Fate/Grand Persona - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capitulo 36 Emboscada
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37: Capitulo 36: Emboscada 37: Capitulo 36: Emboscada La ciudad de Londres parecía haberse convertido en un laberinto interminable.
Las calles retorcidas, engullidas por la niebla, no mostraban más que sombras deformes y destellos de maquinaria enemiga.
Aquellas creaciones mágicas, amalgamas de hierro y piedra animadas por núcleos brillantes de mana, surgían de cada esquina como enjambres inagotables.
Leonel corría junto a sus Servants, la respiración pesada, mientras el humo y las chispas metálicas salpicaban alrededor.
—¡Tezcatlipoca!
—exclamó, levantando su voz sobre el estruendo de acero contra acero.
La figura oscura del dios jaguar se manifestaba a su lado, su máscara de obsidiana reflejando la luz de los núcleos enemigos.
Un murmullo profundo resonaba en la mente de Leonel.
—Son títeres sin alma.
Apunta siempre al núcleo.
No pierdas tiempo con la carcasa.
Leonel transmitió las órdenes de inmediato.
—¡Núcleos!
¡Concéntrense en los núcleos!
Jeanne Alter, como una llamarada negra, blandía su estandarte en arcos devastadores que reventaban la maquinaria con explosiones de fuego oscuro.
Drake disparaba desde atrás, con su pistola chisporroteando balas imbuidas en mana, perforando las corazas enemigas como si fueran papel.
Kiyohime se movía en espirales veloces, arrasando con garras y llamas abrasadoras.
Mash mantenía el escudo al frente, cubriendo a Leonel cada vez que una de aquellas abominaciones intentaba embestir.
El tiempo se volvió difuso.
Cada paso hacia el centro de concentración mágica era ganado con sangre, sudor y ruido metálico.
No había descanso: cuando un grupo de máquinas caía, otras surgían de la niebla, como si la ciudad entera respirara hostilidad.
Después de horas de lucha y desgaste, finalmente una plaza amplia se abrió ante ellos.
Allí, en el centro, una corriente de mana burbujeaba desde las baldosas resquebrajadas, como un manantial etéreo que alimentaba a los enemigos.
La niebla era tan densa que apenas podían verse entre ellos, y sin embargo, la sensación de haber llegado a un punto crucial era innegable.
—Lo logramos…
—murmuró Leonel, agotado, apoyándose un instante en Mash.
Fue entonces cuando un aplauso resonó en la penumbra.
Un eco claro, teatral, que heló a todos.
—Oh, oh, oh…
¿acaso la tragedia no necesita un intermedio para respirar?
—una voz cargada de dramatismo se elevó desde las sombras.
De la bruma emergió un hombre de cabello rizado, con un aire altivo y teatral.
Portaba un libro abierto en una mano, y con la otra hacía gestos grandilocuentes.
—William Shakespeare…
—susurró Drake, ladeando los labios en disgusto.
Al lado opuesto, otra figura apareció: un hombre menudo, de semblante frágil y expresión melancólica.
Sus ojos reflejaban tanto dulzura como tormento.
Llevaba un cuaderno en la mano y un aura azulada lo envolvía.
—Hans Christian Andersen…
—añadió Mash, ajustando su escudo.
Leonel dio un paso al frente, sintiendo cómo Tezcatlipoca vibraba con desconfianza.
—Dos Casters a la vez…
pero no por voluntad propia.
La prueba vino en el siguiente instante: ambos escritores levantaron sus libros y comenzaron a recitar, pero sus voces eran apagadas, sus gestos rígidos, como marionetas.
De la bruma se deslizó entonces una sombra encorvada, con una máscara blanca grotesca y un aire enfermizo de obsesión.
—El Fantasma de la Ópera…
—murmuró Jeanne Alter, los ojos ardiendo de furia—.
Un Assassin.
Leonel lo entendió todo: —Los está controlando.
No son ellos mismos.
Si queremos liberarlos, no podemos matarlos.
La orden era clara, pero difícil: enfrentarse a dos Casters sin matarlos, mientras el verdadero titiritero se ocultaba entre la niebla.
Shakespeare alzó la voz primero, su libro brillando con luz roja.
—¡Oh tragedia inevitable, que los héroes sean aplastados por el peso del destino!
¡Que las palabras se conviertan en lanzas que desgarran la carne!
Un enjambre de lanzas mágicas llovió sobre el grupo, obligando a Mash a alzar su escudo con todas sus fuerzas.
La explosión sacudió el suelo.
Acto seguido, Andersen levantó su cuaderno, sus palabras más suaves, pero igual de letales: —Que la historia se escriba con tinta de sufrimiento.
Que sus pasos se tornen pesados como plomo…
Una aura oscura se extendió por el campo, drenando energía, debilitando la moral y los reflejos.
Incluso Jeanne Alter gruñó al sentir su fuerza reducida.
Leonel se plantó en medio de todos, su voz clara entre el caos.
—¡No los dañen de muerte!
Solo incapaciten.
Jeanne Alter, detén los ataques frontales de Shakespeare.
Mash, mantén la defensa y protege a Drake.
Kiyohime, busca el Assassin en la niebla.
¡Drake, concéntrate en disparar a las manos de Andersen, no a su cuerpo!
Las órdenes prendieron fuego en el grupo.
Jeanne Alter cargó contra las proyecciones de Shakespeare, desgarrándolas con su estandarte.
Cada choque era como un duelo entre un fuego oscuro y el teatro de la tragedia.
Drake disparaba con precisión quirúrgica, rompiendo páginas de luz que Andersen invocaba, mientras Mash se mantenía firme, bloqueando proyectiles y desviando hechizos.
Kiyohime, con un rugido, desapareció entre la niebla, sus ojos brillando.
La sombra del Fantasma se movía, lanzando hilos de control sobre los dos escritores.
Leonel, con Tezcatlipoca a su lado, no descansaba.
Su Persona le transmitía los patrones de control, las vibraciones mágicas que salían del Assassin.
—¡Allí, a la izquierda!
—gritó, y Kiyohime lanzó un torrente de llamas hacia la dirección indicada.
Un grito agudo, disonante, atravesó la plaza: el Fantasma había sido alcanzado parcialmente, pero seguía con vida, más furioso que antes.
—¡Bravo!
¡Bravo!
—rió Shakespeare con voz hueca, recitando un soneto sangriento mientras la niebla se agitaba más fuerte.
El combate se había vuelto un teatro de locura: plumas, fuego, acero y palabras entrechocando.
Leonel sabía que no podían rendirse.
Liberar a los escritores y derrotar al Assassin sería la única manera de romper ese círculo interminable de hostilidad.
Y mientras la batalla ardía en medio de la plaza, la niebla se cerraba aún más, como si Londres mismo quisiera tragarse sus gritos.
La plaza se convirtió en un escenario caótico.
La niebla espesa hacía imposible ver más allá de unos pocos metros, y cada sombra parecía esconder un enemigo.
Jeanne Alter avanzaba con furia, el estandarte ondeando como una llamarada oscura.
Su ofensiva era un vendaval: ráfagas de fuego negro y golpes implacables que forzaban a Shakespeare a mantener sus proyecciones de tragedias activas para defenderse.
Cada choque sacudía el suelo como si dos tormentas se enfrentaran.
A la distancia, Drake disparaba con precisión desde los flancos.
Sus pistolas resonaban una tras otra, lanzando balas imbuidas en mana que atravesaban páginas mágicas y destellos brillantes de Andersen.
La capitana pirata no se contenía: sus disparos eran ráfagas de artillería que iluminaban momentáneamente la niebla.
Kiyohime, por su parte, se había hundido en el mar de sombras.
Sus ojos reptilianos resplandecían entre la bruma mientras cazaba al verdadero titiritero.
El Fantasma de la Ópera se deslizaba como un espectro, proyectando hilos de control hacia los dos escritores.
Cada vez que Kiyohime se acercaba, la figura se desvanecía con un eco de risa distorsionada.
Mientras tanto, Leonel se mantenía en el centro, con Mash firme a su lado y Tezcatlipoca proyectado tras ellos.
El dios jaguar miraba alrededor con desdén.
—La niebla…
es un manto diseñado para cegarnos.
Puedo sentir vibraciones, pero se difuminan.
Leonel apretó los dientes.
—Entonces tendremos que improvisar.
Un estruendo metálico interrumpió sus palabras.
El suelo vibró, y de entre la bruma apareció un titán de acero.
Era un constructo mecánico mucho más grande que las máquinas que habían enfrentado antes, con un núcleo de mana incrustado en el centro del pecho, brillando como un corazón en llamas.
Sus pasos eran truenos que resonaban en las baldosas de la plaza.
Mash adelantó el escudo con firmeza.
—¡Señor Leonel, cuidado!
Ese núcleo…
¡es el que estamos buscando!
Tezcatlipoca confirmó con un gruñido grave: —Sí.
Éste es el punto.
Si cae, el flujo de mana aquí se detendrá.
Leonel tragó saliva.
El problema era obvio: estaban separados.
Jeanne Alter, Drake y Kiyohime estaban ocupados luchando en la niebla, mientras él se encontraba con Mash frente al coloso mecánico.
—Genial…
justo lo que faltaba.
—Leonel respiró profundo y levantó la voz—.
¡Mash, contención total!
¡Yo dirigiré los movimientos!
El robot avanzó, levantando un brazo metálico que terminó en una cuchilla giratoria.
El viento cortante que generó obligó a Leonel a cubrirse el rostro.
Mash se plantó con el escudo firme, bloqueando el golpe con un estruendo ensordecedor que hizo retumbar la plaza.
—¡Ahora!
—ordenó Leonel—.
Tezcatlipoca, analiza las juntas, necesito puntos débiles.
El dios jaguar cerró los ojos, el aire vibrando a su alrededor.
—Sus piernas…
son pesadas, ancladas para patrullar una zona específica.
Si logras hacer que pierda equilibrio, se volverá lento y vulnerable.
Leonel asintió, transmitiendo las órdenes de inmediato.
—Mash, mantenlo ocupado al frente.
Yo buscaré una manera de guiarlo hacia las columnas.
El plan era arriesgado, pero tenían que hacerlo.
Mientras Mash absorbía los ataques del coloso, Leonel corrió hacia uno de los costados, gritando para llamar la atención de la máquina.
Los ojos del robot brillaron rojos y giró hacia él, lanzando un rayo de energía que casi lo derriba.
Mash saltó a tiempo, interponiendo el escudo y bloqueando la descarga.
Leonel se obligó a mantener la calma.
—Sigue mis movimientos, Mash.
Cuando te dé la señal, carga contra su pierna derecha.
El titán dio un paso más, y Leonel se colocó junto a una columna derruida de la plaza.
El robot levantó su brazo para arremeter contra él, pero en el último segundo, Leonel gritó: —¡Ahora!
Mash embistió con toda su fuerza el escudo contra la pierna derecha del coloso.
El golpe resonó como un cañonazo, y el monstruo metálico tambaleó, cayendo de rodillas contra la columna.
El impacto abrió una grieta en su armadura, exponiendo parte del núcleo.
—¡Ahí!
¡Disparen ahí!
—gritó Leonel al instante.
Drake, que había escuchado entre los disparos, giró rápidamente y disparó una ráfaga precisa hacia la grieta, dañando el núcleo y haciendo que el titán soltara un rugido mecánico.
Jeanne Alter, aunque seguía enfrentando a Shakespeare, lanzó un proyectil de llamas negras que terminó por calcinar parte del blindaje expuesto.
El robot se agitó violentamente, liberando una onda expansiva que derribó a Leonel al suelo.
Mash lo cubrió al instante, clavando el escudo en el suelo como un muro.
Leonel jadeaba, la adrenalina corriendo por sus venas.
—Podemos hacerlo…
solo un poco más.
Tezcatlipoca habló en su mente con un tono firme y grave: —Resiste, pequeño chamán.
Guía a tus guerreros y la caza será nuestra.
Mientras tanto, en la niebla, Kiyohime rugió al fin, lanzando una llamarada que obligó al Fantasma de la Ópera a salir parcialmente de las sombras.
Los hilos de control sobre Shakespeare y Andersen titilaron, debilitándose.
Leonel lo comprendió al instante: tenían que sincronizarlo todo.
Derrotar al robot, liberar a los escritores y acorralar al Assassin.
Todo al mismo tiempo, o Londres los devoraría.
La batalla en la plaza apenas comenzaba, y el destino de esa segunda clave pendía de un hilo.
El rugido metálico del coloso retumbaba como un trueno, reverberando en la plaza envuelta en niebla.
Sus pasos hacían temblar el suelo, cada uno acompañado por un chirrido de engranajes y un resplandor siniestro en su núcleo de mana.
Frente a él, Mash levantaba su escudo, el Lord Chaldeas, cuyos bordes brillaban con luz defensiva.
—¡Mash, mantente firme!
—gritó Leonel, los ojos recorriendo cada junta, cada engranaje, en busca de una debilidad.
Mash asintió, la determinación firme en su rostro.
—¡Entendido!
El primer choque fue brutal.
El coloso bajó su brazo-cuchilla con una velocidad sorprendente para su tamaño.
El golpe fue recibido por el escudo de Mash, y el estruendo que provocó casi partió los tímpanos de Leonel.
Chispas saltaron en todas direcciones, y Mash retrocedió varios metros, las botas arrastrándose contra el suelo para mantener el equilibrio.
Leonel entrecerró los ojos.
El escudo de Mash era invulnerable a muchos ataques, pero estaba diseñado para la defensa absoluta, no para el contraataque.
Cada vez que Mash intentaba golpear al enemigo con el borde, apenas lograba abollar la superficie metálica del coloso.
—¡Apunta a las juntas de las piernas!
—ordenó Leonel, señalando mientras analizaba el movimiento—.
¡Esas piezas no están tan reforzadas, es lo único que puede detener su avance!
Mash obedeció al instante, desviándose hacia un costado y golpeando con todas sus fuerzas la unión de la pierna derecha.
El impacto retumbó, el metal se dobló apenas unos centímetros, pero fue suficiente para ralentizar al coloso por un instante.
—¡Así!
¡Otra vez, pero rápido!
—gritó Leonel.
Antes de que Mash pudiera repetir el movimiento, el robot abrió un compartimento en su torso.
De su interior emergieron cañones mecánicos que se cargaron con un zumbido eléctrico.
—¡Cubierta!
—bramó Tezcatlipoca, su voz como un rugido de jaguar en la mente de Leonel.
El titán disparó.
Una lluvia de proyectiles mágicos salió disparada, cada bala bañada en un aura ígnea azulada.
Mash apenas tuvo tiempo de clavar el escudo en el suelo y cubrir a Leonel.
Las balas impactaron en oleadas, cada explosión haciendo vibrar el escudo como si estuviera a punto de partirse en dos.
El calor de las descargas mágicas atravesaba el aire, y Leonel tuvo que cubrirse detrás de Mash, con el corazón latiendo a mil por hora.
—¡No aguantaremos otra ráfaga como esa!
—dijo Mash, el sudor perlándole la frente.
—¡No necesitamos aguantar otra!
—respondió Leonel con firmeza—.
La próxima vez que abra los cañones, redirígelo hacia sus propias piernas.
¡Oblígalo a dispararse a sí mismo!
Mash asintió, recuperando el aliento mientras se mantenía alerta.
Mientras tanto, en otro sector de la plaza, el caos reinaba.
Shakespeare reía como un maniático, conjurando escenarios de tragedias clásicas que cobraban forma física: dragones ilusorios, héroes condenados y tormentas de fuego.
Jeanne Alter lo enfrentaba de frente, su estandarte oscuro atravesando ilusiones con furia.
Cada ataque suyo estaba cargado de un odio visceral que hacía temblar hasta el aire.
—¡Deja de recitar basura y pelea como un hombre!
—gritó Jeanne Alter, su fuego negro devorando un escenario entero de “Macbeth” como si fuera papel.
Andersen, en cambio, era un problema distinto.
Sus escritos se materializaban como criaturas diminutas, cuentos de hadas convertidos en autómatas que entorpecían el paso de Drake.
Ella disparaba sin descanso, cada bala destrozando marionetas literarias, pero Andersen siempre invocaba más.
—¡Ugh, niños de papel!
¡Nunca pensé que odiaría tanto los cuentos de hadas!
—bufó Drake, recargando sus pistolas con furia—.
¡Ven aquí, enano!
Kiyohime, sin embargo, tenía otro objetivo.
Sus ojos brillaban como brasas mientras acechaba al verdadero enemigo.
Entre la niebla, el Fantasma de la Ópera susurraba melodías distorsionadas, sus hilos de control brillando tenuemente mientras mantenía a los dos escritores bajo su dominio.
Cada vez que Kiyohime se acercaba, el Assassin desaparecía con una carcajada burlona.
—¡Deja de esconderte!
—rugió Kiyohime, lanzando una llamarada que atravesó la bruma.
Por un instante, la silueta del Fantasma apareció, la máscara blanca reflejando el fuego, antes de desvanecerse otra vez.
De regreso con Leonel y Mash, el titán mecánico se movía con paso pesado, los cañones brillando de nuevo.
—¡Aquí viene otra ráfaga!
—advirtió Leonel.
—¡Estoy lista!
—Mash gritó, el escudo preparado.
El coloso abrió fuego, pero esta vez Mash cargó en diagonal, inclinando el escudo para desviar los proyectiles.
Las balas mágicas rebotaron contra el metal y se estrellaron en el suelo, creando explosiones que sacudieron la plaza.
Mash giró con fuerza, obligando a la máquina a reajustar su puntería, hasta que, como Leonel había planeado, varias balas impactaron contra la propia pierna del robot.
El estallido arrancó parte de la armadura, revelando un entramado de cables y mana incandescente.
—¡Ahí está!
¡Golpea, Mash!
—Leonel señaló con todas sus fuerzas.
Mash gritó y descargó el borde de su escudo contra la zona dañada.
El impacto arrancó chispas, y el robot se tambaleó, el núcleo parpadeando inestable.
Pero no cayó.
El coloso levantó ambos brazos, preparados para aplastarlos con toda su fuerza.
Mash retrocedió, el sudor y la tensión visibles en su rostro.
—¡Leonel, no resistirá mucho más!
Leonel respiró hondo, el corazón en un puño.
No podían detenerse ahora.
Si caían, no solo perderían el núcleo, sino que pondrían en riesgo a todos los demás.
—¡Aguanta, Mash!
¡Confía en mí, y yo confiaré en ti!
La batalla estaba en su punto más crítico.
Jeanne Alter, Drake y Kiyohime apenas lograban mantener el control de sus respectivos combates, y Leonel y Mash se encontraban al límite contra el coloso.
El enfrentamiento aún no había terminado.
La plaza seguía temblando.
El coloso mecánico aún respiraba fuego y engranajes, cada latido del núcleo como un martillo que golpeaba los huesos del suelo.
Mash sostenía el escudo clavado en la tierra como si fuera un muro de piedra; a su lado, Leonel no dejaba de ordenar y reordenar movimientos, sus palabras cortas y precisas como latigazos contra el caos.
—¡Ahora!
—gritó Leonel cuando vio la abertura que habían forzado en la armadura del robot—.
Aprovecha la rotación, el hueco a la derecha…
¡dos golpes allí y su centro quedará expuesto!
Mash, jadeando, reunió todas sus fuerzas.
El borde del escudo impactó otra vez contra la unión dañada.
Los metales rechinaron; el engranaje interno chasqueó; por un instante la estabilidad del titán se quebró.
Leónel vio cómo el núcleo parpadeaba con más violencia y supo que ese instante era el que llevaban buscando.
Pero la plaza no había terminado de vomitar peligro.
En la niebla, la figura enmascarada brincó y se escondió como un animal acosado; hilos espectrales vibraban entre sus manos.
Kiyohime había encontrado, al fin, al Fantasma de la Ópera.
Sin la fría lógica de Tezcatlipoca en su oído —la niebla había interferido con el enlace mental entre Leonel y la berserker— ella no podía seguir una orden.
Kiyohime atacaba por instinto: rápida, brutal, sin concesiones.
Sus llamas serpentinas mordían la bruma, pero el Assassin conocía cada rincón borroso y explotaba los huecos para golpear donde no se le esperaba.
Jeanne Alter y Drake, por otra parte, habían contenido a Shakespeare y Andersen.
Las proyecciones de tragedia y cuento estallaban en pedazos o quedaban clavadas por los disparos de Drake; Jeanne Alter arrastraba su estandarte como una guadaña que no permitía la creatividad letal de los escritores.
Los dos Casters estaban atados por runas de contención, no asesinados —esa era la orden—, pero no por ello menos feroces cuando sus voces conjuraban nuevas amenazas.
Kiyohime y el Fantasma se movían en un duelo de presencias: la bestia contra el actor encubierto.
Él surgía desde detrás de una columna, un corte silencioso; ella respondía con una llamarada que convertía sombras en vapor.
Cada golpe que Kiyohime lanzaba venía impregnado de la furia de su clase —berserker— y de la devoción animal por Leonel.
Sin instrucciones ni pausas, sus ataques rasgaron la máscara del enemigo una vez, dos veces.
El Fantasma se cubrió la cara con manos vacilantes, y por primera vez su control perdió fuerza.
Entonces Kiyohime, entregada ya a la marea de su Noble Phantasm, dejó de medir, dejó de guardar.
Su voz se elevó en un gemido entre humano y bestial; el aire alrededor suyo se tornó azul eléctrico y las llamas en su interior crecieron en forma de serpiente.
Aquella llamarada no era únicamente calor: era hambre y jurisdicción; la serpiente de fuego azul emergió, sinuosa, y comenzó a devorar el espacio entre ella y el Fantasma, persiguiéndolo a través de la niebla.
El Assassin intentó escapar, sus hilos de control flaquearon.
La lengua de fuego lo envolvió, quemándolo hasta que el espectro se deshizo en un grito hueco y motas doradas que se elevaron y desaparecieron, retornando —como todo espíritu combatido— al trono de los héroes.
Con el Fantasma hecho ceniza, Andersen y Shakespeare quedaron libres: sus cuerpos bajaron las manos, los ojos volvieron a la normalidad.
Andersen, confuso y conmovido, contuvo las lágrimas; Shakespeare, con una mueca teatral, se llevó una mano al pecho como si volviera a recobrar el aire tras una escena dramática.
Ambas figuras, ya no marionetas, miraron alrededor con desorientación y luego, con una mezcla de curiosidad y respeto, asintieron a Jeanne y Drake.
Jeanne Alter los miró de reojo, torciendo sus labios en algo que se parecía peligrosamente a una pequeña satisfacción.
No era mímico orgullo; era la sonrisa de quien ha ejecutado su deber.
Mientras eso ocurría, Leonel y Mash estaban a punto de la culminación.
El robot, tambaleante y con el núcleo parpadeando como un faro enfermo, lanzó una última descarga que hizo retumbar los oídos.
Mash se plegó, exhaló y, con una determinación que parecía mover montañas, clavó el escudo en el hueco expuesto y aplicó todo su peso en un empuje final.
Fue un golpe lento, calculado, de esos que parten la resistencia por el punto más débil.
—¡Ahora, Mash!
—susurró Leonel, sintiendo cada fibra del momento—.
Hazlo con todo.
Ella obedeció.
El impacto fue seco y profundo: el núcleo del robot explotó en una lluvia de chispas y fragmentos.
Un estruendo ahogado se extendió por la plaza.
La gigantesca carcasa del titán perdió la fuente que la animaba y se vino abajo en un colapso metálico, dejando un cráter humeante a su alrededor.
Las piezas cayeron pesadas, y con el último lamento del motor, la luz del núcleo se apagó.
La neblina respondió como si respirara por una herida: la densidad que había hecho imposible la visión se aflojó, las ondas de mana que habían arrastrado el aire comenzaron a diluirse.
El polvo levantado por el colapso se esparció, y el mundo recuperó contornos; las siluetas volvieron a ser edificios, no sombras.
Tezcatlipoca, ahora más libre de interferencias, extendió su presencia como un faro: el enlace de navegación se reestableció con rapidez.
En la mente de Leonel —clara por primera vez en horas— llegó una red de coordenadas: la posición de Jeanne, Drake, Kiyohime, Artoria y los demás.
Era una malla de luz que señalaba pasos seguros entre ruinas y calles.
—Regresen al refugio —ordenó Leonel con voz fría pero serena—.
Reagrupen.
Revisen heridas.
Tenemos un punto menos, pero la singularidad aún está viva.
Los Servants respondieron: Jeanne Alter, aún con la espada humeante, dedicó una mirada pasiva a Shakespeare y Andersen; Drake se acercó sin pudor a Leonel con esa sonrisa salvaje, el cabello despeinado y la chaqueta manchada de polvo, y —sin rodeos— lo besó en la frente en un gesto que no pedía permiso sino presencia.
Kiyohime, con restos de azul en el cabello, se acercó a paso lento, sus ojos cálidos, y se dejó caer como si fuera un animal que buscara refugio en el cuerpo de Leonel; lo abrazó, lo olfateó con una mezcla de alivio y afecto que lo dejó sin aliento.
Jeanne Alter, incómoda ante la escena, carraspeó y se apartó un paso, negando con brusquedad: —No es que…
lo hiciera por ti o algo.
Solo quería…
que no…
te pasara nada.
—Su voz era cortante, pero el rubor en sus mejillas la traicionó.
Drake, directo como siempre, tomó la mano de Leonel y la apretó con una promesa ronca: —Si esto ha terminado, te invito a un trago como pago.
Y no me digas que no.
Mash observó la escena con los ojos un tanto vidriosos.
Un sentimiento nuevo, una picazón en el pecho—celos—la golpeó con fuerza, pero ella no sabía ponerle nombre.
Se encontró sosteniendo el escudo con más fuerza, girando la mirada entre sus compañeras y el hombre al que protegía.
Su entendimiento no tenía las etiquetas, pero la sensación era inequívoca: algo se removía en su interior que la dejaba incómoda y, a la vez, protectora sin diferencia.
Tezcatlipoca, desde su forma oscura, exhaló una nota grave y casi solemne.
—Buen trabajo.
Pero no se confíen.
Esto es solo una pieza.
Leonel miró a su equipo: cansados, magullados, con olor a humo y sal; vivos.
Sintió una punzada de gratitud tan fuerte que le dolió en el pecho.
Asintió, recogió a Mash para ayudarla a caminar unos pasos, y con el núcleo roto y la niebla aflojando su abrazo, comenzó la ruta de regreso al refugio que habían marcado.
La ciudad de Londres, por ahora, se dejaba ver con menos miedo.
Pero en las sombras aún había ecos —la singularidad seguía emitiendo latidos—, y Leonel sabía que la jornada apenas avanzaba.
Aun así, en ese momento, entre abrazos, gruñidos tsundere y promesas de ron, se permitió un respiro.
Habían ganado una batalla decisiva.
Habían vuelto a llamar la niebla por su nombre: derrota.
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