Fate/Grand Persona - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capitulo 16 Caligula
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17: Capitulo 16: Caligula 17: Capitulo 16: Caligula [Interior – Cuarto de Leonel – Mañana] El tenue brillo del amanecer comenzaba a filtrarse por las rendijas de la ventana de piedra.
Leonel dormía plácidamente, por fin disfrutando de un descanso merecido.
El ambiente era tranquilo…
hasta que un estruendo de golpes lo hizo brincar de la cama.
TOC TOC TOC TOC TOC TOC —¡Leonel!
—la voz de Archer Emiya atravesó la puerta como una flecha—.
Tenemos problemas.
Un Servant enemigo se acerca rápidamente a la fortaleza.
Y no viene a hablar.
Leonel abrió los ojos como platos y, sin perder tiempo, se levantó, vistiéndose con rapidez.
Abrió la puerta y se encontró con un Emiya serio, con sus espadas ya en la espalda.
—Despierta a Nero, yo me encargo de Mash y Kiyohime —ordenó el arquero antes de girarse y desaparecer por el pasillo como una sombra.
Leonel no dudó.
Corrió por los corredores de piedra de la fortaleza, esquivando sirvientes y soldados sorprendidos por su repentino paso.
Al llegar al cuarto de Nero, golpeó la puerta con urgencia.
TOC TOC TOC —¡Nero!
¡Emperatriz!
Tenemos una amenaza, ¡necesito hablar contigo ahora mismo!
Hubo un leve quejido al otro lado de la puerta.
Pasaron unos segundos…
y esta se abrió lentamente.
—¿Mmmh…?
¿Quién osa molestar a una emperatriz a estas hor…?
La frase quedó a medio camino.
Leonel se quedó petrificado por un segundo.
Allí estaba Nero Claudius, emperatriz de Roma…
usando una delgada bata roja semitransparente, con detalles dorados, adornada con lazos de encaje.
Su cabello estaba suelto, cayendo en ondas doradas por sus hombros, y sus ojos carmesí aún estaban adormilados.
La imagen fue suficiente para que Leonel se quedara paralizado, con las mejillas completamente rojas.
—¡E-Eh…!
¡L-lo siento!
—Leonel se dio la vuelta de inmediato, cubriéndose el rostro—.
¡Perdón por despertar así, pero hay un Servant enemigo acercándose a la fortaleza!
Hubo un silencio incómodo.
Y luego…
—Fufufu…
¿Te has sonrojado por una simple visión de mi vestimenta nocturna?
¡Eres más adorable de lo que pensaba!
—dijo Nero entre risas, antes de entrar de nuevo y comenzar a vestirse apresuradamente—.
¡Muy bien!
¡Si hay enemigos a las puertas, entonces yo, la gran Nero Claudius, los recibiré como corresponde!
—T-te espero afuera…
—murmuró Leonel, aún rojo como tomate mientras se alejaba.
Mientras tanto, en otra parte de la fortaleza…
[Interior – Dormitorio compartido de Mash y Kiyohime] —Mash, despierta —dijo Emiya con voz firme.
—Nnnh…
¿Mmm?
¿Senpai…?
—Mash se sentó de golpe en la cama, sonrojada, claramente aún afectada por los eventos de la noche anterior (aunque técnicamente no había bebido nada).
—¡Leonel-sama está en peligro!
—exclamó Kiyohime, despertando al mismo tiempo.
Al notar a Emiya en la habitación, su expresión cambió rápidamente—.
¡¿Qué haces aquí?!
¡Este es territorio femenino!
—Vístanse.
Hay un Servant Berserker viniendo hacia acá —dijo Emiya, sin inmutarse.
Ambas chicas se congelaron.
—¡¿Un Berserker?!
—exclamaron al unísono, y luego comenzaron a prepararse como si se tratara de una competencia de velocidad.
[Exterior – Murallas de la Fortaleza] Minutos después, Leonel y Nero, ya en armaduras y con sus armas preparadas, observaban hacia el horizonte.
El sonido de pasos, un eco distorsionado de furia y locura, se acercaba.
Desde la niebla emergía una figura…
musculosa, con una túnica rasgada y ojos completamente desquiciados.
—Es él…
—susurró Leonel—.
Calígula.
Y tras ellos, Emiya, Mash y Kiyohime llegaban al muro, todos listos para el combate.
La tranquilidad de la mañana estaba oficialmente rota.
[Interior – Sala de estrategia, Fortaleza de la Resistencia – Minutos después] Una gran mesa de piedra ocupaba el centro del cuarto, cubierta con un detallado mapa de Roma.
Pequeñas figuras representaban fortalezas, tropas, rutas y sectores conquistados.
A su alrededor estaban Leonel, Nero, Mash y Archer Emiya, todos con miradas serias mientras un ambiente de tensión se sentía en el aire.
Leonel cerró los ojos un momento, colocó una mano sobre el mapa y la otra sobre su pecho.
—Persona.
Tezcatlipoca.
Muéstrame lo que el enemigo oculta.
Una sombra densa emergió brevemente de sus pies, manifestando una imagen fugaz del dios .
Sus ojos brillaron, y fragmentos de información flotaron como visiones encima del mapa: caminos de aproximación, energía mágica en aumento y la silueta borrosa de un Servant que se acercaba, pisoteando todo a su paso.
—Tiene la clase Berserker —informó Leonel, aún con los ojos cerrados—.
Enorme, fuerza mágica abrumadora.
Se mueve sin sigilo.
Está casi gritando su presencia al mundo.
Pero no está solo, hay pequeñas firmas mágicas acompañándolo…
peones, quizás.
Nero se cruzó de brazos, observando el mapa con atención.
—¿Sabes quién es?
Leonel asintió, abriendo los ojos lentamente.
—Sí.
Es Caligula.
Silencio.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación.
Los ojos de Nero se abrieron con sorpresa, y luego…
dolor.
—Tío…
—susurró.
Mash la miró con preocupación.
—¿Caligula?
¿No fue…
el emperador anterior a ti?
—Así es…
—dijo Nero con voz suave, apartando la mirada del mapa—.
Mi tío.
Murió hace tiempo…
Su mente ya no era estable entonces.
Y si lo han invocado como Berserker…
entonces todo lo que quedaba de su razón ya no está con él.
Leonel la observó con respeto, pero sin titubear.
Dio un paso adelante y comenzó a marcar puntos en el mapa.
—No podemos dejar que llegue aquí.
Si entra, este lugar caerá en minutos.
Archer, ve a esta torre del este.
Usa tu alcance para frenar cualquier intento de avance rápido.
—Señaló una colina—.
Mash, tú cubrirás este punto con un pequeño escuadrón.
Es la ruta más directa, y seguramente será la que tomen.
Necesito que aguantes.
—¡Sí, Senpai!
—respondió Mash con decisión.
—Yo tomaré una posición al norte, en caso de que haya un intento de flanqueo…
pero lo más probable es que Berserker intente romper la línea de frente.
—Luego miró a Nero directamente—.
¿Qué quieres hacer tú?
La emperatriz mantuvo el silencio unos segundos.
Su expresión ya no era de tristeza, sino de resolución.
Sus ojos carmesí brillaban con fuego contenido.
—Voy a enfrentar a mi tío.
Yo, Nero Claudius, soy la actual emperatriz de Roma.
¡Si Caligula viene a destruir esta tierra, entonces será mi deber recibirlo y detenerlo con mis propias manos!
¡No permitiré que su locura manche lo que construimos!
Leonel asintió, con una media sonrisa.
—Entonces iré contigo.
No dejaré que lo enfrentes sola.
—Ufufu…
tan valiente como siempre, Leonel.
Muy bien.
¡Que comience la sinfonía de guerra!
—exclamó Nero, alzando su espada aún envainada.
Emiya giró los ojos con una sonrisa leve, mientras Mash apretaba su escudo con fuerza.
La batalla se acercaba.
Y esta vez, el enemigo llevaba el rostro del pasado.
Todo era blanco.
Silencio absoluto.
Flotaban fragmentos de recuerdos como vidrios rotos suspendidos en el aire.
Una figura vestida con la toga imperial caminaba con paso firme sobre un suelo invisible.
Era Gaius Julius Caesar Augustus Germanicus, más conocido como Calígula, pero no el monstruo que la historia recordaba.
Era joven, decidido, con mirada clara y un rostro cargado de ideales.
—”Roma me necesita…
y yo la necesito a ella.” —pensaba con convicción, mientras observaba desde un balcón los tejados rojos de la capital del mundo.
En sus primeros días como emperador, Roma florecía.
La gente sonreía, las calles eran limpias, los mercados abundaban.
Se le llamaba el “nuevo amanecer del imperio”.
Su visión iba más allá de la guerra y la conquista; soñaba con una Roma inmortal, donde el arte, la sabiduría y la divinidad coexistieran.
Una voz suave, casi un susurro, irrumpió la paz de aquel recuerdo: —”¿No deseas que tu nombre brille por siempre en el firmamento?” La escena cambió.
Noche.
Una noche sin estrellas.
Calígula se encontraba en su lecho, respirando tranquilo, sin saber que la presencia de una diosa se deslizaba por los velos de la realidad.
Desde las sombras de la luna, Artemisa —o quizás Selene, según quién contara la historia— descendió sin ser vista.
Una deidad celosa, caprichosa…
que encontraba en aquel joven emperador un juguete perfecto.
Ella posó una mano etérea sobre su frente mientras dormía.
—”Mi bendición es mi marca.
Que tu alma mire la eternidad…
aun si tu mente no lo soporta.” Un dolor agudo atravesó su cabeza.
Y desde esa noche, algo dentro de él cambió.
Los recuerdos siguientes se tornaron oscuros, confusos.
Fragmentados.
Las calles se tiñeron de sangre, las risas se volvieron gritos.
El Senado dejó de confiar, el pueblo comenzó a temer.
Calígula se veía a sí mismo desde fuera: riendo a carcajadas mientras hacía ejecutar a quien lo mirara mal, declarando la guerra al mar, nombrando cónsul a su caballo…
y al fondo, la luna brillando con fuerza antinatural, siempre mirándolo.
Siempre observando.
—”¡Yo soy Roma!
¡Yo soy un dios!” —gritaba en un trono rodeado de estatuas rotas, mientras su mente se deshacía como pergamino al fuego.
Y ahora, en el presente, lo único que quedaba de él era un eco distorsionado de aquel joven prometedor…
un alma doliente, rabiosa, arrastrada por cadenas de locura.
Una última imagen cruzó su mente: la joven Nero, su sobrina, sonriéndole con admiración en un día soleado del pasado.
Él estiró la mano hacia esa imagen…
pero esta se desvaneció.
—”Lo arruiné…
Roma…
Nero…” Pero la bendición maldita aún ardía en su alma.
Calígula abrió los ojos.
Su mirada era un abismo.
Su rugido, el grito de un dios roto.
[Exterior – Ruinas de Roma, poco antes del amanecer] El cielo se teñía de tonos rojos y naranjas, como si la misma Roma sangrara por anticipado.
Las piedras antiguas de la fortaleza reflejaban la luz suave, como testigos silenciosos de una batalla inminente.
En una colina detrás de las líneas, Leonel se encontraba con los ojos cerrados, sentado en posición de loto sobre una plancha de mármol resquebrajada.
Su respiración era lenta, profunda, marcada.
A unos metros delante de él, sobre el campo abierto, Nero Claudius se mantenía firme, con su espada envainada a su lado, el rostro serio.
La emperatriz solía irradiar confianza y energía casi teatral, pero ahora…
había algo distinto en su postura.
Quietud.
Tensión.
Nostalgia.
Leonel no necesitaba verla de frente para sentirlo.
A través del lazo entre ambos, lo sabía: ella no estaba dudando, pero sí sufriendo.
Dentro del espacio mental de Leonel, Tezcatlipoca, su Persona, flotaba entre neblina negra, adornado con oro, plumas de quetzal y colmillos de jaguar.
Su mirada, astuta y feroz, se clavaba en el horizonte invisible de la batalla por venir.
—”El alma de tu enemigo está fragmentada,” dijo con su voz grave y ritual.
—”Ruge con dolor.
No siente, no razona.
Pero aún hay memoria…
escondida como obsidiana bajo tierra.” Leonel frunció el ceño.
—¿Eso significa que aún hay algo humano en él?
—”Sí…
y eso lo vuelve más peligroso.
Las memorias lo guían, pero no lo controlan.
Es como un jaguar herido: salvaje, errático, pero guiado por un recuerdo que no comprende.” Leonel apretó los puños.
El aura de su Persona empezó a vibrar a su alrededor, invisible para los demás, pero presente como un pulso que latía junto a su corazón.
Estaba listo para invocar a Tezcatlipoca al menor indicio.
Desde la retaguardia, su papel era asegurar que Nero no enfrentara sola esa oscuridad.
Abrió los ojos.
Frente a él, Nero se mantenía en guardia, sus dedos tocando con delicadeza el pomo de su espada.
El viento jugaba con los mechones dorados de su cabello, y aunque su cuerpo estaba recto, su mirada cargaba el peso de siglos pasados.
—”Tío…” murmuró para sí.
—”Aquel día…
cuando dijiste que Roma debía arder para renacer…
no comprendí lo que querías decir.” Tragó saliva y dio un paso adelante.
—”Pero hoy…
si debo ser yo quien te detenga, entonces lo haré no como emperatriz, sino como tu sangre.” Leonel se puso de pie detrás de ella, sin hacer ruido.
—¿Estás lista?
Nero giró ligeramente el rostro, y una chispa de fuego brilló en sus ojos.
—”Siempre lo estoy.
Roma no caerá ante la locura.” Desde la lejanía, un grito gutural sacudió el aire, anunciando la llegada del Berserker.
El rugido de un alma perdida.
Y el campo de batalla los esperaba.
[Exterior – Afueras de la Fortaleza, amanecer rojizo sobre Roma] La batalla había comenzado antes de que el sol se alzara del todo.
Los tambores de guerra de Calígula retumbaban como truenos de un dios enloquecido, y con ellos, una turba de soldados espectrales —vestigios deformados de un ejército romano, marchando como títeres movidos por el odio.
Mash Kyrielight alzó su escudo, bloqueando una lanza con un estruendo metálico, su expresión tensa pero decidida.
—¡Leonel!
¡Vamos a contenerlos!
¡No dejes que pasen por el flanco derecho!
A su lado, Archer Emiya ya disparaba ráfaga tras ráfaga de flechas negras que explotaban en el aire, derribando a enemigos por decenas, pero aún así, el ejército de Calígula no se detenía.
—No están vivos —murmuró Archer, frunciendo el ceño—.
No sienten miedo.
Solo obedecen.
Kiyohime, vestida con su armadura ligera y sus cadenas brillando como serpientes, danzaba entre enemigos, derribando y quemando todo a su paso.
—¡Mi querido amo verá que no dejaré que estos muñecos lo toquen!
¡ARDAN!
Los soldados de Nero gritaban su nombre, cargando con espadas, escudos y lanzas bajo su estandarte dorado.
Aunque eran menos, el fervor por su emperatriz los volvía implacables.
En el centro del caos, el aire pareció partirse en dos.
Las tropas se abrieron instintivamente cuando Calígula hizo su aparición.
Su figura no era la de un emperador…
era la de una deidad rota.
Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices arcanas, tatuajes como lunas sangrantes, y su toga parecía tejida de sombras.
En sus ojos no había razón, solo devoción.
Fanatismo.
Locura.
—¡NEROOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
—gritó, su voz un rugido que hizo temblar el suelo—.
¡MI BELLA NIETA!
¡MI ROMA ENCARNADA!
¡VEN A MÍ!
¡TU LUGAR ES JUNTO A MÍ EN LA GLORIA ETERNA!
Nero Claudius emergió de entre las columnas de mármol con una calma estoica.
Su espada, Aestus Estus, vibraba en su mano.
Su manto rojo ondeaba al viento, como si Roma misma la abrazara.
Se detuvo a pocos metros de él, mirando fijamente esos ojos desquiciados.
—No hay gloria en el dolor, tío…
No hay imperio en la locura.
Calígula rió.
—¡Mentiras de hombres débiles!
¡Roma debe renacer!
¡CON FUEGO!
¡CON SANGRE!
¡Y TÚ!
¡MI HERMOSA FLOR!
¡TE HARÉ DIOSA JUNTO A MÍ!
La emperatriz no desvió la mirada.
No mostró miedo, pero sus ojos reflejaban una tristeza profunda.
—Tú eras un ideal, Calígula.
Eras esperanza…
antes de que la luna te robara la razón.
—No puedo devolverte lo que eras.
Pero sí puedo hacer algo por ti.
Calígula avanzó con un rugido, y su espada, deformada por la locura, brilló con luz púrpura.
Nero levantó su arma con elegancia, asumiendo la posición imperial de combate.
—Te liberaré.
Aun si eso significa cortarte con mis propias manos.
Y con un estallido de luz, los dos emperadores chocaron.
Fuego contra sombra.
Orgullo contra ruina.
La verdadera batalla había comenzado.
[Campo de batalla – Zona central, frente al Templo en ruinas] El viento cesó.
No hubo palabras finales.
Solo silencio.
Nero Claudius y Calígula se enfrentaban en medio del caos como dos pilares de fuego opuestos.
Entre los cuerpos caídos, el polvo dorado de invocación y la sangre, Roma volvía a arder…
no en llamas, sino en recuerdos.
Y entonces, como si una señal invisible lo indicara, se lanzaron el uno contra el otro.
—¡Haaaaah!
—gritó Nero, cargando con Aestus Estus en alto, su espada flamígera trazando un arco brillante hacia el pecho de Calígula.
Calígula no esquivó.
No bloqueó.
No lo necesitaba.
Su brazo desnudo, cubierto de tatuajes lunares, detuvo el golpe de lleno.
El impacto resonó como un gong, sacudiendo el aire con una onda expansiva.
—¡EL DOLOR ES PURIFICACIÓN!
—gritó con una sonrisa macabra, y de un manotazo, derribó a Nero hacia atrás como si fuera una muñeca.
Pero Nero rodó sobre sí misma, usó el impulso para levantarse de nuevo, y sonrió.
—Aún estás fuerte, viejo emperador…
pero yo también lo estoy.
En lo alto de una torre semiderruida, Leonel observaba todo desde su posición elevada.
Sus ojos estaban cerrados, en profunda concentración.
Su mano derecha tocaba el suelo, y una energía oscura se acumulaba a su alrededor como humo.
—Ven…
Tezcatlipoca.
Un portal azulado se abrió como una grieta en la realidad.
De él emergió una figura imponente, envuelta en plumas negras, huesos dorados y una corona de obsidiana: Tezcatlipoca, el Espejo Humeante.
Sus ojos brillaron con poder místico mientras escaneaba el campo de batalla.
—Informe.
—ordenó Leonel.
La voz grave y mística del dios respondió dentro de su mente: —Calígula tiene refuerzos espirituales ligados a la luna.
Sus puntos vulnerables son inestables, pero se abren brevemente cuando ataca con su brazo izquierdo.
Usa su locura como impulso: si lo irritas, se vuelve predecible por unos segundos…
—Perfecto.
Vamos a usarlo.
Leonel abrió los ojos y alzó su comunicador mágico, conectado a los de sus Servants en batalla.
—Mash, su defensa baja cuando gira para aplastar.
Esquiva y contraataca por la espalda.
—Kiyohime, ten cuidado, sus tropas están reforzadas espiritualmente.
Apunta a las piernas, es donde están menos protegidos.
—Archer, zona este, flanco abierto, pero cuidado con los lanceros.
Usa terreno elevado.
¡Muévete ahora!
—¡Entendido!
—respondió Mash, retrocediendo justo a tiempo para esquivar un espadazo antes de empujar a su enemigo con su escudo reforzado.
—¡Ufufu~ Gracias, amo mío~!
¡Haré que ardan por dentro y por fuera!
—gritó Kiyohime encantada, ya lanzando una llamarada verde.
—Ya era hora que alguien aquí pensara —gruñó Archer—.
Trace, on.
—Y de inmediato formó dos espadas gemelas para cortar un grupo de lanceros que se acercaban.
Mientras tanto, Nero volvió a lanzarse al combate.
Sus ataques eran elegantes, como una danza imperial, cada estocada una nota musical de una ópera fatal.
Calígula, sin embargo, no parecía pelear: parecía romper todo a su paso.
—¡DAME TU CORONA!
—rugió él, y saltó, alzando ambos brazos como martillos.
Nero esquivó apenas, una onda de choque la empujó hacia atrás, y luego atacó su brazo izquierdo con fuerza renovada.
¡CLANG!
—”¡Lo tengo!” —pensó Leonel, al ver cómo Calígula titubeaba apenas un segundo.
—¡AHORA, NERO!
¡BRAZO IZQUIERDO!
¡APUNTA A LOS TENDONES!
La emperatriz no dudó.
Giró sobre su talón, cambió la dirección de su espada y ensartó su hoja entre los músculos desgarrados del brazo del loco emperador.
Calígula gritó.
Una mezcla de dolor, furia y…
euforia.
—¡AAARGHHH!
¡SÍ!
¡SÍ!
¡ESO ES!
¡UNA EMPERATRIZ DIGNA!
¡SIGUE!
¡HÁZME SANGRAR MÁS!
Pero Nero, lejos de enloquecer, mantuvo su mirada firme.
—No lo hago por gloria.
Lo hago por ti.
Para devolverte la paz que la luna te robó.
La batalla no había terminado.
Pero Roma…
ya comenzaba a respirar.
[Campo de batalla – Hora desconocida] El sol ya no iluminaba el cielo.
No porque fuera de noche…
sino porque la batalla entre Nero y Calígula había borrado cualquier noción del tiempo.
Horas habían pasado.
El aire era espeso, cada bocanada costaba como una deuda impaga.
El suelo estaba teñido de rojo, mezclando sangre, cenizas y recuerdos que jamás regresarían.
Nero jadeaba.
Su cuerpo temblaba, su brazo sostenía Aestus Estus con dificultad, y su corona de laurel estaba desgarrada.
El sudor se mezclaba con cortes en su frente, y cada paso era un esfuerzo.
Pero aún se mantenía en pie.
—¿Eso es todo lo que tienes, Calígula…?
¿Tu locura ya agotó tu fuerza…?
—preguntó entre dientes, aunque sabía que era ella quien iba cediendo.
Frente a ella, Calígula reía.
No era una risa de victoria.
Era una risa vacía, como si se burlara de la realidad misma.
Su cuerpo tenía heridas, cortes profundos y una quemadura cruzando su torso…
pero su locura lo sostenía.
No sentía dolor.
No conocía el agotamiento.
—¡HERMOSA!
¡¡NIÑA DORADA DE MI SANGRE!!
¡¡MI HERENCIA!!
—gritó, sus ojos brillando con el reflejo de la luna invisible—.
¡¡NO ESCAPARÁS DE MI AMOR ETERNO!!
Y con un rugido inhumano, cargó de nuevo, desatando una serie de golpes brutales y salvajes que hicieron retroceder a Nero.
Ella resistió.
Bloqueó.
Cayó.
Rodó.
Se levantó.
Volvió a caer.
Se levantó otra vez.
En la retaguardia, Leonel no se había movido.
Pero sus ojos estaban completamente abiertos.
Tezcatlipoca flotaba detrás de él como una sombra viviente.
Las runas giraban en sus ojos, leyendo cada movimiento, cada músculo, cada tensión.
—¡Dímelo, ahora!
¡¿Hay una apertura?!
—exigió Leonel.
Tezcatlipoca asintió con voz retumbante: —Sí.
Hay un momento: justo cuando Calígula lanza su combo de tres golpes, su brazo izquierdo se queda expuesto por una milésima de segundo.
Ha repetido el patrón catorce veces…
es predecible ahora.
—¡Bien!
¡Nero, aquí Leonel!
—gritó activando el comunicador—.
¡Cuando bloquee su tercer golpe, pívota con el talón izquierdo, lanza una estocada baja en diagonal hacia su axila!
Es su única zona sin refuerzo mágico.
¡¡Esa es tu oportunidad!!
Nero se reincorporó una vez más, resollando, pero con una chispa en los ojos.
—Mi querido estratega…
confío en ti.
Calígula venía otra vez.
Como una bestia desencadenada, rugiendo, saltando con una furia descomunal.
La secuencia inició: Un golpe descendente.
Un barrido lateral.
Un golpe de palma brutal con el brazo izquierdo.
¡Ahora!
—¡TE LLEVARÉ AL OLVIDO QUE DESEAS!
—gritó Nero.
Bloqueó el tercer golpe con ambas manos, giró en seco sobre su pie izquierdo, y con un último grito de todo su ser, lanzó una estocada baja, directa a la axila expuesta de Calígula.
El tiempo pareció congelarse.
El filo de Aestus Estus perforó carne y magia por igual.
—Ggghhaaaaahhhhh— Calígula gritó, por primera vez, de dolor real.
El fuego dorado de Nero recorrió su cuerpo, y el vínculo con la maldición lunar se quebró por un segundo.
En su rostro apareció algo…
algo que había estado ausente todo este tiempo.
Lucidez.
Y luego, lágrimas.
—…Julia…
¿por qué…
estoy…
tan solo…?
—susurró, antes de caer de rodillas, la locura desvaneciéndose como humo en el viento.
Nero bajó su espada.
Las piernas no la sostenían más.
Cayó sentada frente a su antecesor caído.
—…Yo también estuve sola, tío.
Pero encontré personas que me hicieron fuerte.
La batalla aún no había terminado del todo…
pero Roma había ganado un pedazo de paz.
Y Leonel, en lo alto, simplemente murmuró: —Objetivo cumplido…
ahora solo queda el cierre.
[Campo de batalla – Silencio tras la tormenta] Todo había terminado.
El ejército de Calígula yacía derrotado, desvaneciéndose como ecos sin propósito.
Mash, Kiyohime y Archer bajaban la guardia poco a poco, aún atentos, pero sabiendo que la amenaza mayor ya no estaba de pie.
En el centro del campo, Nero Claudius permanecía erguida, su espada bañada en luz tenue.
Frente a ella, de rodillas, Calígula empezaba a desvanecerse.
Fragmentos dorados de prana se desprendían de su cuerpo con lentitud, como pétalos llevados por el viento.
El emperador loco, por primera vez en mucho tiempo, estaba…
callado.
—Hmph…
—susurró, la voz temblando, sin furia, sin gritos—.
Hermosa…
brillante…
Nero…
Sus ojos, que hasta hace unos minutos rebosaban locura, ahora mostraban algo diferente: claridad.
Humanidad.
Dolor.
—¿Qué…
qué he hecho…?
—Roma…
yo la amaba…
—A ti…
también te amaba…
como a la última chispa de nuestra estirpe.
Pero mi mente…
se perdió…
Nero, con la espada ya envainada, se acercó.
El viento revolvía su cabello suelto, y sus piernas temblaban…
pero no retrocedía.
—Un día…
llegaste al palacio…
y sonreíste con esa luz que solo tú tenías…
y yo…
—tosió, un hilillo de luz se escapó de sus labios— yo ya no era un hombre…
sólo quedaba una bestia…
y te arrastré conmigo.
—No…
—Nero negó suavemente, arrodillándose frente a él.
Su expresión era serena, triste, pero firme—.
No fuiste una bestia.
Fuiste un hombre roto por el peso de un imperio.
Por el peso de la eternidad sin amor.
Calígula alzó la mirada, sus pupilas se dilataban, volviendo a ser humanas.
Lágrimas de luz caían de sus ojos.
—Lo lamento…
pequeña llama de Roma…
Nero tomó su mano, aún cuando esta ya casi no tenía forma.
Sonrió, suave, con una calidez regia.
—Te perdono, tío.
Por todo.
—Y te prometo algo…
desde ahora, yo llevaré a Roma en alto.
No como una emperatriz de sangre…
sino como una emperatriz de sueños.
—Seré la voz que tú no pudiste ser.
El canto que tú no escuchaste.
Y limpiaré cada mancha que la historia dejó sobre nosotros.
Calígula intentó decir algo más…
pero no pudo.
Sus labios se curvaron en una sonrisa…
sincera.
Por primera vez.
Y luego, con un último destello de luz…
Desapareció.
Nero bajó la mirada por unos segundos, y luego se puso de pie.
El viento soplaba con un nuevo aroma: no de cenizas…
sino de renovación.
Leonel, desde la distancia, bajó su cabeza, respetando el momento.
Mash, Kiyohime y Archer se acercaban, sabiendo que algo había cambiado…
no solo en el campo de batalla, sino en Nero Claudius.
Una emperatriz había renacido.
Y Roma…
ardía otra vez.
No en llamas de destrucción, sino en esperanza.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y a futuro.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com