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Fate/Grand Persona - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 45 Capitulo 44 Una prueba
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45: Capitulo 44: Una prueba 45: Capitulo 44: Una prueba Los días que siguieron al encuentro con Fergus transcurrieron con una monotonía engañosa.

El paisaje americano se desplegaba ante ellos en una sucesión de colinas, bosques y ríos que cruzaban con relativa facilidad.

Los enemigos que encontraban—patrullas celtas desorganizadas, máquinas de Edison con fallas de funcionamiento, bestias distorsionadas por la niebla mágica—eran más una molestia que un verdadero desafío.

Para Leonel y su grupo, cada encuentro se resolvía con una eficiencia casi rutinaria.

Leonel, desde el centro de la formación, dirigía con una calma que ocultaba una mente en perpetuo movimiento.

Tezcatlipoca, a su lado, era su extensión sensorial y analítica.

Juntos formaban un núcleo de mando formidable.

«Dos lanceros celtas ocultos tras el roble caído, a cuarenta grados noroeste», resonaba la voz del Persona en su mente, fría y clara.

«Tamamo, un Ofuda de confusión allí.

Billy, cubre su retirada cuando salgan», ordenaba Leonel, sin siquiera alzar la voz.

«El autómata tiene un punto débil en su reactor dorsal.

Mordred, un golpe limpio con Clarent», continuaba Tezcatlipoca.

«Artoria, congela el terreno para ralentizar a los de la derecha.

Jeanne, a tu izquierda».

Era un baile perfecto, letal y eficiente.

Los enemigos caían como piezas de dominó, sin que ninguno de los Servants de Leonel sufriera más que rasguños.

La victoria era constante, predecible.

Y cada victoria así, cada demostración de poder coordinado pero sin tensión real, alimentaba una frustración silenciosa que crecía en las sombras.

Scathach observaba, inmóvil como una estatua en lo alto de un risco, sus ojos escarlata fijos en Leonel.

No veía al guerrero que esperaba.

Veía a un director de orquesta, sí, talentoso, pero que nunca tomaba el instrumento él mismo.

Veía a un estratega que dependía de un crutch, de esa entidad oscura y sabia que le susurraba los secretos del campo de batalla al oído.

¿Dónde estaba el fuego interior?

¿Dónde estaba el instinto que empuja a un hombre al borde del abismo para que aprenda a volar o a caer con gracia?

La derrota en Londres había dejado una cicatriz, pero también una lección que parecía haberse diluido en la comodidad de la superioridad numérica y táctica.

«Se está ablandando», murmuró para sí, su voz un suspiro que el viento se llevó.

«Confía en sus lazos, en su mente, en el poder prestado.

Pero un verdadero guerrero debe confiar en el filo de su propia alma.

Debe mirar a la muerte a los ojos y reírse, no calcular su ángulo de aproximación».

Vio cómo Leonel sonreía, aliviado, después de otro combate sin incidentes.

Vio cómo sus «novias» se agrupaban a su alrededor, ofreciendo sonrisas y palabras de aliento, creando un círculo de calidez y seguridad que, para Scathach, era una jaula de terciopelo.

La paciencia, una virtud que había cultivado durante milenios en la Land of Shadows, se le agotaba.

«El destino parece empeñado en negarme el espectáculo», pensó, con un humor negro.

«Muy bien.

Si la batalla no viene a él, yo la llevaré».

Y así, en una llanura amplia y despejada, a medio camino entre el pueblo de Elizabeth y las brumas distantes que marcaban la ubicación de Washington D.C., Scathach decidió que había esperado suficiente.

No hubo advertencia.

No hubo un cambio en el aire, ni un presagio de energía.

Una instantánea, Leonel caminaba entre Mash y Nero Bride, escuchando a Roman a través del communicator.

Al siguiente, el mundo explotó en una danza de muerte.

Una lanza, Gáe Bolg Alternative, surgió de la nada misma, dirigida no a Leonel, sino al punto exacto entre sus pies y los de Mash.

No era un ataque para matar, sino para separar, para crear caos.

La explosión de tierra y energía oscura los hizo retroceder a ambos.

«¡Enemigo!» gritó Mash, reaccionando primero, su escudo levantándose instintivamente.

Pero el enemigo ya no estaba allí.

Scathach se materializó como un fantasma púrpura en medio del grupo, su movimiento tan rápido que dejaba afterimages.

Su primera estocada fue hacia Tamamo, forzándola a retroceder y romper la formación.

Su segundo movimiento, un giro brutal, lanzó a Kiyohime hacia un lado con el impacto plano de su lanza.

Todo en menos de dos segundos.

La sorpresa fue total.

Ni Tezcatlipoca, con sus sentidos expandidos, la había detectado.

Su sigilo era tan absoluto que era como si hubiera emergido de una dimensión adyacente.

«¡Formación defensiva!

¡Mash, centro!

¡Lanceros, flancos!

¡Casters, atrás!» La voz de Leonel, aunque cargada de sorpresa, no titubeó.

El entrenamiento y el instinto tomaron el mando.

Pero Scathach no era un enemigo normal.

No seguía patrones predecibles.

Era el torbellino personificado, la maestra de todos los estilos de lucha.

Esquivaba el fuego de Jeanne Alter como si conociera cada centímetro de su trayectoria antes de que se lanzara.

Paraba los golpes de Mordred y Artoria Alter con su lanza, usando su propia fuerza en su contra, redirigiendo su momentum.

Parecía bailar entre ellos, una silueta elegante y mortal que nunca se detenía.

«¡Velocidad extrema!

¡Patrón de ataque impredecible!» La voz de Tezcatlipoca sonó urgente en la mente de Leonel, intentando analizar lo que parecía inanalizable.

«¡Calculando trayectorias probables…!» «¡No hay tiempo para probabilidades!» gritó Leonel internamente.

«¡Dame algo concreto!» «¡A la izquierda!

¡Va a por Gerónimo!» Leonel reaccionó.

«¡Billy, dispara al punto que te marco!» Transmitió una imagen mental, una coordenada en el aire aparentemente vacía.

Billy, confiando ciegamente, disparó.

La bala no iba dirigida a Scathach, sino a donde ella estaría si continuaba su carga.

Ella se desvió, apenas, pero fue suficiente para que Gerónimo lanzara un hechizo de atadura espiritual que, aunque ella lo rompió al instante, ralentizó su siguiente movimiento una fracción de segundo.

Fue ese instante lo que Leonel explotó.

«¡Jeanne Alter, fuego en abanico ahora!

¡Nero, carga frontal!

¡Mash, cubre a Nero!» El contraataque fue coordinado y brutal.

Scathach se vio obligada a bloquear la carga de Nero con su lanza, mientras el fuego negro de Jeanne Alter la obligaba a mantener una barrera de energía.

Por un momento, pareció contenida.

Pero entonces sonrió.

Una sonrisa pequeña, fría.

«Mejor.

Pero aún dependes del murmullo en tu oído».

Y entonces, hizo algo que nadie esperaba.

En lugar de presionar su ataque, giró sobre sí misma y lanzó su lanza, no a un Servant, sino al espacio aéreo justo detrás de Leonel, donde la forma semi-material de Tezcatlipoca flotaba, analizando.

La lanza no impactó físicamente.

En su lugar, estalló en una esfera de pura energía púrpura, una luz que parecía disolver las conexiones mágicas.

Tezcatlipoca, el Persona evolucionado, el navegador, el estratega, emitió un sonido grave de sorpresa—la primera vez que Leonel lo escuchaba expresar algo parecido a una emoción—y su forma se desvaneció, no destruida, pero aislada, separada bruscamente del vínculo con su usuario.

Un silencio mental repentino y aterrador golpeó a Leonel.

Era como si le hubieran arrancado un sentido.

La constante corriente de datos, análisis, predicciones y percepciones amplificadas se apagó de golpe.

Se quedó solo con su propia mente, sus propios ojos, sus propios instintos.

Y frente a él, Scathach, recuperando su lanza con un gesto, lo miraba directamente, desafiante.

«Ahora, Maestro», dijo su voz, melodiosa y peligrosa.

«Muéstrame lo que hay detrás del consejero.

Muéstrame el filo de tu propia voluntad».

El pánico, frío y familiar, quiso apoderarse de Leonel.

Era el mismo vacío de poder, la misma sensación de impotencia que sintió frente a Goetia.

Pero esta vez no había un enemigo cósmico.

Había una guerrera, una maestra.

Y sus Servants, sus Servants, estaban mirándolo, esperando.

Mash, con sus ojos llenos de fe.

Jeanne Alter, con una expresión de preocupación disfrazada de impaciencia.

Nero, lista para cargar.

Todas confiaban en él, no en Tezcatlipoca.

Respiró hondo.

El aire olía a polvo, a ozono y a la electricidad estática del poder de Scathach.

Su mente, privada del lujo del análisis sobrehumano, empezó a trabajar a una velocidad que ni él mismo sabía que poseía.

Ya no tenía datos procesados.

Tenía que ser el procesador.

Observó a Scathach.

No como una entidad con estadísticas, sino como una guerrera.

Su postura, ligeramente inclinada hacia adelante, el peso distribuido en las puntas de los pies.

Sus ojos, escarlata, escaneando no solo a él, sino a todo el grupo, calculando amenazas.

Era una cazadora, pero también una estratega.

No atacaría aleatoriamente.

Buscaría el eslabón más débil, la coordinación más lenta.

«Ella va a por los Casters», pensó, en una fracción de segundo.

«Son los que pueden limitar su movilidad con hechizos de área.

Pero es obvio.

Es una trampa.

Espera que concentremos la defensa allí».

Gritó, su voz ahora era el único conducto de órdenes.

«¡Todos, escuchen!

¡Formación de tortuga invertida!

¡Mash, Tamamo, Gerónimo, Shakespeare, centro!

¡El resto, círculo exterior en movimiento constante!

¡No se detengan!

¡Jeanne Alter, fuego de supresión en patrones aleatorios, no apuntes a ella, apunta a donde podría querer moverse!

¡Mordred, Artoria, ataques fulgurantes de disuasión, un golpe y retroceded, no se enganchen!» Fue una orden contraintuitiva.

Agrupar a los más vulnerables en el centro, pero hacer que los más fuertes se movieran sin cesar, creando un muro dinámico e impredecible.

Jeanne Alter, en lugar de lanzar sus poderosos ataques directos, comenzó a esparcir cortinas de fuego negro en áreas aparentemente aleatorias, forzando a Scathach a ajustar constantemente su posición.

Mordred y Artoria Alter atacaban y retrocedían tan rápido que era imposible para Scathach contraatacar con eficacia sin exponerse a otro.

Scathach parpadeó, un destello de genuino interés en sus ojos.

Había eliminado el apoyo, y en su lugar, el muchacho había desplegado una estrategia de control de campo basada en la psicología y el movimiento, no en la fuerza bruta.

Era…

elegante.

Intentó romper la formación.

Se lanzó hacia un punto aparentemente débil entre Nero Bride y Elizabeth, pero Leonel ya lo había anticipado.

«¡Elizabeth, ahora!

¡Tu peor grito, directo al suelo frente a ti!» Elizabeth, confundida pero obediente, abrió la boca y emitió un chillido que no era un canto, sino un puro estallido sónico destructivo.

El impacto en el suelo creó una onda de choque y una nube de polvo que cegó y desorientó por un segundo.

Fue el tiempo suficiente para que Billy, siguiendo una orden previa silenciosa de Leonel, disparara no a Scathach, sino a las rocas sobre un afloramiento cercano, haciendo que una pequeña avalancha cayera justo donde ella intentaría reposicionarse.

Scathach se vio obligada a retroceder, esquivando los escombros.

Por primera vez, parecía ligeramente a la defensiva.

Leonel no dejaba de hablar, sus ojos recorriendo el campo de batalla como un radar humano.

«¡Ahora!

¡Todos los que puedan, ataque concentrado en la zona D-3!

¡No a ella, al espacio!

¡Forzadla hacia el área que Tamamo marcó!» Tamamo, en el centro, había estado preparando en silencio un gran Ofuda con un símbolo de restricción.

Lo lanzó al área que Leonel había designado.

Scathach, esquivando el fuego de supresión y los ataques fulgurantes, se vio casi sin querer dirigida hacia esa zona.

Al pisarla, los símbolos brillaron, y sus pies quedaron momentáneamente pegados al suelo, no por fuerza, sino por un hechizo de gravidad aumentada.

Fue solo por un segundo.

Pero fue suficiente.

En ese instante, Leonel dio la orden final.

«¡Mash, carga de escudo!

¡Usa a Mordred como ariete!» Mash, sin cuestionar, cargó con Lord Camelot por delante.

Mordred saltó, apoyando sus pies en la parte trasera del escudo y empujando con toda su fuerza.

El combo escudo-espada se convirtió en un proyectil humano de fuerza irresistible.

Scathach, momentáneamente inmovilizada, no pudo esquivar.

Cruzó sus brazos y recibió el impacto de lleno.

El estruendo fue ensordecedor.

Scathach fue lanzada hacia atrás, surcando el suelo como un meteoro durante decenas de metros antes de detenerse.

Se puso de pie de inmediato, sin un rasguño aparente, pero había una marca de tierra en su traje y, lo más importante, una expresión de absoluta sorpresa en su rostro.

La batalla se detuvo.

Todos jadeaban, mirando a la Reina de las Sombras.

Ella los miró a todos, y finalmente, su mirada se posó en Leonel, quien estaba de pie, sudando profusamente, con la mente ardiendo pero los ojos claros y decididos.

Un silencio profundo cayó sobre la llanura.

Luego, Scathach hizo algo inesperado.

Dejó caer su lanza al suelo, donde se clavó suavemente.

Y levantó ambas manos, en una clara señal de rendición no verbal.

Una sonrisa lenta, genuina y profundamente satisfecha se extendió por sus labios.

No era la sonrisa burlona de antes.

Era la sonrisa de un maestro que ha encontrado una pepita de oro en un río de piedras.

«Bien», dijo, su voz ahora cálida, como el roce de la seda sobre una espada afilada.

«Muy bien, Leonel Herrera.

Has superado…

no mis expectativas, porque no tenía ninguna baja.

Las has pulverizado».

Caminó hacia él, ignorando las armas aún levantadas de los Servants, que bajaban lentamente, confundidos.

Se detuvo a un metro de distancia, su presencia era abrumadora pero ya no hostil.

«Sin tu consejero espiritual, te vi.

Vi la mente que se agita detrás de esos ojos.

Rápida.

Afilada.

Cautelosa, pero no temerosa.

Una mente que ve el campo de batalla no como un tablero de piezas, sino como un organismo vivo, con flujos, presión y puntos de ruptura.

Eso…

eso es raro.

Eso es valioso».

Hizo una pausa, evaluándolo de arriba abajo.

«Tienes el potencial para rivalizar, no con mis mejores discípulos en combate cuerpo a cuerpo—aún no—, sino con los más grandes estrategas que he conocido.

Tu mente es un arma que solo necesita ser pulida, templada en fuegos más intensos que estas escaramuzas.

Y eso…» añadió, y su sonrisa se volvió peligrosamente arrogante, seductora, «…es algo que yo puedo hacer».

Entonces, dio un paso más, cerrando la distancia.

El aroma a hierbas oscuras y metal sangriento envolvía a Leonel.

Las «novias» a su espalda se pusieron en alerta máxima, pero una mirada glacial de Scathach las congeló en el sitio.

Era una mirada que decía «esto no es asunto vuestro».

Se inclinó hacia el oído de Leonel, su aliento cálido rozando su piel.

Su voz fue un suspiro bajo, solo para él, pero en el silencio todos la oyeron.

«Sigue así, pequeño León.

Afila esa mente.

Sobrevive a esta guerra.

Y tal vez…» Hizo una pausa dramática, «…podría considerar reclamarte no solo como discípulo, sino como consorte.

Juntos, podríamos gobernar la Land of Shadows.

Serías un rey estratega a mi lado.

Una perspectiva interesante, ¿no crees?» El efecto fue instantáneo y explosivo.

«¡¿QUÉ?!» rugieron Nero y Nero Bride al unísono.

«¡Mikon!

¡Otra más!

¡Y esta directamente propone un reino compartido!» chilló Tamamo.

Kiyohime empezó a echar humo por la nariz, sus ojos dorados brillando con rabia.

«¡¿Gobernar?!

¡¿Juntos?!

¡¡NO!!» Jeanne Alter desenvainó su espada de nuevo.

«¡Basta!

¡Voy a reducir a esa bruja púrpura a cenizas aquí y ahora!» Hasta Mash frunció el ceño, un raro atisbo de desaprobación en sus ojos.

Leonel, atrapado entre la presencia seductora y letal de Scathach y el torbellino de celos que se desataba a sus espaldas, sintió que un dolor de cabeza épico se avecinaba.

Alzó las manos, haciendo un gesto de paz forzada.

«¡Todas, tranquilas!» gritó, con más desesperación que autoridad.

«¡Ella se está rindiendo!

¡O…

algo así!

¡No es una propuesta, es una…

una evaluación!» Scathach retrocedió, riendo suavemente, una risa que sonaba como campanillas de hielo.

«Solo una observación de futuro potencial.

Por ahora…» Su mirada se volvió hacia el este, hacia donde la niebla mágica era más densa.

«Tu camino sigue adelante.

El «tumor», como dice tu enfermera, espera.

Y yo…» Los miró a todos, «…creo que observaré un poco más de cerca.

Esta travesía se ha vuelto mucho más interesante».

Y como si se disolviera en la luz del atardecer, su figura se desvaneció, dejando solo su lanza clavada en el suelo como recordatorio de su presencia.

Un momento después, la lanza también desapareció.

Un silencio incómodo llenó el claro.

Todos miraban a Leonel, quien se pasaba una mano por el pelo, exhausto.

Nightingale, que había observado toda la interacción con su impasibilidad habitual, se acercó.

«El episodio de agitación hormonal parece haber concluido.

La amenaza inmediata ha sido neutralizada mediante rendición estratégica.

Debemos reanudar la marcha.

El paciente principal—el tumor—sigue sin tratamiento».

Leonel le lanzó una mirada de agradecimiento.

Por lo menos alguien tenía las prioridades claras.

«Tiene razón», dijo, su voz recuperando algo de firmeza.

«Washington D.C.

nos espera.

Medb, Cu Chulainn Alter y el Grial están allí».

Miró a sus Servants, a sus amadas, una por una.

«Y esta vez…

esta vez estamos listos».

Pero mientras se reorganizaban y reanudaban la marcha, Leonel no pudo evitar sentir la mirada de Scathach en su nuca, como una promesa y una advertencia.

La sombra entre las sombras ahora caminaba entre ellos, visible solo cuando ella quería.

Y había encendido una chispa en su mente, una pregunta: ¿cuánto más podía afilarse?

El camino hacia la capital sería, sin duda, el más peligroso hasta ahora.

Pero por primera vez desde Londres, Leonel no sentía el frío de la impotencia, sino el calor anticipado del desafío.

Y, quizás, un poco de pánico ante la idea de tener que calmar a su harén cada vez que una diosa guerrera le hiciera una propuesta de co-gobierno.

Algunas batallas, parecía, eran imposibles de ganar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias y para seguir generando imagenes de tus personajes favoritos.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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