Fate/Grand Persona - Capítulo 19
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Capítulo 19: Capitulo 18: Romulus
[Exterior – Camino hacia la Fortaleza de Romulus – Amanecer]
El sol apenas comenzaba a alzarse sobre las colinas, tiñendo el cielo de un tenue naranja dorado. El suelo temblaba levemente bajo el paso sincronizado del ejército que marchaba hacia su destino final.
Al frente, liderando la vanguardia, caminaban cinco figuras destacadas.
Leonel, con una capa roja ondeando al viento, mantenía la vista firme hacia el horizonte. A su lado, Kiyohime, aferrada con dulzura —y posesividad apenas disimulada— a su brazo, miraba a su alrededor con una mezcla de calma y determinación, lista para convertir cualquier amenaza en cenizas si se acercaba a su amado.
Unos pasos detrás, Mash Kyrielight observaba aquella escena con una expresión… difícil de ocultar. Sus labios apretados, su mirada desviada cada tanto hacia Leonel y Kiyohime. Pero no decía nada. Solo apretaba su escudo con más fuerza.
Más allá, Archer, con su arco colgado a la espalda y su capa azul oscuro, caminaba con los brazos cruzados, mirando la interacción con una sonrisa torcida.
—Uf… Esto va a explotar en algún momento… —murmuró para sí, aunque no sin cierto toque de humor. Luego, alzó la mirada al cielo—. Solo que no sea durante la batalla, por favor…
[Unos minutos después, Nero se acerca a Leonel]
La emperatriz camina con elegancia y paso firme, su toga imperial adaptada para la guerra, y una sonrisa brillante en los labios. Se coloca junto a Leonel, saludando a Kiyohime con una mirada amable antes de concentrarse en él.
—Leonel, ¿recuerdas lo que discutimos anoche? —pregunta con tono serio, aunque sus ojos brillaban con una extraña emoción—. La estrategia, los tiempos… ¿todo sigue igual?
Él asiente con decisión.
—Sí. Todo marcha como lo planeamos. Kiyohime me protegerá de cualquier emboscada o ataque sorpresa —dice mientras lanza una mirada rápida a la Berserker, que sonríe ampliamente al escuchar su nombre—. Mash estará contigo cuando enfrentes a Romulus. Juntas son la mejor defensa y ataque para alguien como él.
Mash asiente en silencio, su expresión se suaviza un poco.
—Archer se encargará de debilitar al ejército enemigo, atacar los flancos y mantenerlos en movimiento. Su movilidad es clave para no permitir que nos rodeen.
—Perfecto —dice Archer desde atrás, guiñándole un ojo a Leonel—. Como siempre, confiando en mí para salvarles el pellejo.
Leonel sonríe de lado.
—Y yo me quedaré con el grueso del ejército. Dirigiré los movimientos desde la retaguardia con los comandantes, y Tezcatlipoca nos ayudará a identificar debilidades en las líneas enemigas. Compartiremos esa información con todos por medio de los mensajeros y señales mágicas.
[Tezcatlipoca – en forma espiritual – aparece brevemente a su lado]
—Hehe… Tus órdenes serán como fuego divino sobre sus mentes, pequeño estratega. ¡Que tiemble la falsa eternidad! —dice con voz poderosa antes de desvanecerse.
Nero escucha todo con atención, luego coloca una mano sobre el pecho y asiente solemnemente.
—Entonces, que así sea. Que este día quede grabado en la historia… como el renacer de una nueva Roma.
Leonel la mira y asiente.
—Y el fin de una singularidad.
[Panorámica – El ejército de Nero]
Detrás de ellos, miles de soldados formaban columnas ordenadas. Aunque algunos rostros mostraban temor, muchos otros estaban decididos. Los estandartes de Roma ondeaban al viento. El sonido de las armaduras y las voces de los comandantes se mezclaban con el canto lejano de las aves del amanecer.
El destino estaba frente a ellos.
[Interior – Fortaleza del Imperio Romano Unido – Mañana]
El aire dentro de la fortaleza era denso, cargado de tensión y del murmullo apagado de soldados armando catapultas, reforzando barricadas, puliendo sus gladius como si con eso afilaran también su coraje.
Romulus, emperador y fundador eterno, se erguía en lo alto de una terraza de piedra, con su lanza sagrada en mano y el manto rojo imperial sobre los hombros. Observaba en silencio cómo su ejército, aunque temeroso, seguía sus órdenes.
Dos derrotas pesaban como grilletes invisibles sobre la moral de sus hombres. La caída de Calígula… la derrota de las legiones en la capital…
Pero él no mostraba ni una grieta.
—Roma ha caído muchas veces… y siempre se ha levantado. Hoy… ¡no será la excepción! —tronó su voz con poder casi divino.
Los soldados detuvieron sus tareas, alzando la mirada hacia él. Algunos con ojos temblorosos, otros apretando los dientes. Pero sus palabras comenzaron a calar como fuego cálido.
—¿Qué somos, si no el eco eterno de Roma? No estamos solos. Llevamos en nuestros pechos la voluntad de nuestros ancestros. ¡Que tiemblen los traidores! ¡Que duden los que reniegan del legado! Porque mientras yo me mantenga firme, Roma seguirá en pie.
Un rugido nació, primero tímido, pero luego creciendo con fuerza entre las tropas.
“¡Ave Roma!”
“¡Ave Romulus!”
“¡Por el Imperio Unido!”
La atmósfera cambió. La tensión seguía, pero se había transformado. Ahora era una cuerda tensa por el deseo de gloria, no por miedo.
[Momentos después – Sala de Estrategia]
Romulus estaba revisando los últimos detalles del mapa desplegado. Su mirada recorría con precisión los caminos de aproximación, las posiciones de ballestas, y los puntos ciegos de su fortaleza.
Lev Lainur Flauros llevaba más de un día desaparecido desde su acalorada discusión. Romulus había notado su ausencia… pero había cosas más importantes que atender.
—Huir no es propio de los verdaderos romanos… —murmuró—. Pero ya no tengo tiempo para traidores disfrazados de aliados.
[Un golpeteo urgente en la puerta]
Un centurión irrumpe, jadeante y con polvo en la armadura.
—¡Mi emperador! ¡Fuerzas aproximándose desde el este! ¡Banderas de Nero, y una fuerza considerable con ella!
Romulus se endereza por completo. La lanza en su mano parece reaccionar a la noticia, brillando tenuemente.
—Así que ha llegado el momento…
Camina con paso lento pero seguro hacia la salida.
—Informen a todos los comandantes. ¡Cada escuadra debe estar en posición! Que los arqueros tomen las murallas, que las reservas estén listas. Y traigan al León Carmesí… —ordena, su tono firme como el mármol—. El enemigo está a nuestras puertas… Y Roma nunca se rinde sin mostrar sus colmillos.
El soldado asiente y sale corriendo.
Romulus, solo por un momento, vuelve a mirar al cielo. El viento mueve su capa, y su voz resuena para sí mismo:
—Nero… Has crecido. Has probado tu valor. Pero sólo uno puede llevar el nombre de Roma. Si has venido por mi legado… entonces ven a tomarlo.
[Exterior – Llanuras frente a la Fortaleza de Romulus – Tarde]
El cielo se encontraba cubierto de nubes grises, como si los dioses mismos contuvieran el aliento ante lo que estaba por suceder. El sonido de tambores de guerra y cascos de caballos llenaba el aire.
El ejército de Nero se desplegaba sobre la colina, estandartes ondeando al viento con orgullo. Soldados firmes, aunque tensos, formaban filas tras sus líderes.
En la vanguardia, Nero Claudius, emperatriz renacida, montaba un imponente caballo blanco, su armadura dorada relucía incluso bajo el cielo opaco. A su lado, Leonel, Mash, Kiyohime y Archer observaban el bastión enemigo.
Frente a ellos, al otro lado del campo, se alzaban los muros de la fortaleza. En lo alto, como un dios contemplando desde el Olimpo, estaba Romulus, de pie sobre la muralla. Envuelto en su capa carmesí, su lanza apoyada con firmeza sobre el suelo de piedra, y su mirada dirigida únicamente a ella.
Un silencio pesado cayó por un momento. Solo el viento se atrevía a moverse entre ambos ejércitos.
Nero alzó la voz, clara y poderosa.
—¡Romulus! —llamó, sin miedo, su voz viajando como un canto imperial sobre las cabezas de todos—. ¡Fundador, protector eterno de Roma… te lo pido una vez más! ¡Rinde tu estandarte! ¡Pon fin a este derramamiento de sangre! ¡Roma no necesita dioses que la sometan, sino líderes que luchen por su pueblo!
Romulus no respondió de inmediato. Sus ojos se posaron sobre Nero… y por un breve instante, una sombra de orgullo y melancolía cruzó su rostro.
Entonces habló.
—Oh, Nero… —su voz, grave y profunda, resonó por todo el campo—. Has crecido. Has probado tu valor. El Imperio… te reconoce. Pero lo que tú llamas libertad… es caos disfrazado.
Roma no debe rendirse. Roma se mantiene unida por la lanza y la fe.
Nero entrecerró los ojos.
—¿Fe en qué, Romulus? ¿En cadenas? ¿En el dolor disfrazado de orden? ¡Ya basta! ¡Roma no es solo piedra y conquista! ¡Es su gente, su pasión, su fuego!
Romulus alzó su lanza hacia el cielo, y su manto ondeó con fuerza.
—Entonces… deja que nuestras ideas se enfrenten, Nero Claudius. Si tu fuego es más fuerte que mi lanza, ¡el campo decidirá el destino de Roma!
Un instante de tensión.
Leonel alzó la mano. Tezcatlipoca apareció a su lado, proyectando su voz con un trueno mágico que vibró por todo el terreno.
—¡A las armas! ¡Formaciones listas! ¡Hoy cae un Imperio… o nace uno nuevo!
Y así, el primer cuerno de guerra sonó.
Desde ambas líneas, los soldados comenzaron a gritar, corriendo hacia el choque inevitable. El polvo se levantó como niebla de guerra.
Desde lo alto, Romulus bajó la lanza con fuerza.
Desde el frente, Nero desenfundó su espada y la apuntó hacia la fortaleza.
La batalla final había comenzado.
[Interior – Fortaleza de Romulus – Atardecer]
El estruendo de la batalla rugía a su alrededor, pero para Nero Claudius, cada golpe de su espada era música, una sinfonía marcial compuesta por el espíritu ardiente de Roma.
Su capa roja ondeaba tras ella como una bandera en llamas mientras corría por los pasillos de piedra de la fortaleza enemiga. A su lado, firme y decidida, Mash Kyrielight mantenía el paso, su escudo deteniendo flechas y espadas por igual.
—¡Mash! ¡Romulus no debe escapar! —exclamó Nero, cortando de un tajo a un soldado que osó interponerse.
—¡¡Entendido, señora Nero!! ¡Lo alcanzaremos! —respondió la joven escudera, derribando con una carga a dos enemigos que bloqueaban una escalera de caracol.
El interior de la fortaleza era un laberinto de piedra y acero, con estandartes rojos y dorados colgando de los muros, y soldados que, aunque temblorosos, luchaban con desesperación por su patria.
—¡Por el emperador Romulus! —gritó uno de ellos, lanzándose con lanza en mano.
Pero no era suficiente.
—¡Sal de mi camino! ¡La emperatriz avanza! —rugió Nero, su espada imperial trazando un arco ardiente que derribó al enemigo de un solo golpe.
Soldado tras soldado, resistencia tras resistencia, caían como grano bajo la hoz. Mash, con su escudo impenetrable, protegía los flancos, mientras Nero avanzaba como una estrella flamígera, su furia envuelta en elegancia y determinación.
—A este paso, lo alcanzaremos pronto —dijo Mash, jadeando por el esfuerzo pero sin ceder terreno.
—Sí… puedo sentir su presencia más adelante. Ese aura de divinidad… —los ojos verdes de Nero brillaron con una mezcla de respeto y resolución—. Romulus… ¡es hora de que Roma decida su futuro!
Un grupo más numeroso apareció al final del corredor. Arqueros, lanceros, y hasta un par de centuriones con armaduras pesadas.
Nero sonrió.
—He de confesar que me emociona un poco… ¡Mash, démosles un espectáculo digno de los teatros imperiales!
—¡Por supuesto, señora Nero!
Con un grito de guerra, ambas se lanzaron hacia la última defensa de Romulus, como el fuego y el escudo de la nueva Roma que luchaba por renacer.
Y al fondo del pasillo… una puerta se abría lentamente.
Más allá de ella, los pasos de Romulus, alejándose hacia la cima de la fortaleza.
La persecución continuaba.
[Campo de batalla – Frente a la fortaleza de Romulus – Atardecer]
El aire estaba cargado de ceniza y tensión, el sonido del acero y los gritos de guerra retumbaban en el horizonte como tambores antiguos llamando a la historia. Desde una colina cercana al corazón del combate, Leonel observaba el flujo de la batalla con ojos agudos, la capa ondeando con el viento del caos.
A su lado, envuelto en un aura de humo negro y resplandores dorados, Tezcatlipoca se mantenía en silencio, sus ojos como brasas ardiendo mientras observaba los movimientos del enemigo.
—Los lanceros están formando en abanico… están intentando rodear a Archer —murmuró Leonel, tocando el comunicador.
—Aquí Archer. Entendido. Voy a abrir paso —respondió su voz con tono confiado, casi divertido.
Un instante después, desde lo alto de una colina, Archer disparó una lluvia de flechas doradas que explotaron al impactar, reduciendo la formación enemiga a una nube de polvo y escombros. La zona retumbó con la fuerza de su ataque, y los soldados de Nero vitorearon con renovado coraje.
Leonel asintió, luego cambió de canal.
—Mash, Nero, enemigos fortificados en la torre oeste. Probablemente un punto de artillería. Si logran alcanzarlo antes de que se activen, la entrada quedará asegurada.
—¡Entendido! —respondió la voz firme de Mash.
—¡La corona de Roma brilla con más fuerza que sus defensas! —añadió Nero, con la pasión encendida.
Kiyohime, mientras tanto, no se apartaba ni un centímetro de Leonel. A su alrededor, los cuerpos de varios enemigos yacían inertes, rostros deformados por el terror. Su lanza estaba teñida de rojo, pero su expresión dulce no cambiaba, salvo cuando alguien osaba acercarse a su amado.
Un grito de advertencia.
Un soldado enemigo, desesperado, había logrado escalar la colina y se abalanzaba hacia Leonel.
—¡Mi señor! —exclamó Kiyohime.
Un destello, un rugido sutil, y el atacante cayó antes de tocar siquiera la sombra de Leonel. Kiyohime giró su arma lentamente, luego miró a Leonel con devoción absoluta.
—Nadie te tocará mientras yo esté aquí.
Leonel solo le dio una sonrisa tranquila, agradecido.
—Gracias, Kiyo. Confío en ti.
Tezcatlipoca sonrió, cruzando los brazos.
—Tienes buena mano para las guerreras, chamaco. Pero mantén la cabeza fría. Romulus no es cualquier emperador… es un símbolo. Y si cae, caerá luchando como un dios.
Leonel asintió, volviendo su mirada al campo de batalla. Todos se movían como piezas sobre un tablero que él mismo había preparado. Por ahora, todo iba según lo planeado.
Pero sabía que esa calma… era solo la antesala de la tormenta final.
—Vamos a terminar esta guerra —susurró para sí mismo—. No solo por Nero… sino por todos los que sueñan con un mañana.
[Fortaleza de Romulus – Cima – Atardecer sangriento]
El cielo ardía con tonos escarlatas mientras el sol descendía en el horizonte, tiñendo de rojo las murallas de piedra. Allí, en la cima de la fortaleza, donde el mundo parecía detenerse, Romulus los esperaba.
De pie sobre el borde de la terraza central, con su lanza clavada en el suelo y la capa ondeando al viento, el fundador de Roma observó a las dos figuras que irrumpieron en su sagrado campo de batalla.
Nero Claudius, majestuosa incluso con la armadura manchada de sangre, avanzó a paso firme, su espada imperial chispeando con energía. A su lado, Mash Kyrielight, con su escudo erguido y su mirada decidida, se mantenía lista para proteger.
Romulus sonrió, no con arrogancia, sino con orgullo genuino.
—Así que han llegado hasta aquí… la emperatriz del mañana y su escudo inquebrantable. Bellum Romanum… ha comenzado.
Nero alzó su espada, la flama del orgullo imperial brillando en sus ojos.
—¡Romulus! ¡Ríndete ahora! Roma no necesita otro tirano que insista en vivir en el pasado. ¡Yo forjaré un nuevo imperio, uno donde el corazón del pueblo guíe la corona!
Romulus alzó su lanza lentamente, con un gesto solemne.
—No deseo destruir… solo preservar. Pero si debo combatir para proteger mi visión, entonces lucharé con el alma de todos los reyes que me precedieron.
El suelo tembló.
La batalla comenzó.
Mash alzó su escudo justo a tiempo para desviar una estocada veloz como un relámpago. Romulus giró, su lanza trazando un arco de pura fuerza, obligando a ambas a separarse. Nero contraatacó, su espada bailando como fuego vivo, pero Romulus era más ágil, más rápido. Un verdadero Lancer.
—¡Mash, forma defensiva tres! ¡Rodéalo! —ordenó Nero.
—¡Entendido!
Mash bloqueó con firmeza, reteniendo los embates de Romulus, que cada vez ganaban más velocidad. El Lancer se movía con la precisión de un dios guerrero, deslizándose por el campo como si predijera cada paso de sus oponentes.
En un instante, saltó alto, girando en el aire y descendiendo con una lanza que resonó contra el escudo de Mash como un trueno. El impacto la empujó hacia atrás, y Nero aprovechó para atacar… pero Romulus desvió su golpe con un giro elegante, luego la golpeó con el extremo de su lanza, haciéndola retroceder tambaleante.
Desde la colina, Leonel observaba, sus ojos brillando con la visión espiritual prestada por Tezcatlipoca.
—No van a poder vencerlo así —murmuró.
—Está aprovechando su agilidad. Es una danza, una danza antigua… y ellas están luchando con fuerza, pero no con el ritmo que él marca —dijo Tezcatlipoca con voz rasposa.
Leonel cerró los ojos un instante y, con la energía compartida de su vínculo, envió un mensaje mental a Nero y Mash.
“¡No intenten igualarlo! No pueden vencerlo con velocidad… usen el terreno. Mash, haz que se enfoque en ti. Nero, rompe su patrón. Luchen como uno solo.”
En la cima, Nero se detuvo. Cerró los ojos un instante, luego sonrió.
—Recibido, Leonel… ahora sí —alzó su espada con fervor— ¡Mash! ¡Hora de escribir una sinfonía de victoria!
Mash asintió con fuerza, plantando su escudo con una onda de choque que alzó una nube de polvo. Romulus parpadeó, evaluando el repentino cambio… justo cuando Nero atacó por un ángulo ciego, y Mash bloqueó su vía de escape.
Por primera vez en la batalla, Romulus retrocedió.
Y la verdadera batalla… acababa de empezar.
[Campos Interiores de la Fortaleza – Zona de Mando]
Los sonidos de la batalla resonaban con fuerza: espadas chocando, gritos de guerra, y el retumbar de pasos apurados sobre la piedra. Leonel seguía en su posición de mando, apoyado por los mapas mentales de Tezcatlipoca, enviando coordenadas y sugerencias a los demás mientras el combate se intensificaba.
—Archer, al flanco oeste, ¡refuerzos acercándose! Mash necesita apoyo aéreo desde las torres inferiores —dijo con voz firme, con una mano en su comunicador y la otra en su espada aún envainada.
Kiyohime, cerca, se mantenía como su guardiana. Su lanza giraba en destellos letales, cortando a los soldados enemigos que intentaban acercarse. Cada uno que caía era reemplazado por dos más.
—¡No toquen a Leonel-sama! —rugía con pasión, su mirada enloquecida por la devoción y el instinto de proteger.
Pero eran demasiados.
—Tch… no puedo usar fuego aquí —gruñó, viendo a Leonel a apenas unos metros de ella. Si desataba su magia, lo pondría en peligro.
Así que cambió de táctica: tiró su lanza al suelo y comenzó a combatir con las manos desnudas, derribando a los enemigos con fuerza bruta, usando su agilidad para esquivar y bloquear.
Mientras tanto, un grupo de soldados logró pasar entre los huecos en la línea defensiva y rodearon a Leonel.
—¡Mierda! —exclamó, sacando su pequeña daga ceremonial. No estaba hecho para el combate físico. Retrocedió, chocando contra una pared. Varios enemigos levantaron sus armas.
—¡Leonel-sama! —gritó Kiyohime, pero no podía alcanzarlo a tiempo.
El corazón de Leonel palpitaba con fuerza, una mezcla de miedo y rabia. Cerró los ojos. Y entonces… recordó.
[Eco distante – El Velvet Room]
“A pesar de la distorsión del mundo, hemos podido recuperar fragmentos del compendio. No solo Tezcatlipoca camina contigo… aunque los espíritus son débiles, te responderán si los llamas con el corazón.”
—Igor.
Leonel apretó los dientes, levantó una mano temblorosa y gritó:
—¡Persona… Pixie!
Un brillo celeste lo envolvió. De la nada, una figura pequeña y alada emergió. Una chica hada, con orejas puntiagudas, alas brillantes y una sonrisa juguetona.
—¡¡Heehee~!! ¿Me llamaste, nuevo amo?
—¡Paralízalos a todos! —ordenó Leonel, aún asombrado de verla.
Pixie voló en círculos, y con un parpadeo eléctrico, desató un Zio que chispeó por el aire. La descarga paralizó a los soldados más cercanos, sus cuerpos sacudidos brevemente antes de caer al suelo, convulsionando.
—¡Ahora, Kiyohime!
Sin esperar más, Kiyohime rugió con furia renovada, recogió su lanza y acabó con todos los enemigos paralizados, girando en un torbellino letal.
Cuando el último cayó, el silencio se impuso por un segundo.
Leonel, jadeando, observó su propia mano. Aún chispeando.
—Lo hice… invoqué otra Persona…
Pixie dio una voltereta en el aire, risueña.
—¡Bien hecho! Aunque soy pequeñita, soy electrizante, ¿verdad?
Kiyohime se lanzó hacia él, lo tomó entre sus brazos con fuerza casi sofocante.
—¡No vuelvas a asustarme así, Leonel-sama! ¡Estuve a punto de convertirme en un horno solo por ti!
Leonel, entre toses y una sonrisa nerviosa, respondió:
—Gracias… Kiyo. Y gracias, Pixie… esto apenas empieza.
Pixie voló sobre su hombro, con una expresión determinada.
—¡Vamos a seguir peleando, amo! ¡Los héroes pequeños también tienen su brillo!
Desde las alturas, Tezcatlipoca observó la escena con una risa profunda.
—Así comienza el verdadero viaje del invocador…
[Cima de la Fortaleza – Bajo el Cielo Carmesí]
El combate rugía como una tormenta. Romulus, majestuoso en su armadura resplandeciente, se movía con la precisión de un dios guerrero. Su lanza cortaba el aire con cada giro, esquivando los escudos de Mash y desviando los tajos de Nero con movimientos que parecían coreografiados por la historia misma.
—¡Tienes buen temple, joven escudo! ¡Y tú… emperatriz! Tu llama aún arde con fuerza —dijo Romulus, sin aliento, pero firme.
—¡Roma puede arder, pero mi alma no caerá! —gritó Nero, jadeante, con su vestido rasgado, cubierta de heridas y sudor. Su espada aún brillaba con fuego imperial, pero su cuerpo ya no respondía como al inicio.
Mash, aún aguantando, interponía su escudo una y otra vez.
—Nero, su estilo… ¡Es un patrón circular! Está forzándonos a seguir su ritmo. ¡Si lo rompemos, lo expondremos!
—¡Entonces hagámoslo! ¡Una vez más, ¡juntas!
Pero justo en ese instante, una interferencia sacudió su comunicador. La voz de Leonel se cortó.
—¡Mash, Nero! ¡Escuchen, Romulus es—! zzzzzt—
La señal desapareció.
—¡No puede ser…! —murmuró Mash, esquivando por poco una embestida.
Romulus sonrió.
—No esperen ayuda externa aquí. Los elegí personalmente para este combate. Esta cima… será nuestra arena final.
Y con un rugido, embistió con su lanza. Mash interceptó, temblando por el impacto. Nero intentó atacar desde el flanco, pero fue repelida por una barrida veloz.
—¡Gkh! —cayó de rodillas, jadeando.
La emperatriz roja apretó los dientes. Sentía el calor de la sangre en su mejilla, su cuerpo pidiendo descanso… pero no podía ceder.
—¡Aún… no he terminado…! ¡Roma… no cae dos veces!
En ese instante, su comunicador vibró débilmente, una señal reestablecida. La voz de Leonel volvió, urgente, junto a la imagen fugaz de Tezcatlipoca.
—¡Nero, Mash! ¡Romulus está cargando energía divina en las piernas! ¡Ahí está su debilidad! ¡Apunten a sus desplazamientos bajos, ¡rompan su equilibrio!
Mash abrió los ojos.
—¡Ahora lo entiendo! ¡Su velocidad no es innata, la impulsa con bendiciones en sus extremidades!
—¡Entonces apuntemos al cimiento del coloso! —gritó Nero con una sonrisa radiante. Su espada centelleó con renovada furia.
—Mash, ¡protégeme hasta que encuentre la abertura!
—¡Sí, mi emperatriz!
El combate entró en su clímax. Romulus atacaba como un huracán, pero Mash redobló sus defensas, resistiendo embestida tras embestida. Nero, girando a su alrededor, observaba, paciente… hasta que vio el brillo en la pierna derecha de Romulus fallar por un segundo.
—¡Lo tengo!
Saltó, su espada descendió con toda la furia de Roma.
—¡Laus Stultorum… Gladius! —gritó Nero, y su golpe impactó con un estruendo que resonó por toda la cima.
La armadura divina de Romulus se quebró en su base, y el coloso, por primera vez, perdió el equilibrio…
[Cima de la Fortaleza – El ocaso de un Imperio]
El aire se volvió pesado.
Romulus preparaba una estocada descendente, imbuida con la fuerza de mil legiones. Pero justo cuando su pierna derecha pisó el suelo para impulsarse… el dolor lo detuvo.
—¡Ahora! —gritó Mash, bajando su escudo con fuerza sobre la rodilla del Lancer.
—¡Romaaaaaaa! —rugió Nero, canalizando toda su fuerza en una estocada final.
Su espada atravesó el espacio entre ellos como un relámpago carmesí, envolviéndose en fuego dorado, directo al pecho descubierto de Romulus. El impacto fue tan feroz que su lanza tembló y su cuerpo retrocedió unos pasos, soltando un suspiro profundo.
—¡Gkkh…! —Romulus cayó de rodillas. La lanza se le resbaló de los dedos. Sus ojos, fieros hasta el último instante, miraron a Nero, no con odio… sino con orgullo.
—Tu fuego… nunca titubeó. —tosió, con sangre en los labios, mientras una sonrisa se dibujaba bajo su casco—. Tu determinación, tu pasión… son las brasas eternas de Roma.
Nero lo miró, aún con la respiración agitada, la espada aún en mano. Pero su rostro no mostraba triunfo. Mostraba respeto.
—Romulus… No deseaba esto. Pero tampoco podía rendirme. Roma… necesita avanzar.
—Lo hiciste bien, Nero Claudius… Acepta… mi bendición. —Su voz temblaba, mientras su cuerpo comenzaba a desvanecerse en partículas doradas—. Desde hoy, serás… la emperatriz que Roma merece. La llama… continuará contigo…
Mash se acercó lentamente, bajando su escudo. Sus ojos estaban llenos de admiración.
—Desaparece como un héroe… —murmuró.
Romulus alzó el rostro hacia el cielo, donde el sol empezaba a salir entre nubes rojas.
—Entonces así será… Hacia el Trono de los Héroes… regresaré satisfecho…
Y con esas palabras, el cuerpo de Romulus se disipó lentamente en motas mágicas de luz, que se elevaron como estrellas hacia el firmamento.
Nero bajó la cabeza solemnemente, mientras su espada volvía a su forma normal, apagada pero firme.
—Ave, Romulus… y gracias.
Mash se acercó a ella, colocando una mano en su hombro.
—Lo hiciste bien, Nero. Muy bien.
La emperatriz sonrió débilmente, sus piernas tambaleando.
—Sí… pero ahora… creo que necesito… un descanso imperial…
Y con eso, cayó hacia atrás. Mash la atrapó en brazos antes de que tocara el suelo.
—¡Nero! ¡No te preocupes, te tengo! —dijo Mash, sonriendo con dulzura—. Aun si la batalla ha terminado… aún queda Roma por delante.
[Ruinas de la Fortaleza – Atardecer sangriento]
El viento soplaba entre las columnas caídas y las estatuas quebradas. Las tropas romanas, una vez fervientes y violentas, comenzaban a soltar sus armas. Uno a uno, caían de rodillas, derrotados no solo en cuerpo, sino en espíritu.
Leonel, apoyado en su espada a medio invocar, respiraba con dificultad. Kiyohime, su armadura hecha jirones, se mantenía de pie junto a él, cubriéndolo con una mirada feroz aunque cansada. Archer observaba a la distancia con los brazos cruzados, aún alerta, aunque sabía que todo había terminado.
—Se… rindieron… —murmuró Leonel, con incredulidad.
—Eso parece… —respondió Archer con una sonrisa torcida—. Parece que tu estrategia con Pixie y Kiyohime funcionó. Bien hecho, chaval.
De pronto, pasos apresurados los alertaron.
Mash y Nero llegaron desde la cima de la fortaleza. La armadura de la emperatriz estaba resquebrajada y su capa hecha trizas, pero su sonrisa resplandecía con orgullo. Mash la seguía, igual de exhausta pero llena de determinación.
—¡Lo logramos, Leo! —gritó Nero con entusiasmo, abriendo los brazos—. ¡El león cayó, pero Roma vive!
—Fue una batalla intensa… —agregó Mash, mirando a Kiyohime con gratitud—. Sin su ayuda, no lo habríamos logrado.
Leonel les dedicó una sonrisa genuina. Por un momento, todo parecía en calma. La primera victoria real. La esperanza de que tal vez, solo tal vez, podrían restaurar la humanidad.
Pero esa esperanza duró poco.
Una carcajada burlona resonó en las ruinas.
—¡Bravo, bravo! ¡Una verdadera obra maestra de dramatismo y heroísmo barato!
Las llamas negras estallaron detrás de una columna rota. Una figura emergió desde las sombras con pasos elegantes, como si no caminara, sino flotara sobre la desesperación misma.
Lev Lainur Flauros.
Vestía su usual bata blanca, y en su mano, alzaba un objeto brillante, corrupto, pulsante de energía.
—¡El Santo Grial…! —murmuró Mash, retrocediendo con el escudo en alto.
—¡Otra vez tú! —espetó Leonel, apretando los dientes—. ¿No habías muerto en Fuyuki?
Lev rió, agitando el Grial como si fuera un trofeo.
—¿Morir? ¡Ja! Eso fue solo un acto. Un sacrificio conveniente para darles una falsa victoria. ¿De verdad creyeron que derrotar a un Servant local bastaría para detener la ruina?
Nero frunció el ceño, bajando su espada con lentitud.
—¿Qué planeas, sabandija?
—Oh, nada demasiado original. Solo pensé que sería divertido… verlos enfrentarse a algo verdaderamente imposible.
Lev alzó el Santo Grial.
El cielo rugió.
Una onda expansiva oscura sacudió el terreno. El aire se volvió denso, como si la realidad misma se estuviera rasgando.
Desde el corazón de un círculo mágico invertido, envuelto en luz carmesí y negra… emergió una figura esbelta, envuelta en armadura extraterrestre. Sus ojos brillaban como soles fríos. Su espada, gigantesca, era casi una aberración conceptual.
Altera.
La destructora de civilizaciones.
Mash retrocedió de inmediato.
—¡No puede ser… una Servant de clase Saber… pero… su poder…!
Nero dio un paso adelante, los ojos muy abiertos.
—Esa presencia… esa aura…
Lev sonrió con locura.
—Les presento a Altera, la espada viviente. ¡Veamos cuánto les dura esa ridícula esperanza!
Altera se quedó quieta, como si evaluara a cada uno de los presentes. Su voz, suave y distante, cortó el aire como un lamento:
—¿Luchar…? ¿Otra vez…? Qué destino más inútil…
Y sin más, la tierra bajo sus pies se agrietó mientras una onda mágica arrasaba el frente.
La segunda fase de la singularidad… había comenzado.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com