Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Fate/Grand Persona - Capítulo 15

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Fate/Grand Persona
  4. Capítulo 15 - 15 Capitulo 14 El imperio Romano y El Imperio Romano Unido
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

15: Capitulo 14: El imperio Romano y El Imperio Romano Unido 15: Capitulo 14: El imperio Romano y El Imperio Romano Unido [Terreno Abierto – Segunda Singularidad] El resplandor del Rayshift desapareció en una danza de partículas, revelando a Leonel, Mash, Emiya y Kiyohime sobre una vasta planicie polvorienta.

El sol ardía sobre sus cabezas con una intensidad abrasadora, y el calor subía desde el suelo reseco como una onda viva.

A lo lejos, entre colinas, una ciudad amurallada se alzaba como una joya manchada de sangre.

El humo se elevaba en espirales negras desde sus murallas, y el eco de gritos, tambores y acero chocando llenaba el aire.

El olor a fuego y guerra impregnaba el ambiente.

—Temperatura elevada…

coordenadas correctas…

estamos en la Segunda Singularidad —informó Mash, levantando su escudo mientras escaneaba los alrededores con su visor—.

Detecto fluctuaciones mágicas inusuales desde la ciudad.

Hay una batalla activa.

—Interesante…

—murmuró Emiya, observando con ojos afilados la escena—.

Pero esto no es historia normal.

Roma no debería estar en guerra consigo misma…

y esas insignias…

Kiyohime apretó su lanza, aunque su mirada solo buscaba una cosa: a Leonel.

—Mi amor, estás ileso, ¿verdad?

El viaje no te lastimó…

porque si este sol se atrevió a quemarte, lo arrancaré del cielo con mis propias manos —dijo con dulzura escalofriante.

Leonel solo pudo sonreír con nerviosismo mientras apartaba suavemente a la Servant serpentina.

Luego, cerró los ojos un momento, entrando en su mente, consultando con aquello que habitaba en lo más profundo de su alma…

[Plano Mental de Leonel] Un vacío envuelto en humo oscuro.

Ecos de risas distorsionadas.

Y en el centro, el reflejo de un jaguar envuelto en una capa de obsidiana, con ojos como brasas encendidas.

Tezcatlipoca, el dios del espejo humeante, el que ve el corazón de los hombres.

Su Persona.

No hablaba.

No era su estilo.

Pero el mensaje era claro, grabado como fuego sobre piedra: “El caos está en el trono.

La guerra no es guerra, sino sacrificio.

La ciudad es un altar…

y tú eres el intruso.” Una imagen cruzó su mente: un emperador coronado en oro, rodeado de llamas y bestias.

Una Roma que no debía existir.

[Regreso al plano real] Leonel abrió los ojos, sereno pero tenso.

—Tenemos que ir a la ciudad.

Allí encontraremos respuestas.

Esto no es historia rota…

es historia corrompida.

Mash asintió.

—Entendido.

Intentaremos acercarnos sin llamar la atención.

Si encontramos a algún civil o resistencia, podríamos obtener contexto local.

—Prefiero no esperar a que nos ataquen —dijo Emiya, desenvainando sus cuchillos gemelos—.

Tomemos altura desde las colinas.

Si nos ven, ya estaremos posicionados.

—A la primera señal de peligro…

yo arderé por ti, Leonel —susurró Kiyohime, tan dulce como una amenaza divina.

Leonel tragó saliva y sonrió con complicidad.

—Lo sé…

y lo agradezco.

Pero intentemos no quemar la ciudad completa, ¿vale?

Los cuatro comenzaron a moverse, descendiendo por la colina hacia la ciudad con paso calculado.

A cada metro que avanzaban, el ambiente se volvía más tenso.

El aire…

tenía el sabor metálico de la sangre.

La Segunda Singularidad apenas comenzaba…

y Roma ya gritaba en el idioma de los dioses.

[Afueras de la Ciudad – Segunda Singularidad] El sonido de los cascos de los caballos, los gritos de guerra y el silbido de flechas cortaban el aire conforme Leonel, Mash, Emiya y Kiyohime descendían discretamente por una colina hacia el campo de batalla.

La ciudad se extendía más allá de las murallas, parcialmente incendiada, mientras dos grandes fuerzas chocaban en las afueras.

—¡¿Esto es…

Roma?!

—preguntó Mash, perpleja al ver estandartes con símbolos imperiales y legionarios de ambos lados—.

Pero…

están peleando entre sí…

—Dos Romes…

—murmuró Emiya con el ceño fruncido—.

Esto no es un conflicto civil normal.

Algo los ha dividido completamente.

Leonel alzó la mirada y, en medio de la refriega, la vio: de pie entre la vanguardia, espada dorada en mano, un vestido escarlata que brillaba entre la sangre y el polvo.

Nero Claudius, con su imponente voz de mando, dirigía a su ejército.

Pero no era su Nero, no la que había dejado atrás en Chaldea para evitar una paradoja.

Esta tenía la misma energía, la misma belleza ardiente…

pero algo era distinto: más solemne, más imperial.

Una versión alternativa…

o quizás una manifestación histórica pura.

Frente a ella, liderando el ejército enemigo, estaba un hombre obeso, con una corona de laureles torcida, el rostro enrojecido y sudoroso, portando una espada decorativa que claramente no sabía manejar.

Tenía rasgos grotescos, una parodia viva de un emperador.

—Ese gordo no parece alguien que deba tener poder —gruñó Kiyohime con desdén, sosteniendo su lanza.

—Ese no es un emperador…

es un farsante —masculló Emiya.

Leonel cerró los ojos y, una vez más, dejó que la voz oscura de su Persona emergiera.

[Plano Mental – Tezcatlipoca] El jaguar apareció de nuevo, esta vez sobre una pirámide de obsidiana.

El campo de batalla se veía reflejado en su espejo humeante.

“El espejo está roto, pero el humo aún revela la verdad.” “El fuego de la emperatriz es real.

La sombra del falso ídolo devora el tiempo.

Si deseas que el mundo continúe, protege a la llama legítima.” [Campo de Batalla] Leonel abrió los ojos con determinación.

—Ayudaremos a Nero, la emperatriz legítima de esta era.

Este conflicto es parte de la distorsión…

y ese hombre solo empeorará la singularidad si lo dejamos actuar.

Mash asintió con firmeza.

—¡Entendido!

¡Preparándome para entrar en combate!

—Finalmente…

—dijo Emiya, invocando sus cuchillas—.

Una decisión que tiene sentido.

—Por ti, mi amor, arrasaré al enemigo…

como una dulce ofrenda —susurró Kiyohime, ya brillando con energía mágica.

Leonel levantó la mano y dio la orden.

Los tres Servants se lanzaron al combate como flechas al viento, sorprendiendo al ejército enemigo desde un flanco.

Mash se plantó como un muro entre las líneas enemigas y las tropas de Nero, desviando proyectiles con su escudo.

Emiya disparaba con precisión quirúrgica, eliminando comandantes y saboteando formaciones.

Kiyohime, entre fuego y rugidos, aterrorizaba al enemigo, haciendo que muchos huyeran antes siquiera de ser heridos.

Mientras tanto, Leonel, guiado por la visión de Tezcatlipoca, localizaba los puntos débiles de las tropas invasoras, gritando coordenadas, rutas de retirada y formaciones de ataque con precisión imposible para alguien que nunca había estudiado táctica romana.

El enemigo fue repelido.

La victoria era de Nero.

[Después del combate – Campamento Imperial] Nero descendió de su carro con una sonrisa brillante, aunque su expresión era más formal que la versión de Chaldea.

Se acercó a Leonel y lo examinó de arriba abajo, antes de alzar una ceja y extenderle la mano con elegancia.

—Valientes guerreros de tierras lejanas…

¿quién sois, que lucháis con fuego divino por Roma?

Leonel, sabiendo que no podía hablarle como lo hacía a “su Nero”, inclinó la cabeza ligeramente, sonriendo.

—Solo viajeros perdidos…

que reconocen el brillo de una emperatriz digna.

Hemos venido a ayudaros.

Nero soltó una risa musical y dramática.

—¡Ah!

¡Sois bienvenidos bajo mi estandarte!

¡Seréis mis aliados, mis generales!

¡Roma os acoge como hijos del destino!

Leonel asintió con respeto, pero por dentro solo pudo suspirar.

“Esta Nero es distinta…

pero sigue siendo Nero.

Al menos no tendré que lidiar con dos celosas a la vez…” El sol descendía sobre las murallas de la ciudad, mientras las tropas reorganizaban sus líneas.

La calma era solo temporal.

Leonel sabía que la verdadera causa de esta distorsión aún no había salido de las sombras.

Pero al menos ahora…

tenían un aliado imperial.

Y Tezcatlipoca, en silencio, observaba todo desde el fondo de su alma…

esperando.

[Camino hacia el campamento de Nero – Atardecer] El sol descendía en el horizonte, tiñendo el cielo de rojo como si reflejara la sangre que bañó el campo horas atrás.

El grupo caminaba por un sendero polvoriento bordeado de árboles secos.

La batalla había cesado, pero la tensión aún se sentía en el aire.

Leonel marchaba a la cabeza, con Emiya caminando a su lado.

Ambos guardaban silencio por un rato, hasta que el arquero habló con su tono neutro, casi como si dudara en tocar el tema: —Elegiste apoyar a Nero sin dudar…

¿Confías tanto en ella?

¿O es por lo que representa?

Leonel no respondió de inmediato.

Miró al frente, pero sus pensamientos resonaron junto a la voz profunda de su Persona, Tezcatlipoca, que le daba claridad entre el caos.

—Es…

ambas cosas —respondió finalmente—.

La Nero de aquí es distinta a la de Chaldea, pero su voluntad es genuina.

Y si queremos restaurar el flujo correcto del tiempo, tengo que confiar en quien pertenece a esta era…

no en quien la está corrompiendo.

Emiya asintió levemente, cruzando los brazos mientras caminaba.

—Una buena decisión.

Pero no será fácil.

Esta era está deformada…

los enemigos no son simples guerreros.

Algunos…

podrían incluso venir de nuestro propio pasado.

Leonel lo miró, con una sonrisa segura.

—Entonces es bueno que tenga a buenos aliados conmigo.

[Unos metros más atrás – Mash y Kiyohime] Mientras los chicos caminaban al frente, Mash intentaba mantener una postura profesional…

aunque la mirada intensa de Kiyohime, ladeando la cabeza como si analizara su alma, la hacía sudar.

—Mash, querida…

—dijo Kiyohime con voz melosa—.

¿No crees que es momento de dejar de mirar a Leonel como un pastel que no puedes comer?

Mash se sonrojó de inmediato.

—¡¿Q-qué?!

¡¿De qué estás hablando, Kiyohime-san?!

Yo no…

yo solo estoy cumpliendo mi deber como Shielder…

Kiyohime sonrió como una gata que acababa de atrapar a un ratón en su juego.

—Hmm~ Qué curioso.

Porque esa forma de fruncir el ceño, ese leve brillo en tus ojos cuando él habla…

y ese pequeño gesto de incomodidad cada vez que me acerco demasiado a él…

—se acercó y le susurró—.

Son síntomas clásicos de una chica enamorada.

Mash desvió la mirada, roja como un tomate, tratando de mantener la compostura.

—¡No es…

eso!

Es solo que…

él es nuestro líder, y…

yo lo admiro, y…

—Querida, soy una yandere profesional —dijo Kiyohime sin perder su sonrisa—.

Yo huelo los sentimientos antes de que ni siquiera florezcan.

No hace falta que lo ocultes.

Mash tragó saliva, visiblemente nerviosa.

Kiyohime le dio una palmadita en el hombro con una sonrisa indulgente.

—No te preocupes.

Solo digo…

que quizás deberías confesarte antes de que la lista crezca demasiado.

Por ahora está corta…

pero créeme, si esperas mucho, podrías terminar peleando por turnos de abrazos.

Mash balbuceó algo incomprensible, cubriéndose el rostro con ambas manos mientras Kiyohime reía para sí misma con satisfacción.

—Oh, el amor juvenil…

¡Qué emocionante es verlo florecer!

[Corte a Leonel, quien se detiene y voltea] [Interior de la ciudad de Roma – Sala del Trono Imperial] La ciudad de Roma se alzaba orgullosa pese al conflicto, con su arquitectura majestuosa y su gente disciplinada manteniendo la rutina en medio del caos de la guerra.

Una vez dentro de la capital, Leonel, Emiya, Mash y Kiyohime fueron guiados a la gran sala del trono, donde columnas de mármol blanco resguardaban el paso y los estandartes rojos ondeaban con el viento romano.

Sentada en el trono imperial, Nero Claudius los recibió con una sonrisa radiante y la gracia que sólo una emperatriz podía ostentar.

—¡Ciudadanos de Roma y fieles soldados!

Presento ante vosotros a nuestros salvadores del día de hoy: aliados enviados por los dioses para ayudarnos a proteger este glorioso imperio.

¡Honrad su presencia!

Los generales romanos en la sala —centuriones, estrategas y nobles— inclinaron la cabeza respetuosamente.

Pese a algunas miradas curiosas hacia los atuendos poco ortodoxos del grupo de Leonel, no hubo oposición.

Su ayuda en el campo de batalla hablaba más fuerte que cualquier duda.

Tras la ceremonia de bienvenida, Nero descendió del trono y los guió a una cámara de guerra contigua, donde mapas, figuras estratégicas y documentos cubrían las mesas.

—Ahora que los formalismos están hechos —dijo Nero, su tono volviéndose más serio—, es momento de que entiendan el verdadero peso de esta guerra.

Lo que enfrentamos…

es algo que desafía la historia misma.

Señaló el mapa principal.

En él se representaban dos bandos: el Imperio Romano, bajo su bandera, y al otro lado, un símbolo distinto: una amalgama de estandartes antiguos.

—Nuestros enemigos no son bárbaros ni tribus invasoras.

Son…

emperadores.

Mis antecesores.

Césares que han regresado de la muerte, uniendo sus fuerzas bajo un estandarte común.

Se hacen llamar el Imperio Romano Unido.

Leonel frunció el ceño y cruzó los brazos.

—¿Fantasmas…?

—Así los hemos catalogado —respondió Nero—.

Figuras del pasado que deberían estar en el más allá, pero que ahora marchan con ejércitos y toman ciudades como si nunca hubieran muerto.

Emiya intervino entonces, con su voz firme.

—No son fantasmas.

Son Servants.

Espíritus heroicos invocados por medio de un sistema de invocación mágica.

Alguien los está trayendo a esta época.

Un hechicero.

Leonel asintió.

—Alguien está interfiriendo con esta era, probablemente con un propósito mayor.

Eso convierte esta región en una singularidad.

Nuestra misión es corregirla.

Nero se quedó pensativa un momento.

Entonces sus ojos brillaron con reconocimiento.

—Eso explica aquel informe…

—dijo, volviéndose hacia una mesa lateral y sacando un pergamino polvoriento—.

Hace semanas, uno de nuestros exploradores habló de un “hechicero de las sombras” que fue visto realizando un extraño ritual en las afueras de Ostia.

En su momento lo desestimamos, pensando que era alguna secta menor…

Leonel intercambió una mirada rápida con Tezcatlipoca, cuya voz resonó en su mente con desdén: —Hechicero.

Pobre iluso si cree que puede jugar con el destino de los grandes.

Pero eso nos da un camino…

Nero alzó la vista hacia ellos, con una expresión más decidida.

—Entonces, héroes de otra tierra…

si conocéis la naturaleza de estos enemigos, decidme: ¿cómo derrotamos a aquellos que ya han muerto?

Leonel, sin vacilar, dio un paso al frente.

—Cortando la raíz.

Necesitamos encontrar al hechicero que los invocó.

Sin su vínculo al mundo físico, esos emperadores caerán uno por uno.

Pero mientras tanto…

los enfrentaremos en el campo de batalla, como lo hicimos hoy.

Mash asintió con convicción.

—Y protegeremos este tiempo…

¡cueste lo que cueste!

Nero sonrió ampliamente, alzando su brazo con determinación.

—¡Entonces, que los dioses y las musas nos bendigan!

¡La llama de Roma no será extinguida!

Leonel nota que Mash y Kiyohime se han quedado atrás.

Al ver a Mash completamente roja y a Kiyohime sonriendo como si hubiese hecho una travesura, suspira.

—No quiero ni preguntar qué están hablando…

Emiya sonríe con una ceja alzada.

—Créeme, es mejor así.

[Ciudad de Roma – Cámara de Guerra Imperial] La gran cámara estaba iluminada por candelabros y antorchas, el ambiente denso por la concentración de pensamientos estratégicos y la tensión del inminente combate.

Alrededor de la mesa central, el grupo de aliados se reunió junto a Nero, varios de sus generales, y una detallada maqueta del mapa de campaña.

Leonel se acercó al centro, con los brazos cruzados y la mirada fija en la posición enemiga marcada con un estandarte solitario.

—Según los informes de reconocimiento —comenzó, señalando con una vara un punto al noroeste—, este bastión está actualmente bajo el control de uno de los líderes del Imperio Unido.

Pero a diferencia de otros frentes, aquí no se reportan tropas aliadas ni actividad de otros emperadores.

Emiya asintió desde su posición.

—Demasiado silencio para alguien tan peligroso.

¿Quién es?

Nero respondió con una mezcla de solemnidad y molestia teatral.

—Gaius Julius Caesar.

El conquistador de la Galia, el dictador de Roma…

y según parece, el único hombre que puede engordar incluso después de muerto.

Mash parpadeó.

—¿Perdón…?

Kiyohime, con una sonrisa extrañamente alegre, susurró: —Debe haber sido un hombre glotón en vida.

Aunque debo admitir que la ironía me agrada…

Leonel negó con una sonrisa apenas visible, volviendo al punto.

—César es un Servant clase Saber, por lo tanto, experto en combate cuerpo a cuerpo.

A pesar de su…

peculiar estado físico, nuestros informes lo muestran manejando su espada con una precisión aterradora.

La gordura no le ha quitado habilidad.

Emiya cruzó los brazos.

—Podría ser una trampa.

¿Qué clase de general se separa así del resto?

Leonel asintió.

—Estoy de acuerdo.

Pero justamente por eso es una oportunidad.

Si cae César, no solo debilitamos al Imperio Unido, sino que enviamos un mensaje claro a los otros emperadores.

Podemos pelear contra ellos y ganar.

Nero golpeó la mesa suavemente, sus ojos brillando con aprobación.

—¡Qué jugada más audaz!

¡Por eso te elegí como aliado, Leonel!

Atacar de frente, como un verdadero romano.

Leonel levantó tres dedos.

—Tengo tres propuestas: Ataque relámpago: entramos con todo nuestro poder y eliminamos a César antes de que pueda reaccionar.

Estrategia de distracción: uno de nosotros se hace pasar por un emisario o soldado enemigo para infiltrarse y debilitar desde dentro, mientras el resto asalta la fortaleza.

Asedio táctico: usamos a los Servants de largo alcance para debilitar las defensas exteriores antes de entrar, minimizando riesgos.

Mash levantó la mano tímidamente.

—¿Y si hay civiles dentro?

—Lo verificaremos con Tezcatlipoca antes de lanzar cualquier ataque —respondió Leonel con seguridad, colocando su mano sobre el corazón—.

Mi objetivo es restaurar la historia, no destruirla.

Tezcatlipoca, manifestado como una sombra junto a él, murmuró con voz profunda: —Caerá como todos los que desafían el orden.

Pero cuidado, César no es sólo músculo…

su lengua puede mover ejércitos.

Nero se levantó, alzando su copa dorada.

—¡Entonces que así sea!

¡El León de Chaldea dirigirá el primer golpe contra el traidor más astuto de la historia romana!

¡Por el Imperio!

¡Por la gloria!

Los soldados y generales gritaron al unísono.

La guerra por el alma de Roma había comenzado, y el primer blanco ya estaba elegido: Julio César, el Sabio Espadachín con Sobrepeso.

[Establos del Cuartel General – Afueras de Roma] El sol apenas asomaba por el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rojizos.

El aroma de cuero, metal y heno impregnaba el aire mientras los preparativos para la marcha tomaban forma.

Leonel, con las mangas arremangadas, ajustaba la cincha del caballo que le asignaron.

Su armadura, una mezcla de estilo romano con toques modernos otorgados por la tecnología del Chaldea, colgaba a su lado, ya pulida y lista.

Mash observaba desde cerca, su escudo firmemente sujeto a su espalda.

Aunque su atuendo de batalla no era una armadura convencional, su expresión era igual de concentrada.

—¿Estás seguro de que no necesitas ayuda con eso, Senpai?

Leonel le lanzó una sonrisa confiada.

—¿No confiás en mi instinto de vaquero mexicano?

—dijo en tono bromista mientras ajustaba las correas—.

Aunque esto es más caballo de guerra que caballo de rancho…

Mash rió suavemente, pero su mirada se mantuvo sobre él un momento más de lo necesario.

A unos metros, Kiyohime estaba de pie bajo la sombra de un olivo, peinando lentamente su cabello con un pequeño peine de hueso, como si la batalla no fuera más que un paseo.

—No necesito preparar nada —murmuró con una sonrisa tranquila—.

Emiya, por otro lado, se encontraba más apartado, afilando sus cuchillos con calma casi monástica.

Sus ojos no se alzaban, pero estaba plenamente consciente de lo que ocurría a su alrededor.

—No piensen que esto será sencillo —comentó sin apartar la vista de su hoja—.

César puede parecer un blanco fácil…

pero los emperadores no llegaron a su posición por simple fortuna.

Leonel se colocó la armadura, abrochando los broches del peto y ajustando los guanteletes con precisión.

En su expresión se mezclaban la concentración de un líder y la carga de quien ya ha visto lo que está en juego.

[Palacio Imperial – Habitación de Nero] En una cámara decorada con oro y mármol, Nero Claudius observaba su reflejo en el espejo.

Su armadura ceremonial estaba colocada sobre un maniquí, mientras ella vestía aún una túnica blanca semitransparente, adornada con detalles carmesí.

—¡Ufufufu…!

—soltó mientras pasaba los dedos por el borde del peto—.

Qué gloriosa será esta mañana.

Marchar a la guerra con mi bello y noble ejército…

¡y al frente, ese muchacho tan interesante!

Mientras se colocaba la tiara imperial, sus ojos brillaban con expectación.

—Julio…

viejo rival.

Tu papel terminó hace siglos.

Es hora de dar paso a mi brillante luz.

Al fondo, dos doncellas aguardaban instrucciones, pero Nero las ignoró, enfocada en ajustar cada pieza de su armadura con manos firmes.

No permitiría que nadie más la vistiera para una batalla de honor.

—Hoy, Roma renacerá bajo mi estandarte…

—susurró— [De regreso a los establos] Leonel subió a su caballo, observando cómo los demás se alistaban uno a uno.

Tezcatlipoca apareció un momento en forma de humo negro detrás de él, con una sonrisa serpenteante.

—¿Listo para el primer acto, guerrero?

Dime…

¿lo harás temblar como un dios, o lo enfrentarás como un hombre?

Leonel respondió con seriedad: —Como ambos.

Mash, al escuchar eso, apretó el borde de su escudo con fuerza.

Kiyohime soltó un suspiro encantado.

Emiya simplemente sonrió por debajo de su aliento.

Los tambores de guerra comenzaron a sonar en las murallas.

La marcha hacia la fortaleza de Julio César estaba por comenzar.

[Exterior – Fortaleza de Piedra en lo Alto de una Colina] El sonido de los tambores de guerra resonaba por el valle mientras una densa niebla matinal se disipaba lentamente.

A lo lejos, los estandartes rojos de Roma ondeaban al viento, liderando la marcha de la unidad imperial.

Leonel se encontraba en una colina cercana, observando la situación a través de un pequeño monóculo encantado.

A su lado, flotando con una presencia etérea, Tezcatlipoca brillaba con un resplandor azulado, su mirada penetrante analizando cada rincón de la estructura enemiga.

—Hay torres con ballestas encantadas en las esquinas norte y este.

También percibo una trampa mágica en la puerta principal —dijo el dios con voz grave.

Leonel asintió, luego activó su comunicador táctico.

—Emiya, torres norte y este.

¿Puedes eliminarlas?

[Desde un risco cercano] Emiya ya tenía sus arcos materializados.

Sin decir una palabra, apuntó con precisión quirúrgica.

—Trace…

on.

Un par de espadas en forma de flecha se materializaron, brillando con energía espiritual, y fueron disparadas a velocidad supersónica.

Dos explosiones rápidas y limpias señalaron la caída de ambas defensas.

Leonel (por el comunicador): —Buen trabajo.

Kiyohime, mueve la vanguardia y mantén la presión.

No dejes que me alcance ninguna maldita flecha.

[En el campo, cerca de la entrada] Kiyohime, con una sonrisa ardiente y su naginata en mano, avanzó al frente del escuadrón.

Su kimono ondeaba como llamas vivas mientras bloqueaba ataques mágicos y físicos dirigidos a Leonel.

—¡No se atrevan a tocarlo!

¡Mi querido necesita concentrarse!

—gritó con fiereza, arrojando una ola de fuego dracónico hacia los soldados enemigos.

[Dentro de la fortaleza – Patio Central] El estruendo metálico del combate resonaba por los muros de piedra mientras Nero Claudius, vestida con su armadura escarlata y su corona de laureles, se abría paso con su espada imperial en mano.

A su lado, Mash cubría los flancos con su escudo, bloqueando las cargas enemigas y desviando ataques hacia la emperatriz.

—¡Avanza, Majestad!

¡Yo lo detendré!

—gritó Mash, deteniendo a dos soldados reforzados con un solo golpe de su escudo.

Frente a ellas, con una risotada imponente, estaba Gaius Julius Caesar.

Su cuerpo robusto no le impedía moverse con agilidad sorprendente, y cada uno de sus tajos creaba ondas de choque que sacudían el aire.

—¡Hahahaha!

¡Mi querida descendiente!

¿Has venido a destronarme tú sola?

¡Qué osadía!

Pero admirable, ¡como debe ser una emperatriz!

Nero sonrió con esa altivez que solo ella podía proyectar.

—¡No estoy sola, viejo zorro!

¡Y tu reinado como reliquia termina hoy!

Ambos emperadores chocaron espadas con un estruendo que sacudió el suelo.

[Desde su posición] Leonel analizaba cada movimiento del combate.

—Tezcatlipoca, ¿ves alguna abertura?

—Sí…

cuando Caesar termina un combo de cuatro cortes, deja expuesto su flanco derecho por menos de dos segundos.

Leonel activó el comunicador.

—Nero, cuando realice cuatro cortes consecutivos, ataca por su flanco derecho.

Su defensa cae en ese momento.

Nero esquivó el tercer tajo.

—¡Entendido!

¡Gracias, mi querido estratega!

Justo cuando Caesar realizó su cuarto tajo, Nero giró, embistiendo por su derecha con un corte limpio que hizo sangrar al coloso romano.

—¡Argh…

astuta!

¡Como debe ser una emperatriz…!

—gruñó Caesar, retrocediendo por primera vez.

Mash, sin perder el ritmo, golpeó el suelo con su escudo y gritó: —¡Es el momento!

¡Todos, avancen!

[Mientras tanto, afuera] Los muros comenzaban a ceder bajo el fuego combinado de los soldados romanos leales, Kiyohime y las proyecciones de Emiya.

Con un rugido de batalla, los aliados de Nero finalmente rompieron las defensas exteriores.

Leonel bajó la colina montado en su caballo, acercándose con velocidad al corazón de la fortaleza.

—Vamos a cerrar esto —murmuró, la mirada decidida.

La batalla apenas comenzaba…

pero Roma, al menos esta Roma, avanzaba con fuerza.

[Interior – Patio Central de la Fortaleza] Los muros retumbaban por la intensidad del combate.

Fragmentos de piedra volaban mientras los choques de acero y energía mágica colisionaban como relámpagos en una tormenta.

En el centro, Gaius Julius Caesar, imponente y resplandeciente a pesar de su voluminoso cuerpo, movía su espada con maestría letal.

Cada tajo suyo creaba ondas de presión que obligaban a Mash y Nero a mantenerse en movimiento constante.

Su armadura dorada brillaba, cubierta por runas grabadas que aumentaban su poder físico y regeneraban lentamente sus heridas.

—¡No podrán vencerme, no mientras la gloria de Roma esté conmigo!

¡Soy el conquistador de las Galias, el emperador que rompió la república!

—rugió Caesar, blandiendo su espada con una fuerza titánica.

Nero giró elegantemente, desviando su tajo hacia un lado con su espada Aestus Estus.

—¡Y yo soy Roma encarnada, la luz del Imperio!

¡Hoy, las llamas de mi pasión te consumirán, Caesar!

Mash, aprovechando el ángulo, cargó con su escudo.

—¡Impacto de escudo, máximo empuje!

Una onda de choque empujó a Caesar unos metros hacia atrás.

Rugió con molestia, pero antes de que pudiera responder con otro ataque, su armadura brilló tenuemente…

y se regeneró.

[Desde la colina de comando, con visión mágica] Leonel frunció el ceño al ver la regeneración.

—Tezcatlipoca, ¿puedes analizar esas runas en su armadura?

El dios azteca cruzó los brazos y observó con intensidad.

—Sí…

son un sello de auto-curación imperial.

Antiguo, pero efectivo.

Alimentado por orgullo histórico.

Solo se romperá si se ataca directamente cuando esté pronunciando su título completo.

—Perfecto…

—Leonel activó el comunicador—: Mash, Nero, cuando Caesar se lance en otro discurso pomposo, ¡aprovechen ese instante!

Su armadura se vuelve vulnerable justo cuando está hablando de sí mismo.

[Regreso al campo de batalla – Patio central] Caesar dio un paso al frente, levantando su espada.

—¡Yo soy Gaius Julius Caesar!

¡El amo de Roma, aquel que deshizo el Senado y domó a Pompeyo!

Nero gritó rápidamente: —¡Ahora, Mash!

Mash saltó hacia adelante, su escudo brillando con energía rosa-púrpura.

—¡Lord Camelot, liberación defensiva invertida!

Su escudo se transformó por un segundo en una barrera ofensiva y se estampó directamente contra el pecho de Caesar.

El impacto destrozó el núcleo de energía en su armadura, haciéndola explotar en fragmentos dorados.

Nero se lanzó al mismo tiempo, girando con elegancia y desatando una estocada directa al torso de Caesar.

Su espada brilló con energía prana mientras gritaba: —¡Laus Saint Claudius!

La espada imperial atravesó la defensa rota de Caesar, y un haz de luz en forma de fénix lo envolvió.

Caesar cayó de rodillas, riendo con un dejo de admiración.

—Heh…

Qué glorioso final.

Vaya que sí eres una emperatriz digna…

Neronia…

Se desvaneció en motas de luz dorada.

[Exterior – Murallas de la Fortaleza] Mientras tanto, los soldados de Caesar y Nero seguían en combate.

Gritos, choques de lanzas, estandartes que caían y se alzaban.

El cielo se teñía de humo mientras Kiyohime protegía a los heridos y Emiya disparaba flechas encantadas desde las alturas, derribando golems invocados por magos enemigos.

Leonel observó desde su puesto, jadeando un poco por la tensión.

—Uno menos…

—murmuró—.

Pero esto es solo el comienzo.

Tezcatlipoca, aún flotando a su lado, sonrió con una mezcla de orgullo y peligro.

—Prepárate, niño.

El próximo emperador no será tan fácil de convencer con palabras o gloria.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo