Fate/Grand Persona - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 Capitulo 45 Avance a Washington
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46: Capitulo 45: Avance a Washington 46: Capitulo 45: Avance a Washington La llanura americana, vasta y silenciosa, se extendía ante ellos como un mar de hierba y polvo.
El encuentro con Scathach había dejado una marca invisible pero profunda en el grupo, una cicatriz psicológica que modificó su dinámica de formas sutiles y otras no tanto.
Ya no eran simplemente un grupo de viajeros; eran una compañía en estado de alerta elevada, un pequeño ejército con un núcleo emocional tremendamente complejo.
Leonel Herrera caminaba con una nueva conciencia de su entorno.
Cada sombra alargada de los árboles al atardecer, cada susurro del viento entre las rocas, era escrutada por sus sentidos, ahora aguzados por la adrenalina residual de haber sido puesto a prueba por una leyenda viviente.
Sabía, con una certeza que le erizaba la piel, que Scathach los observaba.
No la veía, no la sentía de la manera habitual, pero su presencia era una presión constante en el borde de su percepción, como el zumbido de un transformer de alta tensión justo antes de una tormenta.
Esta hipervigilancia tuvo un efecto catalizador en su vínculo con Tezcatlipoca.
El Persona, una extensión de su propia psique y voluntad, evolucionaba al unísono con él.
La necesidad de detectar lo indetectable, de anticipar a una cazadora que se burlaba de las leyes convencionales del sigilo, impulsó una nueva adaptación.
La figura imponente de Tezcatlipoca a su lado parecía vibrar a una frecuencia más alta.
Sus ojos, que antes reflejaban estrellas, ahora escaneaban el espectro visible y el no-visible, disolviendo ilusiones y percibiendo las distorsiones en el tejido mismo de la realidad.
Era un radar espiritual afinado para captar no solo la masa y la energía, sino la intención oculta, la sombra dentro de la sombra.
Una consecuencia directa y práctica del trauma de haber sido emboscado por la Reina de la Land of Shadows.
«La firma de sigilo de Clase Assassin o superior ya no es garantía de invisibilidad ante nosotros, Leonel», resonó la voz del Persona en su mente, un tono más agudo, más analítico.
«He recalibrado los parámetros de búsqueda.
Si ella se mueve dentro de un radio de quinientos metros con intención hostil, la detectaremos.
Pero la cautela sigue siendo advised.
Su nivel de existencia es…
singular».
Leonel asintió para sí.
Era un consuelo, pero pequeño.
Scathach no era un Assassin común; era un fenómeno natural.
Pero al menos ahora tenían una alarma antirrobo un poco mejor.
Sin embargo, las consecuencias más inmediatas y visibles del incidente no vinieron del exterior, sino del corazón mismo de su grupo.
Las «novias» de Leonel, aquellas fieras y hermosas leyendas que habían sellado un pacto tácito (y explícito) con él, habían procesado la intervención de Scathach de una manera muy particular.
Para ellas, no había sido una prueba de valor o una evaluación de potencial.
Había sido una intrusión.
Una descarada, arrogante y peligrosamente atractiva intrusión en un territorio ya marcado.
El concepto de «harenes» o «poliamor legendario» era, en la práctica, un campo de minas emocional que requería un equilibrio delicadísimo.
La aparición de una nueva candidata, especialmente una del calibre de Scathach—poderosa, segura de sí misma y con una propuesta tan audaz como «gobernar juntos»—había activado todas las alarmas.
La paz relativa que siguió a la declaración de boda masiva se quebró, replaceda por una actitud de protección territorial que rayaba en lo cómico y, a veces, en lo opresivo.
Fue Tamamo no Mae quien, en un consejo de guerra improvisado durante una pausa para comer, estableció las nuevas reglas tácitas.
«Mikon~ Después del ataque de esa…
persona púrpura, es evidente que nuestro esposo es un imán para trouble de faldas.
Por el bien de su seguridad emocional y para evitar distracciones en la misión, proponemos establecer un perímetro».
Nero Claudius, normalmente en desacuerdo con Tamamo en todo, asintió con solemnidad imperial.
«¡Una idea brillante, zorra!
Un cordón sanitario alrededor de nuestro amado.
Nadie que no haya sido debidamente acreditada—es decir, nosotras—podrá acercarse a menos de…
¿diez metros?».
«¡Quince!» corrigió Kiyohime, sus ojos brillando con fervor posesivo.
«¡Quince metros de distancia!
¡Y que lleven una identificación visible!».
Jeanne Alter, que escuchaba desde leño, refunfuñó.
«Es estúpido.
Y patético».
Pero cuando Leonel intentó acercarse a Gerónimo para consultar un mapa, Jeanne Alter se interpuso súbitamente, cruzando los brazos.
«Eh, ¿adónde crees que vas?
La zona de strategizing está por allá».
Y señaló un lugar donde ninguna mujer «no acreditada» pudiera estar cerca.
La regla se aplicó con una eficiencia aterradora.
Elizabeth Bathory, al intentar abrazar a su «cachorrito-manager» para contarle un nuevo «concepto de single», fue interceptada por una barrera compuesta por Nero, Tamamo y Kiyohime, cuya mirada colectiva le hizo retroceder con las manos en alto.
«Oye, chicas, solo soy su ídol estrella, no una rival…».
Pero la explicación cayó en oídos sordos.
El momento más cómico—y un poco triste—se produjo cuando los Servants hombres del grupo intentaron acercarse a Leonel.
Billy the Kid quiso mostrarle un nuevo truco de tiro, y fue recibido por una Muralla de Miradas Asesinas™.
«El Maestro está ocupado meditando en su próximo movimiento estratégico», dijo Mash, con su habitual dulzura, pero plantada firmemente en su camino.
Georgios, buscando un consejo sobre técnicas defensivas, encontró a Jeanne Alter bloqueando el paso, su espada negra apoyada negligentemente en el hombro.
«¿Problemas?
Habla conmigo.
Él está…
indispuesto».
El pobre santo caballero se retiró, confundido.
Leonel, al principio, intentó protestar.
«Chicas, esto es ridículo.
Ellos son mis amigos, mis aliados.
Necesito poder hablar con ellos».
Pero fue en vano.
«Es por tu propio bien, mi amado», dijo Nero Bride, ajustándole el cuello de la ropa con un gesto posesivo.
«Tu corazón es demasiado noble y abierto.
Los oportunistas podrían aprovecharse».
«Exactamente», añadió Tamamo, ofreciéndole un trozo de fruta.
«Hasta que esta singularidad termine y estemos todas debidamente casadas contigo, debemos mantener un entorno controlado.
Es una medida de seguridad emocional».
Hasta Florence Nightingale ofreció su diagnóstico.
«Comportamiento de agrupación protectora observado en las unidades femeninas.
Parecen identificar al Comandante como un recurso vital escaso.
La cuarentena preventiva de posibles vectores de estrés emocional, aunque metodológicamente cuestionable, reduce el riesgo de conflictos internos que comprometan la misión principal.
No intervendré a menos que observe síntomas de angustia clínica en el paciente».
Leonel se rindió.
Era más fácil navegar por un campo de batalla lleno de celtas que por el campo minado de los celos preventivos de sus futuras esposas.
Aprendió a comunicarse con sus aliados masculinos a través de miradas, gestos y el ocasional mensaje telepático breve que Tezcatlipoca facilitaba, sorteando el «cordón sanitario».
El viaje hacia Washington D.C.
se convirtió así en una larga y tediosa procesión.
Los días se fundían unos con otros bajo un sol implacable o una llovizna pertinaz.
Los encuentros con el enemigo eran esporádicos y, en comparación con el desafío de Scathach, casi aburridos.
Patrullas de celtas, que emergían de la nada con sus gritos de guerra, eran barridas con una eficiencia rutinaria por Mordred, Artoria Alter o Jeanne Alter, bajo la dirección distante de Leonel.
Las máquinas de Edison, torpes guardianes mecánicos o artillería autopropulsada, caían ante la magia de Tamamo y Gerónimo o los precisos disparos de Billy.
Ninguno de estos enemigos los reconocía como aliados.
Para los celtas, eran intrusos en el territorio de su reina.
Para las máquinas, eran anomalías no identificadas a eliminar.
Cada enfrentamiento era una pérdida de tiempo y recursos, pero una necesaria.
Leonel dirigía estas escaramuzas con una parte de su mente, mientras la otra calculaba distancias, suministros y el creciente peso de la expectativa.
A través de todo ello, Florence Nightingale era un pilar de imperturbabilidad estoica.
Su obsesión por el «tumor»—el Santo Grial—era el motor más constante del grupo.
Cada mañana, su primer comentario era una evaluación de su progreso hacia Washington.
Cada noche, expresaba una fría satisfacción por la distancia recorrida.
«La extirpación del patógeno principal está un 12.3% más cerca.
La tasa de progreso es aceptable».
¿Era eso felicidad?
¿Alegría?
En el rostro impasible y los ojos azules y claros de la enfermera berserker, era imposible saberlo.
Su Mejora de Locura de rango EX no se manifestaba en alaridos ni furia, sino en una concentración tan absoluta en su objetivo que borraba cualquier otra consideración humana.
Para ella, Leonel no era un amante potencial ni un líder carismático; era el Comandante de la operación de desinfección, un elemento crucial pero instrumental en su guerra particular contra la enfermedad.
Su lealtad era a la misión, no a la persona, y en cierto modo, eso la hacía la más confiable y a la vez la más desconcertante de todas.
Así, pasaron días.
Días de caminata interminable, de noches bajo las estrellas donde las «novias» se turnaban para compartir la vigilia (y la proximidad) con Leonel, de comidas preparadas por Tamamo o quemadas por Kiyohime con amor excesivo.
Había momentos de paz genuina, de conversaciones triviales, de risas compartidas.
Nero y Nero Bride discutían amigablemente sobre los detalles de la boda masiva.
Elizabeth intentaba, y fallaba, dar conciertos privados hasta que una mirada colectiva la silenciaba.
Mash y Leonel compartían silencios cómodos, sus manos encontrándose en breves, cálidos toques que decían más que mil palabras.
Por momentos, olvidaban la guerra, el Grial, la amenaza de Goetia.
Parecía un viaje familiar, absurdo y caótico, pero familiar al fin.
Una familia donde la madre era una enfermera obsesiva, las tías eran emperatrices, santas, una dragón y una zorra, y el padre era un joven aturdido tratando de mantener a todos vivos y cuerdos.
Era una comedia de situación de proporciones épicas, una pausa respiratoria en la narración de una tragedia.
Leonel, en sus momentos de quietud, sentía el peso de esta calma.
Sabía que era el ojo del huracán.
Cada paso los acercaba no solo a Washington, sino al enfrentamiento que decidiría el curso de esta singularidad.
Medb y su ejército celta, el Cu Chulainn Alter corrompido, y el Grial que lo potenciaba todo, esperaban.
La batalla en Londres le había enseñado el sabor amargo de la derrota aplastante.
Esta vez, no sería sorprendido.
Esta vez, tenía un equipo más fuerte, más unido, y una determinación forjada en la culpa y rehecha en el fuego de la superación personal.
También sentía, como un picor en la nuca, la presencia observadora de Scathach.
No era hostil, pero era intensa.
Era la mirada de un herrero que evalúa el metal, preguntándose si vale la pena calentarlo en la forja y golpearlo hasta darle forma.
Esa atención lo mantenía alerta, lo empujaba a ser mejor, a pensar más rápido, a no conformarse con la eficiencia rutinaria.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad de polvo y camino, las llanuras comenzaron a ceder.
El terreno se volvió más irregular, salpicado de colinas y los primeros signos de civilización a gran escala: caminos más anchos, restos de líneas telegráficas, y en el aire, una niebla distinta a la de Londres.
No era una niebla mágica corrupta, sino una bruma pesada, cargada de humo, ozono y el eco lejano de maquinaria pesada y gritos de guerra.
Una mañana, subiendo a la cima de una colina cubierta de pinos, lo vieron.
Washington D.C., o la distorsión monstruosa que ocupaba su lugar en la historia.
No era la ciudad de monumentos blancos y avenidas amplias.
Era una fortaleza de pesadilla.
Enormes murallas de tierra y troncos, mezcladas con placas de metal retorcido y brillantes cristales de energía celta, rodeaban un núcleo urbano donde se alzaban tanto torres de vigía primitivas con estandartes celtas como extrañas y altísimas antenas que despedían chispas de electricidad azul.
Columnas de humo negro se alzaban de varios puntos dentro de las murallas.
En el cielo, nubes de aves mecánicas de Edison libraban escaramuzas contra bandadas de bestias aladas distorsionadas por la magia celta.
El sonido que llegaba hasta ellos era un bajo continuo de cañonazos, gritos y el zumbido ominoso de una energía descontrolada.
En el corazón mismo de la ciudad distorsionada, sobre lo que debería ser el Capitolio, una luz pulsaba con un ritmo enfermizo.
Era dorada, pero manchada de púrpura y rojo.
El Santo Grial.
Podían sentir su poder desde allí, una presión opresiva que hacia que el aire oliera a cobre y hierbas podridas.
La calma se quebró.
El viaje familiar había terminado.
Todos se congregaron en la cima de la colina, mirando el horizonte de la batalla final.
Las expresiones juguetonas, celosas o serenas se endurecieron, replacedas por la seriedad del guerrero.
Incluso la impasibilidad de Nightingale pareció intensificarse, sus ojos fijos en la ciudad como un cirujano en un tumor maligno.
«Allí», dijo Leonel, su voz baja pero clara, cortando el viento que olía a guerra.
«Allí está el tumor.
Allí está Medb.
Y allí…» hizo una pausa, recordando la sombra bestial que los había derrotado en Londres, «…allí está nuestra redención».
Nero desenvainó su espada, el acero cantando suavemente.
«¡Finalmente!
Un escenario digno para el último acto de nuestra ópera!».
Jeanne Alter sonrió, una sonrisa cargada de odio y anticipación.
«Hora de quemar algo más grande que un pueblo fantasma».
Mash apretó el agarre de su escudo, su mirada firme en Leonel.
«Estoy lista, Senpai».
Florence Nightingale ajustó sus guantes.
«El quirófano está listo.
Procedamos con la operación de extirpación».
Leonel miró a su compañía, a su familia disfuncional y poderosa.
Sintió el miedo, sí, un nudo frío en el estómago.
Pero por encima de él, una determinación más caliente y sólida.
No estaban solos.
Tenían un plan, tenían poder, y tenían algo por lo que luchar que iba más allá de salvar la humanidad: tenían un futuro juntos que prometer.
«Muy bien», dijo, alzando la voz para que todos lo oyeran.
«Esta es la última parada.
Recordemos Londres, pero no nos dejemos paralizar por ello.
Luchamos juntos.
Ganamos juntos.
Y después…» una sonrisa pequeña asomó a sus labios, «…hay una boda gigante que planificar».
Un coro de risas nerviosas, gruñidos de aprobación y un «¡Sí, mi emperatriz!» de Nero llenó la colina.
El período de tranquilidad había acabado.
La guerra por América, por el Grial y por su futuro, estaba a punto de comenzar.
Y Leonel Herrera, el muchacho de otra vida convertido en estratega, amante y líder, estaba listo para conducirlos a través del fuego.
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