FALLEN GODS (DIOSES CAIDOS) - Capítulo 40
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- Capítulo 40 - 40 CAPITULO 11 PARTE 3 Aun no he Terminado
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40: CAPITULO #11 PARTE 3: Aun no he Terminado 40: CAPITULO #11 PARTE 3: Aun no he Terminado La cámara del cielo se quebraba con truenos lejanos, y el capítulo de los dioses como los conocían… comenzaba a desmoronarse.
El viento se alzó como un lamento.
La revelación seguía vibrando en el aire, como un eco que no se disipaba.
Astaroth lo miró en silencio unos segundos más…
hasta que su expresión cambió.
Su voz, antes calmada y afilada como un cuchillo frío, se tornó rabiosa.
Casi dolida.
—Qué lástima…
—espetó con una furia contenida—.
No estarás vivo para escuchar el resto.
Su guadaña apareció en su mano con un destello oscuro, como si se hubiera formado del vacío mismo.
Un arma que no reflejaba la luz, sino que la devoraba.
Sin más advertencia, arremetió.
Odín apenas alzó su lanza.
Gungnir y la guadaña chocaron con un rugido de metal y magia, pero no fue el mismo Odín de antes.
Sus reflejos seguían siendo divinos.
Sus movimientos, precisos.
Pero ya no había fuego en sus ojos.
Era como si su espíritu hubiese sido arrancado, como si peleara por inercia.
Astaroth lo notó.
Y se enfureció aún más.
—¿¡Eso es todo, Padre de Todo!?
¿¡Así luchas después de conocer tu verdad!?
¡¿Eras tan frágil como tu origen!?
Cada golpe de la guadaña era más feroz, más rápido.
No buscaba solo matar, buscaba quebrar lo poco que quedaba.
Odín retrocedía paso a paso.
Su brazo bloqueaba.
Su cuerpo resistía.
Pero su alma ya no estaba allí.
—¡Levántate!
—bramó Astaroth, girando con una embestida que casi le arranca el brazo a Odín—.
¡Muéstrame al dios que una vez enfrentó ejercitos de monstruos con una risa en los labios!
—Yo… —Odín murmuró, su voz era un suspiro más que una palabra—.
Yo no sé quién soy… Astaroth rugió como un demonio de antiguas eras y lo lanzó por los aires con un corte que desgarró el aire mismo.
Odín cayó con un estruendo, haciendo temblar el campo bajo sus pies.
Y no se levantó.
No por falta de fuerza.
Sino porque no quería.
La lluvia empezó a caer.
Lenta.
Como si el cielo también hubiese quedado en silencio.
Astaroth se aproximó, la guadaña arrastrando surcos de oscuridad en la tierra.
Su silueta era la de un juez, no un guerrero.
—¿Es así como termina el linaje divino…?
¿Con su rey…
arrodillado?
Qué decepción… Odín levantó la vista, los ojos grises como piedra mojada.
No respondió.
—Entonces morirás sin saber la verdad completa —dijo Astaroth, alzando la guadaña sobre su cabeza—.
Tal vez en la muerte, encuentres tu principio.
La guadaña se alzaba.
El destino de Odín pendía de un hilo negro.
Pero entonces, un rugido salvaje cortó el aire.
—¡AAAAAAAAH!
Tyr emergió como un rayo desde la niebla, saltando con ambas hachas elevadas, como un lobo lanzándose al cuello de su presa.
Las hachas de guerra bajaron con una fuerza brutal, pero Astaroth no se giró de inmediato.
Solo murmuró, como si recitara una línea de una historia ya escrita: —Sabía que vendrías… hijo del caos reprimido.
En el último segundo, Astaroth se giró y cruzó su guadaña en diagonal, bloqueando las hachas de Tyr con una precisión monstruosa.
El choque generó una onda que levantó tierra y piedras en todas direcciones.
Tyr no se detuvo.
Como una bestia desencadenada, siguió atacando sin pausa, cada hachazo una furia, cada golpe un grito.
—¡NO TOQUES A MI PADRE!
—rugió con voz cruda, los ojos al borde del estallido.
Sus movimientos eran veloces, violentos, casi animales.
Un torbellino de filo y furia.
Pero Astaroth desviaba todo.
Cada ataque.
Cada intento.
Sin perder la calma.
—Eres fuerte, Tyr —dijo con voz serena, bloqueando con el mango de su guadaña, girando sobre sus talones—.
Pero la fuerza sin claridad es solo un tambor sonando en el vacío.
Tyr giró en el aire, lanzó una hacha como proyectil y con la otra descendió con un tajo vertical.
Pero Astaroth esquivó ambos movimientos con una elegancia antinatural, como si supiera dónde estaría cada golpe antes de que se hiciera.
—¡CÁLLATE!
—bramó Tyr, con saliva mezclada con rabia—.
¡NO SABES NADA DE NOSOTROS!
Astaroth por fin contraatacó.
Un barrido de guadaña que Tyr apenas logró esquivar, dejando un corte en el suelo que se abrió como una herida sangrante.
—Sé más de ustedes de lo que jamás se han permitido saber.
Los vi nacer.
Los vi luchar por un propósito que no comprendían.
¡Y ahora solo soy la consecuencia de sus propias preguntas!
Odín, aún de rodillas, alzó la vista y vio a Tyr luchar por él, su hijo más salvaje, el que siempre ocultaba más de lo que decía.
Y por primera vez desde que cayó, una chispa —pequeña, débil— surgió de nuevo en su mirada.
Tyr no paraba.
Las hachas bailaban en sus manos como extensiones de su rabia, cada tajo era un relámpago, cada embestida un terremoto.
Sus músculos ardían, sus ojos estaban desquiciados de furia.
—¡AAAHHHHHH!
Gritaba como un animal herido.
Como un dios que aún creía que podía salvar a su padre.
Pero Astaroth seguía imperturbable.
Ni una gota de sudor.
Ni un temblor en sus brazos.
Sus pies flotaban con precisión sobre el suelo, eludiendo cada ataque como si el tiempo se moviera distinto para él.
—Eres veloz… —murmuró, sin emoción—.
Pero hueco.
Las hachas de Tyr cruzaron en un tajo doble que partió en dos una roca cercana… pero Astaroth ya no estaba allí.
En un parpadeo, Astaroth apareció justo frente a él, y esta vez, fue él quien atacó.
Un puño directo a la mandíbula de Tyr.
El impacto sonó como un hueso quebrándose.
Tyr cayó hacia atrás un paso, pero antes de que pudiera reaccionar… Una patada al estómago que lo hizo crujir por dentro, levantándolo del suelo.
Un golpe en la espalda, con el reverso de la guadaña, lo envió al suelo con los pulmones vacíos.
Y entonces… El golpe final.
Astaroth giró sobre sí mismo y descargó su guadaña con toda la fuerza en la espalda de Tyr, un tajo seco, brutal, directo, que no cortó… pero lo lanzó como un proyectil a través del campo de batalla.
Tyr salió volando como una flecha enloquecida, atravesando pilares de piedra, escombros y polvo, hasta caer varios metros lejos, dejando un surco profundo en la tierra.
El silencio fue total.
Astaroth se quedó de pie, su guadaña aún vibrando por el impacto.
Respiraba despacio.
Como si nada de eso hubiera requerido esfuerzo.
—Garras afiladas, sin mente.
Fuerza, sin propósito.
—Miró el lugar donde Tyr yacía—.
¿Eso son los hijos del Padre de Todo?
Odín no pudo gritar.
Solo observó.
Tyr no se movía.
La tierra temblaba suavemente.
Y el cielo… comenzaba a rugir de nuevo.
Tyr yacía entre los escombros.
Polvo y sangre en el rostro.
La tierra humeante.
Por un instante, todo parecía haber terminado.
Pero entonces… se movió.
Su brazo tembló, su cuerpo crujió, pero se reincorporó con un gruñido, como un animal herido que no conoce el significado de rendirse.
—Aún… no… he terminado… —escupió, con sangre en los labios y furia en el alma.
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