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Fate/Grand Persona - Capítulo 41

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Capítulo 41: Capitulo 40: E Pluribus Unum

La paz en Chaldea, como la había conocido Leonel, era un bien tan preciado como efímero. Un fruto exótico que maduraba en el breve intervalo entre una catástrofe existencial y la siguiente. Después del infierno blanco de su coma y la agotadora pero reconfortante rehabilitación, se habían concedido a sí mismos unos días de respiro. Y Leonel, con la sabiduría amarga de quien sabe que el reloj del apocalipsis nunca se detiene, estaba decidido a exprimir cada segundo.

Su conocimiento de la línea temporal original era a la vez un faro y una maldición. Sabía que la Quinta Singularidad, “E Pluribus Unum”, acechaba en el horizonte inmediato. Eso significaba que el tiempo de ocio era un recurso no renovable en rápido agotamiento. Así que, con la determinación de un general que planifica la última fiesta antes de la batalla, dedicó cada hora consciente a fortalecer los lazos que sostenían su espíritu y, por extensión, la resistencia de toda la humanidad.

Sus días se convirtieron en un mosaico de interacciones cuidadosamente orquestadas, un equilibrio delicado entre el deber de Maestro y los latidos de un corazón que albergaba demasiado afecto para un solo pecho.

Para sus relaciones recién forjadas, organizó actividades que sirvieran como campo de pruebas y forja de camaradería. Una sesión de entrenamiento en el simulador se transformó en un caótico y épico partido de “capturar la bandera” entre equipos liderados por Mordred y Artoria Lancer Alter. La rivalidad entre ellas era palpable, un tira y afloja de miradas desafiantes y comentarios cortantes, pero, para sorpresa de todos (especialmente de Leonel), se mantuvo en el ámbito de la competencia sana. O al menos, tan sana como podía serlo cuando Mordred intentaba volar una colina con su Clarent Blood Arthur para desalojar a su “padre/madre” de su posición, y Artoria Alter respondía congelando medio campo de batalla con el frío absoluto de su Rhongomyniad. Al final, ambas quedaron sucias, exhaustas y, aunque no lo admitirían, divertidas. Leonel, observando desde el puesto de mando con Mash y Tezcatlipoca (cuya nueva forma evolucionada observaba todo con su serenidad analítica habitual), consideró la actividad un éxito rotundo. Ninguno de los dos había intentado matar al otro en serio, y Mordred incluso le había dado una palmada en la espalda a Leonel después, diciendo: “¡No está mal, Maestro! ¡Al menos sabes cómo montar un buen espectáculo!”.

Para sus “novias”, esos días fueron una sucesión de citas breves pero intensas. Con Nero, fue una velada de ópera en la que la Emperatriz no solo cantó, sino que también interpretó todos los papeles, dirigió la orquesta imaginaria y exigió una lluvia de pétalos de rosa del sistema de ambientación de Chaldea. Leonel pasó la mayor parte del tiempo sonriendo, embelesado por su energía teatral y su devolución absoluta.

Con Tamamo no Mae, fue una tarde de serenidad doméstica. Ella cocinó un banquete exquisito, se sentaron en cojines en el suelo de su habitación, y simplemente hablaron. Hablaron de vidas pasadas, de sueños futuros, de la calidez de un hogar. Tamamo se recostó sobre su regazo, sus nueve colas envolviéndolo en un abrazo mullido y cálido, y por un momento, el peso de ser el último Maestro de la humanidad se desvaneció, replacedo por la simple paz de ser “esposo”.

Hasta con Jeanne Alter logró robar un momento. La convenció de “patrullar” juntos los pasillos menos transitados de Chaldea. Fue una cita de tsundere por excelencia: ella se quejaba de todo, del clima artificial, de la decoración, de la incompetencia de Roman, pero nunca se alejó de su lado. Cuando él, en un acto de valentía temeraria, tomó su mano, ella se quedó rígida como una tabla, soltó un “¿Q-qué crees que estás haciendo, idiota?” pero no la soltó hasta que se toparon con un sorprendido Mozart, momento en el que la apartó como si le hubiera quemado.

Kiyohime, por supuesto, requería una vigilancia constante. Su idea de una “cita” era seguir a Leonel a todas partes con una bandeja de comida, asegurándose de que no hablara con ninguna otra mujer Servant por más de treinta segundos. Leonel manejaba la situación con una mezcla de exasperación y un cariño genuino por la intensidad de su lealtad.

Fue durante una de estas interacciones, mientras intentaba explicarle a un muy confundido Georgios los conceptos básicos del fútbol moderno, cuando las luces de Chaldea parpadearon una vez, de forma siniestra.

Un silencio incómodo se cernió sobre la sala de recreo. Todos los Servants presentes alzaron la vista instintivamente. Era una sensación que ya conocían demasiado bien.

Luego, el silencio se rompió con la voz metálica y urgente del sistema de intercomunicaciones.

«ALERTA DE SINGULARIDAD. ALERTA DE SINGULARIDAD. TODOS EL PERSONAL CLAVE, REPORTAR AL CENTRO DE MANDO INMEDIATAMENTE. MAESTRO LEONEL HERRERA, FAVOR DE PRESENTARSE CON SUS SERVANTS PRINCIPALES.»

La paz se había acabado. Tan abruptamente como había llegado.

Leonel cerró los ojos por un segundo, un suspiro escapando de sus labios. Había durado incluso menos de lo que temía. Sintió la mano de Mash en su brazo, una presencia tranquilizadora y firme.

«Parece que se acabó la diversión», dijo Drake, que estaba en la barra sirviéndose un trago. Lo dejó a medio beber con pesar. «El mar nos llama de nuevo, muchacho».

«¡Una nueva oportunidad para demostrar el esplendor de Roma!» declaró Nero, aunque su entusiasmo parecía un poco forzado.

Artoria Lancer Alter, que estaba en un rincón devorando tranquilamente su tercera hamburguesa de la hora, alzó la vista. «¿Habrá comida decente en esta nueva localización?»

Leonel no pudo evitar una sonrisa cansada. «Eso espero. Todos, al centro de mando. Es hora de trabajar».

La caminata hacia el centro de mando fue sombría. Los pasillos, que hacía apenas una hora resonaban con risas y discusiones triviales, ahora solo estaban ocupados por el sonido apresurado de sus pasos y el zumbido de baja frecuencia de una instalación en alerta máxima. Tezcatlipoca se materializó a su lado, su nueva forma imponente y silenciosa. No dijo nada, pero su presencia era un recordatorio constante de la evolución que ambos habían sufrido y de los desafíos que probablemente enfrentarían.

Al entrar en la cavernosa sala del centro de mando, la escena era de actividad contenida. Los técnicos corrían entre consolas, sus voces eran murmullos urgentes. En la plataforma central, bajo el holograma gigante del planeta Tierra, estaban los tres pilares de la dirección de Chaldea: la Directora Interina Olga Marie Animusphere, con su rostro pálido y su expresión de severidad forjada a fuego; el doctor Romani Archaman, cuyas ojeras parecían haberse vuelto una característica permanente de su rostro, hojeando frenéticamente una tableta; y Da Vinci, el genio renacentista, con su sonrisa perenne pero sus ojos brillando con una aguda preocupación.

«Hererra, ya era hora», dijo Olga, su voz cortante. No era un reproche genuino, sino la descarga nerviosa de quien lleva horas conteniendo la ansiedad.

«Lo siento, Directora. Estábamos… coordinando», respondió Leonel, tomando su lugar frente a ellos. Sus Servants se desplegaron a su espalda, una impresionante y heterogénea asamblea de poder legendario. Mash se colocó a su lado inmediato, su escudo ya firmemente sujeto en su brazo.

«No importa», intervino Da Vinci, haciendo un gesto amplio hacia el holograma. «El mundo, como puedes ver, sigue desangrándose. La Quinta Singularidad ha sido confirmada. La localización y la época son… instructivas».

Roman se aclaró la garganta, pasando los datos a la pantalla principal. «La Singularidad ha sido identificada como “E Pluribus Unum”. Ubicación: América del Norte, específicamente los territorios que conformarán los Estados Unidos de América. Época: siglo XIX, alrededor de los años 1783, justo después del final de la Guerra de Independencia».

Leonel contuvo un suspiro de alivio. Hasta ahora, coincidía con su memoria. América. La guerra entre los Celtas y los Inventores. Medb y Edison. Cu Chulainn Alter. Su mente, entrenada para la estrategia, comenzó a trabajar inmediatamente, recuperando información de su vida pasada. Al menos la base era la misma. Eso le daba una ventaja incalculable.

Olga tomó la palabra, su postura rígida y militar. «La misión es la estándar, pero no por eso menos crítica. Rayshift hacia la Singularidad, localizar y asegurar el Santo Grial que es la fuente de la distorsión, y corregir el curso de la historia humana. Los sensores indican un nivel de interferencia y conflicto masivo. Parece ser una zona de guerra a gran escala».

«Y no una guerra cualquiera», añadió Da Vinci, cruzando los brazos. Su mirada era perspicaz. «La lectura de los Espectros Heroicos es… peculiar. Extremadamente densa por un lado, con una firma de poder masiva y primitiva, y por el otro, una amalgama tecnológica y mágica que nunca habíamos visto. Es como si dos conceptos opuestos de “poder” estuvieran chocando».

Roman asintió, acercándose a la pantalla táctil. «El ambiente político e histórico es crucial para entenderlo. Por un lado, tenemos a la Reina Medb de Connacht». Una imagen de una mujer voluptuosa y de risa desafiante, montada en su carroza, apareció en la pantalla. «Una figura celta notoria por su ferocidad y su capacidad para incitar a los hombres a la guerra. Los sensores indican que está liderando una invasión masiva de guerreros celtas, una fuerza que históricamente no debería estar allí. Y con ella…». La imagen cambió para mostrar una silueta bestial, encorvada, con un aura de pura maldad y destrucción. «…una versión corrompida y alterada de Cu Chulainn. Los niveles de poder que emana son aberrantes. Es, sin duda, una de las mayores amenazas que han enfrentado».

Leonel sintió un escalofrío. Recordaba a Cu Chulainn Alter. Un berserker sin piedad, una perversión del héroe irlandés que una vez había conocido como Caster. Era un enemigo temible.

«Y en el otro lado del conflicto», continuó Roman, cambiando la imagen de nuevo, «tenemos a… bueno, esto es un poco más difícil de explicar». La pantalla mostró una figura que era a la vez grandiosa y ridícula: un hombre de complexión poderosa con una melena de león y un rostro que era una mezcla de rasgos humanos y felinos, vestido con lo que parecía un traje presidencial estadounidense adornado de forma extravagante. «Thomas Alva Edison. O, más precisamente, una amalgama espiritual de Edison con los “Pilares de la Fundación” de Estados Unidos. Es… la encarnación del “Sueño Americano” y el progreso industrial, pero manifestado de una manera… bueno, ya lo ven».

Varios Servants parpadearon, confundidos. Nero frunció el ceño. «¿Un león que es un inventor? ¿Es eso alguna clase de farsa?»

«Parece más un chiste de mal gusto», comentó Jeanne Alter con una mueca.

«Su apariencia puede ser… peculiar», admitió Da Vinci con una sonrisa divertida, «pero su poder es muy real. Ha establecido una fortaleza tecnológico-mágica y está librando una guerra de desgaste contra la horda celta de Medb. En esencia, esta singularidad es una batalla campal entre dos visiones distorsionadas de la conquista y el progreso: la fuerza bruta y tribal contra la industria y la innovación. Ambas partes, impulsadas por un Grial, creen tener la razón histórica».

Leonel escuchaba, asimilando cada dato. Hasta ahora, todo encajaba con el guion que recordaba. Medb y sus celtas contra Edison y sus máquinas. La guerra por el “alma” de América. Eso era manejable. Él sabía cómo se desarrollaba, conocía los puntos de inflexión, las debilidades clave.

Pero luego, su mirada se encontró con la de Tezcatlipoca. El Persona evolucionado lo observaba en silencio, sus ojos de profundidad cósmica parecían percibir la frágil esperanza que bullía en su interior. Una sola voz, grave y solo para él, resonó en su mente.

«No confíes en la memoria, Leonel. El río de la historia ya ha sido contaminado. Londres nos enseñó que las aguas pueden desbordarse. Espera lo inesperado».

La advertencia le heló la sangre. Tenía razón. La Singularidad de Londres había tenido desviaciones significativas, encuentros y batallas que no estaban en el juego original. ¿Por qué esta sería diferente? Su alivio inicial se transformó en una cautela vigilante. Podía usar su conocimiento como un mapa general, pero debía estar preparado para que el terreno hubiera cambiado por completo.

«Entiendo la situación», dijo Leonel, su voz firme y clara, proyectando una confianza que no sentía del todo. «Una guerra entre dos facciones descontroladas, ambas con acceso a un poder similar al de un Grial. Nuestro objetivo es neutralizar a ambas, recuperar el Grial y restaurar la historia».

«Exactamente», asintió Olga, con una aprobación inusual en su tono. «No podemos permitir que ninguna de las dos gane. Ambas representan un futuro distorsionado para la humanidad. Debes encontrar una manera de navegar entre este conflicto, o de romperlo por completo».

«El Rayshift está siendo calibrado», informó Roman. «Las coordenadas están bloqueadas en el punto de mayor inestabilidad, lo que probablemente los depositará justo en medio de… bueno, de donde sea más peligroso». Hizo una mueca. «Lo siento, es lo más preciso que podemos obtener con la interferencia».

«No importa», dijo Leonel, volviéndose para enfrentar a su ejército de espíritus heroicos. Vio determinación en los ojos de Mash, ferocidad en los de Jeanne Alter, orgullo en los de Nero, lealtad absoluta en los de Kiyohime, y un desafío hambriento en los de Artoria Alter. Mordred ya tenía su yelmo puesto, lista para la pelea. «Hemos enfrentado la oscuridad de Londres y sobrevivimos. Hemos sido forjados en el fuego del fracaso. No importa lo que esta nueva tierra nos depare, lo enfrentaremos juntos. Como siempre».

Sus palabras, simples pero cargadas de la convicción que había recuperado con tanto esfuerzo, surtieron efecto. La tensión en los hombros de algunos Servants se relajó. Había un camino a seguir. Un líder en quien confiar.

«¡Entonces no hay tiempo que perder!» declaró Nero. «¡Mi amor, guíanos a la victoria!»

«Sí, ¡vamos a aplastarlos!» gritó Mordred, golpeando su espada contra su escudo.

«Siempre a tu lado, Senpai», murmuró Mash, su sonrisa serena como un faro en la creciente tormenta.

Da Vinci hizo un gesto final en su consola. «Rayshift secuencial iniciado. Preparando anclaje espiritual. Leonel, Mash, Servants seleccionados… posicionarse en la plataforma, por favor».

El grupo se movió como un solo organismo hacia la plataforma circular en el centro de la sala. Las luces se atenuaron, y el zumbido de energía se elevó hasta convertirse en un rugido que vibraba en los huesos. Los cristales de la sala comenzaron a brillar con una luz azulada y fantasmagórica.

Leonel se puso en el centro, con Mash a un lado y Tezcatlipoca, una sombra imponente y protectora, al otro. A su alrededor, sus caballeros, sus emperatrices, sus santas y sus berserkers se preparaban para el viaje. Miró a Roman, quien le dio un pulgar arriba con una sonrisa nerviosa. Miró a Olga, quien asintió con una rara expresión de respeto. Miró a Da Vinci, cuyo rostro era un espejo de curiosidad infinita y preocupación contenida.

«Buena suerte, último Maestro», dijo la voz de la Directora, apenas un suspiro sobre el estruendo.

El mundo comenzó a desdibujarse. Los contornos de Chaldea se volvieron nebulosos, como un recuerdo que se desvanece. Leonel cerró los ojos, sintiendo el tiron cósmico del Rayshift comenzar. Su mente repasó rápidamente lo que creía saber: desiertos, llanuras, una batalla entre dioses antiguos y sueños industriales.

Pero la advertencia de Tezcatlipoca resonaba en él. Espera lo inesperado.

La luz lo envolvió por completo, y la fría realidad de Chaldea fue reemplazada por el vértigo del viaje a través del tiempo y el espacio. La Quinta Singularidad los esperaba. Y Leonel Herrera, con su corazón lleno de cicatrices y su voluntad de acero, se adentraba en lo desconocido una vez más, listo para escribir, o reescribir, la historia de una nación.

El viaje a través del Rayshift fue como siempre: una experiencia desorientante que desgarraba los sentidos y desafiaba toda noción de la física. Fue un torbellino de luz cegadora y sonidos distorsionados, una caída libre a través del mismo tejido del tiempo. Leonel se aferró a su conciencia, sintiendo los anclajes espirituales de sus Servants como faros en la tormenta dimensional. Tezcatlipoca, una presencia impasible a su lado, actuaba como un estabilizador, su nueva forma evolucionada amortiguando las peores turbulencias del viaje.

Cuando la luz finalmente se disipó y la desagradable sensación de caída se transformó en la firme—aunque polvorienta—textura del suelo bajo sus pies, Leonel abrió los ojos con precaución.

El paisaje que se desplegó ante ellos era vasto, árido y bañado por un sol inclemente. Un desierto interminable de tonos ocres y rojizos se extendía hasta donde alcanzaba la vista, interrumpido solo por mesetas rocosas y algún que otro cactus solitario. El aire era seco y caliente, cargado con el olor a tierra reseca y algo más… el tenue aroma a ozono y metal caliente.

«Confirmado el aterrizaje», anunció la voz de Roman a través del communicator, con un suspiro de alivio audible. «Coordenadas… bueno, están en medio de la nada, pero es el lugar correcto. Bienvenidos a la América del siglo XIX, o a una versión muy distorsionada de ella».

Leonel escaneó el horizonte. Su memoria, ese archivo de su vida pasada, encajó las piezas. El desierto. El calor. Si la historia se mantenía fiel, los primeros encuentros serían con…

Un chirrido metálico, seguido de un zumbido eléctrico anómalo, cortó el silencio desértico. De detrás de una duna cercana, surgieron tres figuras mecánicas. No eran autómatas elegantes como los de Londres; estas eran toscas, pesadas, construidas con placas de metal remachado y cables expuestos. Caminaban sobre patas articuladas y de sus “hombros” sobresalían cañones gemelos. Sus “ojos”, simples lentes rojos, se fijaron en el grupo con una intensidad mortífera. Eran los Guardianes Mecánicos de Edison.

«¡Identificados: entidades no autorizadas! ¡Protocolo de eliminación!» Una voz sintética y monocorde emergió de una de las máquinas.

Los cañones giraron con un sonido siniestro de engranajes aceitados, apuntando directamente al corazón del grupo.

«¡Mash!» gritó Leonel, su instinto tomando el control antes de que su mente terminara de procesar la amenaza.

La Shielder no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido y entrenado, se interpuso entre su Maestro y las máquinas. «¡Lord Camelot!»

El gran escudo redondo se desplegó, no en su forma de fortaleza completa, sino como un muro de energía concentrada. Justo a tiempo. Una andanada de proyectiles mágicos, brillantes y destructivos, impactó contra la superficie del escudo con un estruendo ensordecedor. ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! Cada impacto hacía retroceder a Mash un centímetro, sus botas excavando surcos en la arena, pero su postura se mantenía inquebrantable, su rostro una máscara de determinación.

«¡Gusanos de metal! ¿Se atreven?» La voz que surgió no fue de Leonel dando una orden táctica, sino de un rugido de furia pura. Jeanne Alter, cuyos ojos se habían encendido con una llama interna al ver los proyectiles dirigidos hacia Leonel, avanzó. Su aura de odio y fuego negro se expandió, haciendo que el aire mismo vibrara con calor.

«¡Nadie!» gritó, alzando su mano. Llamas oscuras, el eco de la hoguera que la consumió en otra vida, brotaron de su palma y se arremolinaron en el aire frente a ellas. «¡Nadie daña a mi Leonel!»

Con un gesto final, lanzó la cortina de fuego hacia las máquinas. No fue un ataque de explosión amplia; fue un rayo concentrado de aniquilación absoluta. Las llamas, de un negro azabache con destellos carmesí, envolvieron a los guardianes mecánicos. El metal no se derritió lentamente; se calcinó al instante, volviéndose de un rojo blanquecino antes de desintegrarse en cenizas y chispas. Los chirridos mecánicos se convirtieron en un chillido agónico de metal fundiéndose, y luego en silencio. En cuestión de segundos, donde antes había tres máquinas de guerra, solo quedaban tres montículos informes de escoria humeante.

El silencio regresó, roto solo por el crepitar de los restos enfriándose y la respiración pesada de Jeanne Alter. Ella bajó el brazo, su pecho subiendo y bajando con la adrenalina. Luego, como si un interruptor se hubiera accionado en su cerebro, la realidad de lo que había dicho—y con qué vehemencia—la golpeó.

Volteó hacia Leonel, sus mejillas teñidas de un rojo escarlata que nada tenía que ver con el calor del desierto o su propio fuego. «Quiero decir… nadie daña a mi… a mi Maestro… porque es un idiota útil y no puede defenderse solo… y… ¡cállate! ¡No digas nada!» Tartamudeó, desviando la mirada con furia, cruzando los brazos en un gesto defensivo. Parecía una gata erizada, negando con vehemencia el afecto que acababa de proclamar a gritos.

Leonel, que aún se estaba recuperando del ataque sorpresa, no pudo evitar sonreír. Un rubor cálido le subió por el cuello hasta sus propias mejillas. Ver a la feroz Avenger tan fuera de lugar y tan… humana, era un espectáculo tan entrañable como raro. «No dije nada», respondió, su voz cargada de una ternura que hizo que Jeanne Alter quisiera prender fuego a otra cosa, solo para disimular.

Pero el desierto no les concedía tregua para dramas románticos.

Un nuevo sonido llenó el aire, esta vez no mecánico, sino salvaje y visceral. Gritos de guerra, guturales y llenos de una ferocidad antigua. De detrás de otra duna, una docena de figuras humanoides irrumpió en la escena. Eran hombres altos, musculosos, vestidos con poco más que taparrabos y pieles, sus cuerpos pintados con intrincados símbolos azules. Llevaban espadas, hachas y lanzas de un diseño primitivo pero letal. Sus ojos brillaban con una luz fanática y sedienta de sangre. Soldados celtas.

«¡Por la Reina Medb! ¡Matad a los intrusos!» rugió uno de ellos, cargando con la espada en alto.

La transición de un peligro tecnológico a uno tribal fue tan abrupta que por un momento el grupo se quedó paralizado. Pero solo por un momento.

«¡Uf! ¡Más alborotadores!» exclamó Nero, desenvainando su espada, Aestus Estus, con un floreo dramático. «¡No interrumpáis el momento de mi amado! ¡La emperatriz os castigará con toda su ira y su esplendor!»

«Mikon~ Parece que tenemos que limpiar un poco más de basura antes de poder tener un momento a solas con nuestro esposo», dijo Tamamo no Mae, sus ojos dorados entrecerrados en una sonrisa peligrosa mientras sus amuletos de papel, ofuda, comenzaron a flotar a su alrededor, brillando con energía mágica.

Las dos mujeres, normalmente inmersas en su propia rivalidad cómica por el afecto de Leonel, se movieron con una sincronización instintiva. Nero cargó hacia el frente, su espada creando un arco de llamas doradas que obligó a los celtas a retroceder. «¡Nobilis Fantasma!» No usó su Noble Phantasm completo, pero la oleada de calor y poder fue suficiente para desorganizar su formación.

Mientras Nero distraía y contenía a la mayoría con su estilo de esgrima flamígera y teatral, Tamamo actuó desde la retaguardia. «Koumon Kishuu Hou!» Sus ofuda volaron como proyectiles dirigidos, no hacia los celtas, sino hacia el suelo a sus pies. Al impactar, crearon pequeños campos de fuerza o estallidos de energía espiritual que desestabilizaban a los guerreros, haciéndolos tropezar, interrumpiendo sus cargas y dejándolos expuestos a los precisos ataques de Nero.

Era un baile de destrucción coordinada. El poder solar y performático de Nero y la magia shintoística y estratégica de Tamamo se complementaban a la perfección. En menos de un minuto, los soldados celtas yacían en el suelo, derrotados y comenzando a desvanecerse en partículas de luz. No hubo muertes, solo una incapacitación contundente y eficiente.

La batalla había terminado. El silencio, una vez más, reinaba en el desierto.

Nero y Tamamo se volvieron hacia Leonel casi al unísono, limpiándose el sudor de sus frentes con gestos exagerados. Sus miradas eran elocuentes: una mezcla de orgullo, expectación y un claro “ahora, nuestra recompensa”.

Leonel miró a una, luego a la otra. Sabía muy bien que si intentaba eludirlas o darles unas simples palabras de agradecimiento, no lo dejarían en paz en todo el día. Mash observaba con una sonrisa de resignación divertida. Jeanne Alter seguía mirando al horizonte, fingiendo no importarle, pero sus orejas estaban escarlata. Mordred observaba la escena con curiosidad, como un niño viendo una peculiar obra de teatro. Artoria Lancer Alter, por su parte, tenía el ceño ligeramente fruncido, una expresión de desaprobación confusa en su rostro. Para ella, Leonel era una fuente confiable de hamburguesas, un recurso logístico. ¿Por qué este ritual de recompensa física? No lo entendía, y eso le molestaba.

Con un suspiro de fingido fastidio que no logró ocultar su afecto, Leonel se acercó primero a Nero. «Fue un espectáculo magnífico, mi emperatriz», dijo, y antes de que ella pudiera lanzarse a un discurso, se inclinó y le dio un beso rápido pero firme en los labios.

Nero emitió un sonido entre un jadeo y un gorjeo de alegría. Sus mejillas se sonrojaron intensamente. «¡Oh! ¡Mi amado! ¡Un beso digno de un César! ¡Es el premio más grandioso!» Parecía a punto de declarar un día festivo en honor a ese beso.

Leonel luego se volvió hacia Tamamo. La kitsune ya tenía una sonrisa picarona y expectante. «Mi turno, esposo~».

Él sonrió y repitió el gesto, besándola con la misma ternura apresurada. Tamamo cerró los ojos, un suspiro de felicidad escapando de sus labios. «Mikon… cada vez es más dulce. Esta zorra es la esposa más afortunada».

Ambas quedaron momentáneamente satisfechas, mirándose con una rivalidad renovada pero benigna, ambas felices por haber recibido su “pago”.

Mordred se encogió de hombros. «Raro, pero lo que funcione, supongo».

Artoria Alter gruñó para sus adentros. «Comportamiento ilógico e ineficiente». Sin embargo, no pudo evitar notar un extraño y leve pellizco en su propio estómago que no tenía nada que ver con el hambre.

«Bueno, este ha sido un recibimiento… intenso», dijo Leonel, recomponiéndose y mirando hacia el horizonte. En la distancia, contra el cielo, podía ver columnas de humo y el débil sonido de lo que parecían cañonazos. «Debemos encontrar un lugar seguro y obtener información. Roman, ¿alguna lectura de un asentamiento o base cercana?»

«¡Sí!» la voz del doctor sonó aliviada a través del communicator. «Hay una lectura de energía organizada a unos pocos kilómetros al noreste. Parece ser un campamento fortificado. Las firmas son… mixtas. Humanas y mecánicas. Es probable que sea un puesto avanzado de las fuerzas de Edison».

«Perfecto. Allá nos dirigimos. Manténganse alerta», ordenó Leonel, y el grupo comenzó a avanzar a través del desierto abrasador.

La caminata fue tensa pero sin más incidentes. El paisaje era monótono y agotador. Finalmente, avistaron el campamento. Era una instalación rudimentaria pero imponente, rodeada por una empalizada de troncos y torres de vigilancia con reflectores. En el interior se veían barracones y varias estructuras mecánicas, incluyendo lo que parecían ser cañones de defensa anticuados pero de gran calibre. Podía oírse el trajín de soldados humanos y el chirrido de más guardianes mecánicos.

Se acercaban con cautela, buscando un punto de entrada o una forma de anunciar su presencia pacífica, cuando el sonido más aterrador hasta ese momento llenó el aire: el silbido agudo y siniestro de un proyectil de artillería que no iba dirigido a ellos, pero que había salido desviado de su curso.

Todos alzaron la vista. Un punto negro crecía rápidamente en el cielo, seguido de ese sonido de muerte que se acercaba.

«¡Proyectil!» gritó Mash, instintivamente alzando su escudo.

Pero no venía directamente hacia ellos. Pasó por encima, silbando de manera aterradora, y cayó… a unos veinte metros a su derecha.

¡BOOOOM!

La explosión fue ensordecedora. La onda expansiva golpeó al grupo con la fuerza de un gigante invisible. La arena y las rocas se levantaron en una cortina destructiva. Leonel, que no tenía la resistencia sobrehumana de un Servant, fue arrancado del suelo como una hoja en un huracán. La fuerza del impacto lo lanzó varios metros por los aires. Sintió un dolor sordo y luego una presión aplastante en todo su cuerpo antes de que su cabeza golpeara algo duro y el mundo se volviera negro.

«¡LEONEL!» El grito fue un coro de voces aterrorizadas.

La explosión los había tomado por sorpresa. Mash, aunque protegida por su escudo, fue derribada. Los demás Servants, gracias a sus parámetros, lograron mantenerse en pie, pero la conmoción fue brutal.

Cuando el polvo se asentó, la escena era de caos. Y en el centro de ese caos, yaciendo inmóvil en un pequeño cráter de arena, estaba Leonel.

«¡SENPAI!» Mash fue la primera en llegar a su lado, su voz desgarrada por el pánico. Cayó de rodillas junto a él, sus manos temblorosas buscando un pulso. «¡Senpai! ¡Por favor, despierta!»

Jeanne Alter llegó un segundo después, su rostro pálido como la ceniza. «¡Idiota! ¡León! ¡Respira, maldita sea!» Su furia habitual había sido reemplazada por un terror crudo.

Nero y Tamamo llegaron corriendo, sus besos de recompensa olvidados por completo. «¡Mi amado! ¡No, no puede ser!»

«¡Leonel! ¡Abre los ojos!»

Hasta Artoria Alter y Mordred se acercaron con expresión grave. Kiyohime, que había estado en la retaguardia, llegó llorando histéricamente, intentando abrazar su cuerpo inconsciente. «¡Maestro-sama! ¡No me dejes! ¡Prometiste no mentir!»

Tezcatlipoca se materializó a su lado, su forma imponente se inclinó sobre Leonel. Sus ojos cósmicos escanearon el cuerpo del Maestro. «No hay heridas letales externas», declaró su voz grave, calmando ligeramente el pánico. «Conmoción cerebral, posiblemente algunas costillas fracturadas, y un tremendo golpe de magia disruptiva de la explosión. Está inconsciente, pero estable. Necesita atención médica inmediata».

«¡El campamento!» dijo Mash, secándose las lágrimas con determinación. «¡Tienen que tener un médico!» Sin esperar aprobación, levantó con cuidado el cuerpo inconsciente de Leonel en sus brazos, mostrando una fuerza sobrehumana impulsada por la desesperación. «¡Vamos! ¡Ahora!»

Corrieron hacia la entrada del campamento, donde unos soldados asustados y varios guardianes mecánicos les apuntaban con sus armas.

«¡Alto! ¡Identifíquense!» gritó un sargento, con la voz temblorosa.

«¡Necesitamos un médico! ¡Nuestro Maestro está herido!» gritó Mash, su voz era un mando que no admitía discusión.

La urgencia en su tono y la evidente gravedad de la situación hicieron que los soldados dudaran. Después de un rápido intercambio de miradas, uno de ellos asintió. «¡Síganme! ¡Rápido!»

Los guiaron a través del campamento, entre las miradas curiosas y preocupadas de los soldados, hasta una tienda más grande que las demás, marcada con una cruz roja rudimentaria. Al entrar, el contraste con el caos exterior fue inmediato. El interior era impecablemente limpio y ordenado. Olía a antiséptico y a limpio.

Y allí, de pie junto a una camilla vacía, estaba la mujer que cuidaba del lugar.

Era alta y esbelta, vestida con un uniforme de enfermera de la era victoriana, impecable y estricto. Su cabello plateado estaba recogido en un moño severo. Pero lo más impactante eran sus ojos: de un azul intenso y claro, carentes de toda emoción superficial, pero que irradiaban una determinación tan absoluta que era casi tangible. Su postura era recta, su mirada, inquisitiva y analítica. No parecía una sanadora dulce, sino un general en el campo de batalla contra la muerte.

«Nuevos pacientes», dijo su voz, clara, firme y carente de toda inflexión innecesaria. Era la voz de la lógica aplicada a la medicina. «Colóquenlo aquí. Inmediatamente».

Mash, con lágrimas secas en las mejillas pero con una esperanza renovada, depositó con infinito cuidado el cuerpo de Leonel en la camilla.

La mujer, Florence Nightingale, la legendaria enfermera convertida en Servant Berserker, se acercó. Sus manos, expertas y seguras, comenzaron a examinar a Leonel, palpando su cráneo, su cuello, su torso. Sus ojos no dejaban lugar a dudas: estaba en su elemento. Para ella, cada herida era un enemigo que debía ser erradicado, cada paciente, un campo de batalla que debía ser ganado.

«Conmoción. Fracturas costales no desplazadas. Contusiones múltiples. El pronóstico es favorable si se actúa con rapidez y precisión», declaró, como si estuviera leyendo un informe. Luego, su mirada se posó en el grupo de Servants, que observaban con una mezcla de esperanza y temor. «Ustedes interferirán. Salgan. Yo me encargaré de eliminar todas las anomalías de su cuerpo».

Era una orden, no una petición. Y en ese momento, viendo la profesionalidad absoluta y el aura de capacidad que emanaba de ella, nadie, ni la orgullosa Jeanne Alter ni la dramática Nero, se atrevió a desobedecer.

Con un último vistazo preocupado a Leonel, salieron de la tienda, dejando a su Maestro en manos del ángel de la enfermería, una berserker cuya locura era la salud perfecta y cuya misión, en ese instante, era más importante que cualquier guerra fuera de esa tienda. La batalla por la vida de Leonel Herrera había comenzado.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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