¿Exesposa abandonada? ¡Heredera multimillonaria! - Capítulo 104
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- Capítulo 104 - 104 Capítulo 104 Veta de maldad
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104: Capítulo 104 Veta de maldad 104: Capítulo 104 Veta de maldad —Ella se ganó el anillo de jade, en buena lid —dijo Micah—.
¿Y desde cuándo se convirtió en nuestra reliquia familiar?
Tú compraste el anillo en una subasta.
—Tenía la intención de pasártelo a ti y luego a mis nietos.
¡Eso lo convierte en una reliquia!
—gritó Morton—.
Tengo que recuperarlo.
—¿Y crees que manchar su nombre en público te va a ayudar a conseguirlo?
Vamos, papá.
—Le ofrecí dinero.
Se negó a aceptarlo.
Como no responde por las buenas, a ver qué le parece cuando use la mano dura.
—Todavía estoy negociando con ella.
Solo va a llevar algo de tiempo.
—Micah sintió una conocida palpitación en las sienes.
Últimamente, hablar con su padre era como hablarle a una pared.
Lo único que conseguía era darle dolor de cabeza a Micah.
—¿Tiempo para qué?
¿Para que juegue contigo?
—Morton estaba enfadado—.
¿No ves que te usó como trampolín?
Llevan divorciados menos de seis meses.
Ya está relacionada con tres hombres diferentes.
¿Acaso esperas que cambie de opinión y vuelva contigo?
Micah agarró el teléfono con fuerza.
—Estamos hablando de la publicación, no de mi vida privada.
—Pero llamas por ella, ¿no es así?
Quieres que elimine la publicación por ella.
Eso significa que todavía sientes algo por ella.
Ni te molestes en negarlo.
Te conozco, hijo.
No estarías haciendo esto si ella no te importara.
—Hay otras maneras de recuperar tu anillo.
No tenemos por qué recurrir a tácticas tan… rastreras.
Micah empezaba a entender de dónde había sacado Felicia su vena cruel.
No estaba bien que un hijo hablara mal de su padre, pero Micah tenía que admitir que Morton no había sido un buen ejemplo para sus hijos.
Tampoco lo había sido su madre, Judy.
En lugar de afrontar los problemas de cara, sus padres preferían desacreditar al enemigo.
Su lógica parecía ser que, si no podían deshacerse del problema, podían deshacerse de la persona que lo había creado.
Aquello iba en contra de la filosofía personal de Micah, una de las innumerables razones por las que prefería pasar tiempo en el trabajo que en casa.
A diferencia de Felicia, que creció siendo la niña de los ojos de sus padres, Micah pasó sus años de formación en un internado.
Luego se alistó en el ejército.
Después de eso, estuvo ocupado creando y dirigiendo su propio negocio.
Echando la vista atrás, Micah se dio cuenta de que había pasado más de la mitad de su vida lejos de sus padres, un hecho por el que no sabía si debería alegrarse.
—¿Qué le pasó al chico que siempre tenía la vista puesta en el premio?
—gritó Morton—.
¿Al que quería ganar por las buenas o por las malas?
No empieces a sermonearme sobre tácticas.
Te digo que la publicación se queda ahí hasta que consiga lo que quiero.
Esa mujer vendrá a mí de rodillas, suplicando devolver el anillo.
Tú solo espera y verás.
Colgó sin esperar respuesta.
Morton arrojó el teléfono a un lado.
Repasó la conversación en su cabeza y decidió que la había manejado a la perfección.
Micah solía ser un hombre decidido, pero su juicio parecía saltar por la ventana cada vez que esa mujer estaba involucrada.
Era hora de que aprendiera la lección.
Fuera lo que fuera lo que Darya ofreciera pagar al reportero para que retirara la publicación, Morton había prometido doblarlo.
Quería que esa mujer sufriera.
¿Era un golpe bajo avergonzarla por promiscua?
Quizás, pero funcionaba.
Cuando no pudiera poner un pie fuera de su casa sin que le tomaran fotos, cuando no pudiera ir a ninguna parte sin que le pusieran un micrófono en la cara, cuando viera su nombre en todos los tabloides día sí y día también, cedería.
Aprendería que el poder de los paparazzi podía derribar a una princesa, y no digamos ya a alguien como ella.
Vendría arrastrándose hacia él, ondeando una bandera blanca.
Él recuperaría el anillo y entonces, solo entonces, eliminaría la publicación.
Pero el daño ya estaría hecho.
El público la tacharía para siempre de ser una mujer que intentó llegar a la cima a base de cama.
La promiscua era ella, no Micah.
Ella rompió el matrimonio, no Micah.
Y si los hombres como Avery McAllister sabían lo que les convenía, se mantendrían alejados de ella.
Darya Miller podía despedirse de su sueño de casarse con un marido rico.
Morton asintió para sus adentros, satisfecho con el plan.
Pasó la mañana en el invernadero, cuidando de sus orquídeas.
Las mujeres eran como las flores, pensó.
Eran hermosas pero vulnerables.
Sin cobijo y protección, no podían sobrevivir por sí solas.
Revisaba la publicación cada dos horas y le complacía ver cómo cambiaba la opinión pública.
Almorzó, echó una siesta, se despertó y volvió a revisar la publicación.
Como era de esperar, a Darya Miller la estaban tachando de zorra, de cazafortunas, de mujer calculadora que utilizaba a los hombres para promover sus propios intereses.
Para su sorpresa, el Grupo Paragon aún no había emitido ningún comunicado para denunciar la publicación.
¿Iba Avery a apoyar a su novia?, se preguntó Morton.
No importaba, decidió.
La reputación de la mujer estaba por los suelos.
Estaba acabada.
Si era lista, sabría a quién tenía que suplicarle para salir del aprieto.
Morton le había dado instrucciones a su ama de llaves para que le pasara la llamada en cuanto la mujer llamara.
Pero no lo hizo.
La tarde transcurrió sin incidentes.
Y también el día siguiente.
Morton empezó a sentirse inquieto.
Revisó la publicación de nuevo.
Darya Miller no había aparecido en público en las últimas cuarenta y ocho horas.
Tampoco fue a la oficina de Paragon.
Probablemente estaba escondida en algún lugar, ocultándose de los medios de comunicación.
Debía de estar sometida a una presión tremenda.
Todo el mundo quería hablar con ella, juzgarla.
Estaba acorralada, angustiada, humillada, quizás incluso al borde de un ataque de nervios.
Entonces, ¿por qué no había llamado?
Morton comprobó su teléfono.
Estaba totalmente cargado y funcionaba correctamente.
Caminaba de un lado a otro por el espacioso salón, preguntándose qué iba mal.
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