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Fate/Grand Persona - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Capitulo 20 Hogar dulce hogar
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21: Capitulo 20: Hogar dulce hogar 21: Capitulo 20: Hogar dulce hogar [Pasillo de Chaldea – Pocas horas después del regreso] El pasillo estaba tranquilo, iluminado por la suave luz blanca que siempre mantenía a Chaldea con ese aire clínico y futurista.

Leonel caminaba relajadamente, dejando que sus músculos por fin descansaran tras la intensa batalla…

o al menos intentando descansar, considerando que Kiyohime y Nero lo llevaban cada una abrazada a uno de sus brazos, como si fuera su posesión personal.

—Leonel-sama~ hoy dormirás como un bebé después de tan valerosa demostración~ —susurró Kiyohime, apoyando su mejilla contra su hombro.

—¡Umu!

¡Y tu emperatriz está más que orgullosa!

¡Ah, qué glorioso es tener a un hombre así a mi lado!

—añadió Nero, con una sonrisa triunfal y ojos brillantes.

Ambas mantenían su mirada fija hacia adelante…

hasta que una figura apareció a la vuelta de la esquina.

—Ah…

Leonel-san.

Jeanne d’Arc estaba ahí, vestida con su uniforme de Chaldea, con una expresión cálida y calmada como siempre.

Llevaba una bandeja con té, probablemente de regreso a su sala de descanso.

—Solo quería felicitarte —dijo con su tono amable y dulce—.

Has salvado una singularidad complicada.

Estoy segura de que el mundo está más seguro gracias a ti…

y a todos.

Leonel sonrió, con un poco de rubor.

—Gracias, Jeanne.

Lo hicimos en equipo, pero…

lo aprecio.

Sin embargo, la atmósfera cambió de inmediato.

Nero y Kiyohime giraron sus cabezas al mismo tiempo hacia Jeanne.

Sus ojos brillaban con una chispa…

inquisitiva.

—¿Hmmm~?

—murmuró Nero, ladeando la cabeza con una sonrisita.

—¿Te parece muy atractivo Leonel-sama…

Jeanne-san?

—añadió Kiyohime, sin dejar de apretar su brazo un poco más fuerte.

Jeanne parpadeó, retrocediendo medio paso con una gotita de sudor bajando por su sien.

—¿Eh?

¡N-no!

Yo solo…

estoy siendo cordial.

Felicitaciones puramente profesionales…

por ahora, al menos —añadió con una ligera sonrisa juguetona antes de seguir su camino.

Ambas mujeres la siguieron con la mirada, aún con sospechas.

—Umu…

esa doncella parece más astuta de lo que aparenta, —comentó Nero.

—Y huele a problemas…, —añadió Kiyohime en un susurro amenazante.

Leonel tragó saliva, sudando frío.

—¿…Dónde me estoy metiendo?

[Comedor – Más tarde] La cena transcurrió con risas, anécdotas de la batalla, y múltiples intentos de Nero y Kiyohime por darle de comer a Leonel a la fuerza.

Mash pasó, los miró con expresión neutra y simplemente murmuró: —…No pienso competir por cucharadas de curry.

Y se fue sin más.

[Pasillo – De regreso al cuarto] Ya con el estómago lleno, Leonel se dirigía hacia su habitación.

O bueno…

era escoltado como si fuera un VIP en misión diplomática.

Nero y Kiyohime seguían aferradas a sus brazos.

—Será mejor que descanses bien, Leonel.

La próxima misión podría llegar en cualquier momento —dijo Nero, pero su mirada decía algo más…

mucho más.

—Yo…

podría quedarme a vigilar tu puerta.

O tu cama.

O dentro de la cama contigo.

No quiero que alguna intrusa entre de noche —agregó Kiyohime con una sonrisa escalofriante.

Leonel solo suspiró.

—…Me voy a dormir.

Solito.

Gracias por acompañarme…

Ambas lo miraron con pucheros…

pero lo dejaron entrar.

La puerta se cerró…

y Leonel se dejó caer sobre la cama.

—Estoy en peligro constante…

pero de formas muy…

diferentes.

—pensó, mientras el rostro de Jeanne volvía a aparecer en su mente, seguido por el de Mash…

y por supuesto, por los dos volcanes caminantes que tenía de pretendientas.

—…Necesito un respiro.

Pero ese respiro no llegaría pronto.

[Velvet Room – Algún punto en la noche, en los sueños de Leonel] Un leve zumbido, suave y etéreo, lo envolvía.

Leonel abrió lentamente los ojos.

Una vez más, lo recibía la inconfundible atmósfera del Velvet Room.

Sin embargo, esta vez no era el mismo espacio desordenado y sombrío de antes.

Ahora, el ambiente parecía más armonioso, con estanterías organizadas, varios tomos flotando en el aire de forma estable y brillante, y una luz azul más clara que resaltaba las paredes tapizadas con terciopelo.

Incluso el piano sonaba con una melodía más optimista, casi acogedora.

—Bienvenido, invitado de la fortuna —dijo una voz suave, ya familiar.

Selene apareció frente a él, con una sonrisa en el rostro.

Su cabello largo y plateado caía de forma ordenada sobre su vestido azul oscuro, adornado ahora con detalles dorados que no estaban antes.

Incluso su postura era más firme, confiada, irradiando una energía positiva que no había mostrado en su primer encuentro.

—Parece que estás creciendo más rápido de lo que imaginábamos —agregó, cruzando las manos detrás de la espalda—.

Y debo admitir…

has superado nuestras expectativas.

Leonel miró a su alrededor, aún algo asombrado.

—¿Esto es…

el Velvet Room?

¿Otra vez?

Selene asintió lentamente.

—Este lugar refleja tu alma, Leonel.

Y tras tu victoria en la segunda singularidad, el cambio es evidente.

Tus lazos, tus decisiones, tu resolución…

todo está formando algo más sólido, más real.

Por eso, este espacio también ha cambiado.

Ella hizo un gesto, y varios fragmentos de luz flotaron frente a él, cada uno tomando la forma de cartas que se deslizaron hasta colocarse frente a un atril mágico.

—Estas son manifestaciones de las almas recuperadas del Compendio.

Nuevas Personas a tu disposición.

Estaban selladas tras antiguos conflictos, pero tu crecimiento ha permitido liberarlas.

Leonel dio un paso al frente, sintiendo cómo la energía cálida de las cartas pasaba por su cuerpo.

—¿Puedo usarlas…

cuando las necesite?

—Exactamente.

Estarán listas para responder a tu llamado cuando tu voluntad sea fuerte y clara —respondió Selene, con una expresión serena.

Después, inclinó levemente la cabeza.

—Y por supuesto, también estás aquí porque queríamos felicitarte personalmente.

Leonel se quedó en silencio, un poco sorprendido por la calidez en sus palabras.

—Gracias, Selene.

No lo habría logrado sin los demás, pero…

esto se siente bien.

Como si realmente estuviera haciendo la diferencia.

—Lo estás.

El flujo del destino se mueve gracias a quienes actúan con propósito.

Y tú, Leonel, estás moldeando uno…

que podría cambiar mucho más que solo estas singularidades.

Selene extendió la mano con elegancia y le ofreció una sonrisa, no solo profesional, sino genuinamente satisfecha.

—Descansa, Leonel.

Lo que viene será aún más desafiante…

pero también más revelador.

Nos veremos nuevamente cuando el destino lo demande.

Una brisa azul lo envolvió, desvaneciendo la habitación poco a poco.

[El mundo onírico – poco después de que Leonel saliera del Velvet Room] Todo era rojo.

Un resplandor escarlata lo envolvía, cálido pero pesado.

Leonel se encontraba de pie, vestido con una túnica blanca sencilla, descalzo sobre mármol dorado.

Frente a él se alzaban las puertas del Coliseo, gigantescas, reverberando con ecos de aplausos fantasmas.

El cielo sobre su cabeza era un atardecer en fuego.

El viento traía consigo el olor a vino, incienso y flores de laurel.

Sin saber por qué, dio un paso al frente.

Y entonces, lo vio.

Nero Claudius, emperatriz de Roma, caminaba con elegancia frente a una multitud que la ovacionaba.

Su cabello dorado brillaba como una corona divina, y su sonrisa era pura majestuosidad.

Sin embargo, a cada aplauso, su figura parpadeaba.

Leonel observaba, como si fuera invisible en medio de los recuerdos, mientras el reinado dorado de Nero se desplegaba ante él: festivales, discursos apasionados, obras de teatro escritas por ella misma, los vítores de un pueblo que la amaba…

o que fingía hacerlo.

Pero poco a poco, la luz cambió.

La gente comenzó a alejarse.

Las sonrisas se desvanecieron.

La opulencia dio paso al juicio, al rechazo, a la traición.

—¿Acaso no fui un buen emperador…?

—escuchó la voz de Nero, temblorosa, solitaria.

Leonel giró.

En una gran sala de mármol agrietado, la encontró arrodillada, sin su corona, sin su vestido imperial.

Solo una joven mujer, perdida en su propia Roma, llorando frente a una estatua rota de sí misma.

Las memorias se intensificaban.

Se sucedían imágenes de fuego, del pueblo gritándole, de senadores conspirando, de su exilio final…

hasta que todo se desvaneció en una última escena: Una flor de cerezo, caída sobre el regazo de Nero, mientras esta, sentada bajo un árbol solitario, miraba al cielo.

—Si he de arder…

que sea en la eternidad de un corazón que me recuerde…

con amor.

Leonel sintió algo desgarrarse en su pecho.

Su visión comenzó a distorsionarse, y cuando volvió a parpadear, ya no estaba en Roma.

Estaba nuevamente en su cama.

Despertó lentamente, con los primeros rayos de luz asomándose por la ventana.

Llevó una mano a su pecho.

Aún sentía la tristeza de aquel recuerdo.

Pero también…

un calor especial.

La certeza de que Nero, con todas sus cicatrices y gloria, ahora tenía en él a alguien que realmente la entendía.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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