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Fate/Grand Persona - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - Capítulo 44: Capitulo 43: Una nero mas y una idol desafinada
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Capítulo 44: Capitulo 43: Una nero mas y una idol desafinada

Los días se sucedían en una monotonía que solo la inmensidad de América podía ofrecer. El grupo de Leonel era un microcosmos de energía y personalidades en movimiento perpetuo a través de llanuras interminables, bosques silenciosos y colinas polvorientas. La presencia constante de Florence Nightingale aseguraba que ningún descanso fuera demasiado largo y que cualquier herida, por mínima que fuera, fuera tratada con la urgencia de una operación a corazón abierto. Leonel se había acostumbrado, en la medida de lo posible, a ser examinado, transportado y ocasionalmente amenazado con amputación como parte de su rutina diaria.

Mientras tanto, en las alturas, moviéndose con una gracia sobrenatural que no perturbaba ni una hoja, Scathach continuaba su vigilancia. Sus ojos escarlata, fríos como el acero del norte, seguían cada movimiento de Leonel con una intensidad que rayaba en lo clínico. Lo había visto enfrentarse a escaramuzas menores con grupos de celtas rezagados o patrullas mecánicas de Edison. No eran batallas épicas, pero fue en estos enfrentamientos breves donde la mente de Leonel brillaba con más fuerza.

A través de su vínculo con Tezcatlipoca, cuya evolución le permitía una percepción casi divina del campo de batalla, Leonel no daba órdenes genéricas. Era como un director de orquesta que podía leer la partitura completa de la lucha antes de que se tocara la primera nota.

“Archer, a tu izquierda, tres metros detrás del roble, un celta con honda. Dispara al árbol, la rama caerá sobre él”, murmuraba, y Billy the Kid, con una sonrisa de admiración, giraba y disparaba sin siquiera apuntar correctamente, haciendo que una pesada rama cayera exactamente donde Leonel había dicho, incapacitando al enemigo.

“Jeanne Alter, el robot de la derecha tiene una falla en su junta del hombro izquierdo. Un concentrado de fuego ahí lo inutilizará”. La Avenger, con un gruñido de aprobación, lanzaba una lanza de llamas negras que se colaba por el diminuto espacio de la armadura, haciendo que la máquina se convulsionara y cayera.

Era esta precisión quirúrgica, esta capacidad de ver los hilos del destino en el combate y tirar de ellos con mínima fuerza para obtener máximo resultado, lo que fascinaba a Scathach. No era el poder bruto de un Berserker ni la técnica depurada de un Saber. Era algo más raro: la inteligencia aplicada a la guerra de la manera más pura. Ni siquiera la entidad oscura a su lado, ese “Tezcatlipoca” que emanaba un poder ancestral, podía detectar su presencia, lo que decía mucho de sus habilidades de sigilo. Ella era la sombra entre las sombras, y Leonel era el intrigante fuego alrededor del cual bailaban.

Después de días de marcha, avistaron un pueblo en el horizonte. No era más que un puñado de edificios de madera medio derruidos, abandonados a la arena y al viento. Parecía otro punto fantasma en el mapa de su viaje. Pero al adentrarse en la calle principal, polvorienta y silenciosa, una figura solitaria en el centro del pueblo llamó la atención de todos.

Era una mujer. Vestía un deslumbrante vestido de novia blanco, con encajes, volantes y un velo que le cubría parcialmente el rostro. Su postura era regia, familiar. Una punzada de extrañeza recorrió a Leonel incluso antes de que sus ojos se ajustaran por completo. Cuando lo hicieron, el reconocimiento fue instantáneo, seguido de una oleada de confusión absoluta.

Era Nero Claudius. Pero no su Nero.

Su Nero, la que caminaba a su lado, llevaba su armadura y su túnica roja, su expresión era de orgullo y pasión desinhibidas. Esta otra Nero, la del vestido de novia, tenía una elegancia más refinada, una aura de solemnidad romántica que chocaba con la extravagancia teatral de la original. Era Nero Bride.

La Nero original se detuvo en seco, entrecerrando los ojos. “¿Qué… qué farsa es esta?” murmuró, su voz cargada de un desconcierto que rápidamente se transformó en indignación. “¿Una imitadora? ¿Una sombra que se atreve a usurpar mi gloriosa forma?” Ver a su doppelgänger era, como Leonel pensó en un destello de lucidez interna, una experiencia profundamente surrealista. Era como mirarse en un espejo que reflejara no tu imagen, sino una versión alternativa de tu alma.

Ambas Emperatrices se midieron con la mirada, un duelo silencioso de orgullo imperial. Pero el concurso de miradas se rompió abruptamente cuando los ojos de Nero Bride, detrás del velo, se posaron en Leonel.

Una chispa de reconocimiento instantáneo y absoluto brilló en ellos. Ignorando por completo a su otro yo, Nero Bride exhaló un grito ahogado de alegría. “¡Praetor! ¡Mi amado!”

Y entonces, sucedió. Con una velocidad que rivalizaba con la de un Servant de clase Assassin, Nero Bride cruzó la distancia que los separaba y se lanzó sobre Leonel. Sus brazos se cerraron alrededor de su cuello y, antes de que él pudiera articular una sílaba, sus labios se encontraron con los de él en un beso apasionado y posesivo.

El mundo se detuvo para Leonel. El sabor a polvo del desierto fue reemplazado por el dulce sabor a… ¿fresas? ¿Era su lápiz labial? Su mente, normalmente tan rápida, se quedó en blanco. Solo podía sentir los suaves encajes del vestido contra su piel y los labios firmes de la novia-emperatriz sellando los suyos.

El efecto en el resto del grupo fue nuclear.

Las otras “novias” de Leonel se quedaron paralizadas, sus rostros una mascarada de shock, indignación y unos celos tan intensos que se podían casi saborear en el aire.

Nero (la original) emitió un sonido entre un grito y un rugido. “¡¿QUÉ?! ¡¿Cómo te atreves, farsante?! ¡Él es MI amado!”

Tamamo no Mae dejó escapar un “Mikon… ¡¿Otra zorra?! ¡Y encima una que salta directamente a la boda!” Sus colas se erizaron, y sus ojos dorados brillaron con una peligrosa luz.

Kiyohime comenzó a humear literalmente, un vapor tenue saliendo de su cuerpo. “Mentira… esto es una mentira… Maestro-sama no me había dicho que tenía otra novia… ¡Una que se viste de blanco!” Para ella, el vestido de novia era la máxima traición, el símbolo definitivo de un compromiso que creía exclusivo.

Jeanne d’Arc (la Ruler) se sonrojó intensamente, llevándose una mano al pecho. Un dolor agudo, mezcla de envidia y tristeza, la atravesó. Ella también albergaba sentimientos por Leonel, pero su timidez y su naturaleza de santa le impedían actuar. Ver a otra mujer, y encima una versión alternativa de una aliada, reclamarlo tan abiertamente, fue un golpe duro.

Y Jeanne Alter… Jeanne Alter simplemente se quedó con la boca abierta. Sus mejillas se sonrojaron de una manera que no tenía nada que ver con la ira. Por un instante, el disimulo tsundere se quebró, replacedo por un puro y crudo “¡¿Y ESTA QUIÉN DIABLOS ES?!”. Cruzó los brazos con fuerza, haciendo un esfuerzo visible por recuperar su fachada de desinterés, pero el ceño fruncido y la mirada asesina que le lanzaba a Nero Bride delataban su verdadero estado de ánimo.

Cuando Nero Bride finalmente se separó de Leonel, dejándolo jadeante y desorientado, declaró con una voz llena de una convicción absoluta: “Al fin te encuentro, esposo mío. He esperado en este yermo lugar, sabiendo que nuestro destino se cruzaría. Es hora. Hora de que nos casemos y demos inicio al linaje romano, forjando una dinastía que perdure por los siglos”.

Leonel, todavía tratando de recuperar el aliento y el sentido, palideció. “¿C-casarnos? ¿Linaje?” Él había aceptado, incluso abrazado, las relaciones que se habían formado con sus Servants. Soñaba con un futuro, una vida después de salvar la humanidad, donde tal vez, quizás, pudiera encontrar una manera de estar con todas ellas. Pero esto… esto era un ultimátum matrimonial y reproductivo directo. No estaba preparado. Su mente se llenó de imágenes de pequeños Neros corriendo por los pasillos de Chaldea, declarando días festivos y exigiendo óperas para el desayuno. Era una perspectiva aterradora y adorable al mismo tiempo.

Fue entonces cuando la Nero original intervino. Pero no para ayudarlo. “¡Absurdo!” gritó, plantándose frente a su contraparte. “¡Yo soy la verdadera emperatriz! ¡Yo fui la primera en invocarle amor! Si alguien debe casarse con él y dar a luz a su heredero, ¡esa soy YO! ¡Seré la primera esposa y la madre de su primogénito!”

Nero Bride miró a la original con desdén. “Una versión tosca y belicosa de mí misma. El amor verdadero requiere elegancia, solemnidad, el vínculo sagrado del matrimonio. Yo encarno ese ideal. Yo seré su esposa”.

“¡MENTIRA! ¡Yo soy el ideal! ¡Yo soy la que ha luchado a su lado desde el principio!”

“¡Una guerrera bulliciosa! ¡Yo soy la que lo guiará hacia un futuro de paz y prosperidad imperial!”

La discusión escaló rápidamente a un enfrentamiento físico. Ambas Neros se agarraron del vestido/armadura de la otra, forcejeando y gritando insultos en latín y japonés, ambas reclamando a un Leonel cada vez más acorralado.

Y entonces, el dique se rompió.

“¡ESPEREN!” gritó Tamamo, entrando en el círculo. “¡Si vamos a hablar de esposas, yo fui la primera en tener una cita de ‘recién casados’ con nuestro esposo! ¡Mi derecho es anterior!”

“¡El amor no se mide por el tiempo, se mide por la intensidad!” replicó Kiyohime, avanzando con los ojos brillando de forma alarmante. “¡Y mi amor por Maestro-sama es el más puro y feroz! ¡Si alguien debe tener su descendencia, soy yo! ¡Prometo criar a nuestros hijos en la verdad, sin una sola mentira!”

Hasta Jeanne Alter, incapaz de contenerse más, estalló. “¡¿Y QUÉ SOY YO, AIRE?! ¡He estado aquí todo el tiempo, protegiendo a ese idiota! ¡No es que me importe casarme o esas estupideces, pero… pero…!” Tartamudeó, su rostro rojo como la grana, incapaz de terminar la frase sin traicionar sus propios sentimientos.

Jeanne la santa miraba la escena con el corazón encogido. Ella quería intervenir, decir que ella también lo amaba, pero las palabras se atascaban en su garganta. Su timidez era una prisión de la que no podía escapar.

Leonel se vio rodeado por un coro de mujeres legendarias, todas exigiendo, de una manera u otra, un pedazo de su futuro. Era un caos absoluto. Nero vs Nero, Tamamo vs Kiyohime, Jeanne Alter negando lo evidente… Hasta Florence Nightingale observaba la escena con la cabeza ladeada. “Comportamiento hormonal extremo. Síntomas de estrés emocional agudo. ¿Debo intervenir con un sedante general?” murmuró, sacando una jeringa del tamaño de un picahielos de su delantal.

Fue en ese momento de puro y absoluto pandemonio que Leonel, impulsado por la desesperación y un súbito destello de lucidez, alzó la voz.

“¡¡¡BASTA!!!”

El grito, cargado de una autoridad que rara vez usaba, surtió efecto. Todas se callaron y lo miraron.

Respiró hondo, pasando la mirada por cada una de ellas: por Nero, su pasión; por Nero Bride, su devoción solemne; por Tamamo, su ternura hogareña; por Kiyohime, su lealtad feroz; por Jeanne Alter, su afecto torpe y negado; y por Mash, que lo observaba con una mezcla de preocupación y una fe inquebrantable que lo hacía sentir más fuerte.

“Las amo”, dijo, su voz más firme ahora. “A todas. De maneras diferentes, pero es la verdad. No puedo, y no quiero, elegir entre ustedes”.

Hizo una pausa, sabiendo que la siguiente frase cambiaría todo para siempre. “Así que, si es una boda lo que quieren… entonces me casaré con todas. Al mismo tiempo. En una ceremonia gigante, cuando todo esto haya terminado y la humanidad esté a salvo. No habrá primera esposa, ni segunda. Seremos… una familia. Una familia muy, muy grande y complicada”.

El silencio que siguió fue absoluto. Podías escuchar el viento silbando a través de las tablas podridas del pueblo fantasma.

Nero Bride fue la primera en reaccionar. Una sonrisa lenta y radiante se extendió por su rostro. “Una boda imperial masiva… ¡Qué idea tan gloriosamente romana! ¡Acepto! ¡Será el evento más espléndido que el mundo haya visto!”

La Nero original, al ver que no sería desplazada, asintió con la cabeza, recuperando su orgullo. “¡Hum! Una solución digna de un César. Acepto. Pero yo seré la que lleve el vestido más llamativo”.

Tamamo sonrió, sus ojos entrecerrados. “Mikon~ Un harén formal para nuestro esposo. Suena… apropiado. Esta zorra da su consentimiento”.

Kiyohime, al ver que no sería excluida, se calmó instantáneamente. “Mientras no me mientas, Maestro-sama, y me incluyas en tu corazón… acepto”.

Jeanne Alter, con los brazos aún cruzados, miró hacia otro lado. “Hmph. No es que me emocione o nada… pero si insistes… no me opondré. Solo no esperes que use un vestido blanco ridículo”. Era su manera de decir ‘sí’.

Mash, con lágrimas de felicidad en los ojos, simplemente asintió. “Donde sea que vayas, Senpai, yo iré contigo”.

Hasta Jeanne la santa, en un acto de valentía, dio un pequeño paso al frente y murmuró un “Yo… yo también” casi inaudible, que para Leonel sonó como una fanfarria.

La crisis había sido evitada. El caos se transformó en una atmósfera de alivio y expectación alegre. Las dos Neros, ahora cómplices en el sueño de la boda masiva, comenzaron a discutir los detalles de la ceremonia con un entusiasmo renovado.

En las alturas, oculta en la sombra de un campanario derruido, Scathach observaba la escena. Por primera vez en siglos, una sonrisa genuina, picarona y llena de significado, se dibujó en sus labios. No era una sonrisa de burla, sino de reconocimiento.

“Todo gran guerrero”, murmuró para sí, su voz un suspiro en el viento, “siempre tiene un gran séquito que lo sigue. Alejandro tuvo sus generales, Arturo sus caballeros. Pero este… este joven forja su leyenda no solo con la espada, sino con el corazón. Un séquito de diosas y guerreras, unidas no por la fuerza, sino por una lealtad y un amor que trasciende la razón”.

Su mirada se posó en Leonel, quien ahora sonreía, rodeado por sus futuras esposas, aliviado y, de alguna manera, más seguro que nunca. Scathach lo veía bajo una nueva luz. La fuerza no era solo poder físico o mágico. Era la fuerza de voluntad para aceptar un destino complicado, la fuerza de carácter para liderar a seres tan poderosos, y la fuerza de corazón para amar de una manera que desafiaba toda convención.

“Tal vez”, pensó, un destello de interés genuino en sus ojos escarlata, “solo tal vez, este ‘León’ humano logre superar al lobo celta que una vez entrené. Tal vez tenga la fibra para soportar las lecciones de la Land of Shadows y emerger no solo como un amante, sino como un guerrero sin igual”.

El camino hacia Washington D.C. continuaba, ahora con una promesa de futuro que daba un nuevo significado a su misión. Y en las sombras, la Reina de la Tierra de las Sombras seguía sus pasos, ya no solo como una observadora curiosa, sino como una cazadora que había encontrado una presa—o un discípulo—infinitamente más interesante de lo que jamás había imaginado. El viaje épico había adquirido una dimensión personal que ni el mismo Leonel podía comprender por completo.

Después de la tumultuosa pero finalmente armoniosa resolución del “incidente nupcial”, la dinámica dentro del grupo de Leonel experimentó un cambio notable. Ya no era simplemente un Maestro viajando con sus Servants; era un hombre comprometido—o multiplamente comprometido—rodeado de mujeres que habían formalizado, en sus propios términos legendarios, su derecho a estar a su lado. Esto se tradujo en que Leonel difícilmente tenía un momento de soledad. Sus “novias” habían establecido un sistema de turnos no declarado pero estrictamente respetado para caminar a su lado, tomar su mano, o simplemente vigilarlo con una mezcla de amor y posesividad adorable.

Nero y Nero Bride, en una extraña tregua basada en su sueño compartido de la boda imperial, a menudo flanqueaban a Leonel como guardaespaldas consortes. Tamamo se deslizaba a su lado para ajustarle el cuello de la ropa o susurrarle palabras cariñosas. Kiyohime mantenía una vigilancia constante, su mirada disuadiendo a cualquier otra—excepto a las demás novias—de acercarse demasiado. Mash, más tímida en sus demostraciones, se contentaba con caminar cerca, su hombro rozando el suyo de vez en cuando, una sonrisa serena en sus labios. Jeanne Alter, fiel a su estilo, se mantenía a unos pasos de distancia, pero Leonel notaba que su mirada se posaba en él con más frecuencia, y cuando su turno tácito llegaba, caminaba a su lado en un silencio que era menos hostil y más… contemplativo.

Fue durante uno de estos días de viaje “acompañado” que comenzaron a escuchar rumores entre los pocos pobladores que encontraban en su camino. Hablaban de un pueblo cercano, no lejos de la ruta a Washington D.C., que estaba maldito. No por fantasmas o apariciones, sino por un sonido. Un sonido que, según decían, rasgaba el alma y destrozaba los tímpanos. Un “canto” tan espantoso que ahuyentaba a cualquier ser vivo y había dejado el lugar completamente abandonado. Quienes se aventuraban muy cerca regresaban con migrañas debilitantes y una expresión de trauma profundo.

La curiosidad de Leonel, siempre alerta ante lo anómalo en estas singularidades, se despertó al instante. “Un sonido sobrenatural… podría ser un Servant. Uno sin Maestro, atrapado o manifestándose de forma errática”, razonó en voz alta mientras caminaba con Tamamo a un lado y Kiyohime al otro. “Si podemos contactarlo, podría ser un aliado valioso. O al menos, neutralizar una amenaza potencial”.

Sus acompañantes pusieron objeciones inmediatas.

“¿Para qué buscar problemas, mi amado?” preguntó Nero, haciendo un gesto dramático. “¡Nuestro camino hacia el tumor es claro! No necesitamos desviarnos por espectáculos de dudosa calidad”.

“Una fuente de ruido estrés-inducente”, declaró Florence Nightingale, quien escuchaba la conversación. “Exposición prolongada puede causar daño auditivo permanente y trastornos psicológicos. El protocolo más seguro es el aislamiento y la evitación”.

Pero Leonel persistió. “Si es un Servant, y está causando este caos, es nuestra responsabilidad investigar. Además, Roman confirmó que no nos desvía significativamente del camino. Solo será una parada rápida”.

Fue el ángulo de la “posible adquisición de un aliado” lo que finalmente convenció a la mayoría. Más manos—o en este caso, más poderes legendarios—siempre eran útiles contra la amenaza de Medb y Cu Chulainn Alter. Sorprendentemente, fue Nightingale quien cedió de manera más directa. “Si hay seres sufriendo a causa de este ‘síntoma acústico’, es mi deber evaluar su condición y ofrecer tratamiento”. Para ella, el pueblo maldito era una sala de emergencias llena de pacientes potenciales.

El pueblo no estaba lejos. Una colección de edificios de madera en un valle tranquilo, que desde la distancia parecía pintoresco y pacífico. Pero a medida que se acercaban, comenzaron a sentirlo. No era un sonido propiamente dicho al principio, sino una vibración desagradable en el aire, un zumbido de baja frecuencia que erizaba la piel.

Y entonces, empezó.

Era una voz. Femenina, aguda, y tan terriblemente desafinada que parecía una burla a la misma conceptión de la música. Notas que se estiraban y rompían en lugares imposibles, un ritmo errático que sonaba como un gato siendo arrastrado sobre las cuerdas de un arpa desafinada. El “canto” era tan potente que hacía vibrar los cristales de las ventanas de las cabañas y enviaba ondas de dolor físico directamente a los tímpanos de los oyentes.

“¡Por todos los dioses romanos!” gritó Nero, tapándose los oídos con fuerza. “¡Es el sonido de la mismísima disonancia! ¡Mi glorioso oído está siendo profanado!”

Tamamo aulló suavemente, sus sensibles oídos de zorra sufriendo el doble. “¡Mikon! ¡Es peor que el aullido de un tanuki ebrio!”

Kiyohime gruñó, el ruido exacerbando su naturaleza berserker. “¡Qué sonido tan molesto! ¡Déjenme quemar la fuente!”

Hasta Jeanne Alter, normalmente imperturbable, frunció el ceño con un gesto de genuina agonía. “¿Qué mierda es esta? Suena como si alguien estuviera estrangulando un pollo dentro de mi cráneo”.

Leonel, con lágrimas en los ojos por el esfuerzo de soportar el ruido, se tapó los oídos con fuerza. Sabía lo que—o quién—era. Los recuerdos de la Singularidad de Orleans regresaron a él con fuerza. Elizabeth Báthory. La versión Lancer, obsesionada con convertirse en una ídol moderna. Sabía que su canto era malo, un hecho del que ella misma era alegremente inconsciente. Pero la realidad, magnificada por su naturaleza de Servant y la acústica del pueblo desierto, superaba cualquier recuerdo. Esto era un arma de destrucción masiva auditiva.

La fuente del sonido se hizo visible en la plaza del pueblo. Allí, sobre un escenario improvisado con barriles y tablones, estaba ella. Elizabeth Báthory, con su extravagante traje de ídol rosa y negro, su cola de dragón moviéndose al ritmo de su propia cacofonía, y su enorme microfono en forma de corazón apretado entre sus manos. Sus ojos estaban cerrados en éxtasis, completamente sumergida en su “actuación”.

Leonel y su grupo aguantaron estoicamente, o no tan estoicamente, durante lo que pareció una eternidad. Finalmente, Elizabeth terminó su “canción” con un agudo especialmente estridente que hizo que varios pájaros cayeran del cielo (afortunadamente, ya estaban muertos o habían huido hacía mucho tiempo).

Abrió los ojos, jadeando ligeramente, una sonrisa de satisfacción en su rostro. Y entonces, su mirada se posó en Leonel.

Sus ojos se iluminaron de reconocimiento. “¡Cachorrito!” gritó, saltando del escenario con agilidad y corriendo hacia él, ignorando por completo a las otras Servants que lo rodeaban con expresiones que iban del dolor residual a la homicida. “¡Mi manager! ¡Qué bueno verte! ¿Viniste a escuchar mi último single? ¡Estoy segura de que mi voz ha mejorado mucho desde la última vez!”

Leonel bajó lentamente las manos de sus oídos, sintiendo un zumbido persistente. “H-Hola, Elizabeth… Sí, fue… inolvidable”.

Ella no captó el sarcasmo, o simplemente lo ignoró. “¡Sabía que vendrías! Un manager siempre debe seguir el talento de su ídol estrella”. Su mirada recorrió al grupo. “Vaya, vaya, has reunido un grupo bastante… variado. Pero no importa, ¡Liz está aquí para iluminar tu camino con su brillantez!”

Leonel suspiró internamente, aliviado. El tono de Elizabeth era el de siempre: egocéntrico, amigable y completamente carente de interés romántico hacia él. Para ella, él era “cachorrito” o “manager”, un socio en su búsqueda de la fama. Después del drama con las Neros y el casi motín nupcial, esta era una dinámica refrescantemente simple y no amenazante. Podía respirar tranquilo; ninguna de sus celosas novías tendría motivos para intentar “desinfectar” o incinerar a la dragoncita cantante.

Después de presentaciones rápidas y de que Elizabeth insistiera en darles un “tour privado” por su “estudio de grabación al aire libre” (la plaza del pueblo), la conversación derivó hacia asuntos más serios. Para sorpresa de Leonel, Elizabeth, en su deambular por la singularidad, había recogido información útil.

“¡Oh, sí! Esa mujerzuela ruidosa, Medb”, dijo Elizabeth con un gesto de desdén. “Siempre está rodeada de hombres, como si fuera una imitación barata de una verdadera ídol. Tiene a ese perro grande y enfadado a su lado, el que antes era azul pero ahora es todo oscuro y con púas. Da mucho miedo”.

Leonel asintió. Cu Chulainn Alter. La confirmación era valiosa.

“¿Y el Grial?” preguntó.

“¡Esa reina presumida lo tiene! Lo usa como si fuera un accesorio de moda más, para invocar a más de sus secuaces celtas. Dice que todo Estados Unidos será suyo, y que todos los hombres serán sus siervos… o sus amantes”. Elizabeth hizo una mueca. “Qué asco. Una verdadera ídol inspira amor puro, no… eso”.

Leonel recordó el perfil de Medb de su conocimiento del juego. La reina de Connacht, una mujer acostumbrada a obtener todo lo que deseaba, ya fuera mediante la persuasión, la manipulación o la fuerza. Su historial de amantes era legendario, y en el mundo de Fate, esta característica se exageraba hasta convertirla en una fuerza de la naturaleza hedonista y posesiva. No sentía celosía, solo una lujuria insaciable y un deseo de dominación. Los hombres que caían en su esfera, pensó Leonel con desdén, eran como moscas atraídas por la miel—”migajeros”, dispuestos a vender su lealtad por un poco de atención de la reina. Saber que ella era el enemigo final y que poseía el Grial daba un enfoque claro a su misión.

Con la información obtenida, decidieron pasar la noche en el pueblo. Al menos allí, los únicos enemigos serían el silencio ensordecedor—cuando Elizabeth no cantaba—y la posibilidad de que la dragoncita decidiera dar un concierto nocturno. Prepararon un campamento en una de las cabañas más grandes, esperando descansar antes del empuje final hacia Washington.

Pero el descanso no estaba en los planes del destino, o al menos, no en los planes de los escritores de esta particular comedia de errores épica.

Justo cuando la mayoría se disponía a dormir, una nueva presencia hizo acto de aparición. La puerta de la cabaña se abrió de golpe, y allí, recortado contra la luna, estaba un hombre alto y musculoso, con una espada enorme al hombro y una sonrisa despreocupada y llena de confianza. Fergus mac Róich, el legendario guerrero irlandés, Clase Saber.

“¡Buenas noches, viajeros!” anunció con una voz potente. “He sentido la presencia de hermosas mujeres y un espíritu guerrero digno de un desafío. No podía dejar pasar la oportunidad de… presentar mis respetos”.

Sus ojos, llenos de un fuego jovial y un poco lascivo, recorrieron el interior de la cabaña, deteniéndose en cada una de las mujeres de Leonel. “Vaya, vaya… qué selección tan exquisita. Una emperatriz, una sacerdotisa zorra, una doncella dragón, una santa… y hasta una que parece hecha de fuego y odio. ¡Fascinante!”

Se acercó a Nero, ignorando por completo a Leonel. “Señorita, ese fuego en sus ojos… me pregunto si ardería con la misma pasión en los brazos de un verdadero guerrero”.

Nero lo miró con desprecio absoluto. “¡Insolente! ¡Mi corazón y mi cuerpo pertenecen solo a mi amado Leonel! ¡Largo!”

Fergus, lejos de desanimarse, se rió y se volvió hacia Tamamo. “Y tú, belleza de múltiples colas… seguro que una mujer de tus… atributos, aprecia la fuerza de un hombre como yo”.

Tamamo sonrió, pero era la sonrisa de una zorra a punto de morder. “Esta zorra prefiere la inteligencia y la ternura de su esposo. Tu… ‘fuerza’ bruta no es más que ruido y furia sin sentido. Rechazado”.

El Saber intentó con Kiyohime, quien solo mostró los dientes y un rugido sordo. Con Jeanne Alter, quien le lanzó una mirada que podría haber derretido acero. “Si no quieres terminar como un montón de cenizas, mantén tu distancia, cerdo”, le espetó.

Fergus, finalmente, se enfrentó a la realidad. Todas. Todas rechazaban su avance. Y todas, una vez más, mencionaban el mismo nombre. Se volvió hacia Leonel, y una expresión de frustración cómica, similar a la de Fionn, se apoderó de su rostro.

“¿Otra vez tú?” rugió, señalando a Leonel con su espada, Caladbolg. “¿Qué tienes, muchacho? ¿Algún hechizo secreto? ¿Una poción de amor? ¡Es increíble! ¡Fergus mac Róich, el héroe que durmió con diosas y reinas, es rechazado una y otra vez por las mujeres de un simple mortal!”

Leonel se encogió de hombros, demasiado cansado para otra escena de celos épicos. “Suerte, supongo”.

“¡BASTA DE SUERTE!” gritó Fergus, su frustración buscando una salida. “¡Si no puedo tener su afecto, tendré su respeto en el campo de batalla! ¡Te desafío, Leonel Herrera! ¡Tú y tus Servants contra mí! ¡Que los dioses decidan quién es el verdadero hombre aquí!”

La batalla, si es que podía llamarse así, fue un ejemplo de sobrekill coordinado. Fergus era un poderoso Saber, sí, pero estaba solo. Y se enfrentaba a casi una docena de Servants, entre los que se incluía la fuerza bruta de Mordred y Artoria Alter, la magia de Tamamo y Gerónimo, la furia de Jeanne Alter y Kiyohime, y la imparable fuerza sanitaria de Nightingale.

Leonel, con Tezcatlipoca a su lado, ni siquiera necesitó esforzarse mucho. “Tezca, análisis”.

«Patrón de ataque: amplios arcos de energía. Debilidad: recuperación lenta después de cada golpe fuerte. Puntos vulnerables: articulaciones de los hombros al levantar la espada.»

“¡Mordred, Artoria! ¡Presiónenlo después de que golpee! ¡No lo dejen recuperar el equilibrio! ¡Jeanne, fuego en sus puntos ciegos! ¡Nightingale… ejem, haz lo tuyo!”

Fue la intervención de Nightingale la que selló el destino de Fergus. Mientras los otros lo distraían con una lluvia de ataques, ella se abalanzó, esquivando un tajo de Caladbolg con un movimiento de cabeza milimétrico, y aplicó lo que solo podía describirse como una “llave de desinfección” en su brazo espadachín. “Estructura muscular hiperdesarrollada. Riesgo de rotura por estrés. El tratamiento es la inmovilización inmediata”. Con un crujido sordo y un grito de sorpresa y dolor de Fergus, lo tuvo inmovilizado en el suelo.

El combate no duró más de diez minutos. Fergus, derrotado y humillado, comenzó a desvanecerse. “Esto… no es como imaginé mi noche”, fueron sus últimas palabras antes de desaparecer, una expresión de completa perplejidad en su rostro.

El silencio regresó a la cabaña. Nadie había resultado herido. La eficiencia había sido absoluta.

En las sombras del bosque cercano, Scathach observaba, sus brazos cruzados. No hubo sonrisa esta vez. Solo un suspiro leve de… decepción. El combate había sido risiblemente fácil para Leonel. No había habido necesidad de que desplegara su verdadero potencial, de que se pushed a sí mismo más allá de sus límites. Había dirigido, sí, con una eficiencia encomiable, pero desde la retaguardia, confiando en el poder abrumador de su grupo.

“Se está volviendo dependiente”, murmuró para sí, sus ojos escarlata brillando con una luz fría. “Confía en sus lazos, en sus estrategias, en el poder de los demás. Eso está bien para un general, pero no para un guerrero que busca trascender lo mortal”.

Vio cómo Leonel se relajaba, sonriendo a sus Servants, feliz por otra victoria sin complicaciones. Scathach sabía que, si las cosas continuaban así, su potencial se estancaría. La comodidad era el enemigo del crecimiento.

“Se avecina una encrucijada, pequeño León”, susurró, su voz perdida en la noche. “No puedes seguir rodeado de tu manada para siempre. Pronto, te verás obligada a enfrentar un desafío que tu estrategia y tus números no puedan superar. Y entonces… entonces veré de qué estás hecho. O te romperás… o forjarás un nuevo filo en tu espíritu”.

La sombra entre las sombras se fundió aún más con la oscuridad, su decisión tomada. Ya no sería solo una observadora. Se convertiría en el catalizador. El precio para decidir si Leonel Herrera era digno de su tutela sería, como siempre lo había sido en la Land of Shadows, llevado al borde del abismo y forzado a volar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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