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Fate/Grand Persona - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 Capitulo 48 Cu Chulainn alter
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49: Capitulo 48: Cu Chulainn alter 49: Capitulo 48: Cu Chulainn alter La desaparición de Medb y la recuperación del Santo Grial no trajeron la paz al salón del trono.

En su lugar, liberaron una bestia despojada de su razón de ser, pero no de su letalidad.

Cu Chulainn Alter, ahora privado del flujo constante de energía corruptora del Grial y de la voz de su «reina», no se desvaneció.

Se quedó allí, en el centro del salón destrozado, como una estatua de pesadilla hecha carne.

Su respiración, antes un gruñido bestial, se había convertido en un silbido lento y profundo, como el vapor escapando de una caldera a presión.

Los ojos rojos, sin la chispa de obediencia distorsionada, brillaban ahora con una inteligencia puramente predatoria, fijos en Leonel y sus Servants.

No era un peso ligero.

Era un muro.

Un muro de músculo, corrupción y una maldición que parecía tejida en la misma esencia de su Saint Graph.

Los primeros instantes después de que Medb desapareció lo confirmaron.

«¡Ahora!

¡Mientras está desorientado!» ordenó Leonel, y un ataque coordinado se lanzó contra la bestia.

Jeanne Alter, con el fuego negro aún ardiendo en su espada, cargó desde la izquierda.

Nero Bride, desde la derecha, su espada blanca trazando un arco perfecto.

Mordred, desde el frente, con Clarent rugiendo de energía.

Tres ataques simultáneos, desde tres ángulos, ejecutados con la sincronización que solo la práctica y el vínculo del Maestro podían permitir.

Fue entonces que Leonel y todos los presentes vieron el verdadero horror de Cu Chulainn Alter.

El ser no se inmutó.

No esquivó.

Simplemente…

cambió.

Un brillo sutil, como el de un metal al rojo vivo visto a través de una cortina de humo, recorrió su cuerpo por una fracción de segundo.

Cuando las armas estuvieron a punto de impactar, su piel, donde Jeanne Alter apuntaba, pareció volverse del color de la ceniza fría, y el fuego negro se apagó al contacto como si hubiera golpeado un yermo absoluto.

Donde Nero Bride atacaba, la carne corrupta se endureció hasta adquirir el brillo del obsidiana pulida, desviando la hoja con un chasquido seco.

Y contra el ataque frontal de Mordred, su cuerpo pareció volverse líquido por un instante, absorbiendo y disipando la fuerza del impacto en una onda de oscuridad que hizo retroceder a la Saber.

Fue como golpear un espectro que elegía en qué ser sólido en el preciso instante del impacto.

«¡Retirada!» gritó Leonel, el corazón helándosele en el pecho.

Los Servants retrocedieron, confundidos y frustrados.

«Análisis», pidió Leonel, su mente ya trabajando a toda velocidad con Tezcatlipoca.

El Persona, impasible pero intensamente enfocado, proyectó datos en la conciencia de Leonel.

«El sujeto exhibe una capacidad de mutación adaptativa en tiempo real.

No es una resistencia pasiva fija.

Parece responder a la naturaleza del ataque inminente.

Al percibir fuego, desarrolla inmunidad térmica extrema.

Al percibir armas cortantes, incrementa la dureza de su dermis.

Ataques de fuerza bruta son disipados mediante una transformación de densidad variable.» «¿Debilidad?

Tiene que haber una debilidad», insistió Leonel, observando cómo Cu Alter comenzaba a avanzar, su paso pesado pero implacable, su lanza corrupta arrastrándose por el suelo y dejando un surco de piedra fundida.

«Intentando determinar un patrón…» Tezcatlipoca escaneaba, buscando inconsistencias en el flujo de energía.

«Momento de cambio: 0.05 segundos antes del impacto.

Origen: una reacción automática del Saint Graph, posiblemente una habilidad innata o una maldición otorgada por el Grial.

Debilidad potencial…

indeterminada.

El parámetro defensivo muta para contrarrestar la amenaza específica.» Leonel lo vio en acción una y otra vez.

Kiyohime lanzó su aliento de fuego azul; la piel de Cu Alter se volvió escamosa y refractaria.

Artoria Alter intentó congelarlo con el frío de Rhongomyniad; su cuerpo emitió un calor residual que evaporó el hielo.

Billy disparó una bala mágica; la carne en el punto de impacto se volvió gaseosa y se reformó al instante.

Era como luchar contra un acertijo hecho carne.

Cada solución que ideaban era inválida en el momento en que se aplicaba.

Los Servants, guiados por Leonel a través de Tezcatlipoca, ejecutaban maniobras complejas, ataques combinados, emboscadas.

Rasguñaban la superficie, dejaban marcas superficiales que parecían cerrarse lentamente, pero ningún golpe definitivo.

Y con cada intento fallido, con cada transformación de Cu Alter, Leonel sentía un drenaje.

No solo de su reserva de magía, que fluía para sostener a sus Servants en este combate de alto octanaje, sino un drenaje mental.

La carga de procesar la información de Tezcatlipoca, de idear estrategias en microsegundos, de coordinar a nueve Servants (diez con Tamamo de soporte) contra un enemigo que reescribía las reglas constantemente, era agotadora.

El sudor frío empapaba su ropa.

Un dolor sordo comenzaba a latir detrás de sus ojos.

Veía a través de los sentidos compartidos de Tezcatlipoca cómo sus Servants también comenzaban a mostrar signos de fatiga.

Jeanne Alter respiraba con dificultad, su furia ya no era suficiente.

Mordred tenía el brazo temblando por el impacto contra la defensa adaptable.

Hasta Nightingale, que observaba con su frialdad habitual, tenía la frente ligeramente arrugada en un raro gesto de concentración intensa.

«Maestro, nuestras reservas de energía se están agotando a un ritmo acelerado», informó Tamamo, su voz tensa a través del enlace.

«Si continuamos así, no podré mantener los refuerzos por mucho tiempo.» Leonel miró a Cu Chulainn Alter.

La bestia parecía imperturbable.

Su energía, aunque ya no alimentada por el Grial, era profunda y monstruosa.

Esta batalla no podía ganarse por desgaste.

Ellos caerían primero.

Una decisión desesperada tomó forma en su mente.

Era un riesgo enorme, pero la dependencia de Tezcatlipoca, aunque vital, era también un lujo que ya no podía permitirse.

El análisis constante del Persona consumía una parte significativa de su magia.

Tenía que pensar por sí mismo.

Tenía que encontrar el patrón con sus propios ojos, su propia mente.

«Tezcatlipoca», ordenó, su voz mental era un susurro fatigado.

«Retrocede.

Mantén solo el enlace de comunicación básico.

Conserva energía.» Una onda de sorpresa, casi de preocupación, emanó del Persona.

«Leonel, sin mi análisis, la tasa de error en tus percepciones aumentará en un 400%.

El riesgo es extremo.» «Lo sé.

Pero si nos quedamos sin magia, estamos muertos.

Hazlo.» La imponente figura de Tezcatlipoca se desvaneció de su lado, volviéndose una presencia etérea y silenciosa, solo un hilo en su mente para las comunicaciones urgentes.

De repente, Leonel se sintió increíblemente solo y vulnerable.

El mundo del combate, antes visto con la claridad hiperbólica del radar de Tezcatlipoca, se redujo a sus propios sentidos humanos.

El sonido era un caos, los movimientos de Cu Alter eran borrosos, la información, incompleta.

Pero también sintió el alivio en el flujo de su circuito mágico.

El drenaje constante disminuyó.

Tenía tiempo.

Tal vez diez minutos.

Tal vez menos.

Respiró profundamente, forzando su mente a calmarse.

Ya no tenía datos procesados.

Tenía que observar.

Como un jugador de ajedrez ciego, tenía que reconstruir el tablero en su cabeza.

Fijó su vista en Cu Chulainn Alter.

Ignoró los gritos de sus Servants, el estruendo de los impactos.

Se concentró en el momento del cambio.

Cada vez que un Servant atacaba, justo antes de que el ataque conectara, había ese brillo sutil.

Eso ya lo sabía.

Pero ahora, sin la interfaz de Tezcatlipoca, veía algo más.

No era un brillo uniforme.

Era como si ciertas partes de su cuerpo se iluminaran con más intensidad dependiendo del atacante.

Cuando Jeanne Alter atacaba con fuego, el brillo se concentraba en el torso y los brazos, adoptando un tono rojo oscuro.

Cuando Mordred atacaba con fuerza bruta, el brillo se iba a las piernas y el núcleo, volviéndose púrpura.

Cuando Kiyohime usaba su fuego espiritual, el brillo era azulado y se extendía como una red bajo la piel.

Y luego, después del brillo, la transformación.

Y después de la transformación, cuando el ataque era neutralizado, el brillo se desvanecía, y por un brevísimo instante—¿un segundo?

¿menos?—la piel de Cu Alter volvía a su estado «base», pálida y corrupta, antes de que el brillo de un nuevo ataque comenzara.

No era que no tuviera debilidades.

Era que su debilidad cambiaba.

Se transformaba en la fortaleza necesaria para contrarrestar la última amenaza.

Pero en ese instante de transición, en el momento en que la «fortaleza» contra el fuego se disipaba para dar paso a la necesidad de una nueva defensa, debía haber una ventana.

Una ventana donde era vulnerable a algo que no fuera lo que acababa de bloquear.

Y entonces, la pieza final del rompecabezas encajó.

No era solo sobre el tipo de ataque.

Era sobre la clase.

Cu Alter no se adaptaba al elemento (fuego, hielo, fuerza), se adaptaba a la naturaleza de la amenaza del Saint Graph.

Se volvía resistente a los ataques del Berserker (Kiyohime), luego a los del Saber (Mordred, Nero), luego a los del Avenger (Jeanne Alter).

Pero la adaptación no era instantánea para todo.

Era específica.

La estrategia no era encontrar una debilidad fija.

Era forzar un ciclo.

Un ciclo de adaptaciones que lo dejara expuesto, incluso por una fracción de segundo, al ataque correcto en el momento correcto.

«¡Todos, escúchenme!» gritó Leonel, su voz áspera pero cargada de una nueva certeza.

El enlace de Tezcatlipoca transmitió su urgencia a todos.

«¡Olviden los ataques combinados!

¡Necesitamos rotación!

¡Por clases!» Les explicó, rápido, entre jadeos, mientras esquivaban un golpe de lanza que destrozó una columna a su lado.

«¡Ataca uno a la vez!

¡En un orden específico!

¡Berserker primero!

¡Kiyohime, ahora!

¡Solo un ataque fuerte y luego retrocede!» Kiyohime, aunque confundida, obedeció.

Con un grito, lanzó su aliento de fuego azul contra el pecho de Cu Alter.

El brillo azul recorrió a la bestia, y su piel se volvió escamosa y refractaria.

El fuego se desvaneció sin efecto.

«¡Ahora, Saber!

¡Mordred, ataca con fuerza bruta, ahora!» ordenó Leonel, contando mentalmente.

Uno, dos…

Mordred cargó, Clarent en alto.

En el momento en que su espada descendía, el brillo en Cu Alter cambió del azul al púrpura, concentrándose en sus brazos para endurecerlos contra el golpe.

El impacto fue desviado, pero Leonel no miraba eso.

Miraba el cuerpo de la bestia.

Tres, cuatro…

«¡Avenger!

¡Jeanne, fuego negro, ahora!» Jeanne Alter, captando la idea, lanzó una lanza concentrada de llamas negras.

El brillo en Cu Alter parpadeó, cambiando del púrpura a un rojo oscuro para contrarrestar el fuego de odio.

Cinco, seis…

Y entonces, en el séptimo segundo después del ataque de Kiyohime, Leonel lo vio.

El brillo rojo oscuro de la resistencia al Avenger comenzaba a desvanecerse para dar paso a…

¿qué?

¿A qué se adaptaría ahora?

El ciclo se reiniciaría.

Pero en ese parpadeo, en esa transición, la piel de Cu Alter volvió a su palidez base.

«¡Lancer!

¡Artoria, ahora!

¡Tu lanza, frío absoluto, EN ESE PUNTO!» Leonel gritó, señalando no a Cu Alter en general, sino al centro de su pecho, donde el brillo se estaba disipando.

Artoria Alter, sin cuestionar, impulsó a Rhongomyniad.

La lanza negra, envuelta en un frío que hacía que el aire se cuajara, se lanzó como un rayo.

No era un ataque de área.

Era un estocada precisa, quirúrgica.

Cu Chulainn Alter, su sistema de adaptación aún procesando el cambio del atributo «Avenger» a lo que viniera después, no pudo reaccionar a tiempo.

La punta de Rhongomyniad impactó en su pecho, justo cuando su defensa estaba en su punto más bajo.

El sonido no fue el de metal contra una fortaleza, sino el de hielo astillándose y carne corrupta desgarrada.

Un gruñido de dolor genuino, no de furia, escapó de la bestia.

Una grieta negra y escarchada apareció en su pecho, de donde emanó un vapor oscuro.

¡Funcionó!

Pero no era suficiente.

La herida era grave, pero no mortal.

Y ahora Cu Alter estaba alerta, enfurecido y su ciclo de adaptación se aceleraría, sería menos predecible.

«¡El ciclo se acelera!

¡La ventana es más corta!» gritó Leonel, su mente corriendo a toda velocidad.

Ahora tenía que coordinar no solo el orden, sino el timing con una precisión de nanosegundos.

Ya no eran 10 segundos.

Tal vez 7.

Tal vez 5.

«¡Mash, Nightingale, conmigo!» Mash se colocó frente a él, su escudo listo para cualquier ataque errante.

Nightingale se acercó a su lado, sus ojos analíticos escudriñándolo a él, no al enemigo.

«Síntomas de agotamiento mágico severo, aumento del ritmo cardíaco, deshidratación cognitiva», diagnosticó con su tono plano.

Sacó una jeringa de su delantal.

«Inyección de estimulante de corto plazo y concentrados de glucosa.

No es un tratamiento, es un parche.

Te dará diez minutos de lucidez antes del colapso.» «Hazlo», dijo Leonel, sin apartar los ojos del combate.

Sintió el pinchazo en el cuello, seguido de una oleada de claridad artificial y energía nerviosa.

El dolor de cabeza se desvaneció, replacedo por una hiperlucidez febril.

Con su mente ahora forzada a funcionar a máximo rendimiento, recomenzó la danza.

«¡Orden cambiante!

¡Archer, ahora!

Billy, un disparo a la cabeza!

¡Luego Caster, Tamamo, maldición de lentitud!

¡Luego Rider…!» Se dio cuenta de que no tenía un Rider ofensivo.

«¡Jeanne Alter, de nuevo, pero cambia el ángulo!» Fue un infierno de microgestión.

Leonel era el director de una orquesta donde cada músico tocaba un instrumento diferente a un tempo que cambiaba constantemente, y una nota fuera de tiempo significaba la muerte de un miembro de la banda.

Sus Servants confiaban en él implícitamente, moviéndose como extensiones de su voluntad, atacando y retrocediendo en el instante exacto.

Una y otra vez, forzaban las adaptaciones de Cu Alter.

Fuego, luego fuerza, luego maldición, luego frío, luego fuego otra vez.

Cada ciclo, Leonel buscaba la ventana, ese parpadeo de vulnerabilidad, y lanzaba el ataque de la clase o atributo que no había sido usado en los últimos segundos del ciclo, el que la adaptación de Cu Alter no estaba preparada para bloquear.

Fue agotador.

Aún con el estimulante, Leonel sentía que su mente se estaba derritiendo.

Cada orden era un cálculo desgarrador.

Cada segundo, una eternidad.

Cu Chulainn Alter, acorralado por esta estrategia implacable y contraintuitiva, rugía de frustración.

Estaba cubierto de heridas: una quemadura de frío aquí, una grieta por fuerza bruta allí, una marca de corrupción por una maldición allá.

Sangraba oscuridad y su movimiento era cada vez más lento, más torpe.

Pero aún era letal.

Un solo error, y su lanza atravesaría a cualquiera.

El salón era ahora un paisaje de cráteres, columnas rotas y paredes derrumbadas.

La batalla se había extendido, convirtiendo el trono de Medb en una arena de destrucción.

Leonel, con la camisa empapada en sudor, los ojos inyectados en sangre, seguía de pie, apoyándose en Mash para no caer.

Nightingale estaba a su lado, lista con otra jeringa, pero sabiendo que otra dosis podría detener su corazón.

«Está…

casi…», jadeó Leonel, viendo cómo Cu Alter se tambaleaba, su ciclo de adaptación ahora era un parpadeo caótico y errático, como una máquina que se descompone.

La bestia ya no podía seguir el ritmo.

La estrategia había funcionado.

Había explotado la misma naturaleza de su poder contra él.

«Último ciclo…» murmuró.

«Todos…

preparados para el Noble Phantasm…

en mi señal…» La luz en sus ojos comenzaba a difuminarse.

El estimulante llegaba a su fin.

Pero aún tenía una última orden que dar.

La que terminaría esto.

La danza del espectro cambiante estaba llegando a su fin, y el maestro coreógrafo, al borde del colapso, preparaba el baile final.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias, vota si te gusto el episodio.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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