agujeros de bala.

Había movimiento en las ventanas.

Soldados.

Alejandro se detuvo.

Sabía que lo estaban observando, rifles apuntándole al pecho.

Con calma, levantó una mano en señal de saludo, mostrando que no representaba amenaza.

Siguió caminando a paso lento, sin ocultar las espadas que colgaban de su cintura.

En lo alto, distinguió siluetas discutiendo.

Uno de ellos desapareció de la ventana, seguramente para dar aviso.

Alejandro llegó hasta la entrada y se quedó quieto, aún con la mano levantada.

La puerta metálica del edificio rechinó al abrirse.

Estaba llena de golpes, abolladuras y algunas perforaciones de balas.

Detrás, varios soldados lo encañonaron al unísono.

—¡Alto ahí!

—gritó uno de los rasos, con voz firme—.

¿Llevas alguna otra arma además de esas espadas?

Alejandro lo miró con serenidad.

—Solo mis espadas.

—¿Perteneces al ejército?

—insistió otro, sin bajar el fusil.

—No.

Soy un cazador civil —respondió Alejandro—.

Vine a preguntar si hay algún plan de evacuación.

No busco refugio, solo información.

—Entonces tira tus armas al suelo —ordenó el primero, avanzando un paso.

Alejandro entrecerró los ojos.

No se movió.

La tensión creció, los fusiles listos para disparar.

y él se estaba planteando usar su aura para paralizarlos y huir de allí.

Entonces, desde la escalera interior bajó un hombre mayor que el resto.

Su uniforme tenía más insignias, y en su porte se notaba que era de rango superior.

—¡Bajen las armas!

—ordenó con voz grave.

—Pero, mi teniente, aún tiene sus espadas— protestó uno.

—No importa —replicó el oficial, con gesto serio—.

Los francotiradores del último piso lo vieron despejar un nido de ciempiés con fuego.

¿Crees que quitarle sus espadas lo hará menos peligroso?

Los soldados se miraron sorprendidos.

Uno murmuró entre dientes: —Imposible… un solo hombre acabando con esos bichos… Otro añadió en voz baja: —A nosotros nos costó diez hombres matar a uno que se colo… El oficial se adelantó, su presencia imponía calma.

—Soy Ramírez, teniente primero de este destacamento.

— le tendió la mano con amabilidad—.

Bienvenido.

Alejandro, aún alerta, le devolvió el saludo.

—Alejandro.

—Entra, por favor.

No podemos dejar la puerta abierta por seguridad.

Dudó un instante, pero terminó aceptando.

El metal se cerró tras él con estruendo.

Ramírez lo guió hacia las escaleras.

En el camino, Alejandro observó.

El primer piso era un matadero: diez soldados despiezaban una rata mutada de ojos azul oscuro, la habían arrastrado hasta dentro y ahora le sacaban la carne para repartirla.

El olor a sangre fresca impregnaba el aire.

El segundo piso estaba lleno de cajas de comida magulladas y botellas de agua.

Se notaban los saqueos y la improvisación.

En el tercero, el caos era evidente.

Cascos vacíos, paredes perforadas y barricadas improvisadas con sacos de arena.

Francotiradores vigilaban desde las ventanas, ametralladoras fijas apuntaban a las escaleras, preparadas para un repliegue desesperado.

En contraste, el cuarto piso tenía más orden.

Menos daños, montañas de cajas de suministros y soldados descansando en catres improvisados.

Todos se giraron a ver a Alejandro pasar, curiosos, murmurando entre ellos.

Al fondo, Ramírez abrió una oficina.

Dentro, una gran mesa de madera ocupaba el centro.

Había dos personas esperándolos.

A la derecha, un hombre corpulento, de piel negra, con el mismo rango en el uniforme que Ramírez.

Estaba vendado en una mano, la sangre aún fresca, pero se mantenía erguido.

A la izquierda, una mujer rubia de ojos verdes.

Su uniforme estaba desgarrado en la rodilla, los brazos llenos de cortes y moretones.

No llevaba fusil, pero su porte imponía respeto.

—Alejandro, toma asiento —dijo Ramírez, sirviéndole un vaso de agua de un dispensador—.

Primero quiero presentarnos.

Como te dije, soy Ramírez, teniente primero.

A mi derecha, este buen hombre es Carlos, mismo rango que yo.

Y a mi izquierda, ella es Carla, sargento especialista en tropas evolucionadas.

Su don es crear pequeñas barreras y lanzarlas.

Alejandro tomó el agua y se sentó viendo a la chica con interés.

—Un gusto.

Soy Alejandro.

Cazador de rango B.

—bebió un sorbo y dejó el vaso—.

Vine a preguntar por planes de evacuación.

Carlos se rascó el cuello, suspirando.

—Eso… es complicado.

—lo miró directo—.

La evacuación fue cancelada.

Hubo un problema con la aviación.

No tenemos fecha, ni plan.

Alejandro bajó la vista, recordando el derribo del ave de fuego.

—Lo vi caer.

Sabía que significaba problemas… Carla intervino, curiosa.

—¿Desde dónde llegaste?

¿Formas parte de otro grupo?

—No.

Vivo solo con mi familia, unas sesenta cuadras de aquí, en el sector alto.

Los tres se miraron, sorprendidos.

—¿Recorriste todo eso solo?

—preguntó Ramírez incrédulo.

—No es un problema moverme.

—Alejandro encogió los hombros—.

Me costó algunos intentos por unos días porque tuve que rodear un rango verde claro y un nido de araña azul oscuro.

Los oficiales se quedaron en silencio.

Carlos chasqueó la lengua.

—Impresionante… —dijo con tono serio, y luego cambió —.

Mira, te lo diré directo porque estamos en una situación grave.

Hemos perdido a casi todos nuestros soldados evolucionados.

Solo queda Carla.

Necesitamos tu ayuda.

Alejandro lo observó en silencio.

—Podemos darte lo que quieras —añadió Carlos—.

Armas, comida… —hizo una pausa, mirando a Carla de reojo.

Ella bajó la mirada, apretando los labios, avergonzada.

Alejandro entendió el mensaje y cortó el silencio.

—Me interesa la oferta.

Pero lo primero que quiero son radios.

—¿Radios?

—repitió Ramírez, arqueando una ceja—.

Tenemos algunos, pero son valiosos.

—Necesito uno de largo alcance para comunicarme con ustedes sin regresar hasta aquí.

Y al menos cuatro de corto alcance para mi familia.

Ramírez se acarició la barba, pensativo.

Luego asintió.

—Bien.

Eso se puede arreglar.

Alejandro de mejor ánimo por sacar una tajada útil a pesar de la mala noticia, preguntó con tono calmado.

— Bien, entonces dime en que necesitas de mi ayuda.

Ramires recostó sus codos contra la mesa y con tono serio dijo — Justo tenemos un plan.

veras, hay varios grupos como este dispersos por la ciudad.

pero tenemos problemas de suministros.

Queremos llevar un camión cargado de comida a la fábrica de municiones donde hay otro grupo atrincherado y traer de vuelta lo que quede.

Tú y Carla serían la escolta para matar animales mutados sin hacer ruido.

El camión tendrá un conductor, y dos artilleros por si ustedes no pueden con alguno.

— Alejandro abrió su mochila y desplegó un mapa marcado con símbolos y rutas.

Los tres oficiales lo miraron con asombro.

— Podrías marcar en este mapa donde está la fábrica.

quiero hacerme a la idea de cuánto tiempo tomará.

—¿Qué significan estas marcas?

— preguntó Carlos.

—Casas con sobrevivientes.

, la zona con una araña de rango azul oscuro y la zona donde se mueve el rango verde.

— respondió con indiferencia—.

Los supervivientes no forman comunidad, pero yo limpio el área a diario y les dejo carne de mutantes cuando puedo.

Hubo un silencio pesado.

Ramírez y Carlos intercambiaron miradas pensando que tomaron una buena decisión al intentar ponerlo de su lado como fuera.

Luego, con un marcador, empezaron a dibujar sus propias rutas y a señalar las posiciones de los otros grupos.

Mientras, Carla veía con asombro a Alejandro.

ella era de las más fuertes de su antiguo grupo con dones mutados pero, ninguno podía despejar un área solo y ella misma no sería capaz de pelear sola sin apoyo ni armas.

Actualmente era la única sobreviviente de más de 100 soldados evolucionados que conformaban su grupo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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