¿Exesposa abandonada? ¡Heredera multimillonaria! - Capítulo 67
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- Capítulo 67 - 67 Capítulo 67 No es el cuchillo más afilado del cajón
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67: Capítulo 67: No es el cuchillo más afilado del cajón 67: Capítulo 67: No es el cuchillo más afilado del cajón Morton lanzó a su hija una mirada fulminante antes de volverse hacia Darya.
—Si no es dinero lo que quieres, pon un precio, el que sea.
Darya cruzó las piernas y sonrió.
—Sé que ya tienes tus años, pero no sabía que también tenías problemas de audición.
—¿Qué has dicho?
—Las fosas nasales de Morton se ensancharon.
Darya se señaló las orejas.
—He dicho que deberías plantearte pedir cita con un otorrinolaringólogo.
Da la casualidad de que conozco a alguien que se especializa en ese campo.
Podría darte su número de contacto si quieres.
Felicia miró a su padre con cara de no entender nada.
—¿De qué está hablando?
Morton miró a su hija, incrédulo.
Siempre había sabido que no tenía muchas luces, pero no podía creer que fuera tan tonta como para no entender un insulto tan obvio.
Esa mujer, Darya, lo estaba llamando viejo y sordo.
¿Cómo era posible que Felicia no lo entendiera?
Sintiendo cómo se le aceleraba el pulso, Morton respiró hondo varias veces y se obligó a calmarse.
Se tocó el bolsillo interior de la chaqueta del traje y sintió la tranquilizadora presencia de sus pastillas para la hipertensión.
Felicia interpretó el rostro congestionado y la respiración agitada de su padre como señales de una ira creciente.
No se equivocaba, pero no se dio cuenta de que la ira iba dirigida hacia ella, no hacia Darya.
Decidió enfrentarse a su némesis.
—Tú me tendiste una trampa esa noche.
Los juegos estaban amañados.
Me engañaste para que perdiera todo ese dinero.
Y el anillo.
Darya ni siquiera le dedicó una mirada.
—Demándame si tienes pruebas.
Si no, cállate.
El pecho de Felicia subía y bajaba agitadamente.
—¡Cómo te atreves a decirme que me calle!
Si no me devuelves el anillo, voy a hacer que te…
—¡Cállate!
Esta vez, la orden provino del padre de Felicia.
Felicia se encogió como si la hubieran abofeteado, pero se mantuvo en silencio.
Morton se puso de pie, rodeó el escritorio y se paró frente a Darya.
—Sé que te la estás cobrando por cómo te tratamos en los últimos tres años.
Puedo entenderlo.
Estoy dispuesto a que Felicia se disculpe contigo, siempre y cuando…
—¡Papá!
—protestó Felicia—.
¡No voy a disculparme con ella!
Morton se giró bruscamente hacia su hija.
—¡Te he dicho que te calles!
Felicia hizo un puchero en silencio.
Morton continuó: —Estoy dispuesto a que Felicia se disculpe contigo y te ofreceré una compensación de una cantidad razonable, siempre que devuelvas el anillo de jade.
Entonces haremos borrón y cuenta nueva y cada uno seguirá su camino.
¿Qué me dices a eso?
Darya fingió sopesarlo por un momento.
—Gracias, pero no, gracias.
Morton respiró hondo para reprimir su impaciencia.
—Quizá deberías tomarte un tiempo para…
—No necesito tiempo para pensarlo —lo interrumpió Darya—.
Ya he dicho que no devolveré el anillo, con o sin disculpa.
Una disculpa no podía borrar lo que había pasado.
Morton examinó el rostro de Darya con atención.
Cuando vio que su decisión era firme, abandonó toda pretensión de civismo.
—Bien.
Entonces supongo que tendré que recuperar mi anillo de otra manera.
Si algo malo sucede o alguien sale herido, no digas que no te di a elegir.
A Darya no la intimidó su amenaza en absoluto.
—Supongo que me equivoqué al venir aquí hoy —dijo Morton—.
Debería haber ido directamente a ver a Avery McAllister.
Después de todo, no eres nada sin él.
Darya abrió ambas manos.
—Adelante.
Por cierto, tus cinco minutos se han acabado.
—¿Crees que Avery va a protegerte porque le sirves bien en la cama?
—Morton sonrió con arrogancia—.
¿Qué crees que pensará el viejo Sr.
McAllister cuando descubra que su amado hijo está saliendo con una mujer como tú?
Darya casi soltó una carcajada.
Morton todavía no sabía que ella era una McAllister.
Estaba amenazando con acusarla con su propio padre.
Divertida, le dijo a Morton: —Adelante, inténtalo.
Puedo darte el número del viejo Sr.
McAllister si no lo tienes.
Morton entrecerró los ojos.
—¿Crees que voy de farol?
Darya se encogió de hombros.
Morton sacó su teléfono y marcó un número.
Puso el altavoz en cuanto se estableció la llamada.
—¿Diga?
—Matthias, soy Morton.
—Ja, ha pasado tiempo, viejo amigo.
¿A qué debo el placer?
Morton observó la reacción de Darya.
No mostró signos de pánico, ni el más mínimo atisbo de miedo.
Quizá no sabía quién era Matthias.
Pensando en esto, Morton habló en voz más alta: —Sr.
McAllister, he oído que está de viaje de negocios, ¿no es así?
—¿Dónde ha oído eso?
—Da la casualidad de que he pasado hoy por su oficina.
—¿Ah, sí?
No recuerdo que tengamos ningún trato comercial con Zenith.
Darya ocultó una sonrisa.
Por el tono de voz de su padre, se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo al anciano.
Morton podría ser un conocido o, como mucho, un socio comercial, pero desde luego no era un amigo de su padre.
Pero era obvio que Morton no se daba cuenta.
Continuó: —Su hijo está haciendo un buen trabajo al frente de la empresa, pero a veces todavía necesita la guía de un veterano como usted.
—¿A qué se refiere?
—Matthias tomó un sorbo de su café sin prisas.
Estaba sentado bajo una sombrilla en la terraza de una cafetería a más de ocho mil kilómetros de Hagen, disfrutando de un agradable rato a solas.
Mientras escuchaba la perorata de Morton, se preguntó qué querría de él aquel viejo.
—¿Sabía que ha nombrado a una mujer para el puesto de vicepresidenta?
—preguntó Morton.
—Puede que Avery lo mencionara de pasada.
—Quizá se le olvidó mencionar que se acuesta con ella.
Matthias casi se atragantó con el café.
¿Avery acostándose con Darya?
¿Qué sarta de tonterías estaba diciendo Morton?
Entonces Matthias recordó que Darya usaba el apellido Miller.
Morton, el viejo idiota, todavía debía de estar a oscuras sobre la verdadera identidad de Darya.
En cierto modo, era comprensible.
Darya pasó la mayor parte de su adolescencia en el extranjero.
La mayoría de la gente en Hagen sabía que Matthias tenía cuatro hijos —tres varones y una hija—, pero muy pocos habían visto la cara de Darya.
Matthias rio para sus adentros.
Estaba deseando que llegara el día en que Morton finalmente descubriera la verdad.
¡No podía esperar a ver la cara que pondría ese viejo imbécil!
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