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Fate/Grand Persona - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capitulo 17 Incertidumbre
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18: Capitulo 17: Incertidumbre 18: Capitulo 17: Incertidumbre [Ubicación desconocida – Ruinas antiguas, ocultas a la vista de todos] El aire estaba enrarecido.

Las paredes cubiertas de símbolos arcanos pulsaban con una luz enfermiza, apenas visibles en la penumbra.

No había sonido alguno, excepto el leve susurro del viento que rozaba las columnas corroídas por el tiempo.

Y allí, entre la oscuridad y la soledad absoluta…

Lev Lainur Flauros observaba.

Un espejo de obsidiana flotaba frente a él, mostrando las imágenes recientes de la batalla.

Nero, triunfante, pero exhausta.

Leonel, firme, rodeado por sus aliados.

Calígula, desapareciendo con dignidad.

Lev apretó los dientes.

Su sonrisa habitual, forzada y desagradablemente tranquila, temblaba de furia contenida.

—Tsk…

patético…

Calígula, incluso en su locura, encontró redención.

—¿Qué clase de amenaza se convierte en mártir…?

—chascó la lengua con desdén, caminando con lentitud frente al espejo.

—Leonel…

tú y tu ridículo concepto de justicia.

De esperanza.

—¿De verdad crees que este es tu cuento de héroes?

¿Una historia donde todos se redimen, todos luchan juntos, todos vencen?

El reflejo en el espejo se desvaneció.

Ahora, lo único que se veía era un círculo mágico tallado en piedra negra, alimentado por energía abisal.

Dentro, sellado tras múltiples capas de runas y sellos, dormía una presencia inmensa.

Primordial.

Silenciosa.

Lev bajó la mirada hacia el círculo.

Sus ojos, ahora brillando de un rojo sobrenatural, se llenaron de una calma peligrosa.

—Aún no.

—No destruiré a Chaldea tan fácilmente.

No a Leonel.

No a los “héroes”.

—Primero, los quebraré.

—Los haré dudar de sí mismos.

Los haré pensar que están ganando…

que están cerca de salvar esta historia…

Colocó su mano sobre el círculo, y el suelo entero tembló como si la tierra misma recordara el miedo.

—Y cuando estén en su punto más alto…

cuando el mundo a su alrededor parezca brillar…

—Entonces…

la liberaré.

—A ella…

la verdadera ejecutora del fin…

—Altera.

El nombre fue dicho con una reverencia maligna, y en respuesta, un único ojo brillante se abrió brevemente desde el círculo, bañado en luz cósmica.

—La destructora de civilizaciones.

—La espada del fin de los tiempos.

—El golpe final a todo lo que creían posible…

Lev se alejó, desvaneciéndose en las sombras, dejando atrás el círculo latente.

La guerra apenas comenzaba.

Y su pieza más letal…

aún no había sido jugada.

[Interior del campamento aliado – Roma, al caer la noche] El aroma a incienso y medicina llenaba el aire.

Las antorchas crepitaban suavemente mientras los soldados y servants aliados descansaban como podían.

Algunos se recostaban entre mantas improvisadas, otros simplemente se sentaban en silencio, observando el cielo estrellado con una mezcla de cansancio y alivio.

No hubo festejos.

La victoria sobre Calígula había sido una batalla ardua, demasiado costosa en energía y emociones.

Nero, la emperatriz que los guiaba con voz firme y corazón ardiente, yacía en una tienda, atendida por los médicos de campo.

Su rostro, sereno pese a las vendas y los ungüentos, reflejaba más dolor emocional que físico.

Leonel estaba sentado en el borde de una fuente, con los pies apenas rozando el agua.

Mash se encontraba cerca, limpiando su escudo en silencio, y Kiyohime roncaba levemente junto a un montón de mantas.

Archer (EMIYA) estaba de guardia, con la vista al horizonte, siempre alerta.

Leonel observaba el reflejo del agua, pensativo.

—Esto no va como en el juego…

—murmuró para sí mismo.

Sabía que Calígula era un jefe tardío en la historia original.

En Fate/Grand Order, su locura lo mantenía como una amenaza constante hasta el clímax de la singularidad…

pero ahora, ya no estaba.

Derrotado, redimido, y desaparecido.

Mucho antes de tiempo.

Y sin embargo…

la historia seguía avanzando.

—¿Qué está cambiando?

—se preguntó, entrecerrando los ojos.

En el juego, había partes absurdas que recordaba con claridad.

Algunas graciosas, como cuando Nero se perdía en el mar intentando navegar un simple bote.

Otros momentos, no tan agradables…

Batallas extenuantes, decisiones difíciles, y enemigos que surgían en los momentos más inoportunos.

Ahora, había un solo nombre que quedaba en su lista de “enemigos conocidos”.

Romulus.

El primer Rey.

El fundador de Roma.

El símbolo de lo que Calígula y Nero adoraban y temían.

Y eso le preocupaba.

Porque si Romulus aún no se había manifestado…

¿qué estaba esperando?

Leonel suspiró, levantando la mirada hacia las estrellas.

—¿Y si este mundo está haciendo su propia historia…?

¿Y si no es solo una versión torcida del juego…

sino algo que nunca debió ser?

Mash, habiéndolo escuchado, se acercó despacio.

—¿Señor Leonel?

—¿Hmm?

—Lo logramos, ¿verdad?

Al menos hoy.

Calígula fue liberado.

Y Nero…

está viva.

Usted la salvó.

Leonel sonrió un poco.

—Sí…

lo hicimos bien.

—Pero no puedo evitar sentir que…

nos están empujando hacia algo más grande.

Algo que no estaba planeado.

Mash lo miró con ese gesto puro, confiado.

—Entonces nos enfrentaremos a eso también.

Como siempre lo hacemos.

Leonel desvió la mirada, no por desconfianza…

sino porque sentía que algo —algo que aún no podía nombrar— ya los estaba observando desde el borde del tablero.

Una amenaza que se mantenía oculta, esperando el momento justo para robarles la victoria.

Y mientras en Roma el fuego de las antorchas iluminaba el descanso de los guerreros…

En lo profundo de las ruinas, muy lejos de allí, el círculo de invocación de Lev Lainur Flauros comenzaba a brillar con un resplandor blanco cósmico.

[Interior – Salón de guerra, campamento aliado – Roma] Pasaron varios días desde la caída de Calígula.

El campamento se había estabilizado, las fuerzas aliadas se reorganizaron y las heridas, tanto físicas como emocionales, empezaban a sanar.

Y finalmente, esa mañana…

—¡Fufufu!

¡Amo a todos mis súbditos!

¡Estoy viva!

—la voz melodiosa de Nero Claudius retumbó en el salón de estrategia.

La emperatriz entró radiante, envuelta en una túnica ceremonial adaptada para no interferir con los vendajes de su costado.

Su andar, aunque aún algo lento, mantenía la elegancia imperial de siempre.

Kiyohime casi saltó de la emoción.

Mash sonrió con alivio.

Archer solo asintió.

Leonel se puso de pie, extendiendo un brazo con respeto.

—Bienvenida de vuelta, Emperatriz.

—Gracias, León…

el León de Roma.

—Nero le guiñó un ojo con picardía, antes de ponerse seria—.

Bien.

Basta de descansos.

¿Qué noticias tenemos?

[Momento de estrategia – alrededor de una mesa de mapas] Archer tomó la palabra.

Sobre el mapa, clavó un cuchillo en un punto específico al noreste de su posición.

—Durante el reconocimiento que hice, encontré un nuevo bastión.

No hay dudas: es una fortaleza romana, masiva, con estandartes dorados y presencia mágica colosal.

Está muy bien defendida…

pero no tanto como antes.

Leonel cruzó los brazos.

—Entonces es lo que esperábamos…

el último pilar del Imperio Romano Unido.

—Romulus —susurró Mash—.

El fundador.

Kiyohime se estremeció ligeramente, como si sintiera la carga mítica del nombre.

—Así es —continuó Archer—.

No se ha mostrado en combate, pero su presencia se percibe incluso desde lejos.

Es como si el espíritu de Roma entera se reuniera allí.

Nero guardó silencio un momento, antes de asentir con solemnidad.

—Romulus…

el origen de todo.

Si él cae, Roma volverá a ser libre.

Y yo, como emperatriz legítima, debo enfrentar ese destino.

Leonel la miró, con mezcla de respeto y preocupación.

—No estarás sola.

—¡Por supuesto que no!

—gritó Kiyohime, abrazándose a su lanza—.

¡Nadie pondrá una mano sobre nuestro León mientras yo esté presente!

—Ni mientras yo siga de pie —agregó Archer.

Mash, con una expresión decidida, dijo: —Entonces…

¿cuál es el plan, Señor Leonel?

Leonel se inclinó sobre el mapa, su dedo recorriendo las rutas, señalando los accesos, los flancos posibles y los cuellos de botella.

—Nos moveremos al amanecer.

No seremos sutiles, pero tampoco temerarios.

Usaremos el terreno para nuestra ventaja, avanzaremos en formación cerrada hasta alcanzar la plaza central.

Allí, Romulus nos estará esperando.

Nero asintió con fuerza.

—¡Así será!

¡Esta será la última marcha!

¡Roma renacerá de las cenizas de su locura!

¡Y nuestros nombres serán grabados en mármol!

[Exterior – campamento romano, al atardecer] El resto del día fue preparación.

Soldados limpiando armas, servants revisando sus Noble Phantasms, estrategas revisando rutas una y otra vez.

Nero supervisaba todo con mirada orgullosa, mientras Leonel se encargaba de los detalles tácticos.

Mash pulía su escudo una vez más.

Kiyohime afilaba su lanza mientras hablaba sola sobre cómo protegería a “su amado”.

Archer estaba en silencio, afilando flechas de energía con magia.

Y en medio de todo, Leonel observaba el cielo rojizo, con el corazón firme y los pensamientos claros.

—El final está cerca.

Pero no será fácil.

—Romulus es un símbolo.

No será solo una batalla de fuerza…

será una prueba de voluntad.

Y él no pensaba fallar.

[Interior – Fortaleza Dorada, Salón del Trono] La fortaleza del noreste, última gran estructura del Imperio Romano Unido, estaba en un silencio reverente.

La luz del sol atravesaba los vitrales, proyectando sobre las columnas antiguas escenas gloriosas del pasado imperial.

En el centro del salón, de pie frente al trono —no sentado, pues no se consideraba gobernante, sino símbolo—, se encontraba Romulus.

Alto, imponente, envuelto en una capa carmesí con el lobo blanco de Roma bordado en oro.

Su lanza estaba apoyada contra el suelo, su casco ceremonial en sus brazos.

Frente a él, un joven centurión leía el reporte con voz temblorosa: —…Confirmado, mi señor.

Calígula ha caído.

A manos de Nero y el grupo foráneo.

El silencio que siguió fue largo.

Romulus bajó ligeramente la cabeza, cerrando los ojos.

En sus labios no había furia, sino tristeza.

—Calígula…

un alma errante, distorsionada, sí…

pero romana al fin.

Que su espíritu encuentre la paz que Roma no supo darle.

El centurión tragó saliva, esperando una orden, tal vez incluso un castigo.

Pero Romulus levantó la cabeza, su expresión se suavizó…

y por primera vez en mucho tiempo, una ligera sonrisa asomó.

—Nero Claudius…

Te has levantado del dolor y la confusión, y has demostrado valor, tenacidad…

e inspiración.

Eres digna de la corona que llevas.

La sonrisa desapareció.

Su voz volvió a ser firme, solemne, casi ceremonial: —Pero ahora…

solo yo permanezco.

El último pilar de este Imperio Unido.

[Exterior – Murallas de la Fortaleza] Desde la gran torre de vigilancia, se podían ver a lo lejos los movimientos del ejército aliado.

Los estandartes enemigos avanzaban, con lentitud y precisión.

El cielo comenzaba a teñirse de rojo.

Romulus se plantó frente a sus tropas, todos formados con armaduras relucientes.

Su presencia impuso un silencio absoluto.

—¡Soldados de Roma!

¡Hoy defenderemos no solo una ciudad, ni siquiera un imperio!

¡Hoy defendemos el espíritu de nuestra eternidad!

Levantó su lanza al cielo, un rayo de sol reflejó su hoja con un resplandor majestuoso.

—No temáis al fin, ni a la muerte.

¡Porque Roma vive en cada uno de nosotros!

¡Y aunque el destino nos reclame, lo haremos con honor, con gloria…

y con dignidad!

Un rugido de batalla respondió.

Romulus bajó su lanza y caminó hacia las murallas, en silencio.

No era odio lo que lo movía.

Era propósito.

Era legado.

“Nero…

mi hija espiritual.

Prueba que el mañana de Roma está a salvo.

Y si debo caer para que lo logres…

entonces caeré con una sonrisa.” REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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