Fate/Grand Persona - Capítulo 47
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47: Capitulo 46: Inicio del fin 47: Capitulo 46: Inicio del fin El aire en las afueras de Washington D.C.
distorsionado era espeso, cargado de electricidad estática, el olor dulzón de la magia celta corrupta y el acre tufo a aceite quemado y metal caliente de la maquinaria de Edison.
La ciudad-fortaleza se alzaba ante ellos como un monstruo de dos cabezas, cada una mordiendo a la otra en una guerra perpetua.
Pero Leonel Herrera ya no la veía como una masa impenetrable de caos.
Su mente, ahora templada por la prueba de Scathach y potenciada por la evolución de Tezcatlipoca, veía líneas, vectores, puntos de presión.
Veía un tablero de ajedrez gigantesco, y él tenía las piezas para jugar.
Desde su posición en una meseta elevada al suroeste, con una vista clara de las murallas y el campo de batalla que se extendía ante ellas, Leonel dio inicio a la operación.
A su lado, Mash Kyrielight, su roca inquebrantable, y Nero Claudius, su emperatriz leal, flanqueaban su posición.
No eran solo protección; eran anclas emocionales y extensiones físicas de su voluntad.
Detrás, como una sombra de apoyo, Tamamo no Mae se negó a moverse de su lado, sus nueve colas ligeramente erizadas, sus ojos dorados escrutando cada movimiento.
Kiyohime, en estado de perpetua alerta, custodiaba su retaguardia, su mirada ardiente prometiendo un infierno para cualquiera que se acercara.
Y luego estaba Tezcatlipoca.
El Persona había trascendido su forma anterior.
Ya no era solo un navegador o un consejero táctico.
Era un centro de mando viviente.
Su figura, imponente y serena, parecía fundirse con el aire cargado, sus ojos de cosmos reflejando no las estrellas, sino el flujo de energía vital, los patrones de movimiento, las firmas mágicas de todo lo que ocurría en un radio de kilómetros.
Su evolución, forjada en la derrota de Londres y afinada por la amenaza de Scathach, le permitía percibir el campo de batalla con una claridad que hacía palidecer a los sensores de Chaldea.
«Escaneando», resonó su voz en la mente de Leonel, un coro de susurros analíticos.
«Conteo de firmas hostiles primarias: dos mil trescientas cuarenta y dos, de origen celta.
Conteo de firmas mecánicas hostiles: ochocientas diecisiete, aproximándose desde el noreste, lideradas por una firma de energía de alto voltaje y…
peculiar configuración vital.
Identificación: Thomas Alva Edison».
En las pantallas de Chaldea, Romani soltó un silbido de admiración mezclado con ansiedad.
«¡Dios mío, Leonel!
¡Los sensores de Tezcatlipoca están dándonos datos con una resolución que ni soñábamos tener!
Es como si tuvieras un satélite de reconocimiento mágico en la cabeza».
«Confirmado», añadió Da Vinci, su voz cargada de fascinación profesional.
«La densidad de datos es asombrosa.
Puedo ver los puntos calientes de energía mágica, las formaciones de las tropas…
incluso puedo predecir con un 80% de certeza las rutas de patrulla.
Esto cambia todo».
Leonel asintió, una sonrisa fría y calculadora en sus labios.
«Edison viene a dar su golpe.
Perfecto.
No vamos a enfrentarlo.
Vamos a usarlo».
Su plan, elaborado durante las largas jornadas de marcha, se puso en marcha.
«Escuadrón de Vanguardia, posiciones», ordenó, su voz transmitida telepáticamente por Tezcatlipoca a los receptores designados.
En el borde mismo del campo de batalla, listas para sumergirse en el caos, estaban Nero Bride y Elizabeth Bathory.
Nero Bride, con su vestido blanco sorprendentemente práctico para la batalla, sostenía su espada con elegancia mortal.
Elizabeth, su microfono en forma de corazón transformado en una lanza improvisada, estaba visiblemente emocionada.
«¡Finalmente, un escenario digno para mi comeback!
¡El público está que arde!».
A su lado, casi invisible en las sombras que proyectaban las nubes de humo y polvo, estaba Jeanne Alter.
No era parte de la vanguardia oficial, sino su sombra asesina.
«No me metas en tu estúpido grupo, Idiota.
Solo estoy aquí para asegurarme de que no os maten como ratas.
Y para quemar cosas».
Su presencia era un seguro, un as en la manga de furia concentrada.
«Objetivo de la Vanguardia», continuó Leonel, proyectando un mapa mental compartido.
«Penetrar por el flanco este durante el choque inicial.
No se enganchen en combates prolongados.
Su misión es sembrar el caos, atraer la atención de los defensores celtas hacia ustedes y alejarlos del sector noroeste de la muralla.
Allí es donde Gerónimo informa que la estructura es más débil».
En el campo, camuflado entre la hierba alta y los escombros, Gerónimo, el Caster apache, se fundía con la tierra.
Su conexión espiritual con el territorio era su mayor arma.
A través del enlace de Tezcatlipoca, su voz calmada llegó a todos.
«Confirmo.
La muralla noroeste está construida sobre un antiguo lecho de río seco.
La tierra es inestable.
Las raíces de los árboles distorsionados por el Grial la están debilitando aún más.
Un punto de impacto concentrado podría abrir una brecha».
«Gracias, Gerónimo», dijo Leonel.
«Mantén la posición y sigue informando.
Billy».
A media distancia, en lo alto de un campanario en ruinas en las afueras, Billy the Kid ajustaba el alza de su pistola.
«Aquí, jefe.
Listo y esperando.
Dame un objetivo y lo dejaré más agujereado que un colador».
«Tu objetivo es apoyo de precisión y distracción.
Cubre a la Vanguardia, elimina a cualquier celta que intente reagruparse o dar la alarma de su penetración.
Y cuando llegue el momento…» Leonel hizo una pausa, sus ojos fijos en la aproximación de las fuerzas de Edison, «…ayuda a guiar la «distracción» principal hacia donde más duele».
El plan era audaz y dependía de la sincronización perfecta.
Dejar que los dos ejércitos enemigos—los celtas de Medb y las máquinas de Edison—se embistieran entre sí.
Mientras el grueso de las fuerzas celtas estaba ocupado luchando contra las hordas mecánicas y distraído por el caos causado por Nero Bride y Elizabeth, el grupo de asalto principal se infiltraría por la brecha noroeste.
Su objetivo: Medb y el Grial.
La premisa era que Cu Chulainn Alter, la principal arma de Medb, estaría en primera línea, ocupado despedazando a los autómatas de Edison.
Medb, según los informes de Elizabeth y el conocimiento de Leonel, rara vez ensuciaba sus propias manos.
Era una comandante de trastienda, una instigadora que se alimentaba de la batalla y la atención, pero no una luchadora frontal.
Estaría cerca de Cu, pero protegida, probablemente en una posición elevada y segura, animando a su «campeón» como una «glorificada porrista simp», como había pensado Leonel con desdén.
«Todos comprenden sus roles», dijo Leonel, su voz era de acero tranquilo.
«Tezcatlipoca será nuestros ojos y nuestros oídos.
Coordinaré desde aquí.
Confíen en el plan, confíen en mí, y confíen el uno en el otro.
El tumor se extirpa hoy».
Un coro de asentimientos mentales y verbales llenó el enlace.
Hasta Nightingale, que estaba con el grupo de asalto principal compuesto por Mordred, Artoria Alter, la Jeanne original y el propio Leonel, emitió un «Procedimiento de desinfección iniciado.
Todos los instrumentos deben operar con precisión».
En las sombras más profundas, aquellas que ni el radar expandido de Tezcatlipoca podía penetrar por completo, Scathach observaba, apoyada contra el tronco de un roble carbonizado.
Una sonrisa de aprobación casi imperceptible curvó sus labios.
El muchacho no estaba improvisando.
Estaba ejecutando.
Había estudiado el campo, comprendido a sus enemigos, y estaba utilizando sus fuerzas en contra de ellas mismas.
Era la estrategia de un verdadero comandante, no de un guerrero.
Y en este momento, eso era lo que se necesitaba.
Ella no intervendría.
Esta era su prueba de campo, su oportunidad de brillar con su propia luz, no con la de su Persona.
Observaría.
Y juzgaría.
El primer acto comenzó con el estruendo de la artillería.
Las máquinas de Edison, una línea de acero y chispas que avanzaba con pesada determinación, abrieron fuego.
Cañones de rayos lanzaban descargas azules que volatilizaban grupos de celtas.
Autómatas con sierras giratorias cargaron contra las líneas frontales con una ferocidad mecánica.
Al frente, la figura grotesca y poderosa de Thomas Alva Edison, con su melena de león electrizada y su traje presidencial adornado, blandía lo que parecía un megáfono gigante que amplificaba su voz en órdenes metálicas.
«¡Avancen, pilares de la industria!
¡Lleven la luz de la civilización a estos bárbaros!
¡El sueño americano es una línea de montaje imparable!».
Los celtas, lejos de amedrentarse, respondieron con un rugido colectivo.
Guerreros con armaduras de pieles y pinturas de guerra se lanzaron al encuentro, sus espadas y hachas chocando contra el metal con un estrépito ensordecedor.
En el corazón de la defensa celta, una figura bestial se alzó.
Cu Chulainn Alter.
Ya no el héroe azul de lanza ligera, sino una montaña de músculos distorsionados, piel pálida como la muerte y una corona de espinas negras.
Grite una lanza monstruosa, Gáe Bolg, pero alterada, retorcida, goteando una oscuridad corrupta.
Con un solo movimiento, barrió una fila entera de autómatas, reduciéndolos a chatarra fundida.
«El perro está ocupado», murmuró Leonel, sus ojos fijos en la escena a través de los sentidos compartidos de Tezcatlipoca.
«Ahora.
Vanguardia, adelante».
Nero Bride y Elizabeth se movieron.
Como dos relámpagos—uno blanco y elegante, el otro rosa y caótico—se colaron por un hueco en las líneas celtas que se estaba formando para enfrentar la carga mecánica.
Elizabeth, con un grito que era más arma sónica que canción, lanzó una onda de fuerza que despejó un camino.
Nero Bride, con movimientos de esgrima perfectos, eliminaba a cualquier celta que intentara flanquearlas.
«Jeanne, cubre su izquierda.
Hay un grupo de arqueros celtas posicionándose en esa colina», ordenó Leonel.
Desde las sombras, un proyectil de fuego negro silbó y estalló entre los arqueros, enviándolos por los aires.
No hubo confirmación por el enlace, solo el resultado.
Jeanne Alter estaba haciendo su trabajo.
El caos crecía.
La atención de los comandantes celtas se dividía entre la enorme amenaza frontal de Edison y las dos pestes veloces que estaban causando estragos en su flanco.
Los informes de Gerónimo llegaban constantemente.
«La presión se desplaza hacia el este.
La muralla noroeste…
la guardia se reduce.
Solo quedan unos pocos centinelas».
«Billy», dijo Leonel.
En el campanario, Billy apuntó.
Dos disparos secos, casi simultáneos.
Dos centinelas celtas en la muralla noroeste cayeron en silencio, eliminados antes de que pudieran dar la alarma.
«Grupo de Asalto Principal», dijo Leonel, poniéndose de pie.
Su mirada se encontró con la de Mash, Nero, Tamamo y Kiyohime.
Nightingale, Mordred y Artoria Alter ya estaban listas, una masa compacta de poder listo para ser desatada.
«Es nuestra hora.
Por la brecha.
Objetivo: el corazón de la ciudad.
Encuentren a Medb.
Encuentren el Grial».
Con Tezcatlipoca guiándolos como un faro a través del caos sensorial, el grupo se movió.
Eran un ariete de calidad sobre cantidad.
Mordred y Artoria Alter abrían camino, destrozando cualquier resistencia mínima que encontraran.
Mash protegía el flanco, su escudo desviando flechas perdidas o hechizos débiles.
Las otras los rodeaban, una guardia personal letal.
Mientras se adentraban en la ciudad distorsionada, los sonidos de la batalla principal se atenuaban, replacedos por los gritos esporádicos, el crujir de estructuras y el latido omnipresente, pum-pum, pum-pum, del Santo Grial.
Era un sonido físico, una presión en el pecho que guiaba su camino como el peor de los radares.
En una plaza central, donde una estatua de un líder histórico había sido derribada y reemplazada por un tótem celta grotesco, encontraron su primer obstáculo serio.
Un grupo de guerreros celtas de élite, los «Caballeros del Rojo Bronce», los rodearon.
Eran más organizados, más fuertes.
«No nos detengamos», ordenó Leonel, su mente calculando.
«Mordred, Artoria, rompan su formación con un ataque combinado en el centro.
Mash, cubre a Tamamo.
Tamamo, un hechizo de confusión en su retaguardia en tres, dos, uno…
¡Ahora!» La ejecución fue perfecta.
Un estallido de energía de Clarent y el frío absoluto de Rhongomyniad quebraron la línea frontal.
Mientras los celtas se recuperaban, un velo de niebla ilusoria y desorientación cayó sobre los de atrás, cortando su apoyo.
En la confusión, el grupo de Leonel pasó como un cuchillo caliente por mantequilla, dejando atrás a los guerreros desorganizados.
Más adentro, los edificios se volvieron más altos, más distorsionados.
La arquitectura estadounidense se fundía con fortificaciones celtas de madera y piedra.
Y entonces, desde un gran edificio que podría haber sido una biblioteca o un museo, una voz cantarina, cargada de poder y una sensualidad manipuladora, se elevó por encima del estruendo.
«¡Oh, mi hermoso y feroz Cú!
¡Mira cómo destrozas esos juguetes de metal!
¡Eres magnífico!
¡El más grande de todos!» Medb.
No podían verla aún, pero su voz era un hilo conductor directo hacia ella.
«Allí», dijo Leonel, señalando hacia el edificio.
Su corazón latía con fuerza, pero no con miedo.
Con determinación.
«El Grial está con ella.
Podemos sentirlo».
«La infección es palpable», confirmó Nightingale, sus manos se cerraron en puños.
«La concentración patógena es extrema.
Debemos proceder con la extirpación inmediata».
Subieron los escalones de mármol agrietado.
Las puertas principales, enormes y de roble tallado, estaban entreabiertas.
De dentro emanaba una luz dorada y corrupta.
Leonel hizo una pausa en el umbral.
Miró a sus Servants, a sus aliadas, a sus amadas.
Vio la fe en los ojos de Mash, el amor feroz en los de Kiyohime, la determinación en los de Nero, la serenidad letal en los de Tamamo, la fría urgencia en los de Nightingale, y la sed de batalla en Mordred y Artoria Alter.
«Este es el momento», dijo, su voz un susurro cargado de la fuerza de toda una travesía.
«Por Chaldea.
Por la Humanidad.
Y por nuestro futuro».
Con un gesto, cruzaron el umbral.
El gran salón del edificio estaba transformado en el trono de una reina depravada.
Pilares de mármol estaban envueltos en enredaderas espinosas y doradas.
En el centro, sobre un montículo de cojines de seda y pieles de animales exóticos, flotaba el Santo Grial, latiendo como un corazón enfermo.
Y recostada a sus pies, en un trono improvisado con los restos de una estatua ecuestre, estaba Medb.
Era deslumbrantemente hermosa, con una belleza peligrosa y hambrienta.
Su cabello era del color del vino, sus ojos verdes brillaban con una inteligencia cruel y un apetito insaciable.
Vestía poco, solo armaduras decorativas y sedas transparentes que enfatizaban su figura y su desprecio por la modestia.
Sonrió al verlos entrar, una sonrisa de depredadora que ve llegar a su próxima comida.
«Vaya, vaya…
¿qué tenemos aquí?
¿Unos ratoncitos que se han colado en mi salón?
Y uno de ellos parece…
especialmente interesante».
Su mirada se posó en Leonel, escudriñándolo con un interés lascivo que hizo que todas las mujeres a su lado se pusieran en tensión.
«El último Maestro de la humanidad.
He oído hablar de ti.
Has causado muchos problemas.
Pero no importa…».
Su sonrisa se ensanchó.
«Todos los hombres terminan sirviéndome, de una forma u otra.
Te haré una oferta, pequeño Maestro.
Déjame el Grial, únete a mí, y te daré placeres que ni tus pequeñas muñecas aquí presentes pueden imaginar».
Leonel no se inmutó.
«No estoy aquí para negociar, Medb.
Estoy aquí para acabar esto».
La sonrisa de Medb se desvaneció, replaceda por un gesto de fastidio.
«Qué aburrido.
Muy bien.
Si quieres jugar a la guerra…».
Alzó la voz.
«¡Mi feroz lobo!
¡Tienes invitados!» Desde una puerta lateral, con un estruendo que hizo temblar el suelo, entró Cu Chulainn Alter.
No estaba cubierto de los restos de las máquinas de Edison; parecía haberlos dejado atrás en un instante, atraído por la llamada de su reina.
Su respiración era un gruñido bestial, sus ojos rojos brillaban con una inteligencia distorsionada pero letal.
Goteaba oscuridad, y su mera presencia era una declaración de aniquilación.
La batalla final, la verdadera batalla por el Grial y por esta singularidad, estaba a punto de comenzar en ese salón convertido en campo de batalla.
Leonel miró al monstruo que una vez los había derrotado en Londres, y luego al Grial que pulsaba detrás de la sonriente Medb.
«Tezcatlipoca», dijo en voz baja.
«Todo el poder.
Todo el análisis.
No subestimemos a ninguno de los dos».
El Persona asintió, su forma expandiéndose ligeramente, emanando un aura de serenidad preparada para la tormenta.
«Todos los sistemas operativos al máximo.
Preparados».
Leonel alzó la mano, señalando a Cu Chulainn Alter.
«¡Todos!
¡El perro es primero!
¡Separadlo de Medb!
¡El Grial es el objetivo secundario!» Con un rugido colectivo, sus Servants cargaron.
Mordred y Artoria Alter se lanzaron contra la bestia oscura, sus armas chocando contra la corrupción endurecida de Gáe Bolg.
Las luces del salón destrozado se encendieron con el resplandor del conflicto final.
El plan había funcionado hasta aquí.
Ahora, todo dependía de su fuerza, su voluntad y la mente estratégica que los había llevado hasta esta sala.
La batalla por E Pluribus Unum había llegado a su clímax.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Como les prometi, dos episodios de esta historia esta semana debido a que la semana pasada se me murio mi computadora, voten si les gusta los episodios y apoyenme en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
Mi patreon: SeathScale
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