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Fate/Grand Persona - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Capitulo 23 Mar sin fin
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24: Capitulo 23: Mar sin fin 24: Capitulo 23: Mar sin fin Ubicación: Singularidad Detectada – Mar Infinito Bajo el Sol Rojo Un resplandor celestial cruzó el firmamento con velocidad abrasadora.

Seis luces caían desde el cielo como estrellas fugaces rumbo a un inmenso océano teñido de rojo, con el horizonte cubierto por niebla y siluetas fantasmales de galeones antiguos navegando en la distancia.

—¡¡AAAAAAAAHHH, ¿POR QUÉ CAEMOS?!

—gritó Leonel, el viento azotándole el rostro mientras descendía en espiral.

—¡Esta singularidad es claramente una trampa húmeda para mi cabello imperial!

—chilló Nero, aferrándose a su corona con dramatismo.

—¡No hay tierra a la vista!

¡Sólo mar por todas partes!

—advirtió Mash, activando Lord Chaldeas, que comenzó a irradiar energía defensiva.

—¿Eso es…

un barco fantasma allá abajo?

—preguntó Artoria, señalando una enorme embarcación con velas negras que surcaba el agua bajo ellos.

—¡Más importante!

¡Nos vamos a estrellar!

—exclamó Jeanne, ya rezando mientras descendía.

Tamamo, sacando talismanes con gracia y tranquilidad, gritó: —¡Abraceeeen a Mash!

¡Mi protección de zorro adorable más su escudo nos salvarán!

Cada uno recibió un talismán pegado con sorprendente precisión, y todos se lanzaron hacia Mash, abrazándola como si su vida dependiera de ello (spoiler: sí).

—¡¿Otra vez soy el escudo humano?!

—gruñó Leonel mientras Tamamo se le colgaba del cuello.

Y entonces…

¡SPLAAAAASH!

El grupo impactó violentamente contra el agua, protegido por la cúpula mágica de Mash y los talismanes de Tamamo.

Quedaron flotando unos segundos, empapados pero vivos.

Mientras recuperaban el aliento, flotando como náufragos recién llegados al infierno, un crujido de madera se escuchó a pocos metros.

—¡Una balsa!

—exclamó Mash.

—No…

—corrigió Jeanne con los ojos entrecerrados—.

Es un bote salvavidas.

Desde la bruma emergía lentamente una pequeña embarcación con un pirata esquelético al timón.

Sus cuencas vacías parecían observar al grupo con interés.

—¡Bienvenidos al Mar de las Almas Perdidas!

¡Suban si quieren vivir…

o al menos intentarlo!

—dijo el esqueleto con una voz fantasmal mientras hacía una reverencia de lo más educada.

Leonel lo miró con la cara empapada, aún colapsado de la caída.

—…¿Ese es nuestro guía?

—Al parecer…

—respondió Artoria, empujando con elegancia el bote hacia ellos.

—¡Tiene pinta de tener historias trágicas!

¡Me gusta!

—dijo Nero, subiendo con dramatismo.

—¡¿Dónde están los secadores mágicos cuando los necesitas?!

—bufó Tamamo, sacando agua de su pelo con los dedos.

—Siento que esto apenas comienza…

—suspiró Mash.

Leonel, ya arriba en el bote, miró el mar neblinoso, los galeones de sombras en la distancia, y a sus acompañantes mojadas, mágicas…

y peligrosamente emocionadas.

—…¿Qué tan mal pueden estar las cosas?

—dijo.

El cielo tronó.

El bote crujió.

Y en el horizonte…

una risa demoníaca resonó entre las olas.

Los héroes de Chaldea miraban con sospecha la desvencijada embarcación que flotaba frente a ellos.

Crujía como si estuviera a punto de colapsar, adornada con faroles oxidados y una bandera que tenía una calavera…

con bigote.

—¿En serio vamos a subir a esto?

—preguntó Leonel, viendo cómo el esqueleto al timón movía los huesos como si les hiciera una señal de “suban, que está todo bien”.

—Es eso o nadar hasta el fin del mar rojo, y no traje mi traje de baño sagrado —dijo Tamamo, cruzándose de brazos.

—Ya estoy arriba —dijo Nero, poniéndose dramáticamente de pie sobre la borda—.

¡El escenario me llama, aunque esté podrido y hunda mis sandalias reales!

Uno a uno subieron, empapados y con el cabello chorreando, cuando de repente…

¡OOOOOOOOOOHHHHHHHHHH!

Una ráfaga gélida sopló desde la bodega del barco.

El ambiente cambió al instante.

El esqueleto timonel se giró lentamente.

—Oh, olvidé mencionar…

a veces hay ciertos pasajeros no registrados.

¡CHAS!

Una trampilla se abrió y tres fantasmas traslúcidos flotaron hacia ellos, con caras deformes y chillidos cómicamente dramáticos.

—¡¡KYAAAAAAAAH!!

—gritó Jeanne, saltando directamente a los brazos de Tamamo.

—¡¡GYAHAHAHAHA, NOO, ODIO COSAS TRANSPARENTES!!

—chilló Nero, abalanzándose sobre Leonel y abrazándolo como si fuera su escudo personal.

—¡Tranquilas, son solo espectros de bajo nivel!

—dijo Leonel, mientras una luz azul oscura emergía tras él.

Tezcatlipoca, su Persona, surgió con una presencia imponente, sus ojos llameando con energía sobrenatural.

—”Esos entes son débiles a la luz divina y al fuego.

También huelen a moho…

desagradable.” —rugió con voz profunda y burlona.

—¡Lo escucharon!

¡Mash, con tu luz, y Artoria, enciende tu espada!

¡Vamos a limpiarlos!

—ordenó Leonel.

Mash alzó su escudo, canalizando energía purificadora.

—¡¡Luminosité Eternelle!!

—gritó, liberando una onda brillante que hizo retroceder a los fantasmas con chillidos de caricatura.

Artoria activó su espada sagrada, que chispeó con fuego sagrado, dando un paso adelante con autoridad.

—¡Por el nombre del Rey Arturo…

fuera de aquí!

¡ZAS!

¡PLOP!

¡FWISH!

Entre la luz de Mash, los tajos de Artoria y los análisis de Tezcatlipoca guiando a Leonel, los fantasmas fueron repelidos uno por uno con efectos sonoros ridículamente exagerados, como si fueran parte de un espectáculo de Halloween escolar.

Cuando el último espectro explotó en una nube de confeti espectral (sí, confeti), el timonel esquelético aplaudió con un sonido de huesos golpeándose.

—¡Muy bien!

Ahora sí podemos continuar el viaje hacia el Corazón del Naufragio Eterno.

¡Sujétense a algo que no esté maldito!

Leonel suspiró mientras intentaba despegar a Nero de su torso y a Jeanne de Tamamo.

—Esto va a ser largo…

Tamamo, sonriendo maliciosa, le susurró al oído: —Lo bueno es que los barcos tienen muchos camarotes…

privados.

Leonel palideció.

Ubicación: Mar de las Almas Perdidas – En rumbo hacia lo desconocido Los fantasmas ya no eran más que un mal recuerdo (y un poco de ectoplasma flotando en el aire).

El grupo suspiró con alivio…

justo cuando un crujido profundo resonó por todo el casco del barco.

—…Eso no suena bien —dijo Mash, mirando hacia abajo.

—¡¡MI ESCENARIO FLOTANTE!!

—gritó Nero mientras el mástil comenzaba a agrietarse como una galleta humedecida.

El barco empezó a desvanecerse lentamente en una nube de humo negro, como si alguien lo estuviera borrando con un lápiz mágico desde otra dimensión.

—”Este navío está atado a la presencia de los fantasmas.

Al desaparecer ellos, su ancla al mundo también se disuelve…” —explicó Tezcatlipoca, apareciendo junto a Leonel.

Leonel cerró los ojos.

Sintió una pulsación a través de la conexión con su Persona.

El eco del mar le hablaba.

—Hay tierra cerca…

hacia el noreste.

Una isla pequeña, pero lo suficientemente firme para desembarcar.

—¿Cómo sabes eso?

—preguntó Jeanne.

—Tezcatlipoca me lo mostró.

Lo siente como un latido en la bruma —respondió Leonel, mientras su Persona asintió solemnemente.

—Entonces no hay tiempo que perder —dijo Artoria, ya tomando el timón que aún flotaba sobre el suelo medio desaparecido—.

Si es navegable, puedo llevarnos hasta allí.

Con movimientos decididos y majestuosos, Artoria maniobró los restos del barco mientras el mar bajo ellos comenzaba a brillar con una extraña luz púrpura.

Gracias a su habilidad innata para dominar cualquier herramienta o vehículo, incluso uno moribundo como este obedecía sus manos.

—¡Como buena caballero, llevaré esta nave a destino!

—declaró, con el cabello ondeando al viento.

Tras unos minutos de tensión, el grupo logró llegar a una costa brumosa.

Justo cuando el último pie tocó la arena húmeda…

PLOF.

El barco se disolvió en el aire con un leve pop, como una burbuja de jabón gigante.

—¡¡¡NOOOOO!!!

—gritaron Tamamo y Nero al unísono, cayendo de rodillas.

—¡Mi camarote con almohadas de plumas imaginarias!

—¡Mi baño privado lleno de nada pero que era mío!

Ambas Servants hicieron un puchero cómico, abrazándose en la orilla como si fueran víctimas de una gran tragedia teatral.

—…¿Eso era realmente necesario?

—preguntó Jeanne, sudando ligeramente.

—Déjalas, están…

¿procesando la realidad?

—añadió Mash con una sonrisa nerviosa.

Leonel, ahora más centrado, observó el horizonte.

La isla estaba cubierta por una niebla espesa, pero se notaban algunas formaciones rocosas y lo que parecía una torre vieja en ruinas más adentro.

—No estamos solos.

Hay algo…

o alguien…

observando —murmuró.

—”Presencias dispersas.

No humanas.

Podrían ser enemigos, o simples ecos del pasado.

Debemos investigar.” —añadió Tezcatlipoca, que flotaba cerca, sus ojos destellando azul entre la niebla.

—Bien.

Nos dividiremos en dos equipos, pero mantendremos contacto visual en todo momento —ordenó Leonel.

El grupo asintió con decisión.

Jeanne, Mash y Artoria tomaron la delantera por el camino costero, mientras Leonel y Tezcatlipoca investigaban entre los restos de un viejo muelle semihundido.

El misterio de la isla había comenzado…

Y con él, las verdaderas pruebas de esta singularidad.

Ubicación: Isla Brumosa – Interior Selvático Costero El grupo había avanzado bastante desde que desembarcaron.

Las palmas y árboles nudosos los rodeaban, proyectando sombras inquietas mientras una bruma húmeda les acariciaba la piel como dedos fantasmales.

Detrás del grupo…

—Sniff sniff…

nunca volveré a tener un tocador portátil con vistas al océano…

—sollozaba Tamamo, arrastrando los pies.

—¡Y yo ni siquiera alcancé a tomarme un vino imaginario en cubierta!

—añadió Nero, abrazando una concha marina como si fuera una copa perdida.

—¿Están seguras que están bien?

—preguntó Mash en voz baja a Jeanne, con una gota de sudor recorriendo su mejilla.

—Diría que es mejor dejarlas desahogarse a su manera…

aunque sea extremadamente dramática —respondió Jeanne, con tono resignado.

Al frente, Leonel avanzaba en silencio, acompañado por la imponente silueta de Tezcatlipoca, quien mantenía sus ojos brillando en tonos turquesa y jade mientras escaneaba los alrededores.

—Nada en las cercanías inmediatas.

La isla tiene energía residual, pero no agresiva…

por ahora —informó Tezcatlipoca, su voz resonando como un eco ancestral.

—Seguiremos buscando.

Alguien o algo tuvo que haber dejado esa torre que vimos desde la playa —dijo Leonel, con el rostro serio.

Artoria caminaba al lado de Mash, su espada lista pero aún enfundada.

—La niebla es demasiado densa.

Si hay enemigos, podrían estar observando cada paso.

—¿Tal vez fantasmas otra vez?

—preguntó Mash.

—Por el amor al Rey…

no más fantasmas, por favor…

—susurró Jeanne, estremeciéndose.

Pasaron al menos dos horas caminando en formación.

Subieron pequeñas colinas, rodearon árboles viejos y escucharon lo que parecía ser el aullido del viento…

o quizá de algo más.

Hasta que…

Tezcatlipoca se detuvo de golpe.

Sus ojos brillaron intensamente.

—”Almas vivas.

A tres kilómetros.

Energía humana.

No parecen hostiles…

están estáticos, relajados…” —informó, mirando a Leonel.

—¿Están descansando?

—preguntó Mash, con algo de esperanza.

—O inconscientes.

O muertos…

o…

—murmuró Jeanne.

—No, están cantando.

Y…

bebiendo.

—agregó Tezcatlipoca, parpadeando.

—…¿Qué?

—dijeron todos al unísono.

Con una mezcla de curiosidad y cautela, el grupo se apresuró.

Cruzaron un viejo puente de cuerda y siguieron un sendero entre arbustos hasta que finalmente vieron una fogata gigante, varias barricas de ron abiertas, y a un grupo de al menos doce piratas dando vueltas en círculos, cantando a los gritos una versión extraña de “Yo ho, yo ho, la botella sin fin”.

—…¿Piratas?

—dijo Artoria, alzando una ceja.

—Piratas.

Y borrachos.

Muy borrachos —confirmó Leonel, escondido tras una roca.

Uno de los piratas se tropezó y cayó dentro de un barril vacío, levantando el pulgar mientras desde adentro se escuchaba un eructo.

—¡AJÁ!

¡¡TRAMPOSO!!

¡TE BEBISTE EL RON DE LA BRUJA, ALBERT!

—gritó otro pirata, antes de lanzarle una sandía.

—…Eso no fue una amenaza.

Fue arte —murmuró Jeanne, con expresión de confusión y fascinación.

—¿Y si son amistosos?

—preguntó Mash con un destello de esperanza.

—¿Y si tienen ron maldito que transforma a la gente en peces?

—replicó Tamamo desde el fondo, aún con voz de tragedia.

Leonel se giró hacia todos.

—No sabemos si son enemigos o aliados…

pero una cosa es segura: tienen información.

—O al menos ron, lo cual en este contexto es casi lo mismo —añadió Tezcatlipoca con sorna.

—Entonces, ¿plan?

—preguntó Artoria, preparándose.

—Nos acercamos con cuidado.

Habla primero quien tenga mejor carisma —respondió Leonel.

—¡YO!

—gritaron Tamamo y Nero al unísono, saltando al frente con energía renovada.

—…Esto va a salir demasiado bien o demasiado mal —murmuró Jeanne, sacando su estandarte por si acaso.

Desde un montículo cercano, ocultos entre arbustos y palmas, Leonel, Tamamo, Nero, Artoria, Mash, y Jeanne espiaban con cuidado el desordenado campamento pirata.

Entre carcajadas, canciones fuera de tono y duelos de eructos, los piratas parecían más cercanos a una comedia que a un peligro real.

—¡Muy bien!

—dijo Nero, alzando un dedo dramáticamente y sacando un abanico de la nada— Escuchad mi plan: ¡Irrumpiremos en escena como deidades náuticas!

Yo, la emperatriz inmortal, haré una entrada gloriosa a lomos de una tortuga dorada invocada por la pasión de mi alma.

Luego, tú —le señaló a Leonel— me seguirás vestido como Neptuno, dios del mar.

¡Les hablarás en verso mientras los tambores suenan detrás!

Leonel parpadeó lentamente.

—…¿Y después qué hacemos?

—¡Nos rendimos a su admiración y exigimos un brindis de paz y vino!

Tamamo, sonriendo con ojos astutos, se adelantó ligeramente.

—Tengo una idea más sutil.

Yo me disfrazaría de una pirata errante, perdida y en apuros, con una historia trágica…

extremadamente convincente, claro está.

Luego, con palabras dulces y un poco de encanto mágico, los convenzo de que nos dejen quedarnos.

Para cuando se den cuenta de que somos más poderosos que ellos, ya estarán demasiado apegados emocionalmente para decirnos que no.

Manipulación sutil, mis queridos.

Leonel se cruzó de brazos.

—…Sí, no.

Nero, tu plan suena como una obra de teatro escrita bajo los efectos del sake.

Y Tamamo…

si bien técnicamente suena lógico, es probable que acabemos rodeados de piratas celosos o confundidos que empiecen una pelea entre ellos.

Las dos chicas lo miraron con molestia.

Tamamo frunció los labios, y Nero soltó un “¡Ingrato!” con voz dolida.

Fue Artoria quien se adelantó entonces, con expresión calmada.

—Tenemos la ventaja de que no nos conocen.

Ni nos ven como enemigos aún.

Mi propuesta es simple: nos acercamos sin armas visibles, levantamos las manos en señal de paz, y nos presentamos como náufragos.

Si preguntan demasiado, dejamos que Mash y Jeanne hablen —ambas la miraron sorprendidas—.

Son las más tranquilas.

Si insisten en saber más…

yo me encargo de manejarlo.

Leonel asintió con una media sonrisa.

—Plan racional.

Me agrada.

Es directo, sin adornos y con margen para adaptarse.

Mash levantó tímidamente la mano.

—¿Y si no quieren hablar…

y solo atacan?

—Entonces los desarmo.

—respondió Artoria sin inmutarse.

—¡Qué caballeresco!

—añadió Jeanne, medio riendo, medio nerviosa.

Con todos de acuerdo, pusieron el plan en marcha.

Ubicación: Campamento Pirata – Plena celebración Artoria encabezó el grupo, con Mash y Jeanne a los costados.

Leonel, Tamamo y Nero caminaban detrás.

Levantaron las manos, mostrando que no tenían intención de pelear.

Los piratas dejaron de cantar en seco.

—¿¡Quiénes…

son…

ustedes!?

—gritó uno, con un barril bajo el brazo.

Mash dio un paso adelante, nerviosa.

—S-Somos viajeros que naufragaron.

Solo buscamos ayuda…

no queremos problemas.

—¡Tenemos hambre!

¡Y sed!

¡Y…

tierra firme bajo los pies!

—añadió Jeanne con voz dulce, aunque su postura lista para sacar la lanza decía otra cosa.

Un silencio incómodo reinó por unos segundos…

hasta que uno de los piratas más grandes, con una barba enredada con perlas y una cicatriz que cruzaba su nariz, soltó una carcajada.

—¡JAJA!

¡Al fin algo interesante!

¡Traedlos al capitán!

¡Vamos a ver si estos tontos pueden cantar mejor que ustedes!

Los rodearon sin agresión y los escoltaron hasta una gran tienda improvisada hecha con velas de barco.

Ubicación: Campamento pirata, en la gran tienda del jefe El interior de la tienda era más lujoso de lo que Leonel había anticipado: mapas antiguos colgaban de las paredes, un barril de ron hacía de mesa, y varias joyas y trofeos marinos decoraban los rincones.

Al fondo, sentada en una gran silla de madera tallada, estaba el capitán pirata.

Su rostro oculto por un sombrero tricornio ladeado y una capa larga con bordes dorados, su voz resonó con tono burlesco.

—Así que…

quieren una alianza —dijo, apoyando los pies sobre la mesa—.

¿Y qué ganaríamos nosotros?

¿Aventureros misteriosos, bien armados, que llegan en medio de la nada y se acercan con sonrisas falsas?

Leonel no se inmutó.

—Ofrecemos ayuda, protección y conocimiento.

No somos simples errantes.

Estamos aquí por una causa mayor.

Y esa causa puede beneficiarlos si se unen a nosotros.

El capitán rió, un sonido rasposo y poderoso que retumbó entre las paredes.

—Hmmm…

eso suena aburrido.

¿Qué tal esto?

Un duelo.

Si tú o alguno de los tuyos gana, consideraremos tu propuesta.

Pero si pierdes…

El capitán se inclinó hacia adelante, dejando que la sombra del sombrero cubriera sus ojos.

—Tú y los tuyos serán parte de mi tripulación.

No por un rato.

Hasta la muerte.

¿Qué dices?

Leonel tragó saliva.

Era una apuesta arriesgada…

una que no podía tomar a la ligera.

Cerró los ojos por un segundo y habló internamente con su Persona.

Tezcatlipoca emergió en su mente con voz profunda y firme.

—Esta es una oportunidad digna de un campeón.

Acepta.

Pero no pelees tú…

deja que la espada que llevas a tu lado hable por ti.

Esa mujer, Artoria, es tu mejor carta en este juego.

Leonel abrió los ojos, decidido.

—Acepto el duelo.

Pero no pelearé yo.

—Se giró hacia su compañera—.

Artoria…

¿puedes encargarte de esto?

Artoria Pendragon asintió sin dudar.

—Por supuesto.

Si esto representa nuestra causa, no puedo negarme.

El capitán soltó un bufido divertido.

—Interesante.

Me gusta tu estilo.

¡Entonces preparémonos!

Justo cuando la tensión comenzaba a subir, el capitán se puso de pie…

y comenzó a quitarse lentamente la capa, el cinturón de armas, y el sombrero.

Los ojos de todos se agrandaron al instante.

Lo que quedó ante ellos no era un hombre, sino una mujer de figura imponente, piel bronceada por el sol del mar, cabello rojizo ondulado que caía sobre sus hombros como olas salvajes, y una cicatriz que cruzaba uno de sus pómulos, dándole una expresión feroz pero hermosa.

Su busto generoso y su porte erguido no dejaban duda de su poder ni de su presencia.

—¿Sorprendidos?

—dijo con una sonrisa confiada—.

Soy Francis Drake, Reina de los Siete Mares…

y será un placer partir unos cuantos huesos antes de hablar de política.

El ambiente cambió por completo.

Mash tragó en seco, Nero susurró un “¡Bellísima!” con dramatismo, y Tamamo se cruzó de brazos, visiblemente molesta.

Leonel entrecerró los ojos con una media sonrisa.

Esto se estaba poniendo muy interesante.

—Drake, ¿eh?

Entonces no será un simple duelo.

Será uno legendario.

Drake chasqueó los dedos y el suelo tembló levemente.

Afuera, los piratas se reunían en un gran círculo alrededor de la arena improvisada.

—¡Que comience el duelo!

—rugió.

Artoria caminó con determinación al centro, desenvainando Excalibur con un sonido brillante, mientras Drake levantaba un par de pistolas relucientes, cargadas de magia y pólvora ancestral.

Las chispas estaban a punto de volar.

Ubicación: Círculo de duelo improvisado en el campamento pirata El cielo estaba cubierto de nubes grises, y el olor del mar mezclado con pólvora vieja impregnaba el aire.

Los piratas se habían reunido en círculo, silbando y apostando en voz alta.

Al centro del improvisado coliseo de tierra, Francis Drake se estiraba los brazos y chasqueaba el cuello, mientras Artoria Pendragon desenfundaba con calma su espada, envuelta en un suave brillo dorado.

—No te contengas, rubia —soltó Drake con una sonrisa torcida, empuñando dos pistolas con filigrana de plata—.

Prometo que no lo haré.

¡BANG!

Drake no esperó.

Apenas terminó su frase, disparó dos veces.

Pero Artoria se movió antes de que los gatillos sonaran.

Su percepción de batalla era impecable, sus reflejos agudos como el filo de Excalibur.

Se deslizó a un lado, girando en un arco fluido que dejó las balas chocar contra el polvo.

Drake silbó, impresionada.

—Vaya, tus reflejos están mejor que el ron de Barbados…

¡BANG-BANG-BANG!

Más disparos, más esquivas.

Artoria avanzaba entre los disparos como un león en una tormenta de flechas, cada paso midiendo la distancia, cada movimiento cortando el aire con intención letal.

Pero acercarse a Drake no era tan fácil.

La pirata disparaba y retrocedía, usaba cajas, rocas y barriles como cobertura, y lanzaba patadas para mantener a Artoria fuera de su zona.

Leonel, observando desde el círculo, apretó los puños.

—Ella está intentando cerrar la distancia, pero Drake es hábil manteniéndola alejada…

Jeanne murmuró a su lado: —Drake no es solo fuerza bruta.

Es una veterana con años de combate naval y cuerpo a cuerpo…

Drake, sudorosa pero aún confiada, recargó las pistolas con destreza inhumana.

—Te lo dije, rubia.

No me gusta que me acorralen.

Pero entonces…

tambaleó.

Solo fue un segundo.

Un paso mal dado, una ligera pérdida de equilibrio.

Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.

Artoria lo notó.

—¿El alcohol…?

—murmuró Mash, viendo cómo Drake respiraba más pesadamente.

Drake intentó mantener la compostura, pero su pulso ya no era tan firme.

Su puntería, antes perfecta, comenzó a desviarse.

Sus movimientos se hicieron apenas más lentos, más bruscos.

¡Fue la ventana que Artoria necesitaba!

Con una finta rápida, giró sobre su eje, esquivó una bala que pasó zumbando por su mejilla, y se abalanzó hacia Drake con velocidad relámpago.

Drake intentó disparar una última vez, pero Excalibur ya estaba en su cuello.

—Ya es suficiente —dijo Artoria con calma y firmeza.

Drake parpadeó.

Por un momento, trató de mantenerse en pie.

—Heh…

maldita sea…

—susurró antes de que sus piernas cedieran.

Artoria atrapó su cuerpo antes de que golpeara el suelo.

Silencio absoluto.

Los piratas no sabían si aplaudir, gritar o correr.

Leonel cruzó el círculo y se acercó a Artoria, quien sostenía con respeto a la inconsciente capitana.

—Lo lograste…

—dijo con una sonrisa ligera.

Artoria asintió.

—No era una rival fácil.

Pero el alcohol fue su enemigo más grande.

Leonel se giró hacia los piratas.

—¡Su capitana está viva!

Fue un duelo limpio.

Y ella aceptó las condiciones.

¡Ahora, cumplan su palabra!

La multitud murmuró…

hasta que uno de los tenientes gritó: —¡La capitana perdió…

pero vivió!

¡Y por las reglas del mar, eso significa que los seguimos!

Los gritos y vítores rompieron el silencio.

Leonel, Artoria y los demás acababan de ganar algo más que un duelo: acababan de conquistar la lealtad de una flota pirata.

Y el horizonte…

parecía más favorable que nunca.

Ubicación: Interior del barco de Francis Drake, más tarde esa noche La habitación olía a ron, cuero y salitre.

Una lámpara colgaba del techo, moviéndose ligeramente con el vaivén del mar.

En una cama improvisada, Francis Drake soltó un largo quejido, llevándose la mano a la frente.

—Ugh…

siento que me dispararon con mi propio cañón…

—Estás despierta —dijo Leonel, que estaba sentado al lado con los brazos cruzados.

A su alrededor estaban Artoria, Nero, Jeanne y Mash, quienes habían estado esperando que la pirata recobrara la conciencia.

Drake abrió un ojo y lo clavó en él.

Luego soltó una risa ronca.

—¡Jajaja!

Vaya, supongo que perdí.

Qué vergüenza…

pero fue una pelea hermosa.

Tu chica rubia tiene agallas, lo admito.

Artoria asintió con serenidad, aunque algo orgullosa.

—Luchaste bien.

Solo tu…

exceso de alcohol jugó en tu contra.

Drake se encogió de hombros sin remordimientos.

—Bah, si no bebo antes de un duelo, no soy yo.

Pero…

una promesa es una promesa —y giró lentamente hacia Leonel con una sonrisa traviesa—.

Entonces, mi lindo comandante…

dime.

¿Qué quieres de mí?

¿Mi barco?

¿Mi tripulación?

¿O…

a mí?

El ambiente se congeló por un segundo.

Leonel abrió los ojos con sorpresa, las mejillas sonrojándose intensamente.

—¡¿Eh?!

¡N-no era mi intención pedir algo así!

Jeanne se sonrojó también, ocultando su boca con la mano.

Mash se quedó petrificada.

—¿”O a mí”…?

¿Eh?

¿Eh?

Nero, por su parte, frunció el ceño de inmediato y se adelantó, interponiéndose entre Leonel y Drake con mirada encendida.

—¡¿Qué significa esta declaración?!

¡Leonel es mi Emperador!

No permitiré que una vulgar pirata trate de seducirlo delante de mí.

¡Ten más respeto por su magnificencia!

—¿Tu emperador, eh?

—dijo Drake, alzando una ceja con interés—.

Vaya, vaya…

¿el chico ya tiene un harem armado y listo?

Me gusta cómo juegas, Leonel.

—¡No es un harem!

—respondió él, aún más rojo.

—Entonces no me cierres la puerta tan rápido, cariño —le guiñó el ojo—.

Ya dije que haré lo que me pidas, y sí, lo dije con todas las intenciones posibles.

Nero soltó un bufido y se pegó al brazo de Leonel con actitud posesiva.

—¡No cederé terreno!

¡El corazón del Emperador me pertenece por derecho divino!

Jeanne, ruborizada, evitó la mirada de los demás.

—Esto…

se está saliendo un poco de control…

Mash murmuró sin procesar nada: —Esto…

esto no estaba en el manual de misión…

Después de varios minutos de idas, vueltas, coqueteos y declaraciones absurdamente exageradas, Leonel se aclaró la garganta para retomar la seriedad.

—¡Bien!

Dejando todo eso de lado…

lo que quiero es usar tu barco para explorar esta zona.

Este lugar…

esta era, esta versión del mundo…

no es como debería ser.

Forma parte de una anomalía temporal que llamamos “Singularidad”.

Drake parpadeó.

—¿Singularidad?

¿Qué clase de jerga moderna es esa?

Mash tomó la palabra, entrando al modo explicativo.

—Las singularidades son fragmentos del tiempo alterados de forma anormal.

Su existencia pone en riesgo el flujo natural de la historia.

Nuestro trabajo es investigarlas y, si es necesario, corregirlas eliminando las causas de su distorsión.

—Y esta zona —añadió Jeanne, ya más calmada—, parece estar influenciada por fuerzas fuera de lugar.

Héroes de distintas eras, mezclas imposibles…

y piratas como tú, invocadas fuera de su tiempo.

Drake asintió lentamente, su expresión tornándose seria por primera vez.

—Así que…

este mundo es una especie de mezcla mal hecha.

Y ustedes son como…

¿los arregladores de entuertos?

—Algo así —dijo Leonel—.

Necesitamos tu barco para movernos y rastrear los puntos clave de esta singularidad.

Sospechamos que hay enemigos ocultos manipulando todo desde las sombras.

La capitana pirata cruzó los brazos y sonrió ampliamente.

—Pues claro que pueden usar mi barco.

De hecho…

¡vamos a navegar juntos hasta el mismísimo fin del mundo si hace falta!

Siempre y cuando haya tesoros, buena compañía…

y un poco de diversión en el camino.

—Eso último me preocupa un poco —dijo Leonel con una gota de sudor.

—¡Entonces es oficial!

—Drake se puso de pie y levantó el brazo—.

¡Bienvenidos al Golden Hind!

¡Ajusten las velas, porque vamos a cazar una Singularidad, mis valientes!

La tripulación vitoreó.

Y así, el viaje marítimo de la banda de Leonel junto a la infame Francis Drake…

daba comienzo.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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