Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Fate/Grand Persona - Capítulo 25

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Fate/Grand Persona
  4. Capítulo 25 - 25 Capitulo 24 Una aventura en altamar
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

25: Capitulo 24: Una aventura en altamar 25: Capitulo 24: Una aventura en altamar Ubicación: Cubierta del barco de Francis Drake, al amanecer El cielo comenzaba a teñirse de tonos naranjas y dorados mientras el barco de Francis Drake se preparaba para zarpar.

Sus hombres corrían de un lado a otro, izando velas, asegurando cabos y organizando provisiones.

La pirata, con su clásica sonrisa confiada, daba órdenes desde el timón.

—¡Vamos, vagos!

¡Quiero sentir el viento en mi cara antes de que el sol esté alto!

¡Y no olviden traer más ron esta vez!

Mientras tanto, Leonel, acompañado de Tezcatlipoca en su forma espectral, conversaba con las demás Servants en un círculo más privado cerca de la proa.

—No tenemos ninguna pista sólida sobre esta singularidad —comentó Leonel, mirando el mapa extendido sobre un barril—.

Así que proponemos explorar las islas cercanas.

Puede que haya alguna anomalía o punto de distorsión mágica.

Tezcatlipoca, con una sonrisa felina, asintió.

—En ausencia de señales claras, el cazador sabio se mueve y observa.

Esperar es para los perezosos.

Cazaremos pistas en el horizonte.

Nero se adelantó sin dudar, colocando su mano sobre su pecho.

—Si es decisión de mi Emperador, entonces es el camino correcto.

¡Adelante, gloria nos espera!

Jeanne asintió con serenidad, sus ojos brillando con determinación.

—Estoy de acuerdo.

Explorar puede revelar las intenciones detrás de esta singularidad.

Además, estaremos haciendo el bien.

Artoria, como siempre, se mostró firme.

—No tengo objeciones.

Mientras se me requiera, cumpliré con mi deber.

Mash, fiel como siempre, simplemente sonrió y dijo: —Estoy lista para apoyarte, Senpai.

Fue entonces cuando, tambaleándose desde las escaleras que llevaban a la bodega, apareció Tamamo no Mae, envuelta en una manta, el cabello algo revuelto y una botella vacía en la mano.

—Nnnnnnnnngh…

¿por qué siento que me pasó un elefante encima…?

—murmuró, frotándose la cabeza.

Al ver al grupo reunido y a Leonel en el centro, entre Jeanne, Artoria y Nero, frunció el ceño.

—…¿Qué me perdí?

Todos se quedaron en silencio por un momento.

Drake, desde el timón, rió a carcajadas.

—¡Oh, te perdiste la parte en la que le ofrecí todo mi ser a tu querido maestro~!

—¿¡QUÉ!?

—Tamamo soltó un grito agudo que hizo brincar a una gaviota cercana.

Luego giró hacia Leonel y lo rodeó con los brazos con rapidez, abrazándolo por la espalda y pegándose a él como un koala—.

¡Mío!

¡Este humano adorable es mío!

¡No puedes simplemente regalarle el corazón, cuerpo y espíritu a una pirata borracha, ¿¡qué demonios!?!

Leonel tartamudeó.

—¡No es así!

¡Ella solo estaba bromeando!

¡O eso creo!

Nero entrecerró los ojos con expresión algo molesta, observando a Tamamo con una mezcla de juicio e incomodidad.

—Hmpf…

zorra literal y figurada.

Pero…

tu pasión no es falsa.

Tal vez podrías competir por un lugar en el corazón del Emperador…

tal vez.

Tamamo la miró con una sonrisa desafiante.

—¿Competir?

Solo si lo necesita.

Yo ya soy su esposa espiritual.

Solo falta que él lo acepte, nyan~.

—¡Ni se te ocurra hablar como si ya fueras la emperatriz!

—espetó Nero con un tic en la ceja.

Jeanne, visiblemente roja, apartó la mirada.

Mash ya estaba en “modo estatua” otra vez.

Tezcatlipoca, divertido, comentó en voz baja a Leonel: —Y tú te preguntabas si podrías mantener la cabeza fría en una misión…

qué ingenuo.

Leonel solo suspiró.

—…Vamos a zarpar antes de que alguien salte por la borda.

Ubicación: A bordo del barco de Francis Drake, en altamar Las velas crujían suavemente bajo el impulso del viento, y el sol se reflejaba como oro líquido sobre las aguas infinitas.

El barco surcaba el océano con fuerza, dejando una estela blanca a su paso.

El ambiente era animado: risas, cantos de marineros, el golpeteo rítmico de las olas y el ocasional graznido de una gaviota solitaria.

En la proa, Francis Drake cruzó los brazos mientras miraba el horizonte.

Su expresión era seria por primera vez desde que se unió al grupo.

—Hay una isla…

algo lejana, pero no imposible de alcanzar.

La llaman “Isla del Trueno”.

Es un nido de piratas, contrabandistas y todo tipo de escoria del mar —explicó, girando la cabeza hacia Leonel—.

Pero si hay rumores, secretos o cualquier información valiosa, es allí donde los encontrarás.

Los bribones siempre saben más de lo que deberían.

Leonel asintió tras un breve momento de reflexión.

—Entonces vamos allá.

Si es un punto de reunión importante, seguro habrá pistas sobre lo que está provocando esta distorsión.

Tezcatlipoca apareció con su sonrisa torcida, apoyado en el mástil como si fuera parte del barco mismo.

—Ah, las guaridas de criminales…

qué bellos lugares donde se cruzan verdades y cuchillos.

Me agrada.

Mash consultaba el radar portátil de Chaldea, aunque sin lecturas anómalas por el momento.

—Aún no hay señales de distorsión mágica directa, pero ese tipo de lugares suelen ser puntos estratégicos en las singularidades.

Podría encajar.

Jeanne se acercó al timón, con su cabello ondeando al viento.

—Dios nos guíe por aguas seguras…

aunque no parece que este sea ese tipo de viaje —dijo con una ligera sonrisa, resignada a la aventura.

Nero se acomodó sobre un barril cercano, dándole un sorbo a una copa de vino que Drake le había ofrecido antes de partir.

—¡Oh, qué emoción!

¡Piratas, tabernas, y secretos escondidos!

¡Mi Emperador brillará incluso entre ladrones!

—proclamó con orgullo, lanzando una mirada retadora a Tamamo.

Tamamo, abrazando a Leonel desde el brazo, frunció los labios.

—Solo asegúrate de no brillar demasiado…

No quiero que una pirata te meta en su bodega como si fueras un tesoro perdido, ¿entendido, maestro~?

Artoria, de pie junto al mástil principal, observaba el horizonte con serenidad.

—Permaneceré atenta.

Un lugar como ese puede volverse peligroso en un instante.

Drake se rió ante la advertencia.

—No se preocupen, chicos.

Mientras yo esté al mando, nadie tocará este barco…

ni a sus pasajeros.

Aunque no garantizo que no intenten estafarlos en tierra firme.

Con un fuerte silbido, Drake dio la orden.

—¡Pongan rumbo a la Isla del Trueno!

¡Y que los mares nos bendigan con viento constante!

Las velas se inflaron con fuerza y el barco viró ligeramente, marcando un nuevo rumbo.

Los corazones latían con fuerza y expectativa.

La brisa salada, la promesa de peligro y descubrimientos…

todo indicaba que la verdadera aventura apenas comenzaba.

Ubicación: A bordo del barco de Drake, media tarde El viento del mar era cálido y salado, y el cielo comenzaba a teñirse con suaves matices anaranjados mientras el sol descendía lentamente.

Sobre la cubierta del barco, Leonel, Nero Claudius y Tamamo no Mae caminaban tranquilamente mientras observaban la estructura del navío.

Nero iba al lado de Leonel, con su mano firmemente entrelazada con la de él.

Llevaba una sonrisa altiva, pero suave, y no dejaba de mirar a su “Emperador” con ternura.

Sus dedos jugaban con los suyos de manera casi instintiva.

—Ah, qué magnífico paseo.

¡El mar, el viento, y tú, mi querido Emperador!

—dijo, girando para darle un leve tirón y acercarse un poco más—.

¿No es este un escenario digno de una pintura?

Leonel soltó una leve risa, ya bastante acostumbrado al afecto espontáneo de la emperatriz.

—No lo niego, Nero.

Es…

agradable —respondió con sinceridad, acariciando el dorso de su mano con el pulgar.

Unos pasos detrás de ellos, Tamamo los observaba con una expresión que pasó de la sorpresa al creciente fastidio.

Frunció los labios y entrecerró los ojos con evidente celos.

—¿Pero qué es esto…?

¿Una caminata romántica oficial y yo sin invitación?

—se quejó con voz dramática, apresurando el paso para alcanzar a ambos—.

¡Maestro!

¡Eso no es justo!

Leonel giró hacia ella, un poco confundido por su repentina molestia.

—¿Eh?

¿Qué cosa?

Tamamo se cruzó de brazos.

—¡Yo también quiero caminar de la mano contigo!

¡No es justo que esa emperatriz exhibicionista tenga privilegios especiales!

Leonel se puso visiblemente nervioso.

Miró de reojo a Nero, esperando un comentario posesivo, un rechazo…

cualquier señal de drama.

Pero para su sorpresa, Nero simplemente sonrió con superioridad…

y confianza.

—Fufu~.

¿Por qué no?

Si ella desea tomar la mano de nuestro Emperador, que así sea —dijo con aire de realeza, mirando de reojo a Tamamo—.

Aunque, claro, no esperes tomar el primer lugar tan fácilmente, zorrita.

Tamamo, lejos de ofenderse, sonrió con una mezcla de orgullo y alegría.

—¡Con eso me basta por ahora~!

¡Maestro, dame tu mano, anda!

Leonel suspiró, un poco abrumado, pero no pudo negarse.

Extendió su otra mano hacia Tamamo, quien la tomó con entusiasmo y la apretó como si no quisiera soltarla nunca.

La expresión de felicidad en su rostro era pura.

—Eeeeeh~ ♥ ¡Qué cálida!

¡Ya veo por qué Nero está tan enganchada contigo, maestro~!

Leonel, ahora atrapado entre ambas, solo pudo mirar al frente mientras sentía la calidez de ambas manos y el peso de dos corazones latiendo con fuerza a cada lado.

Intentó no pensar demasiado en lo que vendría después.

—Esto va a complicarse…

¿verdad?

—murmuró para sí, aunque no con desagrado.

Las dos chicas, una emperatriz y una kitsune, simplemente rieron suavemente mientras continuaban el paseo.

El atardecer envolvía la escena con tonos dorados, como si el mundo aprobara aquella nueva y caótica armonía.

Ubicación: A bordo del barco de Drake – varios días después de zarpar El viaje por el mar había sido relativamente tranquilo, aunque el ambiente a bordo del barco de Francis Drake era cualquier cosa menos silencioso.

La legendaria pirata se encargaba de mantener a todos animados, y sus hombres no se quedaban atrás.

La comida, el ron y las risas eran el pan de cada día.

Leonel, sin embargo, había empezado a entender lo que era estar al centro de atención…

pero no por voluntad propia.

—¡Y les digo que ningún hombre ha sido más digno que mi amado Emperador~!

—exclamaba Nero, con una copa en la mano y una rosa en la otra, subida a una caja de madera como si fuera un escenario improvisado.

Su voz teatral retumbaba sobre la cubierta, ante una docena de piratas que ya estaban medio ebrios.

Leonel, sentado al fondo, cubriéndose el rostro con una mano.

—¿Por qué otra vez…?

—¡Él es noble, guapo, valiente y tan fuerte que hasta los dioses envidiarían su gallardía!

¡Y su sonrisa!

¡Ah, esa sonrisa podría conquistar imperios!

Los piratas soltaron carcajadas estruendosas mientras lo señalaban.

—¡Oye, Leonel!

¡No sabíamos que eras el “Emperador del Amor”!

—¡¿También conquistas corazones además de enemigos, eh?!

—¡Cuéntanos, muchacho!

¿Cuántas esposas tienes ya?

Leonel alzó la voz, algo avergonzado.

—¡No son esposas!

¡Y tampoco estoy conquistando nada!

—¡Oh, pero deberías~!

—interrumpió una voz seductora.

Era Tamamo no Mae, quien se acercaba meneando la cola con coquetería, sus orejas temblando de alegría.

Con una sonrisa traviesa, se acercó por detrás de Leonel, deslizando sus brazos por sus hombros y apoyando el mentón en su cabeza.

—Yo también estoy disponible, ya sabes.

Si me trataras como a Nero…

podrías tener a una esposa adorable, dulce y muy…

dedicada~.

Leonel tragó saliva.

Los piratas estallaron en carcajadas aún más escandalosas.

—¡¿Otra más?!

¡Este tipo es un auténtico casanova!

—¡Drake, ya no es tu barco, es el harén de Leonel!

Drake, que bebía con los hombres, simplemente levantó su jarra.

—¡Mientras no me rompan nada, que tengan su comedia romántica en paz!

¡Jajaja!

Mash, sentada cerca, fingía leer unos documentos sobre el rumbo del barco junto a Jeanne, aunque sus ojos seguían desviándose hacia Leonel cada pocos minutos.

Observaba cómo él reía nerviosamente, aceptando a regañadientes el cariño de Tamamo, y cómo su expresión se suavizaba un poco cada vez que ella se le acercaba.

Mash apretó los labios, su expresión endurecida.

Había estado a punto de acercarse varias veces durante el viaje…

pero cada vez que pensaba en decir algo, otra se le adelantaba.

—Tsk…

—musitó para sí—.

¿Por qué siempre están pegadas a él…?

A su lado, Jeanne d’Arc se mantenía en silencio, pero sus dedos apretaban con más fuerza de lo normal la cruz que llevaba al cuello.

Su mirada también había estado en Leonel.

En cómo sonreía.

En cómo escuchaba.

En cómo su presencia era cálida, reconfortante…

demasiado reconfortante.

—No…

no debería sentir esto…

—pensó para sí, con cierto temblor en el corazón—.

Es impuro…

no es correcto…

Intentaba ignorar ese calor inexplicable en su pecho, pero cada vez le costaba más.

Mientras tanto, Leonel, entre risas y empujones amistosos de los piratas, comenzaba a aceptar lo inevitable.

Tamamo no era solo una chica divertida.

Era dulce, sincera, y…

por mucho que intentara negarlo, empezaba a gustarle.

A veces le atrapaba mirándola cuando no debía, y se encontraba correspondiendo con gestos pequeños: una caricia, una sonrisa, una mirada que duraba un poco más.

Pero no era el momento para tomar decisiones.

No todavía.

Así, bajo un cielo estrellado y el vaivén constante de las olas, Leonel caminaba por la cubierta acompañado de dos espíritus tan distintos como apasionados.

Y aunque su corazón aún no había decidido…

empezaba a latir con más fuerza que nunca.

Y mientras tanto, Artoria, seria y firme, se mantenía al timón durante su turno, observando el horizonte, ajena a los enredos del corazón que ardían en el resto del barco.

Ubicación: Cubierta del barco de Drake – Amanecer La bruma matinal comenzaba a disiparse mientras el sol ascendía lentamente por el horizonte.

El cielo, teñido de tonos anaranjados y dorados, ofrecía una vista deslumbrante…

pero no tan impactante como la figura que surgía más adelante.

Allí, como un bastión flotante del caos y la libertad, se alzaba una enorme isla-portuaria, rodeada de barcos de todo tipo y tamaño.

Galeones artillados, fragatas cubiertas de redes, naves extrañas con mástiles imposibles y hasta estructuras flotantes que no podían clasificarse como simples barcos.

El sonido del bullicio llegaba hasta ellos, incluso a esa distancia: voces, gritos, música, y cañonazos ocasionales que hacían eco entre los acantilados cercanos.

—Ahí está —murmuró Drake, apoyada en la barandilla, con una sonrisa confiada—.

Isla Libertad, la ciudad flotante donde no manda nadie…

y manda todo el mundo.

Leonel, apoyado al lado de ella, entrecerró los ojos con cautela.

—¿Ese es nuestro destino?

—El primero de varios.

—Drake se giró hacia él y al resto de la compañía—.

Escuchen bien, muchachos.

Esta isla no es como cualquier lugar que hayan visto antes.

Solo los piratas pueden pisarla.

Eso significa que mientras estén conmigo, tienen libre acceso…

pero si se separan, más les vale actuar como si llevaran años en el oficio.

Mash levantó la mano, preocupada.

—¿Qué clase de cosas suceden allí?

Drake se rió con una carcajada ronca y divertida.

—¿Quieres la versión suave o la real?

Porque aquí va la real.

En esta isla puedes encontrar desde astilleros que reparan barcos malditos hasta talleres que venden cañones capaces de volar un dragón en dos.

Hay bares y tabernas para emborracharse hasta olvidar tu nombre, y casas…

bueno, establecimientos del placer para todo gusto y orientación.

Jeanne frunció el ceño con disgusto, mientras Mash bajaba la mirada, visiblemente incómoda.

Leonel soltó un silbido bajo, entre fascinado y perturbado.

—Vaya…

eso suena a…

todo lo que mi mamá me dijo que evitara.

—Y sin embargo, seguro te va a encantar —agregó Nero, tomando su brazo con una sonrisa—.

Un lugar lleno de caos, lujuria y fuego.

¡Perfecto para una aventura romántica con mi emperador!

Tamamo, no queriendo quedarse atrás, se aferró del otro brazo de Leonel, con una mirada juguetona.

—¡Oh, sí~!

Podríamos “perdernos” un rato por ahí, ¿no crees, Leonel-sama~?

Leonel, atrapado entre ambas, casi se tropieza del susto.

—¡No es el momento para eso!

Drake estalló en risa.

—Ustedes sí que son un espectáculo.

Pero dense prisa.

Una vez toquemos puerto, lo mejor es no quedarse quietos por mucho tiempo.

Pueden conseguir información, mapas, equipo…

y quizás oír rumores de las anomalías del mar.

Y cuidado: los rumores viajan más rápido que las balas.

Mientras se acercaban, la isla revelaba más detalles: grúas improvisadas hechas con huesos de criaturas marinas, puestos de comercio, piratas armados hasta los dientes, sirenas atrapadas en jaulas doradas cantando melodías tristes, y un enorme letrero clavado en un mástil gigante que rezaba en letras gastadas: “Bienvenidos a Isla Trueno.

Aquí, la única ley es sobrevivir.” Leonel tragó saliva.

—Esto va a ser una locura…

—Y por eso va a ser inolvidable —susurró Tamamo, abrazándolo más fuerte.

—¡Una locura digna del escenario de Roma!

—añadió Nero, emocionada.

Mash solo los miró de reojo, su pecho apretado con algo que no sabía cómo expresar.

Jeanne cruzó los brazos, murmurando en voz baja: —Esto no es correcto…

pero entonces, ¿por qué siento que quiero quedarme cerca de él?

Mientras tanto, desde lo alto del mástil, Artoria observaba en silencio, el viento ondeando su capa.

Su expresión era seria, determinada.

Sabía que dentro de esa isla, algo los pondría a prueba.

A todos.

Ubicación: Puerto principal de Isla Libertad – Mediodía Las maderas del muelle crujieron cuando las botas de Leonel tocaron tierra firme.

Tras varios días en altamar, la sensación era extraña…

pero no tanto como lo que tenía frente a sus ojos.

El puerto principal era un caos viviente.

Gente de toda clase, raza y especie caminaba sin orden por los muelles.

Piratas con tatuajes que cubrían todo su cuerpo, mujeres con atuendos extravagantes o apenas ropa, mercaderes gritando precios imposibles y marineros borrachos durmiendo sobre barriles.

El aire olía a sal, pólvora, alcohol…

y pecado.

Detrás de él, Mash, Jeanne y las demás chicas observaban con incomodidad.

Tamamo sonreía con diversión felina, mientras Nero miraba todo con el entusiasmo de una emperatriz frente a un nuevo imperio por conquistar.

—Bienvenidos a Isla Trueno —dijo Drake, bajando de su barco como si fuera una reina sin corona—.

Aquí, todo está permitido…

siempre que tengas el poder o el oro para pagarlo.

Apenas dieron unos pasos por el muelle, se escuchó un disparo seco.

—¡BANG!

Todos se giraron al instante.

A unos veinte metros, un hombre caía de rodillas con un agujero en el pecho, su sangre tiñendo las tablas del suelo.

A su alrededor, un grupo de rudos piratas aplaudía y silbaba, mientras otro sujeto levantaba su pistola al aire con orgullo.

—¡Dije que era mío, maldito!

—gritó el asesino, limpiándose la pistola con el abrigo—.

¡Quien me lo discuta, termina igual!

Mash se estremeció, e instintivamente se acercó más a Leonel.

Jeanne frunció el ceño con desaprobación.

—¿Nadie va a arrestarlo?

—susurró la santa.

Drake bufó.

—¿Arrestarlo?

Aquí, si no puedes defender tu punto con una espada o una bala, no vales nada.

Unos pasos más adelante, una mujer vestida como conejita, con orejas falsas y medias rasgadas, era arrastrada entre risas por un sujeto musculoso hacia un edificio con luces rojas y una marquesina que decía “La Madriguera del Pecado”.

Nadie intervenía.

De hecho, algunos aplaudían.

—¿Eso es…?

—preguntó Leonel, con mezcla de rabia y shock.

—Sí —confirmó Drake sin mirarlo—.

Casas del placer.

Algunas chicas están ahí por voluntad propia…

otras no tanto.

Y no, chico, no podemos cambiar eso.

Solo hay una regla en esta isla: el más fuerte manda.

Y el que no lo es…

sobrevive como puede.

Tamamo bajó la mirada un instante, seria.

Incluso Nero dejó de sonreír por unos segundos.

—Vamos —continuó Drake, más firme—.

Nuestro contacto está más adentro, en una casa donde la información es la moneda más valiosa.

No hablen si no se los piden.

Y cuiden sus bolsillos…

y sus gargantas.

La tripulación avanzó por una calle polvorienta y torcida, rodeada de edificios que parecían mantenerse en pie solo por voluntad divina.

Algunos eran tabernas repletas de gritos y risas; otros, tiendas oscuras que vendían armas, talismanes, objetos malditos o cosas peores.

Cada tanto, una risa se convertía en pelea.

Un insulto en un duelo.

Y siempre, la muerte era parte del paisaje.

Al final de la calle, una casa discreta, sin letreros, los esperaba.

Puerta de madera negra.

Ventanas con cortinas cerradas.

Guardias en la entrada con rifles y miradas frías.

—Aquí es —anunció Drake, cruzándose de brazos frente a la puerta—.

Prepárense para escuchar cosas que no querrán saber…

pero que necesitan.

Leonel tragó saliva.

Sabía que estaba entrando a un mundo sin reglas…

pero nada lo había preparado para esto.

Y apenas era el comienzo.

Ubicación: Barrio interior de Isla Libertad – Casa de Información El grupo caminaba en silencio, con los sentidos en alerta.

Leonel, Drake y compañía ya habían presenciado más horrores de los que esperaban en tan poco tiempo.

Un cadáver tirado en un callejón, su sangre aún fresca; un hombre dormido boca abajo en un barril, con una botella rota entre los dedos; gritos ahogados de placer y dolor se escuchaban desde los pabellones cercanos, donde luces rojas parpadeaban como luciérnagas del infierno.

—Este lugar es como un purgatorio sin ley…

—murmuró Mash, apretando el escudo contra su pecho.

Drake no dijo nada.

Caminaba con paso firme, acostumbrada a este tipo de ambiente, sin voltear a ver los horrores.

Nero simplemente fruncía el ceño, y Tamamo había dejado de sonreír.

Incluso Jeanne tenía los labios apretados en silencio piadoso.

Finalmente, se detuvieron frente a un edificio discreto, de fachada gris y sin ventanas.

Un cartel colgaba torcido sobre la entrada, con letras borrosas que decían: “Lo que sepas, vale oro.

Lo que preguntes, cuesta el doble.” Drake empujó la puerta.

Dentro, la luz era tenue, el ambiente cargado de humo y olor a papel viejo.

En el fondo, tras un escritorio repleto de mapas, notas y monedas de distintos tipos, un hombre delgado y calvo, con lentes redondos y una sonrisa cínica los recibió.

—Drake…

Siempre es un placer —dijo el hombre, sin levantarse—.

¿Traes oro o solo esperanzas?

—Traigo oro y una pregunta, Ludger —respondió Drake, con esa mezcla de autoridad y astucia—.

Buscamos información sobre fenómenos extraños.

Avistamientos, sucesos inexplicables…

cosas que no tengan explicación ni siquiera en este antro de locura.

El tal Ludger rió suavemente, una risa hueca como de huesos chocando.

—He oído cosas, sí.

Visto algunas otras.

Hay islas, un pequeño archipiélago a dos semanas de aquí, al este-noreste.

La gente habla de luces en el cielo, barcos que aparecen y desaparecen, monstruos que no deberían existir…

Se detuvo y extendió la mano.

—Pero eso es todo lo que puedo decir…

sin el pago correspondiente.

Leonel frunció el ceño, pero Drake levantó la mano para calmarlo.

—Sabes cómo funcionan las cosas, Ludger —dijo con voz firme—.

Primero la información, luego el pago.

No somos tontos.

El informante suspiró, sabiendo que discutir con Drake no valía la pena.

Cuando vio que ella sacaba una bolsa con monedas, su sonrisa regresó.

—Está bien, está bien…

—sacó un mapa arrugado de uno de los cajones y lo extendió sobre la mesa—.

Estas islas, aquí —señaló con un dedo manchado de tinta—.

No aparecen en los mapas oficiales.

Y si navegan sin cuidado, podrían no salir jamás.

Las corrientes son traicioneras, y lo que habita ahí…

bueno, eso es otra historia.

Antes de que se marcharan, Ludger alzó una ceja y añadió, como si lo pensara en el último momento: —Un último regalo, en nombre de los viejos tiempos, Drake…

Han habido avistamientos de barcos que se creían destruidos, algunos con banderas que fueron quemadas por el Gobierno hace años.

Uno de ellos…

dicen que llevaba la marca de Barba Negra.

Leonel se detuvo.

—¿Barba Negra?

¿El ejecutado hace años?

—Eso dicen.

—Ludger sonrió con esa mueca torcida—.

Claro, pueden ser imitadores, fantasmas…

o simplemente rumores.

Pero por aquí, los rumores suelen matar más que los cañones.

Drake hizo un gesto de cabeza, sin agradecer.

Ya tenía lo que quería.

—Vámonos —ordenó.

Leonel echó un último vistazo al mapa, grabando la información en su mente.

Luego, siguió a los demás, dejando atrás el hedor a humo, muerte y secretos.

Una cosa era segura: lo que estaban por enfrentar no se parecía a nada que hubieran visto antes.

Ubicación: Puerto de Isla Libertad – Justo antes de zarpar El aire en el puerto estaba cargado con la humedad salina y el eco lejano de canciones desafinadas provenientes de las tabernas.

Drake y su tripulación ya tenían todo listo para zarpar, las velas desplegadas y el cargamento asegurado.

Solo faltaba que todos subieran a bordo.

Pero antes de dar el primer paso hacia la pasarela, una voz rasposa interrumpió.

—¡Alto ahí, preciosuras!

—gritó un hombre desde lo alto de una pila de cajas.

Un grupo de piratas, una veintena al menos, se interponía ahora entre ellos y su barco.

Lucían sucios, armados con machetes oxidados, pistolas de chispa y sonrisas podridas por el ron barato.

—Esa nave se ve muy bonita…

y ustedes, damas, aún más —rió el que parecía el líder, un tipo enorme con un sombrero robado de algún capitán de mejor reputación—.

Entreguen todo y nadie saldrá lastimado…

aunque a algunas, je, les daremos un trato especial…

Drake suspiró, sin siquiera fingir preocupación.

—Idiotas.

Tienen diez segundos para correr.

Nero chasqueó la lengua, sacando su espada con una gracia teatral.

—¿En serio interrumpen nuestra partida por esto?

¡Qué poco sentido del drama tienen!

Artoria se adelantó un paso, ya con su espada lista.

Mash alzó su escudo, firme.

Tamamo afiló sus uñas con expresión inquietante.

Leonel simplemente se acomodó los guantes.

Y luego, sin una sola palabra más, el combate estalló.

Los piratas no tuvieron oportunidad.

En menos de dos minutos, el muelle era un campo de caos.

Nero se movía como una llama danzante, su risa mezclándose con los gritos.

Drake disparaba con su mosquete personalizado mientras golpeaba con una botella vacía al que osara acercarse.

Tamamo usó sus hechizos para dejar a varios dormidos con una onda de energía rosada que olía a flores, aunque con efectos devastadores.

Mash repelía ataques con precisión perfecta, mientras Leonel se encargaba de cubrir los flancos con movimientos aprendidos de sus compañeras.

Artoria, impasible, abatía con cada golpe a sus oponentes como si no pesaran nada.

Minutos después, todos los piratas estaban inconscientes, magullados y amontonados junto a las cajas como si fueran simple carga defectuosa.

Drake, riendo, se agachó para revisar los bolsillos de los derrotados.

—Regla número uno en el mar: si pierdes, pierdes todo.

—Sacó una buena bolsa de monedas, unas pistolas ornamentadas, e incluso un mapa viejo que guardó para después—.

Gracias por la contribución, caballeros.

Y sin más dilación, embarcaron y zarparon, dejando atrás Isla Libertad y sus pesadillas de carne, deseo y sangre.

[“Reposo Compartido”] Ubicación: Camarote de Leonel – Noche, en alta mar Esa noche, el viento era suave y el barco se mecía tranquilamente bajo un cielo estrellado.

Pero la calma del mar no lograba borrar las imágenes que habían presenciado en tierra firme.

Nero fue la primera en buscarlo.

Entró sin pedir permiso, como era su costumbre, aunque su expresión era distinta.

Menos vanidad, más vulnerabilidad.

—Ese lugar…

era un reflejo de lo que los hombres pueden ser en su forma más baja.

—dijo, mientras dejaba caer la armadura ligera que llevaba encima.

Tamamo apareció poco después, en silencio.

Se deslizó como una sombra suave, abrazando por la espalda a Leonel sin decir una palabra.

Él no preguntó nada, simplemente los envolvió a ambas con sus brazos.

No había necesidad de palabras.

Las heridas del alma no siempre se curan con espadas o hechizos.

A veces, solo el calor de otro cuerpo, la cercanía, el suspiro compartido, podían traer consuelo.

Nero descansó su cabeza sobre su pecho, buscando seguridad.

Tamamo jugaba con los dedos de Leonel, enredándolos con los suyos, buscando calma.

No hubo deseo desmedido, ni pasión salvaje esa noche.

Solo ternura, contención y compañía.

Y así, los tres durmieron juntos, compartiendo el calor de un camarote donde, por unas horas, el mundo exterior no podía alcanzarlos.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo