Fate/Grand Persona - Capítulo 39
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39: Capitulo 38: Evolucion 39: Capitulo 38: Evolucion No hubo transición.
No hubo un túnel de luz ni un descenso gradual en la inconsciencia.
Un instante, Leonel sentía el frío penetrante de los escombros de Londres contra sus mejillas, la mano inerte de Mash entre las suyas, y el sabor a ceniza y derrota en su boca.
Al siguiente, ya no sentía nada.
No era la oscuridad lo que lo recibió, sino su opuesto absoluto: una blancura infinita, plana y eterna.
Un páramo de nada.
No tenía suelo, ni cielo, ni horizonte.
Simplemente era.
Flotaba, o quizás estaba de pie; era imposible discernirlo en un espacio carente de puntos de referencia.
El silencio era tan completo que podía oír el latido de su propio corazón, un tambor ansioso y solitario en el vacío.
Caminó.
No porque esperara llegar a algún sitio, sino porque la inacción en medio de esa nada era una tortura en sí misma.
Sus pasos no producían sonido.
No dejaban huella.
Avanzaba sin avanzar, un espectro atrapado en la geografía de su propia psique.
Y entonces, las voces llegaron.
No eran externas.
Eran ecos que surgían de las profundidades de su memoria, amplificados por el silencio y teñidos con la aguda lanceta del remordimiento.
«¡Maestro!
¡Yo te protegeré!» — el grito de Kiyohime, lleno de una fe feroz y absoluta, seguido del estruendo sordo de su Noble Phantasm estallando y el silencio aún más aterrador que le sucedió.
La imagen se impuso en su mente con una claridad dolorosa: los ojos de la Berserker, por un instante completamente lúcidos, despojados de toda locura excepto la de un amor sacrificial, fijándose en él por última vez antes de disolverse en partículas de luz.
La culpa, aguda como un cuchillo, se clavó en su costado.
“La mandé a su muerte.
La usé como un escudo, como un arma descartable.” «¡Esto…
no es más que un mal viaje!» — la voz de Drake, desafiante incluso en la derrota, siendo apagada por el crujido de metal y hueso.
Vio la sonrisa burlona de la capitana desvaneciéndose, su cuerpo siendo triturado por la fuerza bruta de un Pilar Demoníaco.
“Su confianza era un regalo, y yo la llevé a una carnicería.
Ella que anhelaba tesoros y libertad, encontró solo el fin en una ciudad podrida.” «Leonel…» — la voz de Jeanne Alter, quebrada por un dolor que nunca hubiera admitido, siendo silenciada por una fuerza invisible que la aplastó como a un insecto.
La orgullosa Avenger, su furia convertida en el último baluarte, reducida a nada.
Él había sido testigo de cómo su espíritu indómito se quebraba.
“Fallé en entenderla.
Fallé en protegerla.
Solo vi su poder, no la fragilidad que escondía detrás del odio.” El sonido del impacto de Mash contra los escombros.
El crujido de su armadura.
Su silencio posterior.
Ese fue el recuerdo más doloroso.
Ella, que era su roca, su ancla, yacía destrozada porque él no fue lo suficientemente fuerte.
Los gritos de Shakespeare, el grito de dolor de Andersen, la luz desapareciendo de Siegfried…
una sinfonía de fracasos que resonaba en el vacío blanco.
Revivió cada momento, cada decisión táctica que, en retrospectiva, parecía torpe e insuficiente.
Su mente, otrora su mayor aliada, se volvía contra él, escarbando en cada error, magnificando cada falla.
«Soy un fraude», murmuró, pero su voz no produjo sonido en el vacío.
Solo existió como un pensamiento autocastigador.
«Un niño jugando a ser héroe con vidas que no merecen ser sacrificadas.
Todo mi pensamiento estratégico, mi empatía…
no sirvieron de nada.
Solo para prolongar la agonía.» La culpa lo inundó, un océano de autodesprecio que amenazaba con ahogarlo.
Se detuvo (o creyó detenerse), abrazándose a sí mismo en un gesto infantil.
Las lágrimas, calientes y reales en este plano de irrealidad, surcaron su rostro.
No lloraba por el dolor físico, sino por el peso insoportable de la responsabilidad.
Había fallado a aquellos que confiaban en él.
Había fallado a Mash.
El vacío blanco parecía alimentarse de su desesperación.
Cuanto más se hundía, más infinito e implacable se volvía el paisaje.
Era un espejo de su propia sensación de impotencia.
Fue entonces cuando la voz surgió.
No era un eco de su memoria.
Era una presencia tangible, un trueno distante que reverberaba en la misma esencia de este lugar.
«¿Hasta cuándo pretendes revolcarte en tu propia lástima, Leonel Herrera?» La voz era la de Tezcatlipoca, pero no la que conocía.
No era el tono sereno y analítico de su navegador, su asesor.
Esta voz era más profunda, más antigua, cargada con el peso de eones y la frialdad de un juez celestial.
Era la voz del dios en sí.
Leonel se volvió.
Allí, de pie en la nada, estaba Tezcatlipoca.
Pero no era la proyección humana, la figura oscura y serena que lo guiaba.
Esta era una encarnación de poder puro.
Su forma era más alta, imponente.
Su piel tenía el tono de la obsidiana pulida, reflejando la blancura infinita en destellos cegadores.
Llevaba un taparrabo de jaguar y un manto de plumas de quetzal que se movían como si soplara un viento que no existía.
Su rostro era una máscara de serenidad impasible, pero sus ojos…
sus ojos eran espejos humeantes que reflejaban no la imagen de Leonel, sino la tormenta de culpa y miedo que ardía en su interior.
«Tezca…» logró articular Leonel, su voz un hilo de voz.
«No me llames con ese nombre de familiaridad cómoda», lo interrumpió la deidad, su tono cortante como lascas de pedernal.
«Aquí no soy tu consejero.
Soy el espejo que no miente.
Soy la sombra que pisas.
Y lo que veo me decepciona.» Leonel retrocedió, no físicamente, sino con su espíritu.
Las palabras lo golpearon con la fuerza de un martillo.
«Mírate», continuó Tezcatlipoca, sin un ápice de compasión.
«Un hombre que ha sido dotado con una oportunidad que trasciende la vida y la muerte.
Una Wild Card, un potencial para convertirse en el arcano cero, el comodín que puede ser cualquier cosa.
Y ¿qué haces con él?
Lloriqueas.
Te ahogas en un mar de culpa que no construye, solo destruye.» «¡Perdí!» gritó Leonel, encontrando por fin su voz, cargada de angustia.
«¡Los perdí a todos!
¡No pude protegerlos!
¡Eran mis amigos, mi familia!» «¡Y aún respiras!» rugió Tezcatlipoca, y su voz hizo temblar el mismo vacío.
«¡Mash Kyrielight aún yace en el mundo real, herida pero viva!
¡Tus Servants no fueron aniquilados del Trono de Héroes!
El enemigo, en su arrogancia infinita, te concedió el mayor de los desprecios: la misericordia.
Te dio una segunda oportunidad.
Y tú, en tu debilidad mental, la desprecias con este espectáculo patético.» Cada palabra era un latigazo.
Leonel sentía que lo estaban desnudando, arrancándole capa tras capa de autojustificación.
«La derrota no es una mancha, es una lección», prosiguió el dios, su mirada de espejo humeante fija en él.
«El guerrero que cae y se levanta es más sabio que el que nunca ha caído.
Tuviste frente a ti la encarnación de un plan de tres mil años, un ser que posee un poder que rivaliza con el de los tipos estelares, y esperabas ¿qué?
¿Vencerlo en un único asalto con puro sentimiento?
Tu error no fue fracasar.
Tu error fue subestimarlo desde el principio, y ahora, sobrestimar tu fracaso.» «No tenía…
no tenía el poder…» «¡El poder nace de la convicción!» tronó Tezcatlipoca.
«Y tu convicción es débil.
Vacila.
Dudas.
Amas a tus Servants, sí, pero ese amor está teñido de miedo a fallarlos.
Un general que lidera con miedo está condenado.
La sabiduría no es solo prever movimientos en un tablero, es aprender de la derrota, absorber su dolor, forjar con él una voluntad de acero y regresar al campo de batalla con una estrategia nueva.
¿Crees que los dioses nacimos omnipotentes?
Aprendimos.
Caímos.
Nos alzamos.
Es la ley del universo.» La figura del dios se acercó, su presencia era tan vasta que parecía llenar toda la blancura.
«Mucho peor podría haber pasado.
Podrías haber muerto.
Mash podría haber muerto.
Todos podrían haber sido borrados.
Pero no.
Goetia, en su insondable arrogancia, te dejó vivir.
Cometió su primer error.
Y tú, en lugar de analizar ese error, de estudiar cada segundo de esa batalla para encontrar una grieta en su armadura perfecta, prefieres agonizar.
Eres como un hombre al que le regalan un diamante en bruto y llora porque no está pulido.» Las palabras de Tezcatlipoca no eran solo reproches.
Eran un desafío.
Un llamado a las armas dirigido a lo más profundo del ser de Leonel.
Y algo dentro de él, algo que había sido aplastado bajo el peso de la derrota, comenzó a responder.
La llama, esa chispa de obstinación que había sentido en los escombros de Londres, no se había apagado.
Había sido sofocada por la ceniza de la culpa, pero ahora, avivada por el viento áspero de las palabras del dios, comenzó a crecer.
Ya no era una chispa.
Era una antorcha.
Leonel alzó la cabeza, y sus ojos, antes nublados por las lágrimas, ahora tenían un destello de la antigua lucidez.
«Tienes…
razón», dijo, su voz aún temblorosa, pero con un núcleo de firmeza renaciente.
«Estaba…
mirando mi propio reflejo en el charco de mi fracaso, en lugar de mirar hacia adelante.
Ellos…
ellos confiaron en mí.
Y esa confianza no murió con ellos.
Mash aún cree en mí.
No puedo…
no debo traicionar eso.» La culpa no desapareció, pero se transformó.
Ya no era un peso paralizante, sino una cicatriz que recordaría el costo de la derrota.
Un recordatorio constante de por qué no podía volver a fallar.
Tezcatlipoca observó el cambio.
La impasibilidad de su rostro no se alteró, pero en sus ojos de espejo, el reflejo de la tormenta en Leonel comenzó a calmarse, replacedo por un fuego constante y decidido.
«Finalmente», murmuró el dios.
«Finalmente, el barro de tu espíritu comienza a solidificarse en cerámica.» Y entonces, sucedió.
Leonel lo sintió primero como un temblor en su propio ser.
Un cambio fundamental en la conexión que lo unía a Tezcatlipoca.
No era que el Persona estuviera evolucionando; era que ellos estaban evolucionando juntos.
La aceptación de Leonel de su debilidad, la integración de su fracaso como una lección y no como una losa, y el reavivamiento de su voluntad con una intensidad más purificada y feroz que nunca, actuaron como un catalizador.
La forma de Tezcatlipoca comenzó a cambiar.
La apariencia de jaguar y plumas se difuminó, no desapareciendo, sino fundiéndose con algo nuevo.
Su cuerpo se volvió más definido, más humanoide, pero reteniendo una esencia divina y predatoria.
La piel de obsidiana se cubrió con unas placas armónicas del color de la noche estrellada, entrelazadas con glifos dorados que brillaban con una luz interior.
Su rostro se mantuvo sereno, pero ahora había una promesa de acción en sus ojos, que ya no eran espejos humeantes, sino pozos de profundidad cósmica que contenían el fulgor de todas las estrellas.
Ya no era solo el Navegador, el observador en las sombras.
Ahora era el Guerrero, el ejecutor en la luz.
Una oleada de poder, crudo e indomable, surgió del Persona evolucionado y recorrió el cuerpo de Leonel.
No era el poder de un solo elemento, sino la esencia misma de la potencialidad.
Sintió el susurro del viento más gélido, el calor del magma más profundo, la firmeza de la tierra más antigua, la fluidez del agua más pura, el relámpago del cielo más tempestuoso, la luz que sana y la oscuridad que consume.
Tezcatlipoca, en su nueva forma, no tenía especialidad elemental porque los contenía a todos en un equilibrio perfecto.
No era fuerte o débil contra nada, porque era el crisol donde todos los elementos nacían y morían.
Era la encarnación de la Wild Card de Leonel llevada a su máxima expresión: la capacidad de adaptarse, de superar, de ser cualquier cosa que se necesitara.
El Vacío Blanco no pudo soportar esta nueva realidad.
La blancura infinita comenzó a agrietarse.
Finas líneas negras, como las que atraviesan un espejo al quebrarse, se extendieron desde los pies de Leonel.
Un fragor bajo, como el de un glaciar rompiéndose, llenó el silencio.
Las grietas se multiplicaron, expandiéndose, y a través de ellas, Leonel pudo vislumbrar destellos de otro lugar: el techo de una habitación familiar, el olor a antiséptico, la sensación de una cama bajo su espalda.
La habitación eternamente blanca se estaba desmoronando.
Su crisis había terminado.
Había sido forjado de nuevo en el yunque de su propia desesperación.
Leonel miró a su Persona evolucionado, a Tezcatlipoca en su gloria recién estrenada, y asintió.
No hubo palabras.
No eran necesarias.
El fuego en sus ojos era la única respuesta que importaba.
Con un último estruendo sordo, el mundo blanco se hizo añicos por completo, y la conciencia de Leonel Herrera fue arrastrada de vuelta a la realidad, llevando consigo las cicatrices de la derrota, la sabiduría amarga del fracaso y el poder recién forjado de un corazón que se negaba a rendirse.
La batalla por Londres había terminado en pérdida, pero la guerra por la Humanidad acababa de adquirir un nuevo y formidable contendiente.
La primera sensación fue la del peso.
Un peso denso y plomizo que anclaba cada uno de sus miembros al colchón.
Luego, la conciencia regresó no como un torrente, sino como la marea, lenta, arrastrando consigo jirones de sueños y pesadillas.
El Vacío Blanco se había desvanecido, pero su eco permanecía, una cicatriz en su psique.
Leonel Herrera entreabrió los párpados, una tarea hercúlea que requirió un esfuerzo titánico.
La luz, tenue y artificial, le provocó un dolor sordo detrás de los ojos.
El primer objeto que enfocó fue el techo.
Blanco, estéril, surcado por tiras de luces LED apagadas.
No era el cielo envenenado de Londres, ni la nada infinita de su crisis interior.
Era el techo de la enfermería de Chaldea.
La familiaridad del lugar le golpeó con una fuerza casi física.
Estaba vivo.
Estaba en casa.
Un movimiento a su izquierda captó su atención.
Girar la cabeza fue otra proeza; sus músculos se quejaban, débiles y atrofiados.
Allí, dormitando en una incómoda silla de plástico, con la cabeza apoyada en el borde de la cama y el característico pelo anaranjado despeinado, estaba el doctor Romani Archaman.
Tenía profundas ojeras moradas bajo los ojos, y su bata blanca estaba arrugada, como si la hubiera usado durante días.
Una botella de agua medio vacía y varios paquetes de comida instantánea desechados en una mesita cercana hablaban de una vigilia prolongada.
Un nudo de emociones se formó en la garganta de Leonel.
Gratitud, alivio, y una punzada de culpa al ver el evidente agotamiento del doctor.
Intentó hablar, pero de su garganta solo surgió un sonido áspero y quebrado, más un susurro ronco que una palabra.
El sonido, sin embargo, fue suficiente.
Los ojos de Roman se abrieron de par en par, como si un resorte interno los hubiera disparado.
La somnolencia se esfumó al instante, replaceda por una preocupación intensa y luego, al ver los ojos abiertos de Leonel, por un alivio tan profundo que parecía desmayarse.
«¡Leonel!» exclamó, incorporándose de golpe y casi volcando la silla.
Su voz era un mosaico de emociones: incredulidad, alegría, y una fatiga que traspasaba lo físico.
«Por todos los santos…
¡estás despierto!» Se acercó rápidamente, sus manos temblorosas buscando la botella de agua.
«Toma, bebe.
Despacio.
No te ahogues».
Leonel asintió débilmente.
Sus dedos, delgados y pálidos, se cerraron alrededor de la botella que Roman le ofrecía.
El primer trago fue un paraíso.
El líquido frío calmó la aridez desértica de su garganta, hidratando tejidos que creía marchitos para siempre.
Bebió con avidez, un poco de agua se le escapó por la comisura de los labios, pero Roman no le regañó, solo observaba con una sonrisa temblorosa, como un padre viendo a su hijo resucitar.
«Fácil, fácil…», murmuró Roman, sosteniéndole la botella cuando la fuerza de Leonel flaqueaba.
«Llevas dos semanas sin ingerir nada sólido.
Tu cuerpo está hecho un desastre».
Dos semanas.
La información se asentó en la mente de Leonel como una losa.
Había estado ausente durante catorce días.
Catorce días en ese limbo blanco, luchando contra sus demonios.
«Los demás…», logró articular Leonel, su voz un poco más clara pero aún débil.
«Mash…
los Servants…» «¡Todos están bien!» Roman lo interrumpió, anticipándose a su angustia.
«Mejor que bien, considerando las circunstancias».
Se acomodó en la silla, tomando un aire más profesional, aunque la emoción aún brillaba en sus ojos.
«Después de que…
ese ser, Solomon, se fuera, y tú perdieras la conciencia, el sistema de Rayshift se activó automáticamente como un mecanismo de emergencia.
Nos costó un susto de muerte estabilizar la señal, pero logramos traerlos a todos de vuelta.
A ti, a Mash y a todos tus Servants».
Leonel cerró los ojos, un suspiro de alivio escapando de sus labios.
No era un sueño.
Estaban a salvo.
«Los Servants», continuó Roman, «despertaron hace días.
El sistema mágico de Chaldea es excelente para restaurar sus formas espirituales.
Un poco de mana concentrado y descanso, y ya están casi como nuevos.
Mash despertó casi al mismo tiempo que ellos».
Hizo una pausa, y una sonrisa cómplice asomó a su rostro.
«Y, bueno, respecto a Mash…
tuvimos un pequeño incidente».
Leonel lo miró, interrogante.
«En cuanto abrió los ojos y se aseguró de que sus funciones básicas estaban bien, lo único que quería era venir aquí, a tu lado», explicó Roman, frotándose la nuca.
«Se negaba a separarse de ti bajo ninguna circunstancia.
No había forma de razonar con ella.
Decía que su lugar estaba protegiéndote, incluso de tu propio agotamiento».
Soltó una risa nerviosa.
«Al final, tuve que…
ejem, pedirle a uno de tus Servants, creo que fue la señorita Jeanne Alter, que la…
convenciera para tomar un sedante y descansar en su propia habitación.
Fue por su bien, pero no me lo perdonará en un buen tiempo».
La imagen de Mash, terca y determinada, siendo prácticamente obligada a descansar, provocó el primer atisbo de una sonrisa en el rostro de Leonel.
Era tan propia de ella.
«Tú…
estabas peor que todos», la voz de Roman se volvió grave de nuevo.
«El combate…
el informe de tus Servants y los sensores indican que te llevaste la peor parte.
Gastaste tu reserva de magia hasta la última gota, pusiste tu cuerpo al límite absoluto de resistencia y, lo más crítico, el vínculo con tus Servants actuó como un sifón.
Cuando ellos se vieron superados, inconscientemente drenaron mana de ti para mantenerse materializados, para seguir luchando.
Fue la receta perfecta para un colapso total.
Entraste en un coma inducido por la severa deficiencia de magia y el agotamiento físico.
Durante un tiempo…
temimos que no…
que no despertarías».
La sombra de la preocupación pasó de nuevo por el rostro del doctor.
Leonel podía imaginarlo: Roman, vigilando sus signos vitales, luchando contra la desesperación mientras los días pasaban y él no daba señales de vida.
«Pero aquí estás», dijo Roman, su voz recuperando el tono alegre.
«Y para mi eterno alivio, parece que has vuelto en tus cabales.
Es casi la hora del almuerzo, así que voy a ir a buscarte algo de comida sólida.
Algo ligero, tu estómago no está para fiestas.
Y, por cierto…» añadió, de pronto algo avergonzado, «…has perdido bastante peso.
Estás más delgado que un palillo».
Mientras Roman se levantaba, se detuvo en la puerta y se volvió, con una expresión que era una mezcla de advertencia y complicidad.
«Ah, y otro detalle…
Kiyohime.
Ella…
sintió tu lazo desvanecerse poco a poco durante tu coma.
Entraba varias veces al día, a veces solo para sentarse y mirarte, otras para sostener tu mano y susurrarte que no te fueras.
Ahora que estás despierto, es cuestión de minutos, quizás segundos, para que todos tus Servants, en especial tus novias, empiecen a llegar como una estampida».
Leonel tragó saliva.
La sola idea lo llenó de una aprensión dulce.
Después de la derrota, de la culpa, enfrentarse al cariño abrumador y probablemente lloroso de ellas era un desafío de otra índole.
«Mi consejo, como tu médico y tu amigo», dijo Roman con una sonrisa amplia, «es que te prepares.
Mental y físicamente.
Va a ser…
intenso».
Con esas palabras, Roman salió de la habitación, dejando a Leonel solo con el zumbido de los equipos médicos y el acelerado ritmo de su propio corazón.
Respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos.
La culpa aún estaba allí, un fantasma en el rincón de la habitación, pero la noticia de que todos estaban a salvo la había atenuado considerablemente.
Y ahora, el inminente tsunami emocional que se acercaba le daba algo tangible a lo que aferrarse: la realidad de su vínculo con ellos.
No tuvo que esperar mucho.
Apenas había probado la primera cucharada de una insípida pero nutritiva papilla que Roman le había traído, cuando la puerta de la enfermería se abrió de golpe.
No hubo anuncio.
No hubo timbre.
Solo la presencia de dos mujeres que irrumpieron en la habitación con la fuerza de un vendaval.
Nero Claudius, la emperatriz de Roma, llevaba su túnica blanca algo desaliñada, su dorado cabello no estaba en su habitual peinado elaborado.
Sus ojos, del color del carmesí, estaban brillantes con lágrimas no derramadas.
Tamamo no Mae, a su lado, vestía un sencillo kimono de enfermería, pero sus nueve colas estaban erizadas de emoción contenida, y sus ojos dorados, normalmente llenos de picardía, mostraban una preocupación profunda y genuina.
«¡Mi amado!» «¡Esposo!» Las voces se mezclaron en un solo grito de alivio.
En un instante, ambas estaban a los lados de la cama, ignorando por completo la silla de Roman y la mesita con la comida.
Nero se lanzó sobre él, enterrando su rostro en su hombro, sus lágrimas manchando la bata de hospital.
«¡Praetor!
¡Oh, mi sol!
¡Creí que te habías apagado para siempre!
¡El mundo habría perdido todo su color!» Tamamo, por su parte, fue ligeramente más contenida, pero no menos efusiva.
Tomó su mano con ambas de las suyas, apretándola como si temiera que se desvaneciera.
«Mikon…
¡estás despierto!
Esta zorra mala estuvo tan preocupada…
No volverás a asustarnos así, ¿entendido?» Su voz temblaba, y una lágrima solitaria escapó por su mejilla antes de que ella pudiera detenerla.
Leonel, abrumado, no supo qué hacer al principio.
Luego, instintivamente, su mano libre se posó en la espalda de Nero, y su otra mano, la que Tamamo no sostenía, se enredó en el suave pelaje de una de sus colas.
«Lo siento», murmuró, su voz ronca.
«Lo siento mucho…
por hacerlas preocupar».
Ese fue el catalizador.
La habitación, en los siguientes minutos, se llenó de una cacofonía de alivio, reproches cariñosos y emociones a flor de piel.
Francis Drake llegó con su habitual paso firme, pero su sonrisa era más suave de lo normal.
«Vaya, vaya, el capitán ha regresado a bordo.
Nos has dado un buen susto, muchacho».
Le dio una palmada en la pierna con cuidado, pero su mirada decía más que cualquier palabras: había un genuino afecto allí, mezclado con el respeto por quien había liderado la carga contra un enemigo imposible.
Kiyohime apareció casi de la nada, deslizándose entre las demás.
No dijo nada.
Simplemente se arrodilló junto a la cama, apoyó su cabeza en el borde del colchón y miró a Leonel con una devoción tan absoluta y tan vulnerable que le partió el corazón.
Sus ojos dorados, normalmente nublados por la obsesión, ahora solo mostraban un alivio profundo y silencioso.
Él extendió una mano y la posó sobre su cabeza.
Ella cerró los ojos, un suspiro tembloroso escapando de sus labios.
Jeanne d’Arc, la santa, llegó con su serenidad característica, pero su sonrisa era más cálida, más personal.
«Dios ha escuchado nuestras oraciones.
Es una bendición verte de nuevo con nosotros, Leonel».
Su presencia era un bálsamo calmante en medio del torbellino.
Y luego, en la puerta, apareció Jeanne Alter.
Se quedó allí, cruzada de brazos, haciendo un visible esfuerzo por mantener su expresión de fastidio habitual.
Pero no podía ocultar el leve rubor en sus mejillas ni la forma en que sus ojos lo escudriñaban de arriba abajo, buscando señales de daño permanente.
«Hmph.
Por fin decides unirte a los vivos, ¿eh?
Nos has tenido esperando.
Y deja de mirarme así, no es que me importara mucho o nada».
Volteó la cabeza, pero no se fue.
Se quedó en el umbral, una guardiana tsundere que se negaba a admitir su preocupación.
El ambiente era abrumador.
El cariño, la preocupación, el amor de todas ellas, era una marea que lo envolvía, lavando lentamente la amargura de la derrota.
Cada una a su manera, desde la pasión teatral de Nero hasta la negación de Jeanne Alter, le estaba diciendo lo mismo: estamos aquí.
Eres nuestro.
No te vamos a dejar ir.
Y entonces, como el acorde final y más significativo de esa sinfonía emocional, llegó ella.
Mash Kyrielight apareció en la puerta.
Llevaba su ropa casual de Chaldea, y su cabello lila estaba un poco revuelto, como si hubiera venido corriendo.
Su rostro, normalmente tan sereno, estaba pálido, y sus grandes ojos amarillos estaban llenos de un torrente de emociones contenidas: miedo, alivio, alegría, y algo más, algo más profundo y tierno.
Las demás Servants, como por un acuerdo tácito, se hicieron a un lado, abriendo un camino entre ellas y la cama.
Era un reconocimiento silencioso del lugar único que Mash ocupaba en el corazón de Leonel.
Mash caminó lentamente hacia la cama, sus pasos apenas un susurro en el suelo.
Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se desbordaron, surcando sus mejillas en silencio.
Pero no era un llanto de desesperación, sino de liberación.
«Senpai…», susurró, su voz quebrada por la emoción.
No dijo nada más.
No hizo falta.
Se inclinó y lo abrazó con una fuerza que sorprendió a Leonel, enterrando su rostro en el hueco de su cuello.
Él la rodeó con sus brazos, aún débiles, y la sostuvo contra él.
Podía sentir el temblor de su cuerpo, el latido acelerado de su corazón contra el suyo.
«Gracias», murmuró ella contra su piel, su voz ahogada por las lágrimas y la tela de su bata.
«Gracias…
por estar vivo».
En ese abrazo, en la simple y poderosa verdad de esas palabras, toda la culpa residual de Leonel, todo el dolor de la derrota, encontró su antídoto.
No se esfumó, pero perdió su poder para paralizarlo.
Se transformó en determinación.
En el calor de ese abrazo, sintió que su espíritu, quebrantado y rehecho en el Vacío Blanco, se soldaba por completo.
El resto de los Servants observaban la escena con sonrisas suaves.
Hasta Jeanne Alter desvió la mirada, un leve rubor en su rostro, pero sin hacer ningún comentario sarcástico.
La puerta se abrió una vez más, y Da Vinci asomó la cabeza.
Su rostro de Mona Lisa mostró una genuina sonrisa de alivio al ver a Leonel despierto y rodeado de los suyos.
«Bienvenido de vuelta, nuestro último Maestro», dijo, su voz melodiosa.
«Has conseguido inquietar a todo Chaldea.
Y, si me lo permites, has cerrado con broche de oro, un tanto dramático, la Singularidad de Londres».
Con la llegada de Da Vinci, la tensión se disipó por completo.
El ambiente se volvió más ligero, lleno de un murmullo de conversaciones suaves, de preguntas sobre su estado, de promesas tácitas de no volver a permitirle llevarse toda la carga solo.
Leonel se recostó en las almohadas, exhausto pero más en paz de lo que había estado en semanas.
Miró a su alrededor, a este grupo dispar de heroínas, aliados y amigos que había reunido.
A Nero, que ahora discutía acaloradamente con Tamamo sobre quién le daría la siguiente cucharada de papilla.
A Drake, que bromeaba con un Mozart visiblemente aliviado que había llegado un poco después.
A Kiyohime, que se había dormido tranquilamente con la cabeza aún apoyada en la cama, su mano aferrada a la de él.
A las dos Jeannes, una sonriendo con serenidad, la otra fingiendo indiferencia pero sin apartarse.
Y a Mash, que se había sentado en el borde de la cama, su mano aún entrelazada con la de él, su presencia una constante tranquilizadora.
La Singularidad de Londres había acabado.
Había sido una victoria pyrrica, salpicada de la amarga lección de su propia limitación frente a la escala cósmica de la amenaza.
Pero también había sido un crisol.
Había forjado su determinación hasta convertirla en acero templado.
Había despertado el verdadero potencial de su Wild Card y de Tezcatlipoca.
Y, lo más importante, había cementado los lazos que lo unían a estos espíritus heroicos, transformando una alianza de conveniencia en una verdadera familia.
Roman tenía razón.
Aún quedaban tres Singularidades por enfrentar.
El camino al Templo del Tiempo, al enfrentamiento final con Goetia, era largo y estaba sembrado de incertidumbre y peligro.
Pero mientras Leonel sentía la mano de Mash en la suya, y veía el fuego de la lealtad y el amor en los ojos de quienes lo rodeaban, supo, con una certeza que nacía de lo más profundo de su ser, que estaba listo.
No importaba lo que el futuro les deparara.
Lo enfrentaría con ellos a su lado.
La batalla por la Humanidad continuaba, y Leonel Herrera, el joven de espíritu reforjado y corazón renovado, estaba listo para volver al campo de juego.
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