Fate/Grand Persona - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 Capitulo 37 Fin de la niebla
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38: Capitulo 37: Fin de la niebla 38: Capitulo 37: Fin de la niebla El ambiente en el refugio era una mezcla de alivio fatigado y tensión contenida.
El tercer y último punto mágico era la clave, y todos lo sabían.
Tezcatlipoca, su figura oscura y serena proyectándose en un rincón de la habitación, rompió el silencio con su voz grave que resonaba como eco de una caverna antigua.
“La disipación de la niebla nos ha concedido una ventana de claridad.
He podido triangular la fuente del tercer nodo.
No está en un edificio, ni en una ruina…
está en el agua.” Todos dirigieron su mirada hacia él.
“El Támesis,” declaró Leonel, comprendiendo al instante.
“O más específicamente, una versión distorsionada de él.
Los registros que recuperamos de la Torre del Reloj mencionaban una instalación secreta junto a un lago.” “Correcto,” asintió Tezcatlipoca.
“Pero no lo encontrarán con los ojos.
El lago al que se refieren los documentos es un espejismo mágico, un pliegue en la realidad superpuesto al río.
El tercer punto no es una estructura que destruir, sino un eco que silenciar.
Un fenómeno de resonancia.” La explicación era compleja, pero el plan resultante era simple, y peligroso.
Debían adentrarse en el Támesis, encontrar la “firma mágica” del eco y anularla desde dentro, lo que probablemente desencadenaría una reacción catastrófica del lugar y atraería a toda fuerza enemiga restante.
El grupo se dirigió a las orillas del Támesis, donde las aguas grises y quietas reflejaban un cielo que no existía, una niebla perpetua teñida de púrpura y verde.
La atmósfera era pesada, cargada de un maná tan denso que resultaba difícil respirar.
“Mirad,” señaló Mash, su voz un susurro.
Frente a ellos, el aire sobre el río comenzó a ondularse.
Los contornos de los edificios derruidos en la orilla opuesta se distorsionaron, y en su lugar, surgió la imagen de un lago sereno y oscuro, rodeado de cipreses esqueléticos.
Era hermoso y opresivo a la vez.
“Ahí está,” murmuró Drake, ajustando su sombrero.
“Un fantasma en el agua.” “Todos en guardia,” ordenó Leonel, su mente ya calculando variables, probabilidades, movimientos enemigos.
“Jeanne Alter, Drake, punta de lanza.
Mash, conmigo.
Kiyohime, Georgios, flancos.
Los Casters, apoyo a distancia y análisis mágico.
Tezca, guía nuestra percepción.” “Crucen el umbral,” instruyó la voz del dios mesoamericano en sus mentes.
“Yo sostendré vuestra cordura contra las ilusiones del lugar.” Al pisar la superficie del espejismo, el mundo cambió.
Londres desapareció.
Ahora estaban en la orilla de aquel lago silencioso.
En el centro, sobre las aguas inmóviles, flotaba un brillo pulsante, un núcleo de energía pura que latía como un corazón: el tercer punto.
Y custodiándolo, una figura que heló la sangre de todos.
Era Artoria Pendragon, la del Lanzamiento del Santo Grial.
Pero no era la reina de cabellos rubios y armadura brillante.
Esta era Artoria Alter, con una armadura oscura como la noche, su espada Excalibur Morgan despidiendo un resplandor maligno, y una mirada de absoluto desdén congelada en su rostro.
La corrupta del Santo Grial.
“Un último y patético intento de la humanidad,” declaró su voz, fría y cortante como el acero.
“No permitiré que mancillen el instrumento de mi reinado.” La batalla era inevitable.
La pelea fue caótica desde el primer momento.
Artoria Alter se movía con una velocidad y potencia brutales, cada golpe de su espada negra era una onda de destrucción que hacía hervir las aguas del lago ilusorio.
“¡Mash, ahora!” gritó Leonel, esquivando un tajo de energía oscura.
La Shielder se interpuso, su Lord Camelot desplegándose justo a tiempo para absorber el impacto.
La fuerza la hizo retroceder, pero se mantuvo firme, sus ojos llenos de determinación.
Jeanne Alter cargó con un grito de rabia, sus llamas chocando contra la oscuridad de Artoria.
“¡No subestimes mi odio, falsa reina!” Drake abrió fuego con sus pistolas, mientras Siegfried, con su enorme espada, se unió al frente, buscando una apertura en la defensa de la Saber Alter.
Kiyohime, en su estado Berserker, atacaba sin freno, pero Artoria era demasiado hábil, esquivando y contraatacando con precisión letal.
“Leonel,” la voz de Tezcatlipoca sonó urgente en su mente.
“El núcleo.
Mientras ella nos distrae, su energía se concentra en mantener su forma y el espejismo.
Debemos debilitarla rompiendo el eco.
¡Shakespeare, Andersen!
¡Necesito que alteren la narrativa del lugar!” Los dos Casters, ahora liberados, asintieron.
Shakespeare levantó sus manos.
“¡Oh, drama de la creación y la destrucción!
Deja que este lago de mentira encuentre su final veraz!” Andersen, con su habitual pesimismo, gruñó: “Un cuento mal escrito merece ser arrancado.
¡Deshagámonos de este final tan predecible!” Una oleada de energía dorada y otra de luz plateada chocaron contra el núcleo pulsante.
El espejismo titubeó.
Artoria Alter gritó de furia, sintiendo la conexión flaquear.
Fue la oportunidad que necesitaban.
“¡Todos, ahora!” ordenó Leonel, canalizando todo su poder de Wild Card de forma instintiva.
No era el poder de Persona, sino una versión cruda del mismo principio: la capacidad de unir almas, de sincronizar voluntades.
Un brillo tenue, similar a un velo de arcoíris, se extendió desde él hacia sus Servants.
Por un instante, se sintieron como una sola entidad.
Mash cargó con un poder renovado, su escudo brillando con una luz que no era solo suya.
Nero, apareciendo en un destello de pétalos de rosa, golpeó con su espada junto a Jeanne Alter.
Tamamo no Mae, desde atrás, canalizó su energía mágica para fortalecerlos.
Hasta la Jeanne original se unió, su bandera en alto, otorgando bendiciones de protección.
El ataque conjunto, guiado por la estrategia de Leonel y la percepción sobrehumana de Tezcatlipoca, impactó directamente en el núcleo.
El mundo estalló en luz blanca y sonido destrozado.
Cuando la luz se disipó, el lago había desaparecido.
Estaban de vuelta en las orillas del Támesis, bajo el cielo envenenado de Londres.
La niebla, por primera vez, se había disipado por completo.
A lo lejos, en el centro de lo que fue la ciudad, una torre de luz se alzaba hacia el cielo: la ubicación verdadera del Santo Grial.
Habían ganado.
Pero la victoria tenía un sabor agridulce.
Artoria Alter, herida y liberada momentáneamente de la corrupción, los había mirado con una expresión que era tanto vacío como un atisbo de la reina que una vez fue, antes de desaparecer en partículas de luz.
El grupo estaba exhausto, magullado, pero vivo.
En el silencio que siguió, Mash se acercó a Leonel.
No dijo nada.
Simplemente tomó su mano y la sostuvo con fuerza.
Sus mejillas estaban sonrojadas, pero su mirada era firme.
No hubo celos en ese momento, solo un alivio profundo y una confirmación silenciosa de lo que sentía.
Kiyohime se acurrucó contra su otro lado, buscando calor y confirmación.
Drake le dio una palmada en la espalda con una sonrisa cansada pero genuina.
Jeanne Alter gruñó algo sobre “hacer demasiado ruido” antes de apartar la vista, pero no se alejó.
Nero proclamó su amor por su “audaz emperador”, y Tamamo sonrió con una ternura que lo entendía todo.
Leonel miró a su alrededor, a este grupo dispar de héroes y espíritus que se habían convertido en su familia.
Sintió el peso de su confianza, la complejidad de sus afectos y la inmensa responsabilidad que tenía sobre sus hombros.
Tezcatlipoca se materializó a su lado, su presencia tan imponente como siempre.
“El camino al Grial está despejado, Leonel.
Pero la verdadera batalla, la que definirá el destino de esta Humanidad, apenas comienza.
Y tú…
ya no eres el muchacho confundido que llegó aquí.
Has reunido no solo un ejército, sino un pilar.” Leonel asintió, apretando suavemente la mano de Mash.
Sabía que Tezcatlipoca tenía razón.
El viaje continuaba, pero por primera vez, no sentía miedo del futuro.
Miró hacia la torre de luz en el horizonte.
“Mañana,” dijo, su voz tranquila pero llena de una determinación de acero.
“Mañana ponemos fin a esta Singularidad.” La niebla, que alguna vez había sido un muro impenetrable de confusión y corrupción, ahora se retiraba como un animal herido, revelando las cicatrices de un Londres moribundo.
Los edificios, fantasmales y silenciosos, observaban con sus ventanas vacías el paso del último y más frágil bastión de la humanidad.
El aire, aunque más claro, estaba cargado de una pesadez nueva, la del preludio de una batalla existencial.
No era solo el peso de la magia, sino el peso del destino.
Leonel Herrera caminaba con una determinación que sentía tallada en hueso y alma.
A su lado, Mash Kyrielight mantenía un paso firme, su escudo, Lord Camelot, despedía un tenue brillo, como si ansíara desplegarse.
La mirada de la Shielder estaba fija en el camino, pero su atención periférica estaba completamente absorbida por la presencia de su Maestro.
Podía sentir la tensión en sus hombros, el torbellino de pensamientos estratégicos y el frío presentimiento que se arraigaba en su corazón.
Ella, que había comenzado esta jornada como un instrumento, ahora entendía los matices del miedo humano, y en ese momento, sentía el suyo propio, no por ella, sino por él.
Al frente, avanzando con la arrogancia devastadora de una tormenta andante, estaba Jeanne d’Arc Alter.
Su espada, La Grondement du Haine, descansaba sobre su hombro, y sus ojos, del color del ámbar fundido, escudriñaban las ruinas con desdén.
Era la punta de lanza, la furia concentrada que allanaría el camino.
Su poder bruto, nacido de la distorsión y el odio, era su credencial para esa posición, y lo reclamaba con una ferocidad que ponía nerviosos incluso a sus aliados.
En la retaguardia, Francis Drake silbaba una tonada de marineros, una melodía que chocaba grotescamente con la solemnidad del entorno.
Sus ojos, sin embargo, no perdían detalle.
Sus dos pistolas, pulidas y letales, estaban desenfundadas.
Sabía que los peligros más insidiosos a menudo llegaban por la espalda.
Kiyohime, la Berserker, se movía como un tigre enjaulado entre el grupo.
Su obsesión por Leonel era un faro que guiaba sus movimientos.
Cada suspiro de él, cada ajuste en su postura, era analizado por sus sentidos agudizados por la locura.
Estaba lista para interceptar cualquier amenaza, a convertir su cuerpo en un escudo ardiente si fuera necesario.
Flanqueando al grupo, con sus grimorios flotando en el aire, estaban William Shakespeare y Hans Christian Andersen.
El primero, con dramáticos gestos, ya susurraba frases para futuros hechizos, viendo el momento como el acto final de una tragedia griega.
El segundo, con su eterno ceño fruncido, analizaba las líneas ley de la realidad, buscando inconsistencias o puntos débiles en el tejido de la Singularidad.
Y luego estaba Tezcatlipoca.
No caminaba con ellos, sino que su esencia, una figura oscura y semi-transparente, se deslizaba como un humo inteligente a través de las calles adyacentes, actuando como un radar viviente.
Su voz, grave y serena, resonaba directamente en la mente de Leonel, informando de vacíos, de ecos de magia residual, de la ausencia total de vida.
No había autómatas, no había fantasmas, no había resistencia.
El silencio era, en sí mismo, la amenaza más aterradora.
«La calma precede a la aniquilación, Leonel», la voz del dios mesoamericano era un susurro de roca sobre roca.
«El enemigo ha retirado sus peones.
Solo queda el rey en el tablero.
Está adelante.
La concentración de mana es…
absoluta».
Leonel asintió para sí, sus dedos apretando inconscientemente el borde de su Mystic Code.
Su mente, tan rápida y analítica, era su mayor arma y su mayor tortura.
Porque él lo sabía.
Sabía lo que los demás, incluso Tezcatlipoca, solo podían intuir.
Su vida pasada, aquella existencia mundana frente a una pantalla, le había concedido la maldición de la presciencia.
Había jugado Fate/Grand Order.
Había recorrido esta Singularidad de Londres.
Y sabía que el ser que aguardaba no era simplemente un Rey Demonio o un mago rebelde.
Era la encarnación de una voluntad que buscaba reescribir la historia mediante el fuego de la Incineración.
Era Goetia.
Y se manifestaría con el rostro del Rey de los Magos, Salomón.
Ningún conocimiento libresco, ningún recuerdo de un juego, podía preparar a un hombre para la realidad visceral de esa entidad.
La teoría de la relatividad no prepara a nadie para la fuerza de un huracán.
Y Leonel se sentía como un hombre a punto de ser arrastrado por el viento más violento de la creación.
Finalmente, llegaron a lo que había sido el corazón de la ciudad.
Una plaza amplia, ahora un cráter de escombros pulverizados.
Y allí, flotando serenamente en el centro, como una burla a las leyes de la física y la razón, estaba el Santo Grial.
No era un cáliz de leyendas, sino un objeto de dorada perfegeométrica, irradiando una luz cálida y tentadora.
Era la fuente de toda la distorsión, la llave de esta Singularidad.
Y, sin embargo, parecía tan…
alcanzable.
«Es una trampa», murmuró Mash, expresando el pensamiento de todos.
«Claro que lo es, pequeña», rió Drake con amargura.
«Pero es la única trampa que tenemos que pisar».
Jeanne Alter escupió al suelo.
«No importa.
Lo quemaremos, al Grial y a quien sea que esté detrás».
Fue entonces cuando el aire se partió.
No fue un sonido, fue una sensación de vidrio quebrado a escala universal.
Frente al Grial, la realidad se rasgó como un lienzo podrido.
La grieta no era oscura; era de un color antinatural, un púrpura verdoso que hería los ojos y la mente.
De ella emanó un aura, y esa sí fue una experiencia física.
Una ola de presión mágica los golpeó, haciéndoles retroceder.
No era un ataque, era una declaración.
Era como si el concepto mismo de “poder” se hubiera materializado y estuviera respirando sobre ellos.
Mash instintivamente se interpuso delante de Leonel, su escudo brillando con fuerza, pero ni siquiera él podía bloquear por completo la opresión psicológica.
Kiyohime emitió un gruñido bajo, animal, mientras Jeanne Alter apretaba los dientes, su orgullo forzándola a mantenerse firme contra la marea de puro dominio.
«Tezca…
análisis, ahora», ordenó Leonel, su voz tensa.
La figura oscura de Tezcatlipoca se materializó completamente a su lado, algo que solo hacía en momentos de extremo peligro.
Sus ojos, como obsidianas pulidas, se fijaron en la grieta.
Leonel podía sentir la vasta capacidad de procesamiento de la entidad trabajando a una velocidad sobrehumana, analizando la composición mágica, la longitud de onda existencial, las debilidades.
Los segundos se sintieron como horas.
Finalmente, la voz de Tezcatlipoca sonó en la mente de Leonel, y por primera vez, Leonel detectó algo que heló su sangre más que el aura misma: un tono de perplejidad absoluta.
«No…
no hay debilidades».
La voz era un susurro incrédulo.
«Resistencia…
no.
Inmunidad.
Inmunidad total a todos los tipos de magia conocidos: fuego, agua, tierra, aire, maldiciones, bendiciones, negación, afirmación…
Es una existencia cerrada.
Un bucle perfecto de energía.
Es…
imposible».
Leonel palideció.
El color abandonó su rostro como si una esponja hubiera absorbido toda su sangre.
Saberlo en teoría era una cosa.
Escucharlo de labios de un dios, confirmado con datos fríos y duros, era otra muy distinta.
Era la sentencia de muerte de cualquier esperanza de victoria mediante la fuerza convencional.
De la grieta dimensional, una figura ascendió.
Vestía una túnica blanca sencilla, su cabello era una masa plateada y esponjosa, y sus ojos, de un color entre el rosa y el dorado, contenían la profundidad de las estrellas.
Era un rostro que Leonel había visto cientos de veces en su vida pasada: el del Saber Caster, Salomón.
Pero la energía que irradiaba no era la de un Héroe del Espíritu.
Era algo más, algo antiguo, alienígena y divino al mismo tiempo.
“Solomón” sonrió.
No era una sonrisa cálida, ni siquiera malvada.
Era la sonrisa de un matemático que ve a un niño intentando resolver una ecuación diferencial con los dedos.
«Mis felicitaciones», comenzó su voz, suave y yetánica, resonando no en el aire, sino directamente en sus almas.
«Habéis llegado hasta aquí.
Habéis superado las pruebas, despejado la niebla, derrotado a mis guardianes.
Sois, sin duda, el último y más tenaz de los ecos de una Humanidad que se aferra a su derecho a existir.
Es…
conmovedor».
Su mirada se posó en Leonel, y el joven sintió que su mente era diseccionada, cada pensamiento, cada memoria, cada miedo, expuesto ante esa mirada omnisciente.
«Leonel Herrera.
Un alma curiosa, desplazada, con un atisbo de un poder que ni siquiera comprende.
La Wild Card…
un concepto interesante, pero insignificante frente al orden que pretendo establecer».
Hizo una pausa, dejando que sus palabras, cargadas de desprecio, se asimilaran.
«Habéis luchado con bravura.
Habéis forjado lazos, amado, sufrido.
Todo ese esfuerzo…
es inútil».
Extendió un brazo, abarcando el Londres destruido, y por extensión, toda la historia humana.
«La Incineración de la Humanidad no es un acto de maldad, es una corrección.
Es el acto final de compasión para una especie condenada a sufrir y morir.
Yo ofrezco la aniquilación sin dolor, el fin de todo sufrimiento.
Y vuestro esfuerzo, aunque admirable, no es más que un espasmo de agonía antes del inevitable final.
No importa lo que hagáis aquí.
El destino está escrito».
La desesperación, fría y pegajosa, empezó a trepar por la espalda de Leonel.
No era el miedo a morir, era el miedo a la irrelevancia.
El miedo de que todo su sufrimiento, el amor de sus Servants, la lealtad de Mash, todo fuera, como él decía, un simple eco sin significado.
Pero entonces, vio la mirada de Mash.
No era de miedo, sino de fe.
Fe en él.
Vio el rostro iracundo de Jeanne Alter, que se negaba a ser menospreciada.
Vio la lealtad feroz en los ojos de Kiyohime.
Ellos no luchaban por un concepto abstracto de humanidad.
Luchaban por él.
Y él lucharía por ellos.
«No…», la voz de Leonel surgió como un ronquido, pero luego ganó fuerza.
«No es inútil.
Mientras un solo ser se niegue a rendirse, mientras un solo corazón siga latiendo, tu “compasión” no es más que tiranía disfrazada».
“Solomón” arqueó una ceja, ligeramente divertido.
«Brave words.
Pero las palabras no cambian la realidad.
Solo el poder lo hace».
Con un gesto casi despreocupado, chasqueó los dedos.
El mundo explotó a su alrededor.
De la nada, cuatro monolitos de pesadilla surgieron de los escombros, rodeándolos.
Eran los Pilares Demoníacos: Forneus, Halphas, Flauros y Phenex.
Cada uno era una torre de carne, ojos y bocas retorcidos, irradiando un odio puro y una maldad que hacía parecer a los autómatas de Londres como juguetes inocentes.
El aire se llenó de un zumbido ensordecedor, un cántico de locura que erosionaba la cordura.
«¡Defensa!» gritó Leonel, su mente entrando en un estado de hiperlucidez, la desesperación temporalmente ahogada por la adrenalina del combate.
«¡Tezca, coordenadas!
¡Mash, escudo central!
¡Jeanne Alter, el de la izquierda!
¡Drake, cubre los flancos!
¡Kiyohime, con Andersen y Shakespeare!
¡Georgios, Siegfried, a mi lado!» Fue el caos más ordenado que Leonel podría haber concebido, y aun así, era insuficiente.
Mash desplegó Lord Camelot, y el gran escudo redondo se convirtió en un bastión de luz contra los rayos de energía corrupta que escupían los Pilares.
Cada impacto era como un martillazo contra su alma, pero ella se mantenía firme, sus piernas temblaban pero no cedían, sus gritos de esfuerzo se perdían en el estruendo.
Jeanne Alter se lanzó contra Halphas con la furia de un dragón.
Su espada negra cortaba y quemaba, desgarrando la carne demoníaca, pero las heridas se cerraban casi al instante.
«¡Quédate quieto, maldito monstruo!» rugió, liberando su Noble Phantasm.
«¡Grondement Du Haine!» Una columna de fuego negro envolvió al Pilar, haciéndolo retorcerse de dolor, pero no lograba destruirlo.
Drake, con la agilidad de una pirata en la cubierta de un barco en una tormenta, esquivaba tentáculos y rayos, disparando sus pistolas.
Sus balas, imbuidas con su propio poder, estallaban contra los ojos de Forneus, cegándolo temporalmente.
«¡No sois más que piedras en el camino!» gritaba, su sonrisa desafiante aún en su rostro.
Kiyohime, en un estado de frenesí total, protegía a los dos Casters.
Su cuerpo se transformaba, escamas doradas cubriendo su piel, llamas azules escapando de su boca.
Destrozaba cualquier tentáculo que se acercara a Shakespeare o Andersen, quien, a su vez, trabajaban incansablemente.
Shakespeare creaba ilusiones para confundir a Phenex, mientras Andersen intentaba reescribir las líneas de destino de Flauros, buscando crear una paradoja que lo debilitara.
«¡Su núcleo es regenerativo!» gritaba Tezcatlipoca, su voz un hilo de calma en la tormenta mental de Leonel.
«¡Jeanne Alter, ataca el ojo central en intervalos de 0.7 segundos!
¡Drake, el Pilar derecho tiene una fluctuación en su campo, dispara ahora!
¡Mash, inclina el escudo 15 grados a la derecha!» Leonel sentía cómo su circuito mágico ardía.
No estaba lanzando hechizos directamente, pero la conexión con Tezcatlipoca, quien procesaba y distribuía información a una velocidad prodigiosa, consumía su energía a un ritmo alarmante.
Era el precio de mantener a raya a una fuerza que, por derecho, debería haberlos aniquilado en segundos.
Gotas de sudor frío corrían por su sien.
Veía cómo, a pesar de sus esfuerzos, sus Servants comenzaban a ceder.
Un tentáculo de Flauros se escapó del fuego de Kiyohime y golpeó a Shakespeare, lanzándolo contra un muro de escombros.
El Caster gritó, su cuerpo de Servant no podía soportar mucho más.
«¡Will!» gritó Andersen, distrayéndose por un momento.
Fue el tiempo que Phenex necesitó para lanzar un rayo de energía púrpura que impactó de lleno en el pequeño Caster, dejándolo tendido e inmóvil.
«Hans!» La voz de Leonel se quebró.
La desesperación regresó, más fuerte.
Georgios, con su espada Ascalon, y Siegfried, con su Balmung, luchaban codo con codo contra Forneus.
Siegfried liberó su Noble Phantasm, el dragón de luz chocó contra el Pilar, abriendo un enorme boquete en su costado.
Por un momento, pensaron que lo lograrían.
Pero entonces, Halphas, liberándose del asedio de Jeanne Alter, lanzó un contraataque concentrado contra Siegfried.
El héero dragón recibió el impacto de lleno en el pecho, su armadura se resquebrajó y cayó de rodillas, desapareciendo en partículas de luz antes de tocar el suelo.
«¡Siegfried!» Mash gritó, el dolor de perder a un aliado atravesándola.
Uno a uno, fueron cayendo.
Drake, tras agotar toda su munición mágica, fue envuelta por los tentáculos de Forneus.
«¡Esto…
no es más que un mal viaje!» fueron sus últimas palabras antes de ser aplastada contra el suelo, desapareciendo.
Kiyohime, viendo a Leonel en apuros, se lanzó contra Flauros en un ataque suicida.
«¡Maestro!
¡Yo te protegeré!» Su Noble Phantasm, el fuego de su mentira transformado en verdad, estalló en una explosión cataclísmica que vaporizó la mitad del Pilar Demoníaco.
Pero el costo fue su propia existencia.
Sus últimas partículas de luz se desvanecieron, y su mirada, por un instante completamente lúcida y llena de amor, se encontró con la de Leonel antes de desaparecer para siempre.
«Kiyohime…
no…» Leonel cayó de rodillas, la fatiga y el dolor emocional abrumándolo.
Su respiración era entrecortada, su cuerpo temblaba.
El uso excesivo de magia, canalizado a través de Tezcatlipoca, lo había dejado exhausto.
Sentía como si le estuvieran drenando la vida misma.
Solo quedaban Mash, Jeanne Alter y él.
Tezcatlipoca, a su lado, su forma empezaba a volverse más tenue, la conexión se debilitaba.
Jeanne Alter, sangrando por múltiples heridas, se colocó frente a ellos, su espada aún en alto.
Su respiración era pesada, pero su mirada seguía siendo un desafío.
«¿Es esto todo?» escupió hacia “Solomón”, quien había observado la masacre con la misma expresión de aburrida superioridad.
«¡Venid y enfrentadme directamente, cobarde!» “Solomón” sonrió.
«Como desees».
Sin siquiera mover un dedo, una presión invisible aplastó a Jeanne Alter.
Ella gritó, intentando resistir con su pura voluntad, pero sus huesos crujieron.
Su espada se resquebrajó.
«Leonel…» logró articular, antes de que la fuerza la hiciera desaparecer, no en un destello de luz, sino en un estallido de oscuridad silenciada.
Quedaban Mash y Leonel.
Mash, con su escudo aún desplegado, se interpuso entre su Maestro y la entidad.
Estaba herida, su armadura agrietada, pero su espíritu era indomable.
«No…
no te tocará, Senpai».
“Solomón” los miró, y por primera vez, su expresión mostró algo parecido a…
lástima.
«Valiente.
Pero inútil».
Con un movimiento de su mano, una fuerza arrancó a Mash del suelo y la lanzó contra los escombros.
Ella golpeó con un crujido sordo y no se movió más.
No había desaparecido, pero estaba gravemente herida, inconsciente.
Leonel ya no podía ni tenerse en pie.
Se arrastraba hacia donde yacía Mash, su mano extendida, cada movimiento una agonía.
Las lágrimas, cálidas y saladas, surcaban el polvo y la sangre en su rostro.
Había fallado.
Los había llevado a todos a la masacre.
Su mente estratégica, su Wild Card, su empatía…
todo había sido inútil.
La desesperación lo consumió por completo.
Era un náufrago en un océano de impotencia.
“Solomón” se acercó flotando hasta quedar justo frente a él.
Se inclinó, su rostro perfecto a centímetros del rostro devastado de Leonel.
«Mira», dijo suavemente.
«Mira el resultado de tu tenacidad.
El dolor que causes.
La muerte que traes a tus seguidores.
Esto es la humanidad: un ciclo interminable de sufrimiento innecesario.
Yo pondré fin a esto».
Leonel intentó hablar, pero solo salió un quejido.
«No temas», continuó “Solomón”.
«No voy a matarte.
Eres un espécimen interesante.
Un error en el cálculo.
Quiero que sobrevivas.
Quiero que lleves contigo el peso de este fracaso.
Quiero que comprendas, en el viaje que te queda, la absoluta futilidad de tu existencia».
Se irguió, mirando hacia la grieta dimensional que aún pulsaba a sus espaldas.
«Te espero en el Templo del Tiempo, Leonel Herrera.
Allí, en el origen de todo, presenciarás el amanecer de la verdadera humanidad.
O su ocaso definitivo.
El enfrentamiento final que decidirá el destino de este mundo…
si es que logras llegar, claro está».
Y entonces, con la misma facilidad con la que había llegado, “Solomón” dio media vuelta y se desvaneció en la grieta.
Los cuatro Pilares Demoníacos, su tarea cumplida, se disolvieron en el aire, dejando un silencio repentino y aterrador.
La grieta se cerró.
Leonel se quedó solo, arrodillado en los escombros, rodeado del silencio sepulcral de una Londres vacía.
El cuerpo inconsciente de Mash yacía a unos metros de distancia.
El Grial, ahora inerte, cayó al suelo con un ruido metálico sordo.
La batalla había terminado.
Y ellos habían perdido.
No solo la batalla, sino casi todo.
Con un esfuerzo sobrehumano, arrastrándose, llegó hasta Mash.
La tomó de la mano.
Estaba fría.
La desesperación que sintió en ese momento fue más profunda que cualquier oscuridad que hubiera imaginado.
No era la desesperación de un guerrero derrotado, sino la de un hombre que ha visto morir a su familia frente a él y no pudo hacer nada.
Alzó la vista al cielo, un grito desgarrado y silencioso atorado en su garganta.
Goetia se había ido, pero su sombra se cernía sobre él, más pesada que cualquier muro de piedra.
El camino al Templo del Tiempo era la única ruta que quedaba, un camino que se extendía sobre un abismo de dolor y pérdida.
Pero en lo más profundo de su ser, agotado y quebrantado, un fuego tenue se negaba a apagarse.
No era el fuego de la victoria, ni siquiera el de la esperanza.
Era el fuego de la obstinación.
Mientras su mano apretaba la de Mash, juró, en el silencio de su corazón destrozado, que este no sería el final.
Era solo el comienzo del verdadero calvario.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.
Mi patreon: SeathScale
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