Fate/Grand Persona - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - Capítulo 11: Capitulo 10: La Batalla decisiva, Orleans, Tierra de la guerra de los 100 años
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Capítulo 11: Capitulo 10: La Batalla decisiva, Orleans, Tierra de la guerra de los 100 años
Amanecer sobre las ruinas de Orleans.
El cielo comenzaba a teñirse de rojo pálido cuando los primeros rayos del sol atravesaron las nubes perpetuamente cenicientas que cubrían la región. El campo, antes destruido por el fuego y la guerra, ahora estaba en un silencio expectante. Un silencio que precede a la tormenta.
En el campamento improvisado, cinco figuras se preparaban en silencio, con miradas firmes, corazones pesados, y una sola meta: acabar con la Singularidad y liberar a Francia de la sombra de la Bruja Dragón.
Leonel ajustaba su armadura mientras observaba el horizonte. Su expresión era dura, centrada. Alzaba su vista hacia la fortaleza en la distancia, aquella abominación de hierro negro y fuego, donde Jeanne Alter los esperaba. A su lado, la figura imponente y semidivina de Tezcatlipoca brillaba tenuemente con energía dorada, dándole información táctica con voz calmada pero severa.
—La estructura central está custodiada por al menos tres tipos de dragones menores —dijo Tezcatlipoca, con su tono profundo—. Pero sus movimientos han cambiado. Están formando una línea de defensa móvil. Inteligente… pero inútil. Esa bruja ya sabe que la estamos rodeando.
Mash levantó su escudo, más decidida que nunca.
—Estamos listos para abrir camino, Senpai. No importa cuántos enemigos haya… no dejaremos que Jeanne Alter siga con este sufrimiento.
Kiyohime, en un silencio extraño para ella, se mantenía a escasos pasos de Leonel, con su lanza en mano. Su mirada estaba fija en el horizonte, sus labios apretados. Había prometido protegerlo, y lo haría hasta el final. Nada podría apartarla de su lado.
—Si se atreven a tocarte, quemaré este mundo con mi fuego —murmuró, apenas audible.
Jeanne estaba de pie, envuelta en una mezcla de determinación y tristeza. No solo era una cruzada contra la bruja, sino también un enfrentamiento con una parte de sí misma. Apretó su estandarte y alzó la voz, calmada pero firme.
—No luchamos solo por Francia. Luchamos por todos los que cayeron. Por Marie… por los inocentes. Hoy… ¡reclamaremos la luz!
Nero, con su energía imperial y su sonrisa brillante, se colocó a la cabeza del escuadrón ofensivo. Su vestido carmesí ondeaba al viento mientras alzaba su espada dorada.
—¡Avancemos con grandeza! ¡Con el arte y la pasión del imperio! ¡Hoy será una sinfonía de victoria!
A unos metros de ellos, Mozart se concentraba profundamente sobre un conjunto de partituras mágicas flotantes. Murmuraba entre acordes arcanos, canalizando su maná para coordinar los efectos de apoyo que fortalecerían a todos durante el combate.
—Un clímax digno de una ópera trágica… pero el final será heroico. Allegro con fuoco, mis queridos compañeros —dijo, dejando que su música comience a vibrar en el aire como una bendición.
En las colinas cercanas, Georgios montaba su corcel, con su lanza al hombro y un rosario colgando de su cuello. Cabalgaba con la paz de un hombre que ha hecho las paces con su destino, preparado para contener a los dragones menores, proteger al pueblo y mantener el frente abierto.
—Señor… dame fuerza, no para vencer, sino para resistir por los que deben avanzar.
Y finalmente, entre la bruma matinal, Siegfried caminaba solo. Su armadura resplandecía como si fuera una estatua de leyenda viviente. Su destino lo llamaba: enfrentarse a Fafnir, la encarnación del dragón que una vez mató… y que ahora, revivido por el Grial, debía caer una vez más.
—No huiré de mi leyenda. Hoy… acabo lo que comenzó hace siglos.
Las piezas estaban colocadas. Los corazones decididos. La batalla final por la Singularidad de Orleans comenzaría.
[Frente del Este – Duelo de Leyenda: Siegfried vs Fafnir]
Las llamas se alzaban en el horizonte, negras como la desesperación, cuando el suelo comenzó a temblar bajo el peso de algo antinatural. El plan de Leonel había comenzado, y los frentes se movilizaban, pero en un punto aislado del campo de batalla, la historia repetía su ciclo eterno.
Siegfried caminaba en silencio, espada en mano. Su mirada estaba fija, el gesto severo, pero dentro de él… una tormenta de emociones. Este no era solo un combate más. Era el final de una deuda contraída con su pasado.
Y entonces, el rugido.
Un rugido que no contenía palabras, sino puro instinto, odio y rencor. La montaña misma pareció quebrarse cuando Fafnir emergió, sus alas negras como la noche rasgando el cielo, su cuerpo recubierto de escamas indestructibles que parecían absorber la luz. Sus ojos eran dos fuegos vivos, dos brasas de locura.
El dragón no dudó. Se lanzó sobre Siegfried con un rugido ensordecedor y una velocidad brutal para algo de su tamaño.
¡BOOM!
La tierra explotó bajo la embestida.
Siegfried apenas tuvo tiempo de alzar su espada para bloquear la primera garra que cayó como un martillo divino. El impacto lanzó ondas de choque a los alrededores, derribando árboles y levantando un muro de polvo.
—Te estaba esperando… —susurró Siegfried con calma mientras su hoja sagrada brillaba.
Desde la retaguardia, en un promontorio a kilómetros de distancia, Leonel observaba la escena a través de un círculo mágico flotante. A su lado, Tezcatlipoca analizaba la energía mágica del enemigo con precisión quirúrgica.
—Ahí lo tienes —murmuró el dios mexica—. Las escamas del pecho izquierdo están debilitadas. Parte de la energía de su núcleo se concentra allí por el exceso de corrupción. Si logra golpearlo con suficiente fuerza, abrirá una oportunidad.
Leonel asintió y activó su comunicador mágico.
—Siegfried, punto débil detectado. Escamas del pecho izquierdo. Apunta ahí cuando veas una apertura. Él no está pensando, solo atacando por instinto. Usa eso a tu favor.
La voz de Siegfried llegó por el comunicador, serena como siempre:
—Entendido. Gracias… comandante.
La batalla prosiguió. Fafnir lanzó una llamarada infernal que cubrió todo el campo. El cielo se volvió rojo, el aire tembló con cada bramido, pero Siegfried se mantuvo firme, avanzando paso a paso entre el fuego.
—No dejaré que este mundo sufra por tu existencia —dijo con voz grave—. ¡Una vez más, caerás por mi espada!
Con una velocidad imposible, Siegfried giró, cortando una de las alas del dragón con una herida superficial. Fafnir rugió de furia, retrocediendo unos metros… justo lo suficiente.
Leonel gritó a través del comunicador:
—¡Ahora! ¡Izquierda! ¡El pecho!
La espada de Siegfried se cubrió de luz. Balmung, su tesoro sagrado, brilló con una intensidad sobrenatural.
—¡Fafnir! ¡Este es tu fin!
¡CLANG!
La hoja atravesó la escama débil. Un chorro de sangre oscura salió disparado. Fafnir chilló por primera vez, no de furia… sino de dolor.
Ambos guerreros se miraron. Uno con ojos humanos. El otro con los de una bestia corrompida por el poder del Grial.
La batalla aún no había terminado, pero la primera grieta había sido hecha.
Y eso era suficiente para que la historia comenzara a cambiar.
[Frente del Norte – Dama contra Sí Misma: Elizabeth vs La Condesa Sangrienta]
En una colina teñida de neblina roja, donde las ruinas de una antigua iglesia permanecían como cicatrices del pasado, una figura esperaba.
La niebla se apartó como si obedeciera a su presencia, revelando el vestido carmesí empapado en una sangre que parecía nunca secarse. Su sonrisa era cruel, su mirada vacía. La Condesa Sangrienta, reflejo retorcido del alma de Elizabeth, aguardaba con los brazos abiertos.
—Oh, qué irónico —dijo con un tono burlón mientras el eco de su voz distorsionaba el aire—. Venimos del mismo molde, tú y yo. Pero mírate… ¿rosado? ¿Pop? ¿Canciones pegajosas? Qué chiste tan patético.
Elizabeth Báthory dio un paso al frente, su lanza vibrando levemente en su mano. Su expresión era firme, mucho más que en otras batallas.
—No eres yo —dijo con un tono que cortaba el aire como una cuchilla afilada—. Eres lo que dicen que soy. Pero no lo que decido ser.
La Condesa se rió, larga y aguda, como si la idea le divirtiera profundamente.
—¿Decidir? ¿Tú crees que puedes reescribir lo que el mundo ya ha esculpido en piedra? Eres sangre, muerte y crueldad. Solo te estás retrasando en abrazarlo. Lo sabes.
Desde la distancia, en su círculo mágico flotante, Leonel observaba atentamente. A su lado, Tezcatlipoca examinaba la información espiritual de ambas entidades.
—Tienes que advertirle —dijo el dios—. Esa cosa es una manifestación de corrupción mental. No tiene cuerpo real: todo su poder está canalizado en el collar que lleva. Romperlo desequilibrará su forma.
Leonel, ya conectado con Elizabeth por el vínculo mágico, transmitió el mensaje:
—Elizabeth, escucha. El enemigo concentra su núcleo espiritual en el collar. Si lo destruyes, su forma colapsará. Usa tu alcance. No entres en su ritmo.
La voz de Elizabeth sonó a través del canal con una resolución renovada:
—Entendido… gracias, Leonel. Voy a demostrar quién soy en realidad.
La Condesa chasqueó los dedos, invocando una lluvia de espinas negras que descendieron como látigos desde el cielo. Pero Elizabeth ya estaba en movimiento, su lanza vibrando con energía rosada, emitiendo ondas sonoras que desintegraban las espinas al contacto.
—¡No quiero ser tu reflejo! ¡No quiero ser tu eco! ¡Yo soy yo! —gritó, mientras saltaba y giraba su lanza como si coreografiara una danza de fuego y voluntad.
La Condesa, sorprendida, retrocedió un paso.
—¿Entonces quieres escribir tu historia con notas de pop y gritos desafinados? ¿Crees que el público aceptará eso?
Elizabeth sonrió con una chispa de ternura y furia.
—Prefiero desafinar con mi verdad… que cantar a la perfección con tu mentira.
Y entonces, en un giro veloz, su lanza atravesó la niebla, directa hacia el collar de la Condesa. El impacto fue brutal. Un grito distorsionado desgarró el aire cuando el amuleto estalló en fragmentos.
La Condesa Sangrienta se disolvió en una mezcla de vapor oscuro y luz roja, su forma corrompida regresando al olvido.
Elizabeth cayó de rodillas, agotada pero sonriendo. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió ligera. Como si hubiera roto cadenas invisibles.
Desde la distancia, Leonel cerró los ojos y susurró:
—Una batalla menos… una verdad más fuerte.
[Fortaleza de la Herejía – Sala del Trono]
El eco de las botas resonaba en los pasillos de piedra, aún teñidos con los vestigios de una oscura consagración. Sin dragones custodiando los pasillos —gracias a la maniobra de Georgios, que los había arrastrado lejos en una gloriosa cabalgata sagrada—, el avance fue casi silencioso, pero cargado de una tensión que se sentía en la garganta.
Mash avanzaba con su escudo al frente, protegiendo a Leonel en el centro de la formación. Kiyohime caminaba con paso ágil, pero sus ojos danzaban entre la locura contenida y la calma de la batalla. Nero, con su espada lista y una sonrisa imperial, parecía disfrutar el dramatismo del escenario. Y Jeanne d’Arc… marchaba con la firmeza de la fe, su estandarte flameando como una llama que no conoce el miedo.
Finalmente, las puertas del salón del trono se abrieron solas, empujadas por una oscura voluntad.
En el trono negro, tallado con cruces invertidas y símbolos blasfemos, se encontraba sentada una figura con una sonrisa torcida: Jeanne Alter, con su estandarte oscuro apoyado junto al trono, observando con desprecio.
—Oh… qué conmovedor —dijo con tono venenoso—. La santa ha venido a salvar el mundo con su séquito de mascotas. Qué cliché tan agotador.
Jeanne alzó la vista con serenidad, sin caer en la provocación.
—No vine a salvar el mundo. Vine a corregir esta aberración.
—¿Aberración? —Jeanne Alter se levantó lentamente, bajando las escaleras del trono—. ¿Te refieres a mí? ¿A la parte de ti que por fin aceptó el odio? ¿La verdad que negaste incluso cuando ardías en la hoguera?
Nero levantó una ceja, murmurando al oído de Leonel:
—Qué dramática. Me agrada… pero no más que yo.
Leonel sonrió levemente, pero no quitó la vista de la escena.
Jeanne d’Arc se adelantó un paso, apretando el estandarte entre sus manos.
—Eres fuerte, sí. Estás hecha de dolor… de furia. Pero no eres parte de mí.
Jeanne Alter detuvo su paso. Por un segundo, la burla en su rostro vaciló.
—¿No soy parte de ti? ¿Y cómo puedes saberlo? ¿Acaso crees que Dios te diría la verdad?
—Porque tú… —Jeanne cerró los ojos un instante, recordando algo profundo— no recuerdas el nombre de la niña que me sostenía la mano cuando caí en Compiègne. No recuerdas la oración que recité antes de ser entregada. No sabes lo que supe en mis últimos segundos de vida.
La risa de Jeanne Alter murió en su garganta. Un silencio cayó como una losa de piedra.
Mash entrecerró los ojos, en tensión.
—¿Qué significa eso?
Leonel respondió suavemente, como quien desenmascara una verdad terrible:
—Jeanne Alter no es una sombra de Jeanne. No completamente. Fue creada con el Santo Grial, pero sin alma. Solo está compuesta de emociones negativas, construidas sobre la idea de venganza… no sobre los recuerdos reales.
—Es un espectro hueco —añadió Tezcatlipoca, su voz resonando mentalmente—. Una farsa. Y como toda mentira… puede romperse.
Jeanne Alter retrocedió un paso, su rostro distorsionado por una ira que ya no podía ocultar.
—¡Calla! ¡No necesito tus recuerdos! ¡¡No necesito tu pasado!! ¡¡Yo soy fuego, rabia, y destrucción!! ¡¡Y voy a quemarlo TODO!!
Con un grito, invocó su estandarte oscuro, y las llamas negras comenzaron a retorcerse alrededor del salón.
Jeanne alzó su estandarte en respuesta, y la luz de la fe pura chocó con la oscuridad corrompida.
—Y yo… —dijo con una calma férrea— seré el escudo de los inocentes. ¡Aquí termina tu tiranía, falsedad encarnada!
La batalla final dentro del castillo de la blasfemia… había comenzado.
—¡Formación de batalla! —ordenó Leonel, desde una posición elevada a espaldas de sus Servants, con su grimorio abierto y el símbolo de invocación brillando bajo sus pies—. Jeanne, te enfrentas a ella directamente. Mash, apoyo total con defensa. Nero, Kiyohime, barran las amenazas laterales. ¡No podemos permitir que los dragones interfieran!
—¡Como Roma lo ordena! —gritó Nero, blandiendo su espada con gracia imperial mientras se lanzaba contra un grupo de wyverns que descendían por el flanco derecho.
—Fufufu~ ¡El fuego purifica! ¡Y tú también serás purificado, mi querido Maestro! —rió Kiyohime, su aliento incendiando la retaguardia enemiga mientras barría con furia a los esbirros mágicos de Jeanne Alter.
Mash avanzó con su escudo alzado, proyectando un campo defensivo justo a tiempo para bloquear una lluvia de llamas oscuras que la Alter envió sin aviso.
—¡Senpai, la intensidad mágica es enorme! ¡Su maná se desborda por el campo!
—Lo sé —murmuró Leonel, activando el vínculo espiritual—. ¡Tezcatlipoca!
A su lado, surgió una figura mística, envuelta en nubes negras y resplandor turquesa: Tezcatlipoca, el dios guerrero, su espejo colgando de su pecho como un sol oscuro.
—Sus líneas de maná están enlazadas con múltiples focos. No pelea sola —dijo la deidad con voz profunda—. Hay Servants oscuros ocultos tras las llamas… su presencia es fragmentada, como ecos convocados a la fuerza.
—Entendido. Entonces es una guerra de desgaste. Jeanne necesita tiempo para romper su defensa emocional —dijo Leonel mientras analizaba el mapa ilusorio proyectado por Tezcatlipoca—. Nero, Kiyohime, prioricen limpieza. No permitiremos emboscadas.
—¡Déjamelo a mí! ¡Ah, la escena, la pasión, la batalla! ¡Mi corazón romano arde! —gritó Nero, derribando a una criatura alada con un tajo brillante.
Kiyohime respondió con una danza letal, su naginata envuelta en llamas, girando como una rueda de castigo.
En el centro del campo, el clímax se gestaba.
Jeanne y Jeanne Alter cruzaron estandarte y lanza en un estallido de luz sagrada y oscuridad ardiente. La verdadera sostenía la mirada, sus labios en una plegaria silenciosa. La falsa rugía de rabia, como si quisiera arrancarle el alma con cada golpe.
Leonel apretó los dientes. No era una simple pelea entre Servants. Era un juicio. Uno que definiría el alma de una nación… y el corazón de una heroína.
El aire ardía frente al trono profanado donde Jeanne Alter se alzaba con su estandarte en alto, rodeada por llamas negras y una presencia demoníaca que deformaba el cielo. A sus pies, Gilles de Rais reía con locura, sus ojos vacíos reflejando pura devoción torcida. Detrás, dragones oscuros rugían, listos para lanzarse sobre los invasores.
El equipo ya estaba en formación: Jeanne avanzaba con determinación, Mash a su lado, escudo en alto. Nero y Kiyohime se posicionaban a los flancos, listas para interceptar cualquier amenaza secundaria. Leonel, de pie a solo unos metros detrás del frente, mantenía una mano sobre su grimorio mientras su Persona, Tezcatlipoca, flotaba imponente a su lado, como una deidad que supervisaba una partida de ajedrez viva.
—”Alter Jeanne muestra señales de fluctuación emocional. Su pulso espiritual se eleva cada vez que ve a su ‘yo original’. Eso puede usarse.” —susurró Tezcatlipoca, su voz resonando como un eco contenido en el metal.
—Jeanne, cuando avances, no intentes razonar con ella —advirtió Leonel con voz firme, sus ojos clavados en la Avenger—. Pero pronuncia su nombre. Su reacción te dará una apertura.
La santa asintió, apretando los labios.
—Mash, apenas su maná se condense en el aire, levanta el escudo. Tezcatlipoca ya detectó el patrón: su estallido oscuro viene justo después de su grito.
—¡Listo, Senpai! —Mash se mantuvo pegada a Jeanne, sus ojos atentos al aura.
En cuanto Jeanne Alter alzó su estandarte y chilló un grito de odio contra su reflejo, una oleada oscura se formó como un torrente. Leonel extendió la mano:
—¡Ahora, Mash!
La chica activó su escudo en sincronía con la predicción, bloqueando el ataque en seco. La presión mágica hizo temblar el suelo, pero nadie cayó.
—Dragones flanqueando por la izquierda —anunció Tezcatlipoca—. Dos de ellos responden a marcas flotantes de anclaje. Kiyohime, córtalas. Están ubicadas a tres metros sobre la cabeza de Alter Jeanne.
—¡Esa falsa bruja no tiene derecho a usar tu rostro, Jeanne-sama! ¡Quemaré sus trucos con mi fuego de amor! —gritó Kiyohime mientras se impulsaba con un rugido de llamas.
—Nero, provoca. Su concentración se quiebra bajo presión emocional —añadió Leonel, sin dejar de analizar los flujos mágicos—. Es lo opuesto a ti: si pierde el control, pierde la batalla.
—¡Entonces es momento de actuar! ¡Una farsante como tú no merece ni el telón más polvoriento del gran teatro romano! —vociferó Nero mientras cargaba con su espada envuelta en luz carmesí.
Cada indicación, cada segundo, cada decisión de Leonel y Tezcatlipoca se reflejaba en las acciones coordinadas del grupo. No luchaban solos: luchaban como una sinfonía dirigida desde el corazón mismo del combate. Un estratega y su dios, leyendo el campo como si ya hubiesen vivido esta batalla mil veces.
Y mientras el caos ardía a su alrededor, Leonel no perdió la calma. Porque mientras Tezcatlipoca le susurraba al oído los secretos de la guerra, él ya veía la victoria entre las sombras.
Las llamas negras del trono hereje crepitaban con una vida malsana, marcando el corazón de Orleans como si el infierno hubiera elegido su trono entre ruinas y odio. Jeanne Alter, majestuosa en su blasfemia, alzaba su estandarte ennegrecido con la misma autoridad con la que antaño una santa guió a su pueblo. Sus ojos brillaban con rabia pura, y su voz desgarraba el aire como un látigo de resentimiento.
—¡Hipócrita! ¡Falsa mártir! ¡Tu existencia es mi prisión! —gritó la Avenger con una voz temblorosa de furia—. ¡Hoy quemaré la imagen que el mundo adora!
Jeanne, frente a ella, resistía el temblor en sus manos, los ojos húmedos por el peso de ver una imagen tan retorcida de sí misma. Pero su fe no vacilaba.
—No eres mi sombra… ni mi reflejo. Eres alguien perdido. Pero eso no significa que te dejaré destruir este mundo con tu rabia.
Leonel, apenas unos pasos detrás, analizaba el campo con precisión quirúrgica. A su lado, Tezcatlipoca flotaba en silencio, sus ojos brillando con patrones dorados que escaneaban magia y alma por igual.
—Ataque inminente. Nivel alto de energía maligna concentrada en su estandarte. Técnicamente, no debería poder sostener tanto tiempo ese poder sin pagar un precio físico —murmuró el dios maya—. Recomiendo forzarla a liberarlo cuanto antes. Su control se debilita después.
—Jeanne, prepárate para un impacto de área —avisó Leonel—. Provócala. Haz que descargue ahora.
La doncella asintió. Avanzó dos pasos, alzando su estandarte con firmeza.
—Jeanne… si odias tanto lo que fui, entonces lucha conmigo. No con el mundo. Conmigo.
El grito de Jeanne Alter fue visceral, y al instante el aire se condensó. Un anillo de fuego oscuro se elevó desde el suelo, avanzando como una tormenta mágica.
—¡¡MASH, ESCUDO!! —exclamó Leonel.
La chica bloqueó el ataque justo a tiempo. El impacto fue tan brutal que el escudo retrocedió unos centímetros, pero aguantó.
—¡Refuerzos en dirección tres y cinco! ¡Dragones en vuelo bajo, formaciones de escolta mágica! —alertó Tezcatlipoca, con su tono impasible—. Nero, Kiyohime: tiempo de interrupción ofensiva.
—¡He esperado este momento! ¡Te mostraré el arte imperial del caos organizado! —gritó Nero, lanzándose hacia los flancos con su espada reluciente.
En el centro del campo, el duelo entre las dos Jeannes continuaba, más feroz. Estandarte contra estandarte. Fuego sagrado contra fuego maldito. Cada choque creaba ondas de presión espiritual, que hacían temblar la piedra bajo sus pies.
—Sus ataques siguen un patrón emocional —observó Leonel, su tono más tenso—. Cuando recuerda su ejecución, su magia se dispara sin control. Jeanne, ataca justo después de sus palabras. Su defensa cae por medio segundo.
—¡Entendido! —respondió la santa.
Y en efecto, cuando Alter vociferó “¡Dios me abandonó!”, Jeanne cargó sin dudar, estandarte al frente, cortando a través de su escudo sombrío y rasgando su ropa en el hombro.
La Avenger gritó, retrocediendo.
—¡No me mires con compasión! ¡NO ME MIRES ASÍ!
—No es compasión… es tristeza —murmuró Jeanne—. Porque sé lo que es arder… y aún así creer.
—¡Leonel! —gritó Mash—. ¡Su aura cambia! ¡Va a usar su Noble Phantasm!
—¡Confirmado! ¡Gran acumulación de maná negro! ¡Forma de cruz invertida! ¡Todos, retírense de la zona de impacto! —ordenó Leonel.
—¡No! —exclamó Jeanne, deteniéndose—. Si no me enfrento a esto, nunca la haré despertar.
—Entonces quédate en el centro —dijo Leonel, su voz como una espada—. Tezcatlipoca y yo cubriremos tu punto ciego. Confía.
Tezcatlipoca extendió una mano. Un espejo de obsidiana se alzó detrás de Jeanne, absorbiendo parte de la energía oscura.
La cruz invertida estalló.
Y, sin embargo, Jeanne permaneció firme, el estandarte aún erguido, la fe intacta.
Cuando el humo se disipó, Jeanne Alter jadeaba, hincada, el aura temblando.
—¿Por qué… sigues en pie?
—Porque incluso en la oscuridad… yo creo.
Silencio.
Y entonces, lentamente, Jeanne Alter bajó el estandarte. No en rendición, sino en agotamiento.
—Esto no ha terminado… Pero por hoy…
Cayó inconsciente.
Leonel cerró los ojos, aliviado. Tezcatlipoca sonrió apenas.
—Estrategia cumplida.
—Tú… no debiste cargar con tanto dolor. No de esa manera —murmuró.
Jeanne Alter alzó la vista. Por un instante, su rostro —aún lleno de rencor— se suavizó. Sus labios se entreabrieron, como si quisiera decir algo… pero las palabras no llegaron. Solo un suspiro, apenas un susurro.
—Yo… solo quería que doliera…
Y entonces, su cuerpo comenzó a brillar. Las motas de prana se elevaron suavemente, danzando en el aire como cenizas flotando hacia el cielo. No gritó. No se resistió. Simplemente se desvaneció… como un recuerdo que nunca debió existir.
Mash bajó su escudo. Nero y Kiyohime guardaron sus armas. Leonel, con los ojos fijos en la última chispa de su desaparición, murmuró con voz baja:
—No era solo una enemiga. Era alguien… gritando.
Tezcatlipoca asintió con gravedad.
—El reflejo de una herida muy humana.
El momento de silencio fue interrumpido por un sonido espeso y húmedo: el aplauso lento y burlón de Gilles de Rais (Caster), emergiendo de las sombras cercanas al trono, su sonrisa deformada por la locura.
—¡Brillante! ¡Realmente brillante! El drama, la tragedia, el dolor… ¡Todo digno de una obra maestra divina!
Jeanne se giró, su expresión endurecida.
—Tú… fuiste tú.
—¡Oh, sí! —gritó Gilles, extendiendo los brazos—. ¿Quién más sino yo podría devolverle a Francia su santa mártir… convertida en vengadora? Ella no fue un error, Jeanne. ¡Fue la encarnación perfecta de lo que DEBISTE ser!
Su risa resonó como un eco de campanas rotas.
—¿Crees que el mundo te merecía? ¿Crees que ese mismo pueblo por el que diste la vida merecía tu perdón? ¡JA! ¡Te quemaron! ¡Te traicionaron! ¡Te enterraron! Y aun así, tú… los bendices con oraciones. ¡Estúpida!
Mash se adelantó, escudo en alto.
—¡No tiene sentido! ¡Ningún ser humano crearía a alguien así sin una razón terrible detrás!
Gilles señaló con su bastón.
—La razón es simple, niñita: yo no podía aceptar su perdón. Así que la recreé. La moldee con cada fragmento de mi culpa y mi odio, hasta que se alzara con un estandarte de fuego. Esa Jeanne era mi grito de redención. Mi deseo de que ella también odiara… como yo.
Jeanne cerró los ojos, dolida.
—No puedes recrear a alguien con tus pecados y esperar redención. Solo dolor.
Leonel, tras observar en silencio, dio un paso al frente.
—Gilles, no creaste a una diosa. Solo arrastraste a una sombra a tu infierno. Ella jamás fue Jeanne… pero tampoco fue solo un monstruo. Fue el producto de tu desesperación. Y eso… es la parte más trágica de todo esto.
La voz de Gilles de Rais se quebró en una carcajada que no tenía alegría, solo desesperación y odio acumulado. Sus ojos brillaban con una fiebre mística, y sus manos, cubiertas de sangre seca y tinta mágica, se alzaron al cielo nublado de Orleans.
—¡Pero el Grial… el Grial me entiende! ¡Él me da lo que ustedes me negaron! ¡Poder! ¡Redención por medio del castigo! ¡Castigo para el mundo que la traicionó!
De entre sus ropajes, Gilles extrajo el Santo Grial. No era dorado y glorioso, sino oscuro, como si su superficie contuviera un cielo estrellado deformado. El cáliz comenzó a vibrar, temblando con una energía siniestra, como si algo monstruoso golpeara desde dentro.
—¡Y AHORA! ¡QUE LOS CIELOS SE RASGUEN ANTE EL TRONO DEL INFIERNO!
Sin advertencia, Gilles clavó el Grial en su pecho. El dolor debió ser indescriptible, pero su grito fue de éxtasis. El aura del Grial envolvió su cuerpo y lo distorsionó, al tiempo que la tierra temblaba. Un círculo mágico gigantesco apareció bajo sus pies, hecho de runas y símbolos prohibidos: el sello del 72.º demonio del Ars Goetia.
El aire se volvió pesado, tóxico. El cielo ennegreció como si la propia noche hubiese caído en pleno día. Una figura colosal emergió desde el cuerpo de Gilles, fusionándose con él mientras su carne se retorcía y reformaba. Alas infernales, ojos múltiples, cuernos hechos de obsidiana… una abominación que no tenía forma definida y, sin embargo, todas a la vez.
Un Pilar Demonio.
Una encarnación pura del caos y el pecado.
Mash retrocedió instintivamente. Nero empuñó su espada, sintiendo por primera vez algo parecido al miedo. Kiyohime comenzó a respirar con fuerza, su instinto dracónico alertándola del peligro absoluto.
Leonel dio un paso adelante, sus lentes brillando mientras Tezcatlipoca se manifestaba a su lado en una imagen espectral, con humo negro y plumas sagradas rodeándolo.
—…Eso no es un simple Servant. Es una manifestación parcial de un dios infernal. —La voz de Tezcatlipoca vibraba con gravedad—. Nombre: Andras, el Ángel de la Discordia. Pilar número 63 del Ars Goetia. Comandante de legiones. Portador de guerra y caos.
Leonel entrecerró los ojos, su mente procesando información a toda velocidad.
—Nivel de amenaza: extremo. Magia demoníaca de alto rango, posesión de múltiples habilidades cambiantes, resistencia superior. Pero…
—¿Tiene debilidad? —preguntó Jeanne, tensando su estandarte.
Silencio. Leonel tragó saliva.
—No… ninguna inmediata. Su estructura espiritual está en constante cambio. Cualquier punto débil que tuviera… desaparece al segundo siguiente.
—¡Entonces lo aplastaremos todo a la vez! —gritó Nero, apuntando con su espada.
—No es tan simple —interrumpió Tezcatlipoca—. Cada ataque fortalece su defensa adaptativa. Pero si logran romper su concentración, su conexión con el Grial se volverá inestable.
—¿Concentración? —repitió Mash— ¿Cómo la rompemos?
Leonel miró directamente al núcleo latente en el pecho de la bestia: un residuo visible del Grial, como una joya atrapada entre costillas negras.
—Gilles. Aún hay algo de él ahí dentro. Si logramos que reaccione… que dude… el demonio perderá el control.
Jeanne asintió, su mirada firme.
—Entonces no solo lucharemos con armas… sino con fe.
El Pilar Demonio rugió, haciendo temblar los cielos, y la nueva batalla comenzó.
El campo de Orleans se convirtió en un infierno viviente.
La monstruosa figura de Andras, fusionado con lo que quedaba de Gilles de Rais y alimentado por el Santo Grial, emergía como una sombra colosal que cubría el cielo. Alas negras como el abismo, ojos llameantes que giraban por todo su cuerpo, bocas múltiples que gritaban en diferentes lenguas antiguas a la vez. El aire vibraba con su presencia, y la tierra se resquebrajaba con cada uno de sus pasos.
—¡Cuidado! ¡Está cargando una descarga mágica! —gritó Leonel desde un costado del campo, los ojos fijos en su tableta de datos proyectada con energía mágica—. ¡Impacto de nivel anti-fortaleza en cinco segundos!
—¡Mash! —ordenó Jeanne— ¡Protege a Nero y Kiyohime!
—¡Entendido!
Mash corrió con su escudo levantado, invocando su Noble Phantasm “Lord Camelot”, creando una barrera temporal que absorbió el embate de energía oscura. Aun así, el temblor fue tan fuerte que envió a todos al suelo.
—¡Está usando habilidades de múltiples clases! —dijo Tezcatlipoca con tono grave—. Berserker, Caster… incluso habilidades de Avenger. No hay forma de predecir completamente sus movimientos.
—Pero podemos limitarlo. Si le hacemos suficiente daño en puntos clave, quizás logremos separarlo del Grial… —agregó Leonel, escribiendo frenéticamente mientras analizaba su forma—. ¡Romani, Da Vinci! ¡¿Tienen algo?!
La voz de Romani Archaman crepitó desde el comunicador, llena de tensión:
—¡Lo estamos rastreando! ¡El Grial está estabilizando su manifestación, pero no está completamente fusionado! Si logran reducir su energía mágica lo suficiente, podemos usar un pulso inverso para forzar la separación.
—¡Pero no va a ser fácil! —añadió Da Vinci, con su voz aguda y rápida—. Esa cosa está regenerándose con cada golpe mágico. Necesitan ataques físicos combinados con Noble Phantasms bien cronometrados. ¡Y eviten sus gritos! Contienen maldiciones que pueden anular Command Spells.
Nero Claudius saltó al frente con su espada roja resplandeciendo.
—¡Entonces lo golpearemos tantas veces como sea necesario! ¡Roma no se rinde ante los demonios!
—¡Querido! ¡Mírame bien! ¡No dejaré que otra bruja te robe el protagonismo! —gritó Kiyohime, en su forma berserker, envuelta en llamas.
Ambas cargaron contra Andras. Sus ataques dejaron heridas visibles, pero éstas se cerraban poco después, como si el mismo Grial tejiera su carne demoníaca.
Jeanne se elevó sobre el campo con su estandarte, canalizando el poder divino. Su voz se alzó por encima del caos:
—¡Señor, danos fuerzas! ¡Luminosité Eternelle!
Su Noble Phantasm cayó como una columna de luz sagrada que desgarró parte de la masa central del demonio. Andras gritó con múltiples gargantas, sacudiendo el campo entero, pero se mantuvo en pie.
—¡Impacto confirmado! ¡Disminución temporal de la energía del núcleo! —gritó Leonel—. ¡Sigan así!
Mash y Nero hicieron un tándem defensivo/ofensivo, mientras Kiyohime iba a toda fuerza, lanzando fuego dracónico directamente a los ojos. Por unos instantes, parecía que lo estaban arrinconando.
Pero entonces, Andras agitó sus alas y lanzó una onda oscura que barrió el campo.
—¡¡¡CUIDADO!!! —gritó Tezcatlipoca.
Todos salieron despedidos. Jeanne apenas logró mantenerse en pie.
—Esto… no va a ser una victoria fácil —dijo entre jadeos.
—No —respondió Leonel con una calma tensa—. Esto no es una victoria rápida… es una prueba de fe. Pero lo venceremos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Mash, recuperándose.
Leonel miró el cielo que poco a poco comenzaba a clarear.
—Porque nosotros no estamos solos. Chaldea está con nosotros. Tezcatlipoca está conmigo. Y ustedes son los que pueden cambiar la historia.
Y con esa frase, volvió a levantarse la señal de ataque. La batalla continuaría, entre luz y oscuridad, entre fe y caos.
Una guerra santa contra un demonio sin forma, donde cada golpe, cada táctica y cada sacrificio contaba.
El cielo de Orleans se teñía de rojo carmesí. Los gritos demoníacos de Andras resonaban como campanas del juicio final. La batalla se alargaba como una pesadilla sin fin. Cada golpe de Jeanne, Nero, Kiyohime y Mash abría grietas en el colosal cuerpo del demonio, pero ninguna era lo suficientemente profunda. Las heridas se cerraban como si el tiempo no tuviera significado para aquel engendro.
Mash respiraba con dificultad. Su escudo estaba agrietado.
—Jeanne… no sé cuánto más puedo resistir…
—Resistimos por Francia —dijo Jeanne, con el rostro cubierto de sangre y ceniza—. Aun si mi cuerpo cae, mi espíritu arderá como antorcha de esperanza.
Kiyohime jadeaba, rodeada de humo y llamas moribundas. Nero tenía cortes en los brazos, pero su mirada seguía brillando con orgullo imperial. Sin embargo, todos sabían lo que el silencio entre ataques significaba: el enemigo los estaba evaluando ahora. Adaptándose. Esperando su momento.
Y entonces, fue Leonel quien lo vio.
—¡Ahí estás…! —murmuró frente a su consola mágica, con los dedos temblando por el agotamiento. Tezcatlipoca lo observaba desde su proyección etérea, los ojos brillando como estrellas negras—. Tez… esas líneas… ¿son rutas de maná?
—Justo lo que pensaba. Esas marcas que aparecen tras recibir impactos no son simples heridas… son canales de alimentación. El Grial los genera para mantenerlo unido. Pero si interrumpimos esa red…
Leonel apretó los dientes.
—Podríamos forzar al Grial a rechazarlo. ¡Cortar los nervios mágicos que lo sostienen!
Tezcatlipoca sonrió con ferocidad.
—Habrá que golpear cinco nodos al mismo tiempo. Es como romper un corazón mágico en sincronía. Si uno falla, todo se regenera.
Leonel activó el comunicador.
—¡Jeanne, Nero, Kiyohime, Mash! ¡Escúchenme! ¡En su espalda y hombros hay marcas parecidas a raíces! ¡Necesitamos que golpeen esas cinco zonas al mismo tiempo! ¡Es la única debilidad real que tiene!
Romani confirmó desde Chaldea con voz urgente:
—¡Sí! ¡Confirmamos la teoría de Leonel! ¡Estamos listos para enviar un pulso de contención una vez las heridas estén expuestas!
—¡Cinco marcas, cinco Servants! —gritó Leonel— ¡Ustedes pueden hacerlo!
Las cinco zonas brillaban levemente ahora que sabían qué buscar. Cada una pulsaba con una energía verde corrupta.
—¡Vamos! ¡Hagámoslo! —gritó Jeanne, elevando su estandarte.
—¡Roma arde brillante esta noche! —clamó Nero.
—¡Nada me detiene si es por ti, amor mío! —rugió Kiyohime, con fuego emergiendo de sus brazos.
—¡¡Lord Camelot!! —exclamó Mash, cubriendo un flanco mientras Jeanne se lanzaba de nuevo.
Cada uno se movió en perfecta sincronía. Coordinados por las órdenes de Leonel, las rutas tácticas de Tezcatlipoca, y el apoyo remoto de Chaldea, atacaron los cinco nodos al mismo tiempo.
El demonio gritó.
Pero esta vez, no fue un grito de furia… sino de dolor.
Su cuerpo se retorció. El Grial, incrustado en su pecho, comenzó a vibrar de forma irregular.
—¡Ahora, Romani! —gritó Leonel.
—¡Iniciando pulso de contención mágico! ¡Da Vinci, actívalo!
El rugido del Pilar Demonio cesó como una tormenta que finalmente muere. Su cuerpo se desvaneció en sombras rotas, evaporadas por el aire purificado de una Orleans que al fin respiraba en paz.
Y ahí, en medio de los restos humeantes, estaba el Santo Grial, brillando como una luna nueva, suspendida en su propia luz dorada.
Mash avanzó con pasos lentos y reverentes. Acarició el cáliz con una mezcla de asombro y respeto.
—Lo logramos… —murmuró, mientras el artefacto sagrado se elevaba un poco por sí mismo.
Acto seguido, un sello mágico se activó en su escudo. Un círculo de luz la rodeó, y con un suave destello, el Grial fue absorbido hacia su núcleo defensivo.
En ese momento, el mundo comenzó a temblar.
Romani exclamó desde el comunicador:
—¡Está funcionando! ¡La singularidad está comenzando a cerrarse! ¡El tiempo está corrigiéndose!
Pero esa alegría se vio rápidamente teñida por el resplandor de partículas flotando en el aire. Jeanne y Kiyohime comenzaron a desvanecerse en motas mágicas, volviendo al Trono de los Héroes.
—¿Ah…? No… ¡NO! —Kiyohime gritó, mirando sus manos descomponerse lentamente en luz. Corrió hacia Leonel, abrazándolo con desesperación—. ¡No quiero irme! ¡Te encontré! ¡Eres mi Anchin, lo supe desde que te vi! ¡No me alejes de ti, no otra vez…!
Leonel tragó saliva, conmovido por el dolor en su voz. Le tomó las manos, aun cuando comenzaban a disiparse entre sus dedos.
—Kiyohime… yo… te prometo que te invocaré. No importa cuándo ni cómo, te traeré de regreso a mi lado.
—¿Lo juras? —sollozó, con una sonrisa temblorosa—. ¿Promesa de meñique?
Leonel asintió y alzó su meñique. Kiyohime entrelazó el suyo con suavidad, y una lágrima de fuego bajó por su mejilla justo cuando su forma terminó de disiparse.
—Entonces… te estaré esperando… mi amor…
Y con un último destello, desapareció.
Jeanne observó la escena con una sonrisa tranquila, aunque también comenzaba a desvanecerse.
—Fue un honor caminar con ustedes. Proteger a Francia… salvar almas… luchar por la justicia… y por el futuro. —Su estandarte ondeaba con dignidad, aunque sus bordes ya eran luz—. Gracias por no dejarme sola. Gracias por luchar conmigo.
Se volvió hacia Leonel, Mash y los demás.
—Si alguna vez necesitan de mi fuerza… no duden en invocarme. Amo este mundo… y protegeré a los que creen en él.
—Jeanne… —murmuró Mash, con lágrimas en los ojos.
—Nos volveremos a ver —dijo Jeanne, con una sonrisa radiante. Y luego, simplemente… se fue, como una plegaria respondida.
El viento sopló con dulzura. La luz del sol volvió a tocar Orleans.
La singularidad… había terminado.
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