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Fate/Grand Persona - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - 42 Capitulo 41 Guerra contra los celtas y los americanos
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42: Capitulo 41: Guerra contra los celtas y los americanos 42: Capitulo 41: Guerra contra los celtas y los americanos La conciencia regresó a Leonel no con un sobresalto, sino como la marea, lenta y perezosamente.

Lo primero que notó fue la ausencia de dolor agudo.

En su lugar, había una molestia sorda y generalizada, como si hubiera sido usado como saco de boxeo por un gigante amable.

Sus pensamientos eran algodonosos, y el mundo beyond sus párpados era una penumbra cálida y tranquila.

Abrió los ojos.

Estaba acostado en una camilla de campaña, bajo el techo de lona de una tienda alta.

El aire olía intensamente a desinfectante y a limpio, un aroma casi quirúrgico que resultaba a la vez tranquilizador y extraño en medio de un campamento militar del siglo XIX.

Se movió ligeramente, y un dolor punzante en el costado le recordó el incidente de la bala de cañón.

Pero, en general, se sentía…

bien.

Sorprendentemente bien.

‘Quien quiera que me haya atendido es un profesional’, pensó con un profundo agradecimiento.

‘Ni un rasguño serio después de semejante explosión.

Debe ser un Servant, sin duda.

Alguien con habilidades médicas.’ Sus ojos escudriñaron la tienda.

Estaba impecablemente ordenada.

Estantes con vendas, frascos de medicinas etiquetados con precisión, instrumentos quirúrgicos brillando bajo la tenue luz.

Era un oasis de pulcritud en medio del caos de la guerra.

Y entonces, la vio.

Al otro extremo de la tienda, de espaldas a él, estaba una figura esbelta vestida con un uniforme de enfermera victoriano impecable.

Su cabello plateado estaba recogido en un moño tan estricto que pareba doloroso.

Estaba examinando el brazo vendado de un soldado que parecía aterrado.

La voz de la mujer llegó hasta él, clara, firme y carente de toda emoción innecesaria, como un informe médico leído en voz alta.

«Heridas y moretones profundos en el brazo izquierdo.

Riesgo de necrosis tisular del cuarenta y tres por ciento.

Posibilidad de infección gangrenosa: alta.

Demasiado riesgo.» Leonel se sintió aliviado por el soldado.

‘Pobre tipo.

Pero al menos está en buenas manos.’ La voz continuó, implacable.

«El protocolo indica la eliminación del foco de infección potencial.

Por lo tanto, debo amputar.» Leonel se quedó helado.

¿Amputar?

Por unos moretones y heridas.

Eso era excesivo.

Casi criminal.

Una punzada de preocupación por el desconocido soldado lo recorrió.

Pero luego, la enfermera se giró ligeramente, y su mirada, esos ojos azules intensos y completamente impasibles, no se posaron en el soldado, sino que barrieron la tienda y, por un fugaz instante, se clavaron en él.

Y entonces, comenzó a caminar.

No hacia el soldado, sino directamente hacia SU camilla.

Cada paso suyo era firme y decidido.

Sus ojos, como dos piezas de hielo azul, estaban fijos en él, analizándolo, diseccionándolo.

«El paciente despierto presenta moretones y abrasiones en la pierna derecha», declaró para sí misma, como si Leonel fuera un espécimen interesante en una mesa de disección.

«La exposición a partículas de tierra y metales oxidados del campo de batalla incrementa el riesgo de contaminación bacteriana en un ochenta y siete por ciento.

La probabilidad de desarrollar tétanos es significativa.» Leonel sintió que el color abandonaba su rostro.

Un sudor frío brotó en sus sienes.

‘No.

No, no, no.

Ella no estará hablando de…’ «Demasiado riesgoso», concluyó Florence Nightingale, deteniéndose junto a su camilla y mirando su pierna con la misma expresión con la que un carpintero miraría un trozo de madera podrida.

«Hay que amputar.» ‘¡LO SABÍA!’ El pensamiento atravesó la mente de Leonel como un relámpago.

¡Era Florence Nightingale!

La Berserker.

La leyenda de la enfermería cuya locura no era la rabia destructiva de Kiyohime o Jeanne Alter, sino una obsesión tan profunda por la salud que se convertía en su propia distorsión.

Su lógica era simple, directa y aterradoramente radical: si algo podía infectarse, se eliminaba.

Si una enfermedad tenía una causa, se erradicaba la causa, incluso si eso significaba arrasar con todo a su alrededor.

«E-e-espere, un momento!» tartamudeó Leonel, incorporándose de golpe, lo que le provocó una punzada en las costillas.

Levantó las manos en un gesto de defensa.

«¡Enfermera Nightingale, creo que hay un malentendido!» Ella inclinó la cabeza, un gesto mecánico, como si un robot procesara una variable inesperada.

«No hay malentendido.

El diagnóstico es claro.

El brazo y la pierna son un riesgo para la integridad del sistema corporal completo.

Deben ser extirpados para garantizar la supervivencia del paciente.» «¡Pero son solo moretones y rasguños!» insistió Leonel, con desesperación cómica.

«¡Mire!

¡Puedo mover los dedos!» Movió los dedos de ambas manos y pies frenéticamente.

«¡Ve?

¡Todo funciona!

¡No hay necesidad de…

de…

extracciones!» Florence no pareció impresionada.

Sus ojos no mostraron el más mínimo cambio.

«La movilidad actual es irrelevante.

Es el riesgo futuro lo que debe ser gestionado.

La prevención es la base de la medicina.

Y la mejor prevención es la eliminación de la amenaza en su origen.» Sacó de su delantal un serruho quirúrgico que brilló de manera siniestra bajo la luz de la lámpara.

«Por favor, permanezca quieto.

La anestesia no es necesaria para procedimientos rápidos.

Es un riesgo adicional.» Leonel retrocedió instintivamente hasta el borde de la camilla, su corazón palpitándole en el pecho.

Esta era una situación completamente nueva.

¿Cómo se razonaba con una fuerza de la naturaleza médica?

¿Cómo se negociaba con un tornado sanitario?

«¡Pero si me amputa el brazo y la pierna, estaré más débil!» argumentó, buscando desesperadamente un ángulo lógico.

«¡Más susceptible a otras infecciones!

¡No podré huir del peligro!» «Un cuerpo sin miembros infectados es un cuerpo sano», replicó ella, como si estuviera recitando un axioma fundamental.

«La movilidad es secundaria a la pureza biológica.

Ahora, el brazo izquierdo primero.» Se acercó, el serruho en alto.

Leonel estaba a punto de gritar, de invocar a Tezcatlipoca, de hacer cualquier cosa, cuando la lona de la entrada se abrió de golpe.

«¿Senpai?

¿Está bien?

Oí…» La voz de Mash se cortó al ver la escena: a Leonel, pálido como la muerte, acorralado en la camilla, y a Florence Nightingale blandiendo una herramienta de carpintería sobre su brazo con la serenidad de una cirujana.

Los ojos de Mash se abrieron como platos.

«¡Enfermera Nightingale!

¿Qué está haciendo?» Florence no se inmutó.

«Procedimiento médico estándar, Shielder.

Eliminación de riesgos.

Por favor, no interfiera.» Leonel no lo pensó dos veces.

Con un grito ahogado, se lanzó de la camilla y se puso detrás de Mash, agarrándose a sus hombros como un niño a su madre en una película de terror.

«¡Mash!

¡Salvame!

¡Quiere convertirme en un mueble de IKEA!» Mash, atrapada en medio del absurdo, se quedó paralizada.

Por un lado, era Florence Nightingale, una leyenda de la medicina, una figura a la que respetaba profundamente.

Por otro, su Senpai estaba aterrorizado y claramente no quería que le quitaran extremidades.

«E-enfermera», dijo Mash, levantando las manos en un gesto pacificador, mientras Leonel se agarraba a su espalda.

«¿Está…

absolutamente segura de que la amputación es necesaria?

Los moretones de Senpai parecen…

superficiales.» «La apariencia es engañosa», respondió Florence, su mirada fija en Leonel, como un depredador que no pierde de vista a su presa.

Comenzó a caminar lentamente hacia la izquierda, tratando de rodear a Mash.

«La infección es invisible hasta que no lo es.

Es mi deber actuar antes de ese punto.» Leonel, pegado a la espalda de Mash, se movió en sincronía, manteniendo a la Shielder entre él y el serruho.

«¡Pero me desinfectaste, ¿verdad?!» gritó, con un destello de esperanza.

«¡Usaste…

alcohol o algo!

¡Eso mata los gérmenes!» Florence se detuvo, considerando la pregunta.

«Sí.

Se aplicó un desinfectante de grado quirúrgico.

Pero la eficacia no es del cien por ciento.

Las esporas bacterianas pueden permanecer latentes.» «¡Pero es un riesgo aceptable!» suplicó Leonel.

«¡Mucho más aceptable que no tener piernas!» Mash, viendo el tira y afloja, decidió intervenir con firmeza.

Puso su expresión más determinada, la que usaba cuando defendía a toda la humanidad con su escudo.

«Enfermera Nightingale.

Como la Servant encargada de la protección de Leonel Herrera, no puedo permitir ningún procedimiento que lo debilite permanentemente sin una causa absolutamente vital.

Sus moretones no justifican una amputación.

Le ruego que reconsidere.» Por primera vez, algo pareció cruzar el impasible rostro de Florence.

No era emoción, sino una reevaluación táctica.

Sus ojos se movieron de Leonel a Mash, midiendo la determinación en la mirada de la joven.

La lógica de Mash, aunque basada en la preocupación y no en la medicina pura, presentaba un obstáculo.

Un obstáculo que, si se forzaba, podría causar más estrés al paciente, lo cual también era contraproducente para la recuperación.

Hubo un largo silencio, solo roto por la jadeante respiración de Leonel.

«…Aceptable», dijo finalmente Florence, bajando el serruho.

Leonel sintió que las piernas le flaqueaban del alivio.

«El riesgo de estrés traumático por el procedimiento forzado podría superar el riesgo de infección.

En su lugar, se aplicará un vendaje compresivo estéril y desinfección tópica cada cuatro horas.» Leonel casi quiso besarla en ese momento.

Casi.

«¡Sí!

¡Eso!

¡Vendajes!

¡Desinfección!

¡Me encanta la desinfección!» farfulló, todavía temblando.

Florence asintió, guardando su herramienta con la misma naturalidad con la que la había sacado.

«Muy bien.

Regrese a la camilla, Comandante.» El resto del tratamiento fue…

intenso.

Florence no era delicada.

Sus manos, aunque expertas, aplicaban el desinfectante con una fuerza y minuciosidad que hacía que Leonel contuviera lágrimas.

No dejó un solo centímetro cuadrado de piel sin frotar hasta dejarlo impecable.

Era como ser limpiado por una tormenta de arena hecha de alcohol y determinación.

Pero, al menos, conservaba sus extremidades.

Mientras Florence se ocupaba de otros soldados, Leonel y Mash observaron con una sonrisa cálida y un poco de incredulidad.

Los soldados, a pesar del miedo evidente que les inspiraba su mirada impasible y su lógica radical, la miraban con una devoción profunda.

Murmuraban “ángel” cuando ella pasaba, agradecidos de estar vivos, incluso si el precio era soportar sus draconianos métodos preventivos.

Era un ángel, sí, pero un ángel que llevaba un serruho en lugar de una espada flamígera.

Finalmente, Florence se acercó y le dio el alta a Leonel con una serie de instrucciones precisas y no negociables.

«Recuerde.

Limpieza profunda con jabón.

Desinfección cada cuatro horas.

No exponer las heridas a la tierra.

Si aparece enrojecimiento, hinchazón o fiebre, reporte inmediatamente para una reevaluación del protocolo de amputación.» Leonel asintió con la cabeza como un niño regañado.

«Sí, enfermera.

Lo haré.

Todo.» Fue entonces cuando Mash, con su bondad característica, intervino.

«Enfermera Nightingale, usted es una Servant, ¿verdad?

¿No querría unirse a nosotros?

A Senpai y a mí.

Estamos aquí para corregir esta Singularidad y salvar la humanidad.

Su ayuda sería invaluable.» Leonel se quedó pasmado.

Miró a Mash con ojos desorbitados.

‘¿¡Invitar a la Berserker amputadora a nuestro grupo!?

¡Mash, ¿qué estás haciendo!?’ Internamente, su mente gritaba en pánico.

Imaginar a Florence en combate, diagnosticando a los enemigos como “amenazas biológicas” que necesitaban “extirpación”, le daba escalofríos.

Florence miró a Mash, luego a la fila de soldados que esperaban su turno.

«Mi lugar está aquí.

Estos pacientes me necesitan.

La enfermedad y las heridas son mi campo de batalla.» Leonel respiró aliviado.

Por un momento, había pensado que…

«Leonel.» La voz de Tezcatlipoca resonó en su mente, grave e inesperada.

«No puedes dejarla aquí.» ‘¿Qué?

¿Por qué?

¿No ves lo que acaba de pasar?

¡Casi me convierte en un tronco!’ «Ella es clave.

En la historia original que recuerdas, Florence Nightingale fue fundamental para la resolución de esta Singularidad.

Su presencia altera el equilibrio.

Su obsesión por “erradicar la enfermedad” puede ser dirigida.

Puede ser la llave para entender la raíz de esta distorsión.

Debes convencerla.» Leonel maldijo internamente.

Tezcatlipoca tenía razón, como siempre.

Su conocimiento del juego le decía que Florence era un personaje de soporte crucial.

Sus habilidades médicas habían sido vitales.

Pero…

¿cómo demonios se convencía a un tornado sanitario?

Inspiración.

Una idea terrible y brillante cruzó su mente.

Se aclaró la garganta, tratando de parecer lo más convincente posible.

«Enfermera Nightingale», comenzó, su voz un poco más firme.

«Mash tiene razón, pero permítame reformularlo.

Usted dijo que su campo de batalla son las enfermedades y las heridas, ¿verdad?» Ella asintió, sus ojos azules clavados en él con intensidad renovada.

«Correcto.» «Bueno, ¿y si le dijera que todo esto…» hizo un gesto amplio que abarcaba la tienda de campaña, el campamento, la guerra allá afuera, «…es solo un síntoma?

¿Una fiebre?

Los soldados que llegan heridos, las máquinas que disparan, los celtas que atacan…

todo es consecuencia de una enfermedad mayor.

La verdadera enfermedad que aflige a esta tierra.» El efecto fue instantáneo y electrizante.

Los ojos de Florence se abrieron ligeramente.

No con sorpresa, sino con un foco agudo, como un láser.

«¿Una…

enfermedad mayor?» repitió, su voz perdiendo su monotonía por un matiz de profundo interés.

«¿La causa raíz de toda esta…

patología?» «Sí», dijo Leonel, conteniendo la respiración.

«Y nosotros…

nosotros vamos directamente a erradicarla.

A extirpar el tumor que está envenenando todo esto.» Fue como si hubiera pronunciado las palabras mágicas.

La expresión de Florence se transformó por completo.

La impasibilidad se quebró, replaceda por una determinación ardiente, casi fanática.

La luz en sus ojos era aterradora.

«¡La causa raíz debe ser eliminada!» declaró, su voz ahora resonante con una fuerza que hizo temblar los frascos de medicinas.

«¡No hay otro tratamiento posible!

¡La esterilización debe ser absoluta!» Incluso Tezcatlipoca, en la mente de Leonel, emitió un raro pensamiento de sorpresa.

«…Quizás subestimé el entusiasmo aplicable.» Antes de que Leonel pudiera reaccionar, Florence se abalanzó sobre él.

No con un serruho, sino con una aguja espiritual que apareció de la nada.

«¡Contrato!

¡Ahora!» «¿Es-pera, qué…?» No hubo tiempo para protestas.

Florence clavó la aguja en su brazo con la precisión de un maestro cirujano.

Un dolor punzante, seguido de una oleada de energía mágica, recorrió el cuerpo de Leonel.

Sintió el establecimiento de un nuevo vínculo, un nuevo canal de mana, pero este era…

diferente.

Era intenso, directo, y no solicitado.

«¡Contrato establecido!» anunció Florence, retirando la aguja.

«A partir de este momento, usted es mi Comandante en la campaña contra esta plaga.

Y yo, su cirujana principal.

¡Ahora, lléveme al foco de la infección!

¡Inmediatamente!» Y sin más preámbulos, agarró a Leonel del brazo (el mismo que minutos antes había estado a punto de amputar) y, con una fuerza sorprendente para su complexión esbelta, comenzó a arrastrarlo hacia la salida de la tienda.

«¡Oye!

¡Espera!

¡Nightingale!

¡Podemos caminar!» gritó Leonel, forcejeando inútilmente.

Era como intentar detener un tractor.

Mash, que había observado toda la escena con una expresión de perpetuo asombro, vio cómo su Senpai era literalmente arrastrado fuera de la carpa, sus pies dejando surcos en la tierra.

Una gota de sudor frío, al más puro estilo anime, se deslizó por su sien.

No dijo nada.

Solo suspiró, una sonrisa de resignación y cariño en sus labios, y salió corriendo detrás de ellos, siguiendo los gritos cada vez más lejanos de su Senpai, que se mezclaban con las órdenes médicas militares de la que ahora era, oficialmente, la miembro más intensa y peligrosamente dedicada de su equipo.

La campaña por América acababa de volverse mucho más…

esterilizante.

La dignidad era un lujo que Leonel Herrera había aprendido a dejar atrás desde que se convirtió en el último Maestro de Chaldea.

Pero ser arrastrado por el desierto como un saco de patatas por una enfermera victoriana obsesionada, mientras sus costillas aún protestaban por el impacto de la bala de cañón, marcaba un nuevo y humillante récord personal.

«¡Nightingale!

¡Florence!

¡Podemos hablar de esto!

¡Tengo piernas!

¡Funcionan!» gritaba, forcejeando inútilmente contra el agarre de hierro que tenía su muñeca.

Era como intentar doblar una barra de acero con los dedos.

Florence Nightingale no parecía oírlo, o simplemente clasificó sus protestas como “ruido ambiental que interfiere con la concentración operativa”.

Su mirada estaba fija en un punto lejano del horizonte, el supuesto “foco de la infección”.

Sus pasos eran rápidos y decididos, arrastrando a un Leonel que, después de un minuto de lucha feroz pero inútil, comprendió la futilidad de su situación.

Con un suspiro que venía desde lo más profundo de su alma, se rindió.

Dejó que su cuerpo se volviera flácido, convirtiéndose en un peso muerto que era remolcado a través de la arena, sus talones dibujando dos líneas paralelas en el suelo.

Fue en este estado de rendición absoluta cuando el resto de sus Servants, que habían estado reorganizándose y asegurando el perímetro después del ataque al campamento, los alcanzaron.

La escena que se presentó ante sus ojos fue, sin duda, una de las más pintorescas de su existencia mortal y post-mortal.

Nero Claudius, la Emperatriz de Roma, se detuvo en seco, con la boca abierta.

«¡¿Mi amado?!

¿Qué brutalidad es esta?

¡Liberadlo de inmediato, mujer de blanco!» Su mano se fue a la empuñadura de su espada, pero vaciló al ver que Leonel, aunque claramente en una posición comprometedora, no parecía estar en peligro inminente de amputación.

Tamamo no Mae se llevó una mano a la boca, sus ojos dorados brillando con una mezcla de preocupación y…

¿era envidia?

«Mikon…

ser arrastrado así por nuestro esposo…

tiene un cierto encanto primitivo y posesivo, ¿no creen?» murmuró para sí misma, imaginando quizás ella misma arrastrando a Leonel a su propia guarida para “cuidarlo”.

Kiyohime, por su parte, estaba al borde de un ataque de celos.

Sus ojos dorados se estrecharon, y un leve humo comenzó a salir de sus fosas nasales.

«Esa…

esa mujer…

¿Cómo se atreve a tocar a Maestro-sama de esa manera tan…

íntima?

¡Yo soy la única que debería arrastrarlo a donde sea cuando sea necesario!» Gruñó, sus dedos retorciéndose como si estuvieran imaginando el cuello de la enfermera.

Jeanne Alter, quien había estado caminando con su habitual aire de fastidio, se quedó mirando la escena.

Por un brevísimo instante, un destello de genuino desconcierto y algo que se parecía mucho a los celos cruzó su rostro.

Ver a otra mujer, y encima una Berserker, tener un contacto físico tan directo y decisivo con Leonel le provocó una punzada irracional.

Pero entonces, su orgullo de Avenger se impuso.

Volteó la cabeza con un sonoro «¡Hmph!» que pretendía ser de indiferencia total.

«Qué patético.

Ni siquiera puede caminar por sí solo.

No es que me importe cómo esa lunática lo trate».

Los Servants hombres observaron la escena con una mezcla de resignación y leve diversión.

Mozart, con una sonrisa sardónica, comenzó a tararear una melodía de comedia slapstick.

Shakespeare exclamó: «¡Oh, el drama!

¡La posesión!

¡Un nuevo personaje entra en escena para desafiar el corazón del protagonista!».

Georgios y Siegfried se limitaron a intercambiar una mirada y un suspiro simultáneo.

Estaban acostumbrados a la peculiar habilidad de su Maestro para atraer situaciones absurdas y mujeres intensas.

Leonel, ya resignado a su suerte, aprovechó que su boca no estaba en contacto con el suelo para impartir órdenes.

«¡No se queden ahí mirando!

¡Roman, Da Vinci!

¿Alguna información sobre la ubicación del Grial?» La voz del doctor sonó a través del communicator, conteniendo una risa.

«S-sí, Leonel.

Lo hemos triangulado.

La mayor concentración de energía anómala, el epicentro de esta “enfermedad” como le llamas, está ubicado en lo que en la historia correcta sería Washington D.C.

Es el corazón de la distorsión».

«¡Escuchaste, Nightingale!» gritó Leonel, siendo sacudido por un bache en el terreno.

«¡El patógeno principal está en Washington D.C.!

¡Es allí donde debemos ir!» Florence se detuvo por fin, liberando su agarre.

Leonel cayó al suelo con un suave “oof”.

Ella lo miró, y luego al horizonte, procesando la información.

«Washington D.C.

Entendido.

Es el tumor que debe ser extirpado.

Describa el vector de la enfermedad, Comandante».

Leonel se incorporó, frotándose la muñeca adolorida.

«Se llama Santo Grial.

Es…

un artefacto mágico de poder inmenso.

Es lo que está causando esta guerra, distorsionando la historia, trayendo a los celtas y potenciando a las máquinas».

Florence lo miró fijamente, sus ojos azules sin pestañear.

«Santo Grial.

Un término no médico.

Magia.

Conceptos no científicos».

Hizo una pausa, y Leonel temió que descartara toda la explicación como un delirio.

Pero entonces, continuó.

«Sin embargo, la sintomatología es clara: conflicto armado a gran escala, aparición de entidades biológicas e mecánicas no nativas de la época, distorsión de la realidad.

Si este “Santo Grial” es el catalizador de estos síntomas, entonces es, por definición, el agente patógeno.

La nomenclatura es irrelevante.

El tratamiento es el mismo: erradicación y desinfección».

Leonel parpadeó.

Era fascinante.

La lógica de Florence era tan inflexible que podía tragarse conceptios como la magia y los Espiritus Heroicos simplemente reclasificándolos como “síntomas” y “agentes patógenos”.

No creía en la magia, pero creía en la enfermedad, y si el Grial la causaba, entonces el Grial era la enfermedad.

Punto.

«Exactamente», dijo Leonel, aliviado.

«Y como mi Servant, necesito que me ayudes a llegar allí y…

ejem…

desinfectar el lugar».

«Es mi deber», afirmó ella con solemnidad.

«Procedamos».

El grupo comenzó a caminar, esta vez con Leonel sobre sus propios pies, aunque Florence se mantenía a su lado como una sombra implacable, escaneando el entorno en busca de cualquier signo de “contaminación”.

La caminata fue larga y monótona.

El desierto parecía no tener fin.

Habían recorrido un par de horas cuando un nuevo sonido llegó a sus oídos: los lejanos pero inconfundibles ecos de una batalla.

Gritos, explosiones, el chirrido de metal.

Florence se detuvo, su cabeza girando hacia la dirección del ruido como un radar.

«Se detecta un brote agudo de violencia.

Síntomas de la enfermedad en estado activo».

«Es una batalla», corrigió Leonel suavemente.

«Sinónimo», replicó ella, y antes de que nadie pudiera decir nada, echó a correr.

No con la furia descontrolada de Kiyohime o la saña ardiente de Jeanne Alter, sino con la velocidad eficiente y directa de una ambulancia que se dirige a una emergencia.

Jeanne Alter, que siempre reclamaba la vanguardia como su derecho por ser la más poderosa en términos de fuerza bruta, se quedó atónita por un segundo.

«¡Oye!

¡Espera, tú!» rugió, y salió corriendo detrás de ella, decidida a no ser superada.

Cuando el resto del grupo llegó al borde de una meseta que dominaba el valle donde se desarrollaba el combate, la escena que presenciaron los dejó sin palabras.

Abajo, un grupo de soldados celtas y varios guardianes mecánicos de Edison luchaban entre sí con la ferocidad habitual.

Pero en medio de ese caos, dos figuras destacaban.

Jeanne Alter era un torbellino de fuego y odio.

Su espada negra cortaba y quemaba, lanzando maldiciones y llamas con cada movimiento.

«¡Arded!

¡Reducíos a cenizas!» gritaba, una sonrisa sádica en su rostro mientras veía a sus enemigos consumirse.

Disfrutaba del acto de la destrucción, cada grito de dolor era una sinfonía para sus oídos.

Y luego estaba Florence.

La enfermera berserker no gritaba.

No sonreía.

Ni siquiera parecía respirar con más fuerza.

Se movía con una economía de movimiento aterradora.

Esquivaba hachas y balas con ligeros ajustes corporales, como si estuviera calculando trayectorias de microbios.

No usaba un arma convencional.

Sus manos, enfundadas en guantes blancos impecables, eran sus instrumentos.

Agarró el brazo de un celta que se abalanzaba sobre ella, y con un movimiento rápido y preciso que sonó a huesos quebrándose, lo dislocó y lo lanzó contra otro.

A un guardia mecánico que le apuntaba, le clavó lo que parecían agujas hipodérmicas gigantes en sus “ojos” de lente, haciendo que chispeara y fallara.

Su Noble Phantasm no era un grito de guerra, sino una declaración clínica.

«Nightingale Pledge».

Un área de efecto se desplegó alrededor suyo, pero no era un campo de curación para aliados.

Era un área de “esterilización”.

Los soldados celtas dentro de ella simplemente…

caían, no como si fueran heridos, sino como si hubieran sido “desinfectados”, sus cuerpos perdiendo toda fuerza vital antes de desvanecerse.

No había sangre, no había fuego, solo una eliminación silenciosa y eficiente.

Era, de alguna manera, mucho más terrorífico que la furia vengativa de Jeanne Alter.

Porque la furia tenía emoción.

Esto era impasibilidad pura.

Era una máquina de matar que creía firmemente que estaba aplicando una desinfección de alto nivel.

La batalla terminó en cuestión de minutos.

Jeanne Alter, jadeando y cubierta de hollín y la satisfacción del deber bien hecho, miró a su alrededor.

La mayoría de los enemigos habían sido eliminados por Florence.

La berserker ni siquiera parecía cansada.

Se acercó a Leonel, sus guantes aún impecables.

«El brote local ha sido contenido, Comandante», informó con su voz monótona.

«La desinfección fue exitosa».

Jeanne Alter la miró, la frustración burbujeando en su interior.

¡Ella era la Avenger!

¡La destructora!

¿Cómo era posible que esta…

esta enfermera la hubiera superado en letalidad y eficiencia?

Su orgullo estaba herido.

Cruzó los brazos y miró hacia otro lado, su ceño fruncido.

Leonel, percibiendo la tormenta interna en su tsundere, se acercó a ella.

Ignoró por un momento la mirada inquisitiva de Florence.

Puso una mano suavemente sobre la cabeza de Jeanne Alter, acariciando su cabello plateado.

«Estuviste maravillosa allí, Jeanne», dijo, su voz baja y cálida.

«Tu poder es aterrador y hermoso a la vez.

Eres nuestra espada más afilada».

El efecto fue instantáneo.

Jeanne Alter se puso roja como un tomate.

Todo su aire de superioridad se desvaneció, replacedo por una turbación adorable.

«¡Q-qué!

¿Q-qué crees que estás haciendo, idiota?

¡No necesito tus halagos!

¡Y no lo hago por ti!

¡No lo malinterpretes!» Tartamudeó, apartándose bruscamente, pero no antes de que Leonel pudiera ver la pequeña y genuina sonrisa que intentaba ocultar a toda costa.

Florence observó el intercambio con su rostro habitual, una pizarra en blanco.

No mostró confusión, ni curiosidad, ni molestia.

Simplemente procesó la escena como otro dato: “Comandante interactúa con la unidad Avenger.

La unidad Avenger muestra elevación de temperatura en la región facial y comportamientos de negación verbal.

Diagnóstico: estrés post-combate o posible respuesta alérgica al polvo.

Se monitorizará.” El camino continuó.

Roman les informó que, a pie, llegar a Washington D.C.

les tomaría aproximadamente una semana.

Era un trecho largo y peligroso a través de un país en guerra contra sí mismo.

Leonel miró al horizonte, donde sabía que les esperaba una ciudad convertida en el epicentro de un conflicto entre dos sueños distorsionados.

A su lado, tenía a una santa que negaba sus sentimientos, a una emperatriz dramática, a una esposa zorra, a una berserker obsesiva, a una dragón celosa, a una enfermera que veía la magia como una enfermedad y a un dios mesoamericano como su navegador espiritual.

Suspiró.

Una semana.

Con este grupo, cualquier cosa podía pasar.

Pero, sin duda, no sería aburrido.

Ajustó su paso, decidido a llegar a Washington D.C.

y, como Florence diría, “esterilizar” el problema de una vez por todas.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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