Fate/Grand Persona - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Capitulo 31 Invocación caótica
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32: Capitulo 31: Invocación caótica 32: Capitulo 31: Invocación caótica La sala de invocación de Chaldea estaba más animada que nunca.
Leonel respiraba hondo frente al círculo mágico, listo para invocar más apoyo para futuras singularidades.
A su alrededor, todos los Servants que había invocado hasta ahora estaban reunidos.
Había risas, cuchicheos… y miradas intensas.
Justo cuando estaba por iniciar el proceso, Tamamo, Nero y Kiyohime se le acercaron con miradas coquetas.
—¡Para que tu magia funcione aún mejor, esposo mío!
—dijo Tamamo, y le dio un beso en los labios.
—¡No dejaré que solo ella te dé suerte, ufufufu~!
—añadió Nero, besándolo con pasión.
—Mi amor… no olvides a tu prometida más fiel~ —susurró Kiyohime antes de plantarle un beso profundo.
La sala entera se quedó en silencio, hasta que se escucharon tres suspiros diferentes.
Mash los miraba desde el fondo con un enorme sonrojo y celos contenidos.
Jeanne frunció el ceño, cruzada de brazos, mientras murmuraba algo como “¡no estoy celosa!”.
Artoria, por su parte, se giró con la cara completamente roja, murmurando que no entendía por qué su pecho dolía.
Desde el puesto de control, Olga Marie solo suspiró, mientras Romani reía discretamente y Da Vinci comentaba con emoción: —Este chico sí que sabe hacer una invocación con estilo.
— La invocación comenzó.
El círculo mágico brilló con intensidad.
Dos figuras femeninas emergieron entre la niebla arcana, lentamente materializándose ante todos los presentes.
La primera figura se adelantó con paso seguro.
—Clase: Rider.
Francis Drake, al servicio de Chaldea… o eso creía —murmuró, hasta que sus ojos se fijaron en Leonel.
Sus pupilas se abrieron como platos.
Un destello cruzó su mirada.
Los recuerdos de la aventura en el mar regresaron a ella con fuerza brutal.
—¡TÚ!
—gritó con una sonrisa salvaje.
Sin darle tiempo a reaccionar, Drake corrió hacia Leonel, lo sujetó del cuello de la camisa y lo besó en la boca con toda la pasión de una pirata hambrienta de tesoro.
—¡¿Pensaste que podrías encenderme en esa isla y luego largarte sin pagar, eh?!
¡Pues no, cielo!
¡Ahora estoy en Chaldea, y pienso reclamar mi botín como es debido!
Leonel, rojo como un tomate, solo pudo balbucear mientras el resto del harem lo fulminaba con la mirada.
Nero apretaba su espada, Tamamo temblaba de celos, y Kiyohime… simplemente ardía en fuego espiritual.
—Otra rival…
formidable…
—murmuró Mash mientras giraba el rostro.
— La segunda figura apareció en silencio, con el aura oscura y gélida que solo un Avenger podía tener.
—Soy Jeanne d’Arc Alter.
Clase: Avenger.
No tengo intenciones de agradarles ni de socializar.
Me invocaron, eso es todo.
Su mirada se clavó en Jeanne, la versión Ruler que se mantenía en silencio, observándola con una mezcla de asombro y alegría.
—Tú —dijo Jeanne Alter con desdén—.
Solo verte me enferma.
—¡Hermanaaa!
—gritó Jeanne con emoción, corriendo hacia ella con los brazos abiertos.
—¡¿Qué dijiste?!
—reaccionó Alter con horror.
—Claro que sí.
Eres yo, ¿no?
Así que eso nos hace hermanas~.
¡Vamos a compartir ropa, secretos, y tal vez incluso algún día… a Leonel!
—¡¿QUÉ?!
¡Estás loca!
¡Apártate de mí!
Pero Jeanne ya la tenía del brazo y la arrastraba fuera de la sala.
—¡Nos vamos a conocernos mejor!
¡Hora de ser hermanas inseparables!
—¡NOOOOOOOO!
¡ME ESTÁS AVERGONZANDO FRENTE A TODOS!
Leonel solo se rascó la cabeza, procesando que ahora tenía no una, sino dos Jeannes… y una pirata besucona que acababa de unirse al caos de su vida sentimental.
Tamamo se le acercó y le susurró con una sonrisa peligrosa: —Mi amor… ¿te estás coleccionando novias sin decirnos~?
Leonel tragó saliva.
—…Yo solo quiero salvar la humanidad… ¿es mucho pedir?
Drake se acercó por detrás, lo rodeó con un brazo, y le guiñó un ojo.
—Y yo solo quiero quedarme con mi tesoro~.
Unas horas después de la invocación, el sol ya comenzaba a inclinarse hacia el horizonte, tiñendo los pasillos de Chaldea con un tono cálido.
Como era costumbre, Leonel se ofrecía como guía para los nuevos Servants.
—Muy bien, este es el gimnasio.
Más adelante está la sala de entrenamiento.
Y allá, la biblioteca —explicaba Leonel con su habitual sonrisa.
A su lado, Francis Drake caminaba con paso confiado, sus botas resonando contra el suelo, pero lo que más resaltaba… eran sus pechos, que rozaban descaradamente el brazo de Leonel a cada paso.
—Vaya, Chaldea es un lugar más grande de lo que esperaba.
Aunque no tan impresionante como tú, cariño~ —susurró con una sonrisa traviesa, pegándose más.
Leonel tragó saliva mientras intentaba mantener el profesionalismo.
Detrás de ellos, tres presencias imponentes caminaban sincronizadas: Nero, Tamamo y Kiyohime, observando el tour como si fuera una operación táctica de máximo riesgo.
—Esa pirata atrevida… —murmuró Tamamo con los ojos entrecerrados.
—No dejaré que me la gane por descarada —gruñó Nero, con su espada en mano, por si acaso.
—Si le quita algo a mi amado… arderá en el infierno conmigo —musitó Kiyohime con una sonrisa demasiado dulce.
— El tour finalizó frente a la cafetería, donde Leonel hizo su última explicación.
—Y bueno, si alguna vez necesitas alcohol, puedes pedírselo a Emiya aquí en la cafetería.
Él lo aprueba si no hay misión cerca.
Drake se detuvo, le dedicó una sonrisa salvaje, y antes de que pudiera reaccionar… lo besó profundamente en los labios, con una mezcla de intensidad y deseo que hizo que Leonel retrocediera medio paso por puro instinto.
—Gracias por la información, cielo~.
Me encantaría invitarte una copa pronto —susurró con picardía.
Pero ese fue el detonante.
—¡¡¡ES SUFICIENTE!!!
—gritó Tamamo, corriendo hacia ellos como un torbellino.
—¡Desvergonzada!
¡Eso fue una emboscada!
—añadió Nero con fuego en los ojos.
—Mi amado…
no…
—fue lo único que murmuró Kiyohime antes de aparecer justo detrás de Drake con su típica sonrisa inquietante.
Drake levantó las manos en señal de rendición, pero con una sonrisa más traviesa que culpable.
—Tranquilas, tranquilas.
Todo fue a propósito.
—¿¡Qué!?
—exclamaron las tres al unísono.
—Quería que vinieran.
Necesito hablar con ustedes —dijo Drake, recuperando su pose despreocupada—.
Sé que Leonel es especial.
Lo noté desde que lo conocí.
Así que… si voy a unirme a esta competencia por su corazón, quiero hacerlo con reglas claras.
Tamamo, Nero y Kiyohime se miraron entre sí con sorpresa.
Luego bajaron la guardia poco a poco.
—¿Quieres unirte… oficialmente?
—preguntó Tamamo con una ceja levantada.
—No esperaba que lo dijeras así —añadió Nero.
—Pero si es por mi amado, acepto que haya más…
aunque morirás si lo haces llorar —declaró Kiyohime con voz cantarina.
Drake cruzó los brazos y sonrió con una confianza desbordante.
—Trato justo.
No pienso perder, pero jugaré limpio.
Bueno… lo más limpio que una pirata puede.
Las tres chicas suspiraron y asintieron.
Se entendía que, aunque fueran rivales amorosas, compartían un mismo objetivo: hacer feliz a Leonel.
Desde lejos, Leonel los miraba con nerviosismo, todavía recuperándose del beso y de la tensión.
—¿Esto es lo que se siente estar en medio de una tregua entre reinas del drama…?
—Más o menos, chico —le dijo Emiya, sirviendo un té con un suspiro resignado—.
Bienvenido al club.
Ubicación: Chaldea – Jardín interior —¡Por aquí, por aquí!~ ¡Te mostraré mi lugar favorito para rezar!
—exclamó Jeanne con una sonrisa luminosa, tirando del brazo de Jeanne Alter, quien iba arrastrada a la fuerza con una cara de puro fastidio.
—¡¿Por qué demonios me estás jalando como si fuéramos hermanitas?!
¡Déjame!
¡TÚ NO ERES MI YO!
—gritó Jeanne Alter, forcejeando inútilmente.
—¡Claro que sí lo soy!
Solo que tú eres una versión un poquito más… malcriada —respondió Jeanne, como si nada.
Su fuerza física era sorprendente; no importaba cuánto se resistiera la Avenger, no podía soltarse.
—¡MALCRIADA?!
¡TE VOY A—!
—¡Aquí estamos!~ —dijo Jeanne, ignorándola, mientras llegaban a una pequeña zona ajardinada con una banca.
Jeanne se sentó, jalando a Jeanne Alter junto a ella sin esfuerzo.
Jeanne Alter se cruzó de brazos con el ceño fruncido.
—Genial.
¿Ahora vas a rezar por mí?
¿Lavarme el alma o algo así?
—bufó con sarcasmo.
—¡No!
Bueno, eso también… pero primero quería pasar tiempo contigo.
¿Sabes?
Me siento un poco sola a veces.
Y tú eres parte de mí.
Eres mi hermana, Alter —dijo con dulzura sincera.
Jeanne Alter parpadeó, confundida por unos segundos, y luego frunció el ceño de nuevo.
—Hermana dice… ¡Bah!
Esto es ridículo.
No somos iguales.
Yo fui creada por odio, tú por amor.
No tenemos nada en común, santa lunática.
—Claro que sí.
Por ejemplo, ¡ambas fuimos invocadas por Leonel!
—dijo Jeanne, sonriendo como si hubiese dicho algo increíble.
Jeanne Alter se quedó en silencio por un segundo.
—¿El humano?
¿Ese con la sonrisa amable y ojos que parecen leer tu alma?
—preguntó con una ceja alzada.
—¡Sí!
¡Ese mismo!
—dijo Jeanne, llevando las manos al pecho—.
Es tan valiente… siempre se esfuerza por todos, incluso cuando no tiene por qué.
Nunca me había sentido tan inspirada por alguien.
No… no así.
Jeanne Alter la observó detenidamente.
Esa expresión… esa calidez en la voz… ¿Estaba enamorada?
—Hoh… ¿Qué es esta dulzura que percibo?
Qué interesante… —susurró para sí.
Jeanne notó su mirada.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada —dijo Jeanne Alter con una sonrisa muy poco confiable—.
Solo estoy… reflexionando.
Vaya, hablar así de un humano.
Te está afectando más de lo que crees, “santa hermanita.” Jeanne bajó la mirada, ruborizada, sin negarlo.
Jeanne Alter entonces sonrió con malicia, su cola invisible de travesura agitando en el aire.
—Muy bien, Jeanne D’Arc.
Escucha esto… si tanto te gusta ese Leonel, entonces… lo haré mío.
Jeanne la miró, sorprendida.
—¿Eh?
—Y cuando lo sea, vendré a restregártelo en la cara todos los días.
Me pasearé por Chaldea de su brazo.
Dormiremos abrazados.
Me besará frente a ti.
Y te veré romperte por dentro poquito a poquito.
¡Kukuku!~ ¡Ya puedo imaginarlo!
¡La santa corrompida por celos!
¡Delicioso!
—declaró, levantando los brazos triunfalmente como si estuviera en una ópera.
Jeanne solo suspiró.
—Alter… si llegas a enamorarte de verdad, lo entenderás.
El amor no es una competencia.
—¡Oh, por favor!
Para mí todo es una competencia.
¡Y piensa esto, “hermana”…!
Si lo conquisto antes que tú, será mío.
Jeanne se quedó en silencio.
Por primera vez, no tenía una respuesta inmediata.
Sus mejillas estaban ligeramente rojas, su expresión incierta.
Jeanne Alter se levantó con una risa juguetona y se fue caminando, dejando una advertencia: —Prepárate, Jeanne.
Porque si ese hombre vale la pena… entonces jugaré para ganar.
Ubicación: Simulador – Modo nocturno personalizado El cielo digital del simulador mostraba un firmamento estrellado, tan real que las luces de las estrellas parecían parpadear con un leve resplandor.
En lo alto, la luna llena brillaba con una intensidad melancólica, derramando una luz plateada sobre el entorno programado.
Leonel estaba sentado solo, en una colina simulada cubierta de césped suave, mirando hacia el firmamento como si buscara respuestas entre los astros.
Sus manos descansaban sobre sus piernas, entrelazadas, y su expresión era seria… preocupada.
—“Fuyuki… Francia… Roma… y ahora Okeanos…” —pensó, repasando mentalmente las singularidades por las que había pasado.
Recordaba lo que sabía del juego.
Eventos, enemigos, aliados, decisiones.
Todo parecía tener un orden definido, algo que pensó le daría ventaja.
Pero en cada paso, las diferencias se habían hecho más evidentes.
Jeanne Alter no fue exactamente como la recordaba.
Los enemigos no estaban del todo donde debían estar.
Nuevas amenazas.
Nuevas alianzas.
La historia ya no era lineal.
—“Entonces… ¿todo lo que sé del juego ya no importa?” —se preguntó con pesar.
Sentía que una de sus armas más importantes —su conocimiento previo— había sido arrebatada sin previo aviso.
Lo que dejó en su lugar, fue incertidumbre.
Un suspiro escapó de sus labios.
En la soledad, por fin mostraba la carga en su mirada.
Fue entonces que su Persona, Tezcatlipoca, emergió a su lado.
Una figura imponente y mística, con su eterno rostro dual: mitad sabiduría, mitad juicio.
—“¿Dudas, mi invocador?” —preguntó Tezcatlipoca, su voz profunda resonando como un eco en el corazón de la noche.
Leonel no respondió de inmediato.
—Sí… solo un poco.
Pensé que saber el camino me daría ventaja.
Pero las reglas están cambiando.
Las singularidades ya no son las del juego.
Si todo es diferente… ¿cómo puedo protegerlos?
¿Y si cometo un error que les cueste la vida?
Tezcatlipoca observó el cielo junto a él por un momento, y luego habló con voz firme pero serena.
—“El conocimiento es un arma poderosa, pero el valor verdadero se forja cuando te enfrentas a lo desconocido sin garantías.
No eres un jugador ahora… eres el líder de esta era.
De estos corazones que te siguen.” Leonel desvió la mirada hacia la luna.
—“¿Y si fallo…?” —“Entonces, te levantarás.
Porque no estás solo.
Tienes aliados que te aman, te respetan y creen en ti… incluso más que tú mismo, a veces.
Confía en ellos.
Confía en ti.
La Grand Order no será una copia del juego.
Será tu historia, escrita con tus decisiones.” Leonel se quedó en silencio por unos segundos.
Luego, con una pequeña sonrisa melancólica, asintió.
—Tienes razón.
No soy el mismo que empezó esto… y no necesito ser perfecto.
Solo… necesito seguir adelante.
Con ellos.
Miró su mano cerrada, la apretó con fuerza.
El brillo de la luna iluminó sus ojos decididos.
—Voy a protegerlos.
A todos.
Y voy a restaurar el orden humano, pase lo que pase.
Tezcatlipoca asintió lentamente, complacido.
—“Entonces has dado el siguiente paso, invocador.
Y yo, como tus máscaras, estaré contigo… hasta el final.” El viento digital sopló con suavidad, agitando el césped simulado.
Y bajo la luna eterna de aquella noche falsa pero hermosa, Leonel reafirmó su determinación.
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