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Fate/Grand Persona - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capitulo 30 Paz en Chaldea
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31: Capitulo 30: Paz en Chaldea 31: Capitulo 30: Paz en Chaldea El comedor de Chaldea estaba particularmente animado esa mañana.

Los trabajadores y algunos Servants desayunaban, hablaban de la última singularidad reparada y felicitaban al “Maestro del milagro”, como algunos empezaban a llamar a Leonel…

aunque él no estaba disfrutando precisamente de un momento tranquilo.

—Aaaah~ di “ahh”, Leonel-sama~ —canturreó Tamamo, sosteniendo un bocado cuidadosamente equilibrado con palillos.

—No, no, no.

Es turno de Nero Claudius, emperatriz de las rosas.

Aquí, mi dulce amor, una uva perfecta alimentada con pasión imperial —Nero levantó con elegancia una fruta.

—Ya basta ustedes dos.

Leonel-sama necesita comida real, no dulces ni frutas.

Aquí está tu arroz con salmón…

directo de mis manos, mi amor —Kiyohime murmuró dulcemente mientras levantaba una cucharada desde su plato.

Leonel, atrapado entre las tres, ya sin escapatoria, solo suspiró y abrió la boca.

—…que sea lo que el destino quiera…

—pensó resignado mientras recibía los mimos y atenciones simultáneas.

Las tres chicas competían descaradamente entre ellas, cada una alternando entre darle comida, acariciarle el cabello, e incluso limpiarle los labios con sus propios pañuelos (o en el caso de Tamamo, con la manga de su kimono mientras se ruborizaba con descaro).

El ambiente era cálido y algo escandaloso, pero lo que los tres compartían era sin duda sincero.

Sin embargo, no todos estaban disfrutando la escena.

A unas mesas de distancia, Mash apenas tocaba su desayuno, con el tenedor haciendo círculos sobre una salchicha en forma de pulpo.

—Leonel-san…

parece tan feliz con ellas…

—pensó, su expresión apagada y su corazón latiendo más fuerte de lo normal.

No podía evitarlo.

A pesar de saber que Tamamo, Nero y Kiyohime eran insistentes y directas en su afecto por él…

ella también lo quería cerca.

También quería darle un abrazo, decirle que estaba feliz de que regresara con vida…

pero no se atrevía.

—¿Mash?

¿Estás bien?

—preguntó Jeanne, sentada justo enfrente, con el tenedor en el aire.

Mash la miró, sonrió débilmente y asintió.

—Sí…

solo estoy distraída.

Pero Jeanne no era tonta.

Ella también estaba extrañamente distraída.

Cada que miraba a Leonel reír tímidamente mientras las tres lo rodeaban como si fueran esposas recién casadas, algo le pinchaba el pecho.

—¿Estoy…

celosa?

¿Yo?

—pensó, bajando la mirada.

—¿Pero por qué?

Apenas lo conozco…

aunque…

aunque siento que su forma de pelear, su voz, su preocupación por los demás…

me hacen querer…

acercarme más a él…

Al otro extremo de la mesa, Artoria comía en silencio.

Aparentemente tranquila.

Pero sus mejillas estaban ligeramente rojas y sus ojos…

no miraban hacia el trío escandaloso.

Evitaban activamente mirar.

—¿Por qué mi pecho se siente así…?

¿Por qué me molesta que le sonrían de esa manera?

—reflexionó mientras daba otro bocado, más fuerte de lo necesario.

La paz posterior a la guerra solo trajo nuevas batallas.

Las del corazón.

El simulador de Chaldea era una maravilla tecnológica, capaz de recrear casi cualquier ambiente imaginable…

y esa noche, Leonel lo utilizó con un solo objetivo: hacer feliz a Nero Claudius.

Con ayuda de Emiya, quien accedió a regañadientes pero con cierto brillo divertido en los ojos, Leonel había recreado un restaurante romano de alta gama, completo con columnas de mármol, candelabros mágicos, música de laúd y mesas decoradas con pétalos de rosa.

Nero, al entrar al simulador, quedó sin aliento.

—Ohoho~ ¡Leonel, mi dulce amante!

¿Acaso esto es…

un homenaje a mi gloriosa Roma?

—sus ojos brillaban con genuina emoción, sus mejillas ligeramente sonrojadas.

Leonel, nervioso pero sonriendo con confianza, le ofreció su mano.

—Para la emperatriz más radiante, solo lo mejor.

Esta noche, estás conmigo…

y solo conmigo.

Nero aceptó la mano con gracia teatral, aunque su rubor la traicionó.

Caminaban entre las mesas vacías, todo había sido preparado para ser solo para ellos.

Durante la cena, entre platos preparados por el propio Emiya con asistencia automática, ambos intercambiaban risas, miradas profundas y caricias sutiles.

Nero hablaba de sus sueños, de cómo imaginaba reconstruir su propio teatro de arte…

y Leonel simplemente la escuchaba, fascinado.

En un momento, Nero se levantó y se acercó a él.

—Mi corazón…

¿puedo tener el honor de un baile?

La música suave que llenaba el restaurante fue el acompañamiento perfecto.

Leonel tomó su cintura, ella apoyó la mano en su hombro, y por minutos eternos, simplemente se dejaron llevar.

Al final del baile, con las luces tenues del simulador imitando una noche estrellada, Nero lo tomó por sorpresa: lo besó.

Un beso dulce, lleno de fuego y pasión, pero también de gratitud y amor sincero.

—Grazie, amore mio…

—susurró en su oído—.

Esta noche, me hiciste sentir como la emperatriz que merezco ser.

Leonel solo pudo sonreír, acariciando su mejilla con ternura.

—Y yo…

me siento afortunado de tener a alguien como tú.

La cita terminó al borde de la medianoche.

Nero, aún abrazada a su brazo, se fue a su habitación con una sonrisa radiante.

Antes de irse, le dejó otro beso corto…

como si no quisiera separarse nunca.

A la mañana siguiente, Leonel aún procesaba la intensidad y dulzura de su noche con Nero…

cuando recibió un mensaje inesperado: “Mi amado Leonel, estoy lista para nuestra cita.

Estaré esperándote.

– Kiyohime 💖🔥” Leonel tragó saliva.

—Oh no…

mi siguiente jefe de fase.

Sabía que con Kiyohime no podía improvisar.

Su pasión era tan intensa como impredecible.

Así que antes de verla, fue directo a buscar consejo…

con una mezcla de miedo y esperanza.

Primero intentó hablar con Da Vinci…

quien se limitó a darle una palmada en el hombro y decirle: —Sobrevive.

Y si puedes…

hazla feliz.

Pero sobrevive.

Después, fue con Mash, quien aunque algo celosa, accedió a ayudarlo a programar un día lleno de detalles que harían feliz a alguien como Kiyohime: un paseo por un templo japonés tradicional recreado en el simulador, seguido por una visita a un estanque de carpas y un picnic íntimo con dulces típicos que ella adoraba.

Leonel solo suspiró, mirando la programación del día con resignación.

—Bien…

hora de prepararme.

¿Quién necesita adrenalina cuando tienes una cita con una yandere que te ama demasiado?

Leonel suspiró profundamente mientras el simulador se ajustaba al ambiente que había preparado con tanto cuidado: un paisaje fiel del Japón antiguo, con templos, caminos empedrados, cerezos en flor y una brisa que transportaba el suave aroma del incienso y la madera.

Cuando Kiyohime apareció en el portal del simulador, vestida con un kimono tradicional blanco con bordes rojizos, Leonel no pudo evitar quedar sin palabras.

Su cabello suelto caía como una cascada oscura, sus ojos brillaban con una mezcla de emoción, deseo…

y esa intensidad característica que tanto lo hacía sudar.

—Leonel-sama~ —canturreó Kiyohime, con una sonrisa entre dulce y peligrosa—.

¿Todo esto…

para mí?

Leonel le ofreció su brazo, sonriendo con calidez.

—Solo lo mejor para la dama que me ama con tanta fuerza…

y fuego.

Kiyohime rió entre dientes, encantada, y se aferró a su brazo como si no quisiera soltarlo jamás.

Durante la cita, Leonel la llevó por jardines adornados con faroles de papel, bosques de bambú, y por senderos silenciosos que serpenteaban entre templos antiguos.

Se detuvieron en un pequeño puente sobre un estanque con carpas koi, donde Leonel le ofreció dulces tradicionales que ella devoró con una sonrisa feliz.

En cada rincón, Leonel no escatimó en demostraciones de afecto: acariciaba su cabello, le susurraba palabras bonitas al oído, le daba besos suaves en la mejilla y en la frente, incluso le arreglaba el obi del kimono con cuidado, cosa que hizo sonrojarse hasta las orejas.

Kiyohime, por su parte, era más directa.

Lo abrazaba por detrás, se le quedaba viendo con ojos brillantes, y cada vez que él le besaba la frente, ella se impulsaba para robarle un beso en los labios, más largo y profundo que el anterior.

—Mi amor…

—murmuraba mientras rozaba su rostro contra el cuello de Leonel—.

¿Sabes cuánto me contuve anoche…?

—Lo sé, lo sé —respondía Leonel con una sonrisa algo nerviosa pero llena de cariño—.

Por eso quiero darte un día que jamás olvides.

Ella solo respondió con un suspiro satisfecho y un abrazo largo, como si quisiera fundirse con él.

La cita duró todo el día.

Participaron en una ceremonia del té, dejaron deseos escritos en tablillas de madera en un santuario, y terminaron la noche caminando bajo los cerezos iluminados por faroles flotantes.

Kiyohime se detuvo, mirándolo fijamente bajo la luz suave.

—Leonel-sama…

¿puedo hacerte una sola petición?

—Claro.

Lo que quieras.

—Cuando llegue el día…

quiero que la primera vez que estemos juntos…

sea en un lugar como este.

Con flores cayendo, con mi corazón latiendo fuerte…

y con tus besos como fuego.

Leonel no respondió con palabras.

La besó, profundo y con ternura, abrazándola con fuerza mientras los pétalos rosados giraban a su alrededor.

El reloj marcaba la medianoche cuando regresaron al portal del simulador.

Kiyohime le dio un último beso, con el mismo deseo ardiente de siempre, pero también con amor sincero.

—Te amo, Leonel-sama.

Y esperaré el día que me hagas tuya.

Pero hasta entonces…

seguiré haciendo que te enamores de mí más y más.

Leonel le acarició la mejilla con suavidad, asintiendo.

—Lo estás logrando…

créeme.

Y así, Kiyohime desapareció por el portal, dejando una estela de perfume floral y fuego detrás de sí.

Leonel se quedó unos segundos solo, exhalando profundamente.

—Dos citas, dos días…

ahora solo me falta Tamamo…

y probablemente que me revisen el corazón.

Leonel miró el simulador mientras terminaba de programar el entorno: una casa moderna de estilo japonés, amplia, cálida y acogedora.

La cocina abierta, el salón con tatami y una pequeña terraza con jardín eran el escenario ideal para lo que Tamamo había deseado con todo su corazón.

Apenas activó el entorno, Tamamo apareció mágicamente con su típica energía, vistiendo un delantal rosado sobre una blusa blanca y falda corta, y con una sonrisa tan grande como su emoción.

—¡Bienvenido a casa, esposo mío~!

¿Cómo estuvo el trabajo en Chaldea?

¿Muchos demonios hoy?

Leonel no pudo evitar reírse y seguirle el juego, entrando y abrazándola por la cintura.

—Agotador, como siempre…

pero volver contigo lo compensa todo.

Tamamo se sonrojó de inmediato, sus orejas temblaron de felicidad, y se le lanzó al cuello con un beso sorpresivo, largo, profundo y dulce, como si realmente lo hubiera esperado todo el día.

—¡Te extrañé mucho, esposo mío!

Hoy te consentiré como el rey que eres~.

La cita fue una fantasía doméstica perfecta.

Cocinaron juntos, aunque Tamamo insistía en que Leonel solo debía mirar y comer.

Aun así, él logró convencerla de preparar una receta de ramen en pareja.

Entre bromas, harina en la nariz y roces de manos, los besos espontáneos se hicieron costumbre cada vez que pasaban cerca.

Después comieron en el piso, sobre cojines, tomados de la mano mientras veían una simulación de televisión tradicional japonesa, haciendo comentarios como si fueran una pareja de recién casados.

Tamamo se acurrucó en su regazo.

—Leonel-sama…

¿sabes?

Esto…

esto es todo lo que siempre quise.

Solo esto.

Un esposo al que amar, una casa donde vivir…

y besos sin fin.

Leonel la abrazó con fuerza.

—Tienes todo mi amor, Tamamo.

Eres importante para mí…

y cada día lo eres más.

—¡KYAAAH~!

¡Esposoooooo~!

—gritó mientras se tiraba encima de él con emoción—.

¡Te amo, te amo, te amo!

Ya en la noche, cerca de la medianoche, ambos estaban en pijamas simulados, recostados en un futón compartido, aún abrazados.

Tamamo no dejaba de acariciarle el cabello a Leonel mientras él le correspondía con pequeñas caricias en la espalda.

—Leonel-sama…

¿puedo pedirte un último deseo para terminar este día perfecto?

—Lo que quieras.

Tamamo se alzó, se sentó sobre él a horcajadas, y con una mirada intensa y amorosa dijo: —Quiero que me beses…

como si no hubiera mañana.

Él no dijo nada, solo tomó su rostro con ambas manos…

y la besó.

Un beso apasionado, profundo, lento y lleno de sentimientos, donde ambos sintieron que los latidos se sincronizaban.

Al separarse, Tamamo apoyó su frente contra la de él.

—…Gracias por darme este día.

Nunca lo olvidaré.

Leonel le acarició una oreja con dulzura.

—Ni yo, Tamamo.

Ni yo.

Minutos después, al cruzar el portal del simulador, Tamamo aún se veía algo agitada, pero con una sonrisa tonta de completa felicidad.

Le lanzó un beso desde la distancia.

—¡Duerme bien, esposo mío!

¡Y prepárate porque te amaré más mañana que hoy~!

Leonel suspiró con una sonrisa.

—¿Cómo supero esto mañana?

…Oh, cierto, toca invocaciones.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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