Fate/Grand Persona - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capitulo 9 Planes de Guerra
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10: Capitulo 9: Planes de Guerra 10: Capitulo 9: Planes de Guerra Punto de vista: Jeanne d’Arc El crujido metálico del guillotín resonó como un presagio mientras Sanson deslizaba su arma contra el pavimento destrozado.
Su figura, envuelta en sombras retorcidas, parecía danzar con la muerte misma.
La batalla había comenzado antes de que Jeanne pudiera alzar su estandarte.
— ¡¡Atrás, Marie!!
—gritó Jeanne mientras bloqueaba un tajo descendente con su lanza sagrada.
La fuerza de Sanson era monstruosa, más allá de lo que cualquier humano —o incluso un Servant— debería poseer.
Una risa ahogada, apenas humana, brotó de los labios del Verdugo.
— El cáliz me ha purificado.
Me ha devuelto el propósito…
La Bruja Dragón ha ofrecido sentido a mi existencia.
Georgios embistió desde un costado, su lanza envuelta en luz dorada.
Pero incluso él fue repelido por la tenebrosa aura que rodeaba a Sanson.
Cada golpe que intercambiaban hacía temblar la tierra, como si el mismísimo mundo rechazara esa lucha.
— Jeanne…
—jadeó Georgios mientras retrocedía junto a ella—.
No podemos ganar aquí.
Está siendo sostenido por algo…
impuro.
Algo que corrompe incluso su alma.
— ¡Entonces pelearemos hasta purificarlo!
—gritó la doncella, furiosa, con la mirada fija en la figura que una vez fue un médico misericordioso.
Pero entonces, se sintió.
Una oleada de presencias hostiles, acercándose como un enjambre de sombras hambrientas.
Espíritus corrompidos por el Santo Grial, atraídos por la violencia, por el eco de la desesperanza.
La colina empezó a teñirse de rojo.
— ¡Nos rodean!
—alertó Georgios.
— ¡Tsk!
¡Cobardes, todos ustedes!
—rugió Marie, agitando su abanico con indignación—.
¡Atacar con números!
Qué falta de estilo.
¡En mi tiempo, un duelo se respetaba!
— Tenemos que retirarnos —murmuró Jeanne, aunque su corazón gritaba lo contrario.
— No nos dejarán huir —añadió Georgios con gravedad—.
No si uno de nosotros no se queda a distraerlos.
Silencio.
Marie bajó su abanico.
Su expresión, que hasta ese momento había sido pura alegría fingida, se volvió serena.
Su sonrisa…
era triste.
Casi maternal.
— Entonces déjenmelo a mí.
Él vino por mí, ¿non?
Me convertiré en su estrella, su foco…
su reina una última vez.
— ¡No!
—exclamó Jeanne—.
No sacrificaré a nadie.
¡Ni siquiera por estrategia!
Marie se acercó a ella, y por un momento, la doncella notó la fragilidad tras los adornos, la fortaleza detrás de la coquetería.
La reina tomó las manos de Jeanne entre las suyas.
— Mi querida Jeanne…
tú llevas la esperanza de muchos.
Yo solo llevo recuerdos.
Si puedo aligerar tu carga, aunque sea un poco…
entonces esta monarquía no fue en vano.
Jeanne tembló, lágrimas amenazando con nublar su vista.
— No tienes que hacer esto…
¡Hay otra manera!
Pero Georgios, con voz firme, intervino.
— A veces, el sacrificio más noble es el que se hace con una sonrisa.
Déjala, Jeanne.
Su corazón ya ha elegido.
Pocos minutos después, entre la niebla carmesí de la colina, Marie se volvió hacia ellos por última vez.
Sus ojos brillaban con una luz resplandeciente, como si el mismo cielo le diera su bendición.
— Adieu, mis queridos.
Díganle al mundo que la reina bailó…
hasta el último compás.
Y entonces, se giró.
Frente a ella, Sanson ya la esperaba, su guillotina levantada, temblando con ansias contenidas.
— Viniste sola.
—murmuró.
— Así es.
Porque sé que aún queda algo de humanidad en ti, Charles-Henri.
Y porque si debo morir otra vez…
que sea con dignidad.
Él bajó la mirada un instante.
— No me des esperanza, Marie.
La última vez que lo hiciste…
perdimos nuestras cabezas.
Y el duelo comenzó.
Desde la lejanía, Jeanne se obligó a mirar hacia adelante.
Cada paso que daba, dejando atrás a la reina, pesaba como una traición.
— Lo recordaré…
—murmuró con voz rota—.
Recordaré su risa.
Su coraje.
Su última reverencia.
Georgios caminó a su lado en silencio, su expresión grave, pero su mirada firme.
Sabía que la lucha apenas comenzaba.
La reina había ofrecido su vida.
Ahora, ellos debían asegurarse de que no fuera en vano.
Punto de vista: Narrador El campo de batalla se había quedado en silencio.
La niebla, teñida por la sangre de la guerra, se cernía como un telón sobre el escenario improvisado.
Restos de escombros y ceniza flotaban en el aire, acariciados por el viento como si la tierra misma quisiera llorar lo que estaba a punto de ocurrir.
Marie Antoinette yacía de rodillas frente a la guillotina.
Su vestido real, manchado por el polvo y la sangre, aún conservaba destellos de su esplendor original.
Su respiración era serena, sin rastro de miedo en sus ojos celestes.
Frente a ella, Sanson ajustaba con meticulosa precisión las partes del instrumento.
Su semblante era el de un artesano buscando la perfección…
pero sus manos temblaban.
Esta vez, no había multitudes, ni revolucionarios exigiendo justicia.
Solo estaban ellos dos, envueltos por el eco de los siglos.
— Lo ajustaré bien esta vez…
—murmuró Sanson para sí mismo, más que para su víctima—.
No más fallos.
No más cortes torcidos…
Hoy, será una ejecución limpia.
Digna.
Marie lo observaba con ternura.
— ¿De verdad crees que eso te dará paz?
Sanson se detuvo.
Por un instante, el silencio se volvió insoportable.
— No entiendes lo que significa fallar…
una y otra vez —respondió con voz hueca—.
No entiendes lo que es cargar con una muerte imperfecta.
Ella merecía algo mejor…
y yo no pude dárselo.
— ¿Y crees que perfeccionar mi ejecución te redimirá?
—preguntó Marie suavemente, sin juicio, solo con compasión—.
¿Eso convertirá tu culpa en gloria?
Sanson no respondió.
Solo bajó el pestillo.
El mecanismo crujió, respondiendo al mandato de sus manos temblorosas.
Sujetó los brazos de la reina, sin violencia, casi con reverencia.
— Tu crimen fue nacer en oro.
El mío…
fue servir a un monstruo disfrazado de justicia.
Marie inclinó ligeramente la cabeza, el cabello acariciando el frío metal.
No temblaba.
No suplicaba.
— Te compadezco, Sanson.
No por lo que has hecho…
sino por lo que aún te niegas a perdonarte.
Los ojos del verdugo se crisparon.
Por un momento, pareció un niño perdido tras una máscara de acero.
— Cierra los ojos, por favor.
— No.
—Marie sonrió—.
Quiero ver el cielo una última vez.
El filo cayó.
Un chasquido seco.
Un destello de luz.
Y luego…
nada.
Solo motas doradas, desvaneciéndose en el aire.
El cuerpo de la reina se convirtió en brillo, en un murmullo que regresaba al Trono de los Héroes.
No hubo gritos.
No hubo dolor.
Solo el eco de una dignidad que ni la muerte pudo arrebatarle.
Sanson cayó de rodillas junto a la guillotina.
Su respiración era irregular.
Miraba sus manos, esperando sentir alivio.
Pero no llegó.
No hubo redención.
No hubo paz.
Solo un hueco más profundo, más oscuro.
La perfección no trajo salvación.
Solo vacío.
— ¿Por qué…?
—susurró—.
¿Por qué…
aún duele?
Y el silencio volvió a envolver el campo.
Solo quedaba el viento…
y una guillotina que ya no tenía propósito.
El campamento improvisado crepitaba con el sonido de una fogata modesta.
Bajo un cielo nublado, sin luna, las estrellas parecían ocultas, como si también guardaran luto.
Las chispas danzaban en silencio, incapaces de llenar el vacío que se hacía más palpable con cada minuto de ausencia.
Leonel afilaba su espada con movimientos lentos.
No por necesidad, sino por tener algo entre manos.
Algo que lo mantuviera enfocado, alejado de la creciente ansiedad que compartían todos.
— Han pasado demasiadas horas —murmuró Mozart, sentado sobre una roca, con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas—.
No me gusta este silencio…
ni el ritmo de esta espera.
Leonel no respondió.
Su mirada permanecía clavada en la hoja de su espada, pero sus pensamientos estaban lejos.
Sabía lo que iba a pasar.
Lo había sabido desde que Jeanne partió junto a Georgios y Marie.
Y, aun así, deseaba con todo su ser estar equivocado.
Que algo, cualquier cosa, hubiera cambiado el rumbo de los acontecimientos.
Un temblor mágico cruzó el aire, y todos se pusieron en pie al instante.
Entre los árboles emergieron dos figuras.
Georgios, visiblemente herido, su escudo con marcas frescas de batalla; y detrás de él, Jeanne, caminando lentamente, su estandarte parcialmente enrollado, como si no tuviera fuerzas para alzarlo.
Pero no venían solos.
O más bien…
venían incompletos.
— ¿Y Marie?
—preguntó Mozart, levantándose de golpe.
Su voz tenía una nota aguda, urgente, temerosa.
Nadie respondió de inmediato.
Georgios detuvo el paso, bajando la cabeza.
Jeanne tardó unos segundos más.
Caminó hasta quedar junto al fuego, y solo entonces habló, su voz quebrada.
— Marie…
se quedó atrás.
Sanson apareció.
Fue una emboscada.
Nos atacó de inmediato.
Georgios prosiguió, su voz grave y serena, pero dolida: — Ella…
nos protegió.
Sabía que no podríamos ganar los tres.
Nos forzó a retirarnos.
No hubo forma de salvarla.
Lo intentamos.
Por Dios que lo intentamos.
Mozart se desplomó de nuevo en la roca, como si le hubieran arrancado el aliento.
Miró al suelo, sus dedos temblando.
— Esa tonta…
siempre sonriente…
—murmuró—.
Y aún así, la única que tuvo el valor de quedarse.
Jeanne asintió, con lágrimas contenidas.
— Murió como vivió: con dignidad.
Con alegría.
Cantando hasta el último momento.
Un silencio sepulcral se asentó entre todos.
Ni siquiera Spartacus pronunció palabra.
Solo el crujir de la leña rompía la quietud.
Leonel cerró los ojos.
Lo había visto antes.
En esa pantalla fría, acompañado por música triste y palabras con guión.
Pero ahora no era un juego.
No era un evento.
Era una vida.
Una compañera.
Una amiga.
Y había muerto para que los demás pudieran seguir.
Apretó los puños.
— …Entendido.
—Su voz cortó el silencio con una fuerza contenida—.
Entonces, no podemos permitir que su sacrificio haya sido en vano.
Todos lo miraron.
Jeanne lo hizo con los ojos enrojecidos, como buscando sostén.
Mozart alzó la vista, sorprendido por el temple en sus palabras.
— Vamos a seguir adelante —añadió Leonel—.
Por ella.
No podemos detenernos ahora.
El fuego iluminó su rostro.
Determinado.
Triste.
Humano.
Y en ese momento, sin revelarlo, sin confesar lo que sabía…
Leonel cargó con el peso de ambos mundos: el del juego que había vivido y el de la historia que estaba construyendo.
Una historia donde, incluso si conocías el final…
las pérdidas dolían igual.
A la mañana siguiente – Reunión de estrategia El sol apenas comenzaba a asomar en el horizonte, cuando el grupo se reunió alrededor de un mapa rudimentario que Leonel y Tezcatlipoca habían trazado con piedras, líneas sobre la tierra y notas mágicas flotando en el aire.
—Tenemos que dividirnos —comenzó Leonel, con tono firme—.
La Bruja Dragón no está sola.
Sabemos que tiene varios Servants bajo su influencia, y la fortaleza está protegida por dragones y defensas mágicas.
Atacar de frente sin plan sería suicida.
Tezcatlipoca, con un movimiento de su mano, proyectó imágenes espectrales de los enemigos.
—Siegfried —dijo Leonel, mirando al caballero—.
Tú enfrentarás a Fafnir.
Sabemos que puedes hacerlo.
Ya lo hiciste una vez.
—Lo haré —respondió Siegfried con gravedad—.
No permitiré que otro dragón destruya este mundo.
—Elizabeth Bathory —continuó—, tú partirás en busca de…
ti misma, por decirlo así.
Esa versión sangrienta de ti que sirve a la Bruja.
Sabemos que solo tú puedes enfrentarte a ella en igualdad de condiciones.
Elizabeth sonrió con un gesto dramático, aunque se notaba que el duelo aún pesaba en su voz.
—Nunca pensé que tendría que castigarme a mí misma…
¡Pero será un concierto infernal, darling~!
—Mash, Nero y Jeanne —dijo Leonel mirando a las tres—, ustedes serán la punta de lanza.
Entrarán a la fortaleza desde el flanco oeste.
Una entrada directa.
Generen el caos necesario para desorganizar sus líneas.
—Con gusto.
El escenario me espera —declaró Nero con su teatralidad habitual.
Jeanne solo asintió con calma.
—Mozart y yo daremos apoyo táctico desde la retaguardia —dijo Leonel—.
Tezcatlipoca nos ayudará a prever movimientos enemigos y a fortalecer la moral con su poder.
Kiyohime me protegerá de cualquier intento de ataque sorpresa.
Kiyohime, que se mantenía aferrada al brazo de Leonel como si fuera su Anchin, simplemente sonrió con dulzura…
y una pizca de amenaza.
—A quien se atreva a tocar a mi amado…
lo haré cenizas.
—Y Georgios —concluyó—, tú te quedarás en el frente sur.
Contendrás a los dragones menores para que el resto pueda avanzar sin ser emboscado.
El caballero santo asintió solemnemente.
—Que la luz me guíe…
y que el sacrificio de Marie no haya sido en vano.
Leonel miró a su equipo.
Rotos, dolidos, cansados…
pero decididos.
—Hoy…
terminamos esta historia.
Por Marie.
Por la humanidad.
Y así, mientras el sol bañaba el mundo en una tímida luz dorada, los héroes se prepararon para la última batalla.
Fortaleza de la Bruja Dragón – Sala del Trono Negro Las paredes de la fortaleza parecían palpitar con una vida propia, respirando odio, fuego y desesperanza.
Las antorchas que colgaban a lo largo de la sala ardían con llamas negras, como si incluso la luz estuviera contaminada por la corrupción del Santo Grial.
Allí, sentada en un trono forjado con acero retorcido y huesos de dragón, Jeanne d’Arc Alter apretaba los dientes con furia apenas contenida.
Su armadura negra brillaba bajo la llama profana, y su estandarte ondeaba con violencia, como si respondiera a su estado emocional.
—¿¡Cómo es posible!?
—espetó, golpeando con fuerza uno de los apoyabrazos, cuarteando la piedra con su puño cubierto de oscuridad—.
Esa versión falsa de mí, ese grupo de farsantes…
siguen avanzando.
Deberían haber sido aniquilados con los dragones que les envié.
¡Maldita sea, incluso esa muñeca imperial sigue viva!
—Mi señora —dijo una voz calmada, aunque teñida de una devoción enfermiza—, tus llamas no se apagan tan fácilmente…
ni tu voluntad.
Deja que el caos siga su curso.
Gilles de Rais, en su forma de Caster, emergió de las sombras de la sala.
Su cuerpo encorvado y su mirada desquiciada parecían pertenecer a otro mundo, pero su tono, sorprendentemente sereno, contrastaba con su aspecto monstruoso.
Caminó hacia el trono con un libro encadenado entre sus brazos y una sonrisa que no inspiraba confianza.
—Mientras tengamos el Grial —continuó, con reverencia—, esta tierra, estos cielos, y hasta el mismísimo destino están de nuestro lado.
Que los héroes vengan.
Que luchen.
Que sufran.
Cada gota de su desesperación alimenta nuestro propósito.
Jeanne Alter cerró los ojos por un momento, respirando hondo.
Su ira no desapareció, pero la presencia del Grial —que flotaba suspendido en un círculo mágico tras el trono— le daba una sensación de poder absoluto.
Ese cáliz corrompido le recordaba que ella era la elegida de la oscuridad.
La santa profanada.
La venganza encarnada.
—Tienes razón, Gilles —susurró con voz grave, mientras una sonrisa torcida se dibujaba en su rostro—.
Que vengan.
Los aplastaremos con fuego y odio.
Les arrancaremos la esperanza.
Y cuando esa falsa yo me mire con sus ojos de compasión…
la haré pedazos.
Gilles inclinó la cabeza, satisfecho.
—Un escenario digno de una tragedia eterna.
La risa sombría de Jeanne Alter llenó la sala, mientras la energía del Grial vibraba en el aire como un corazón maligno que latía más fuerte con cada momento.
La batalla final se acercaba…
y la Bruja Dragón esperaba, lista para envolver el mundo en llamas.
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