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Fate/Grand Persona - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Capitulo 39 Artimañas en Chaldea
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40: Capitulo 39: Artimañas en Chaldea 40: Capitulo 39: Artimañas en Chaldea La vida en Chaldea, después de un evento de singularidad, siempre entraba en un período peculiar de calma tensa y recuperación acelerada.

Para Leonel Herrera, este período se había convertido en una peculiar y agotadora prueba de supervivencia que no involucraba bestias mágicas ni Pilares Demoníacos, sino algo infinitamente más temible: la preocupación culinaria hiperactiva de sus Servants.

Su despertar había sido el inicio de una nueva clase de batalla.

La batalla contra la papilla.

Durante la primera semana de su rehabilitación, Leonel se convirtió en el blanco de una campaña de alimentación forzada que habría hecho palidecer a cualquier nutricionista militar.

Su cuerpo, demacrado después de dos semanas de coma, era ahora un templo en reconstrucción, y sus “devotas seguidoras” estaban decididas a colmar ese templo con ofrendas de todo tipo.

La peor—o quizá la más persistente—era Kiyohime.

La Berserker se había autoproclamado jefa de su nutrición.

Con una bandeja meticulosamente preparada en mano (que a menudo contenía extrañas—y potencialmente mágicas—combinaciones que ella llamaba “platos del amor eterno”), se presentaba en su habitación con una puntualidad aterradora.

Sus ojos dorados, normalmente nublados por la obsesión, ahora brillaban con la determinación ferviente de una madre dragón criando a su único y preciado hijito.

«Abrid la boca, Maestro-sama», decía ella, con una voz dulce que no admitía réplica, sosteniendo un par de palillos con un trozo de pescado perfectamente fileteado (o lo que ella creía que era un filete perfecto).

«Kiyohime, realmente puedo comer solo…», intentaba protestar Leonel, sintiéndose como un polluelo indefenso.

El efecto era instantáneo.

La dulce sonrisa de Kiyohime se congelaba.

Un temblor casi imperceptible recorría sus manos.

Sus pupilas se contraían.

«¿Acaso…

mi comida no es de tu agrado, Maestro-sama?» Su tono era peligrosamente calmado, el preludio de un tsunami emocional.

«¿Estás diciendo que no quieres aceptar el amor y la dedicación que he puesto en este plato?

¿Que mis esfuerzos son en vano?

¿Que…

que me estás mintiendo?» La palabra “mintiendo” era la clave.

Era el botón nuclear.

Leonel, recordando vívidamente las llamas azules de su Noble Phantasm y su feroz lealtad, palidecía.

Tragaba saliva, mirando el trozo de pescado que ahora parecía contener el destino de toda Chaldea.

«¡No, no!

¡Para nada!» se apresuraba a decir, abriendo la boca como un pichón a punto de ser alimentado.

«Se ve delicioso.

Realmente, lo aprecio».

La sonrisa regresaba a Kiyohime, radiante y satisfecha.

«¡Me alegra mucho!

¡Entonces, aquí viene!

¡Uno para mi amado!» Y así, bocado a bocado, Leonel era alimentado, sintiéndose alternativamente como un rey muy consentido y un prisionero en una prisión de terciopelo y devoción excesiva.

Nero y Tamamo no se quedaban atrás, turnándose para ofrecerle manjares “propios de un Emperador” o “elaborados con el amor de una esposa”, creando a veces una incómoda competencia sobre quién conseguía que él probara primero su comida.

Pero el momento más surrealista, y quizás el que más disfrutaba Leonel en secreto, era cuando le tocaba el turno a Jeanne Alter.

Ella no era como las otras.

No llegaba con bandejas elaboradas ni con sonrisas dulces.

Se acercaba a su cama o, más tarde, a la mesa del comedor, con su actitud habitual de “estoy aquí porque no tengo nada mejor que hacer”.

Llevaba un plato de comida perfectamente normal—un estofado, un sándwich, algo de la cocina de Chaldea—pero el ritual era completamente distinto.

«Toma.

Come», ordenaba, clavando los palillos en un trozo de carne con la precisión de quien clava una daga en el corazón de un enemigo.

Leonel, ya recuperando parte de su fuerza y su humor característico, no podía evitar sonreír.

«¿Es esto tu versión de los cuidados intensivos, Jeanne Alter?» «Cállate y mastica», refunfuñaba ella, desviando la mirada, un leve rubor tiñendo sus mejillas.

«Si te mueres de inanición, Da Vinci me echará la culpa a mí.

Y no pienso cargar con esa responsabilidad».

Él abría la boca, y ella, con una concentración feroz, como si estuviera apuntando con su espada, le acercaba el bocado.

Sus movimientos eran torpes, casi bruscos, pero siempre cuidadosos para no lastimarlo.

Cada mordida que Leonel daba a la comida ofrecida por ella iba acompañada de una sonrisa amplia y genuina de su parte.

Era un espectáculo extraño y entrañable: el poderoso Avenger, capaz de reducir ciudades a cenizas, alimentando con visible incomodidad—pero persistencia inquebrantable—a su Maestro, mientras este la miraba con una ternura que a ella la hacía querer prender fuego a algo, solo para disimular.

«Deja de sonreír como un idiota», gruñía, metiéndole otro bocado de pan.

«Es solo comida».

«Claro, solo comida», concordaba Leonel, su sonrisa intacta.

Sabía que, en el lenguaje torpe y lleno de negaciones de Jeanne Alter, esto era el equivalente a una declaración de amor cantada por un coro celestial.

Después de una semana de esta “tortura nutritiva”, Leonel se sentía casi como nuevo.

Su cuerpo había recuperado gran parte de su tono muscular y el color en su rostro.

La sombra de la derrota en Londres no se había borrado, pero ya no lo paralizaba.

Se había convertido en una lección grabada a fuego, y el cariño abrumador de sus Servants había sido el bálsamo que necesitaba.

Ahora, con la mente clara y el espíritu renovado, un nuevo impulso surgió en él: era hora de fortalecer su equipo.

La sombra de Goetia era larga, y quedaban tres singularidades por delante.

El rumor de una nueva invocación se esparció por Chaldea más rápido que un chisme en una cafetería.

Para cuando Leonel, acompañado de una Mash sonriente y un Roman ligeramente nervioso, llegó a la sala de invocación, el lugar ya estaba abarrotado.

Era un espectáculo de lo más pintoresco.

Nero estaba posando dramáticamente cerca del círculo, como si fuera la anfitriona de la ceremonia.

Tamamo observaba con curiosidad de zorra, sus colas moviéndose suavemente.

Drake se apoyaba contra una pared con una sonrisa burlona, apostando mentalmente con ella misma sobre lo que saldría.

Kiyohime vigilaba la escena con intensidad, asegurándose de que ningún “espíritu nuevo” albergara intenciones inapropiadas hacia su Maestro.

Jeanne, la santa, observaba con serenidad, mientras su versión Alter se cruzaba de brazos en un rincón, fingiendo desinterés pero con los ojos clavados en el círculo.

Hasta Mozart y Shakespeare habían aparecido, el primero tarareando una melodía de suspense y el segundo murmurando sobre “los dramáticos giros del destino y la llegada de nuevos actores a nuestro escenario”.

«Vaya audiencia», murmuró Leonel para Mash.

«Todos están emocionados, Senpai», respondió ella con dulzura.

«Y un poco preocupados.

Después de Londres…

todos quieren más aliados fuertes a tu lado».

Leonel asintió.

Él también.

Sabía, por su conocimiento de otra vida, que la suerte jugaba un papel enorme en estas invocaciones.

Y mientras se colocaba en el centro del círculo, sintiendo la energía mágica de Chaldea fluir a su alrededor, tuvo un presentimiento.

Un nombre resonó en su mente: Mordred.

La rebelde caballera del Rey de los Caballeros.

Y con ella, casi como una sombra inevitable, la posibilidad de Artoria Lancer Alter.

La perspectiva de tener a dos versiones de su padre/madre/sí misma en la misma habitación, especialmente una que era esencialmente una versión oscura y glotona de la misma, era una receta para el desastre absoluto.

Pero era un riesgo que debía correr.

Respiró hondo, ignorando la mirada expectante de docenas de ojos.

Extendió sus manos y comenzó a pronunciar las palabras del hechizo, la fórmula que unía su voluntad con el Trono de los Héroes.

«¡Que el sello del fundador se active!» El círculo a sus pies comenzó a brillar con una luz plateada.

«¡Eres el que custodia la balanza!» La energía se acumuló, haciendo vibrar el aire.

«¡Llamo a tu nombre ante el vacío del tiempo!» Un pilar de luz blanca y cegadora se alzó hacia el techo, envolviéndolo por completo.

El resplandor era tan intenso que todos los presentes tuvieron que proteger los ojos.

Roman se ajustó las gafas, nervioso.

Mash contuvo la respiración.

Y entonces, de dentro del pilar, surgieron dos siluetas.

La luz se disipó para revelar a la primera.

Una figura más baja de lo que uno esperaría de un Caballero de la Mesa Redonda, con una armadura plateada y práctica, sin los adornos excesivos de otros.

Llevaba el yelmo cerrado, con su distintivo cuerno, pero una energía de pura efervescencia y rebelión emanaba de ella.

Un manto rojo colgaba de sus hombros.

Era Mordred, Hijo del Rey de los Caballeros.

«¡Ja!

¡Finalmente!

Un Maestro que no es un debilucho total—» comenzó a decir su voz, distorsionada por el yelmo, mientras se sacudía el brillo residual de la invocación.

Sus ojos escaneó la habitación, deteniéndose en Leonel con una mezcla de curiosidad y aprobación.

Pero entonces, su mirada se desvió hacia la segunda figura que se materializaba a su lado.

Y el mundo se detuvo.

La segunda Servant era más alta, imponente.

Su armadura era negra como la noche, con detalles dorados siniestros.

Llevaba un vestido negro bajo la armadura y una capa negra.

En sus manos sostenía una lanza negra que destilaba una aura de frío y oscuridad absolutos.

Su cabello era plateado, y sus ojos, de un dorado gélido, se posaron primero en Leonel y luego, con un reconocimiento instantáneo y cargado de desdén, en Mordred.

Era Artoria Pendragon, no la Saber del Santo Grial, sino la Lancer Alter, la versión distorsionada y hambrienta de poder.

Un silencio sepulcral llenó la sala.

Se podía escuchar el zumbido de los sistemas de Chaldea.

El yelmo de Mordred se retrajo con un chasquido metálico, revelando un rostro sorprendentemente similar al de Artoria, pero con una expresión salvaje y llena de cicatrices.

Sus ojos verdes se abrieron de par en par, primero con incredulidad y luego con una rabia pura y no adulterada.

«¡TÚ!» rugió, su voz un trueno de odio acumulado.

Su espada, Clarent, apareció en su mano en un destello de luz roja sangrienta.

«¡PADRE!

¡O…

MADRE!

O…

¡LO QUE SEAS!

¡MUERE!» Sin siquiera esperar a una explicación, Mordred se lanzó como un proyectil humano hacia Artoria Lancer Alter, su espada alzada para un golpe decapitador.

«¡Mordred, espera!» gritó Leonel, pero fue como intentar detener una avalancha con una cuchara.

Artoria Lancer Alter ni siquiera se inmutó.

Sus ojos fríos siguieron la carga de Mordred con el aburrimiento de quien ve acercarse un mosquito molesto.

Con un movimiento casi desganado, alzó su lanza, Rhongomyniad.

«Insecto ruidoso», murmuró con una voz grave y serena que helaba la sangre.

El choque entre la espada y la lanza estuvo a punto de producirse, pero en ese preciso instante, Leonel, actuando por puro instinto y desesperación, se interpuso entre ellas.

«¡ALTO!» Ambas Servants se detuvieron en seco, sus armas a centímetros de su cuerpo.

El shock de ver a su recién invocado Maestro arriesgando su vida de esa manera las paralizó por un segundo.

«¡Fuera del camino, Maestro!» gritó Mordred, sus ojos brillando con furia.

«¡Esa farsante debe pagar!» «Tu interferencia es innecesaria, Master», dijo Artoria Alter, su voz gélida.

«Permítame eliminar esta…

molestia».

Leonel, con el corazón latiendo a mil por hora, respiró profundamente.

Esto era incluso peor de lo que había imaginado.

Miró a Mordred, a quien conocía era más susceptible a los llamados a la lealtad y el reconocimiento.

«Mordred», dijo, con toda la calma que pudo reunir.

«Eres mi Servant ahora.

Yo soy tu Maestro.

Y como tu Maestro, te ordeno que bajes tu espada.

No es tu enemiga aquí.

O, al menos, no lo será si me obedeces».

Mordred lo miró, confundida y furiosa.

«¿Pero es ella!» «Es una versión de ella, sí.

Pero no es la que conoces.

Y tampoco es tu rey aquí.

Yo soy tu comandante ahora.

¿Vas a desobedecer la primera orden de tu nuevo Maestro?» La pregunta surtió efecto.

El código de caballería de Mordred, por distorsionado que estuviera, entró en conflicto con su odio visceral.

Gruñó, bajando Clarent unos centímetros, pero sin soltarla.

«Esto no se ha acabado».

Leonel entonces se volvió hacia Artoria Lancer Alter.

Esta era más complicada.

No se movía por lealtad caballeresca, sino por una lógica fría y un hambre perpetua.

Sabía, por su conocimiento previo, el punto débil de esta versión en particular.

Era un riesgo, una apuesta absurda, pero era la única carta que tenía.

«Y tú, Artoria Pendragon Lancer Alter», dijo, manteniendo la voz firme.

«Baja tu lanza».

Ella lo miró con sus ojos dorados e impasibles.

«Dame una razón para hacerlo, humano.

No siento ninguna obligación hacia ti todavía».

Leonel esbozó una pequeña sonrisa, la sonrisa de un jugador que va a apostar todo a una sola carta.

«Te ofrezco un trato.

Baja la lanza, no elimines a Mordred, y a cambio…» Hizo una pausa dramática, sabiendo que todas las miradas de la sala estaban clavadas en él.

«…te garantizo una provisión ilimitada y de la más alta calidad de…

hamburguesas».

El silencio que siguió fue aún más profundo que el anterior.

Parecía que hasta los sistemas de ventilación de Chaldea se habían detenido.

Roman se quedó boquiabierto.

Mash parpadeó, confundida.

Nero parecía ofendida por la simple mención de tan plebeyo manjar.

Drake soltó una carcajada ahogada.

Pero fue la reacción de Artoria Lancer Alter la que congeló a todos.

Sus ojos, antes fríos e impasibles, se abrieron levemente.

Un destello de algo que no era ni odio ni desdén, sino un interés genuino y voraz, cruzó su rostro.

Su nariz pareció dilatarse ligeramente, como si pudiera oler la promesa de carne, pan y salsa a través del aire estéril de la sala de invocación.

«Hamburguesas…», repitió, su voz perdiendo un ápice de su frialdad.

«¿Ilimitadas?

¿De la más alta calidad?» «Con queso, lechuga, tomate, bacon, y la salsa secreta de nuestro chef de Chaldea», añadió Leonel, endulzando la oferta como un pescador añadiendo carnada al anzuelo.

«Y patatas fritas.

Grandes.

Crujientes por fuera, tiernas por dentro».

Artoria Alter bajó lentamente su lanza.

El extremo de la misma golpeó el suelo con un suave clack que resonó en el silencio.

Miró a Mordred, que la observaba con una mezcla de incredulidad y rabia contenida, y luego de nuevo a Leonel.

«Aceptable», declaró con la solemnidad de quien firma un tratado de paz.

«La criatura rebelde puede vivir.

Por ahora».

Su mirada se fijó de nuevo en Leonel.

«Exijo la primera hamburguesa como pago inicial.

Inmediatamente».

Leonel sintió que las piernas le flaqueaban del alivio.

¡Había funcionado!

¡El milagro de la hamburguesa había salvado a Chaldea de una guerra civil!

«¡Trato hecho!» dijo, casi riendo de la absurdidad de todo.

Mordred miró la escena, completamente desorientada.

«¿En serio?

¿¿Una hamburguesa??

¿¿Eso es lo que vale mi vida para ella??» «¡Cállate, mocosa!» le espetó Artoria Alter, ya completamente distraída por las perspectivas culinarias.

«Maestro, lead the way.

Mi estómago exige su tributo».

Y así, la tensión se rompió.

La sala estalló en una mezcla de risas, suspiros de alivio y comentarios divertidos.

Drake se reía a carcajadas, abrazándose el estómago.

Tamamo murmuraba “los hombres y su comida rápida…” con una sonrisa.

Jeanne Alter, en su rincón, soltó un “patético” que sonaba más a alivio que a desprecio.

Leonel, rodeado por su creciente y caótica familia, miró al cielo—o al techo de Chaldea—y susurró un “gracias” a cualquier ente, dios o simple capricho del destino que le hubiera concedido esa pequeña y grasienta muestra de piedad.

La invocación había sido un éxito.

Había conseguido dos poderosísimas nuevas aliadas.

Y, contra todo pronóstico, seguía teniendo un techo sobre su cabeza.

Mientras guiaba a una Artoria Lancer Alter decidida hacia los comedores, con una Mordred confundida y quejumbrosa siguiéndolos de cerca (prometiendo vengarse “más tarde”), supo que los próximos días en Chaldea serían todo menos aburridos.

Pero después de la oscuridad de Londres, este caos luminoso y lleno de vida era exactamente lo que necesitaba.

El camino por delante era peligroso, pero con un equipo como este, cualquier cosa parecía posible.

Incluyendo, al parecer, negociar la paz con hamburguesas.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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