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Fate/Grand Persona - Capítulo 50

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  4. Capítulo 50 - 50 Capitulo 49 Pilar demonio
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50: Capitulo 49: Pilar demonio 50: Capitulo 49: Pilar demonio El aire en el salón del trono destrozado era espeso, cargado con el polvo de la piedra pulverizada, el ozono de la magia liberada y el hedor dulzón de la corrupción que emanaba de la herida abierta en el pecho de Cu Chulainn Alter.

Leonel respiraba en jadeos cortos y dolorosos; cada inhalación quemaba sus pulmones como si aspirara pólvora.

El estimulante de Nightingale mantenía a raya el colapso total, pero era una victoria pírrica.

Su cuerpo era un campo de batalla de agonías: un dolor de cabeza martillante que latía al compás de su corazón acelerado, músculos temblorosos por el esfuerzo sostenido, y una frialdad profunda en las entrañas que anunciaba el agotamiento absoluto de sus Circuitos Mágicos.

A través de la niebla de su propia fatiga, veía a su enemigo.

Cu Alter ya no era la estatua impasible de pesadilla.

Se tambaleaba, una silueta titánica herida y furiosa.

Sus adaptaciones, antes fluidas como el agua, ahora eran espasmódicas, erráticas.

El brillo que señalaba el cambio parpadeaba sobre su piel corrupta como una luz estroboscópica defectuosa, incapaz de estabilizarse en una defensa coherente.

Estaba acorralado por la implacable lógica del ciclo que Leonel había impuesto, una danza mortal que había desgastado no solo su cuerpo, sino la misma coherencia de su Saint Graph.

«Está…

casi…», la voz de Leonel fue un susurro ronco, apenas audible sobre el gruñido bestial del Berserker y el crujir de escombros.

Apoyó más peso sobre Mash, cuya mirada estaba fija en el enemigo, su escudo aún firme pero su respiración también trabajosa.

A su alrededor, sus Servants formaban un semicírculo tenso.

Kiyohime, con su kimono rasgado y aliento entrecortado.

Mordred, con Clarent clavada en el suelo para sostenerse.

Artoria Alter, impasible pero con un fino hilo de sudor en la sien.

Jeanne Alter, con el fuego en sus ojos reducido a brasas cansadas.

Nero Bride y Tamamo, exhaustas pero con la determinación intacta.

Drake, apoyada en una columna rota, con su pistola humeante.

Incluso Nightingale, la paragon de la eficiencia clínica, mostraba una rigidez en sus hombros que delataba la tensión extrema.

«Último ciclo…» Leonel forzó las palabras, tragando sangre y amargura.

Su mente, esa herramienta que lo había mantenido con vida hasta ahora, sentía como si estuviera llena de cristales rotos.

Cada pensamiento era un corte.

Pero aún funcionaba.

Calculó los tiempos, el parpadeo caótico de las adaptaciones de Cu Alter, la ventana de vulnerabilidad que se abriría…

y se cerraría para siempre en segundos.

«Todos…

preparados para el Noble Phantasm…

en mi señal…» Concentró lo último de su voluntad, sintiendo cómo los lazos que lo unían a sus Servants se tensaban, canales por los que ya no fluía un río de mana, sino un hilo tenue, goteando energía preciosa.

Iban a apostarlo todo a una última salva coordinada.

Un ataque masivo que, con suerte, atravesaría las defensas residuales y enviaría al espectro cambiante de vuelta al trono del que nunca debió haber sido arrancado con tanta distorsión.

Sin embargo, en el instante en que Leonel abría la boca para dar la orden final, algo cambió.

Cu Chulainn Alter dejó de gruñir.

Su respiración jadeante se detuvo.

Una calma repentina y antinatural cayó sobre su figura maltrecha.

Luego, de las profundidades de su ser, de la grieta negra y escarchada que Artoria había abierto en su pecho, comenzó a emanar una energía.

No era la oscuridad corrupta y bestial del Alter.

Era algo…

más antiguo.

Más calculador.

Más odiador.

Una sensación de déjà vu visceral, frío como el acero sumergido en hielo, atravesó a Leonel.

Conocía esa firma energética.

La había sentido antes, impregnando los campos de Francia, emanando de aquella abominación de tentáculos y ojos: Andras.

El Pilar Demoníaco.

Pero esto era diferente.

Más denso.

Más concentrado.

Como si la esencia de un Pilar no estuviera siendo invocada desde lejos, sino germinando desde dentro del Saint Graph destrozado de Cu Alter, alimentándose de su corrupción, de su furia y de su inminente derrota.

«No…» masculló Leonel, el pánico, un lujo que no podía permitirse, asomando sus garras en los bordes de su conciencia.

«¡No otra vez!» No era tiempo para análisis de Tezcatlipoca.

Fue puro instinto, el instinto de un animal acorralado que ve al cazador cargar un arma nueva y más terrible.

La estrategia meticulosa, el ciclo de adaptaciones, la ventana de oportunidad…

todo eso fue barrido por una necesidad primordial: ¡Impedir que eso se complete!

«¡OLVIDEN LA SEÑAL!» rugió, su voz desgarrándose en la garganta.

«¡NOBLE PHANTASM!

¡AHORA!

¡TODO LO QUE TENGAN, SOBRE ÉL, AHORA MISMO!» Fue una orden brusca, desesperada, carente de la elegancia táctica que lo caracterizaba.

Pero la urgencia, la crudeza del terror en la voz de su Maestro, galvanizó a los Servants como ninguna estrategia podría haberlo hecho.

No hubo coordinación.

No hubo sincronía.

Hubo un estallido cataclísmico de poder puro y desesperación.

«CLARENT…

BLOOD ARTHUR!» Mordred fue la primera, liberando el dragón de luz carmesí de su espada con un grito rabioso.

«LA GRONDEMENT DE LA HAINE!» Jeanne Alter siguió al instante, convocando una columna de fuego negro y puro odio que se elevó hacia el techo destrozado.

«RHONGOMYNIAD!» Artoria Alter liberó el verdadero nombre de su lanza, no un estocada quirúrgica, sino un torrente de energía fría y autoritaria que buscaba aniquilar.

«FLAMMULA DRACONIS!» El aliento azul de Kiyohime se transformó en un vendaval serpentino de llamas espirituales.

«AESTUS DOMUS AUREA!» Nero Bride y Nero, en un raro momento de perfecta unidad, superpusieron sus Domus Aurea, no para crear un teatro, sino para concentrar y dirigir toda la luz del sol y el mármol en un rayo cegador de calor imperial.

«TAMAMO-NO-MAE…

FORMACIÓN DE LOS OCHO PLEGARIAS!» Tamamo, desde la retaguardia, trazó sus ofudas con movimientos frenéticos, canalizando maldiciones ancestrales y refuerzos de daño puro que potenciaron cada ataque.

«EL LEÓN DE CALCUTA!» La voz de Nightingale no gritó, sino que cortó el aire como un bisturí.

Su Noble Phantasm no era ofensivo en el sentido tradicional, pero una aureola quirúrgica de luz blanca y pura se materializó alrededor de Cu Alter, no para sanar, sino para aislar, para marcar el área de la aniquilación, para definir los límites de un campo de operación mortal.

«BON VOYAGE, SWEETIE!» Drake, con una sonrisa feroz, disparó su pistola, y el Golden Wild Hunt emergió en una estampida espectral de proas doradas y cañonazos, arrasando todo a su paso.

«LORD CAMELOT!» Mash, protegiendo a Leonel, no atacó, pero el resplandor de su escudo se intensificó, un faro de defensa en medio del apocalipsis ofensivo.

Fue un holocausto de luz, sonido y destrucción pura.

Los colores se fundieron en un blanco cegador seguido de un rugido que pareció hacer temblar los cimientos de la misma Singularidad.

Leonel, protegido por Mash, fue derribado por la onda de choque, el mundo reducido a un timbrazo agudo y una presión insoportable en el pecho.

Sintió cómo sus Circuitos Mágicos, ya exhaustos, crujían.

Fue una sensación física, como si las venas de su alma se estuvieran agrietando.

La conexión con sus Servants se volvió dolorosa, un cable pelado que conducía pura agonía.

Cuando la luz se disipó y el rugido se convirtió en un retumbar lejano, el salón del trono…

simplemente había dejado de existir.

Lo que quedaba era un cráter enorme, humeante, cuyos bordes eran los restos fundidos de las paredes y columnas.

En el centro, donde una vez estuvo Cu Chulainn Alter, solo había un montículo de escombros vitrificados, humeante y silencioso.

Un silencio absoluto, profundo, se apoderó del lugar.

Solo el crepitar de la piedra enfriándose y el jadeo entrecortado de Leonel.

«¿Lo…

lo conseguimos?» murmuró Elizabeth Báthory, su voz temblorosa, rompiendo el hechizo.

Leonel, ayudado por Mash para ponerse de rodillas, escudriñó el cráter.

No había rastro de la bestia.

No había esa sensación de corrupción opresiva.

No había…

nada.

El intento de invocación, lo que fuera que hubiera sido, había sido interrumpido.

Un alivio tan abrumador que casi lo hizo desmayarse lo inundó.

Cerró los ojos, una sonrisa débil y trémula asomando a sus labios agrietados.

Habían ganado.

Al borde del colapso, sin magia, sin estrategias, pero habían…

«LEONEL!» La voz de Romani Archaman, surgiendo de los comunicadores con una urgencia estridente, cortó su momentáneo respiro como un cuchillo.

«¡Una señal de energía mágica masiva!

¡Está concentrándose justo en vuestra ubicación, en el epicentro del cráter!

¡No es residual, está creciendo!» El alivio se congeló y se hizo añicos en el estómago de Leonel.

Abrió los ojos con brusquedad, la hiperlucidez del estimulante tornándose en una claridad aterradora.

Miró hacia el montículo de escombros.

Al principio no vio nada.

Luego, una mota de oscuridad, más profunda que la sombra, más densa que la noche, apareció en el aire justo encima.

No emanaba del suelo.

Se materializaba desde el vacío, chupando la poca luz que quedaba.

La mota creció, girando, convirtiéndose en un vórtice negro y silencioso.

Del vórtice comenzaron a brotar formas familiares y horripilantes: tentáculos compuestos de ojos amarillos y dientes diminutos, segmentos de carne pétrea y corrupta, runas ardientes de un lenguaje que hacía sangrar la mente.

Era un Pilar Demoníaco.

Pero no como Andras.

Este era más compacto, su energía más concentrada, su presencia más…

personal.

No era una fuerza de la naturaleza demoníaca desatada; era una herramienta de venganza, una extensión de una voluntad perversa que los había observado, que había aprendido de su derrota anterior.

La energía que emanaba era abrumadora, una presión física que hacía que el aire pesara como plomo y que un zumbido de puro terror resonara en los huesos.

«Maldita sea…», escupió Leonel, el sabor a ceniza y derrota llenándole la boca.

Se puso de pie tambaleándose, apartando el brazo de Mash.

«¡Posiciones!

¡Todos, defi…!» La orden murió en sus labios.

Sus Servants, heroicamente, ya se estaban moviendo, formando una línea defensiva frente a él.

Pero Leonel podía verlo.

Podía ver el temblor en las manos de Billy, la palidez extrema de Geronimo, el brillo cansado en los ojos de sus amadas.

Y podía sentirlo: el pozo de su propia magia estaba seco, raspado hasta la última gota.

Exigirles un combate prolongado ahora, contra eso, era condenarlos a la aniquilación.

No tenían estrategia.

No tenían energía.

Solo tenían desesperación.

El Pilar Demoníaco completó su materialización.

Era una columna retorcida de pesadilla, de unos diez metros de altura, sus innumerables ojos se enfocaron todos, con una inteligencia fría y malévola, en Leonel.

Un rugido mental, una palabra en el lenguaje de los demonios que significaba «ANNIQUILACIÓN», golpeó sus mentes.

Y atacó.

Un tentáculo compuesto de ojos se lanzó como un látigo, demasiado rápido para el ojo normal.

Mash se interpusó, y Lord Camelot resonó con un sonido metálico agonizante al absorber el golpe.

La Shielder fue desplazada varios metros, sus botas surcando el suelo fundido.

«¡No podemos mantener esto!» gritó Mordred, blandiendo Clarent contra otro tentáculo que intentaba flanquearlos.

Leonel lo sabía.

Lo sabía con una certeza absoluta y devastadora.

Habían sobrevivido a la bestia, solo para ser aplastados por la mano que la movía.

Una amargura profunda, un fuego frío de rabia impotente, se encendió en su pecho.

No iba a rendirse.

Moriría de pie, ordenando, luchando hasta que su corazón estallara.

Pero la sombra de Goetia, una vez más, se cernía sobre ellos, recordándoles su insignificancia.

Fue en ese preciso instante, cuando la desesperación empezaba a envenenar incluso los corazones más valientes, que el espacio entre ellos y el Pilar Demoníaco…

se rizó.

No fue un sonido.

Fue un cambio en la presión del aire, un desplazamiento de la realidad tan sutil como letal.

Y entonces, ella estuvo allí.

No apareció en un destello de luz.

No surgió de un portal.

Simplemente, un momento no estaba, y al siguiente, formaba parte del paisaje, como si siempre hubiera estado allí, observando desde las sombras que ahora materializaba.

Scáthach.

Vestía con su ajustado traje púrpura, su cabello largo y lacio como un manto de noche estrellada, sus ojos carmesíes brillando con una luz que no era de este mundo.

Caminó.

No corrió, no se lanzó.

Dio unos pasos lentos, deliberados, con la gracia de una pantera que sabe que es la dueña del territorio.

Se colocó directamente entre la línea defensiva de los Servants y el monstruoso Pilar, dándoles la espalda a ellos con una confianza absoluta, obscena.

La atmósfera cambió instantáneamente.

El terror opresivo del Pilar no disminuyó, pero ahora se enfrentaba a otra cosa: una presencia.

Una autoridad antigua, fría como el acero de una tumba y afilada como el filo del olvido.

La Tierra de las Sombras pareció extenderse a sus pies, un reino de muerte y entrenamiento eterno que ella traía consigo a donde fuera.

«Vaya molestia, Leonel», dijo su voz.

No era alta, pero cortó el rugido mental del Pilar y el jadeo de los combatientes como una daga.

Hablaba con una cadencia mesurada, un deje de fastidio mundano que contrastaba grotescamente con el escenario apocalíptico.

Volteó ligeramente la cabeza, sus ojos carmesíes encontrando los de Leonel por un instante que para él pareció una eternidad.

«Peleaste bien contra mi antiguo discípulo.

Lo derrotaste con astucia y voluntad, explotando la torpeza de su poder prestado.

Un logro digno de elogio.» Hizo una pausa, y su mirada se volvió hacia el Pilar Demoníaco, que parecía haber detenido su avance, sus múltiples ojos ahora fijos en esta nueva y peligrosísima variable.

«Pero su cobardía…

o más bien, su testarudez por derrotarlos dejó una vista mucho más fea de lo que yo pensaba.» Un desdén infinito impregnó sus palabras.

Hablaba de Cu Chulainn Alter y del Pilar como un maestro habla de un alumno particularmente desastroso que ha ensuciado el salón de clases.

Luego, volvió a mirar a Leonel.

Y esta vez, su mirada no era de evaluación distante.

Era depredadora.

Intensa.

Una mirada que no solo escudriñaba, sino que reclamaba.

«Pasaste mi prueba, Leonel.

Sobreviviste a mi emboscada, mantuviste la calma, improvisaste.

Eres fuerte.

Más fuerte de lo que tu frágil cuerpo sugiere.

Eres digno.» Hizo otra pausa, y las siguientes palabras cayeron en el silencio helado como piedras talladas en el hueso del mundo: «Eres digno de ser mi discípulo.» Y luego, con una sonrisa que era solo el leve curveo de sus labios, pero que contenía promesas y peligros innombrables, añadió: «Y posiblemente…

mi esposo.» Un escalofrío que nada tenía que ver con el frío residual de Rhongomyniad recorrió la espina dorsal de Leonel.

Fue una sensación primaria, de presa reconociendo al ápice depredador.

Antes de que pudiera procesar el significado completo de esas palabras, el instinto posesivo de sus novias estalló.

«¡¿QUÉ?!» fue el coro indignado y celoso.

Kiyohime soltó un gruñido, sus ojos reptilianos brillando con furia.

Tamamo y Nero se interpuson físicamente entre Leonel y Scáthach, sus miradas asesinas.

Jeanne Alter encendió fuego negro en sus manos.

Mash apretó su escudo, confundida entre la lealtad y una nueva y extraña alarma.

Fue un despliegue caótico y emocional de protección feroz.

Scáthach ni siquiera les prestó atención.

Su risa fue un sonido bajo, ronco, que pareció vibrar en el mismo aire.

Despreciaba la amenaza que representaban, no por falta de poder, sino porque en ese momento, simplemente no eran relevantes para su panorama.

Su foco estaba dividido entre el monstruo frente a ella y la presa interesante a sus espaldas.

Volvió su rostro, desentendiéndose del drama, hacia la verdadera perturbación.

Su mano se cerró en el aire.

Y el espacio se desgarró con un sonido como de seda rasgándose a nivel cósmico.

De esa grieta en la realidad emergió Gáe Bolg, la lanza maldita de espina carmesí, goteando sombras y destellos de runas oscuras.

No la invocó.

La reclamó de su propio dominio.

«No se preocupen», dijo, y esta vez su tono era diferente.

Plano.

Profesional.

Letal.

Era la voz de la Reina de la Tierra de las Sombras, la instructora de héroes, la asesina de dioses.

«Yo me encargaré de este enemigo.» Y entonces, comenzó lo que, para Leonel y sus exhaustos Servants, solo podía describirse como una demostración.

El Pilar Demoníaco, como si recobrara el sentido ante la amenaza tangible, lanzó una salva de tentáculos oculares, cada uno moviéndose a velocidades supersónicas, tejiendo una red de muerte que habría despedazado a un ejército de Servants normales.

Scáthach no esquivó.

Se desvaneció.

No fue un paso rápido.

Fue que su imagen parpadeó y reapareció tres metros a la izquierda, justo en el punto ciego entre dos tentáculos.

Gáe Bolg, en sus manos, no era un arma pesada.

Era una extensión de su voluntad, un pincel con el que pintaba la muerte.

Giró la lanza, un movimiento aparentemente casual, y la punta de espina trazó un arco perfecto.

Donde pasó, los tentáculos simplemente…

se desintegraron.

No fueron cortados, no fueron seccionados.

Las runas de Gáe Bolg, la maldición de la imposibilidad de sanar, cancelaron su misma existencia en el punto de contacto, reduciéndolos a motas de polvo oscuro que se disiparon antes de tocar el suelo.

El Pilar rugió, una explosión de energía corrupta emanó de su cuerpo central, un ataque de área diseñado para pulverizar todo en un radio de cincuenta metros.

Un destello púrpura de advertencia precedió a la onda de choque demoníaca.

Scáthach lo vio venir.

No mostró prisa.

Dio un paso atrás, luego otro.

Y entonces, justo cuando la onda expansiva estaba a punto de alcanzarla, saltó.

No fue un salto alto.

Fue un movimiento lateral, casi despreocupado, que sin embargo la llevó fuera del radio del ataque con una precisión milimétrica.

La explosión pasó rugiendo a sus espaldas, destrozando lo que quedaba del cráter, pero a ella solo le agitó el cabello.

Antes de que los escombros levantados por la explosión cayeran, ella ya estaba de vuelta en movimiento.

Cargó.

Su avance no fue una carga furiosa, era la aproximación implacable de una tormenta.

Sus pies no parecían tocar el suelo; se deslizaba sobre las sombras, su figura una mancha púrpura contra la oscuridad del Pilar.

Los ojos del monstruo lanzaron rayos de energía amarilla concentrada, decenas a la vez, creando un campo de muerte imposible de esquivar.

Scáthach no intentó esquivarlos todos.

Los atravesó.

Gáe Bolg se convirtió en un torbellino carmesí a su alrededor.

Cada giro, cada estocada, cada barrido, interceptaba un rayo, desviándolo o anulándolo con un chasquido de energía rota.

Avanzaba a través del fuego infernal como si caminara por la lluvia, sin una gota tocándole.

Sus movimientos eran economía pura de movimiento, cada acción con un propósito, sin desperdicio, sin florituras.

Era la esencia del combate llevada a una forma de arte mortal.

Llegó al pie del Pilar.

El monstruo, sintiendo el peligro inminente, intentó aplastarla con su masa corporal, un bloque de carne y ojos que cayó como una montaña.

Scáthach se agachó ligeramente, y luego empujó con sus piernas.

Saltó verticalmente, no alejándose, sino hacia la masa que caía.

En el último instante posible, giró en el aire, su cuerpo contorsionándose con una flexibilidad sobrenatural, y pasó rozando la piel pétrea del Pilar.

Al hacerlo, Gáe Bolg clavó su punta y desgarró un surco profundo a lo largo del costado del monstruo, de arriba abajo.

No fue un corte.

Fue un desmantelamiento.

La carne corrupta, endurecida para resistir Noble Phantasms, cedió ante la lanza maldita como mantequilla ante un cuchillo al rojo vivo.

Un geiser de energía oscura y pus amarillo brotó de la herida.

Aterrizó en silencio, sin una gota del fluido repugnante en ella.

El Pilar, ahora herido de gravedad, entraba en frenesí.

Todos sus ojos se cerraron por un instante, y luego se abrieron, brillando con una luz siniestra concentrada.

Su cuerpo empezó a vibrar, a acumular energía para algo grande, probablemente un ataque de autodestrucción o una última llamarada de poder.

Scáthach no le dio la oportunidad.

Se irguió, sosteniendo a Gáe Bolg con ambas manos.

La actitud despreocupada había desaparecido.

Ahora su postura era la de una cazadora que ha acorralado a su presa y va a dar el golpe final.

Una aura palpable de poder, antiguo y terrible, comenzó a emanar de ella.

El aire a su alrededor se distorsionó, las sombras se alargaron y se retorcieron como si saludaran a su reina.

«Has sido una molestia», dijo, hablando directamente al Pilar, como si pudiera entenderla.

«Y mi tiempo es valioso.

No más juegos.» Levantó a Gáe Bolg por encima de su cabeza.

La lanza carmesí comenzó a brillar con una luz interna, runas oscuras girando a su alrededor a velocidades increíbles.

No era el Noble Phantasm de Cu Chulainn.

Esto era algo más primigenio, más brutal.

Gáe Bolg Alternative.

«¡GÁE BOLG!» Su voz no gritó.

Declaró.

Y lanzó la lanza.

No fue un lanzamiento con fuerza bruta.

Fue un gesto de liberación.

Gáe Bolg no voló en una línea recta.

Desapareció del punto de lanzamiento y, en el mismo instante, el espacio delante de Scáthach, en el centro del Pilar Demoníaco, se abrió.

No hubo un agujero previo.

Simplemente, la realidad en ese punto cedió, y de su corazón emergió la punta de la lanza, seguida por el resto, como si siempre hubiera estado allí, atravesando al monstruo desde dentro hacia afuera.

Pero no fue una simple estocada.

Fue un evento.

Un vórtice de fuerza pura y maldición, del color de la sangre vieja y la noche eterna, explotó desde el punto de impacto.

No fue una explosión hacia afuera, sino una implosión de aniquilación dirigida.

El vórtice se expandió, engullendo segmentos enteros del Pilar.

La carne pétrea, los ojos, los tentáculos, todo fue succionado hacia el epicentro y desintegrado a nivel conceptual.

No quedaban escombros.

No quedaba energía residual.

Solo vacío.

Un vacío con forma de cilindro perfecto que atravesaba el centro del Pilar Demoníaco de parte a parte, un agujero limpio y redondo del diámetro de un edificio pequeño, a través del cual se podía ver el cielo distorsionado de la Singularidad al otro lado.

El rugido del Pilar se cortó de golpe.

Sus restos, la estructura que quedaba alrededor del agujero perfecto, comenzaron a desmoronarse en silencio, desvaneciéndose en motas de polvo de luz oscura que se desintegraban antes de llegar al suelo.

En cuestión de segundos, no quedó nada.

Solo el agujero en el aire, que lentamente comenzó a cerrarse, cosiéndose a sí mismo como si la realidad fuera una herida que sanaba.

Scáthach bajó el brazo.

El espacio a su lado se rasgó de nuevo, y Gáe Bolg, limpia e impoluta, reapareció en su mano antes de desvanecerse en runas.

Ella respiró una vez, profundamente, como si acabara de realizar un ejercicio moderadamente exigente.

Luego, se dio la vuelta.

El silencio entre los Servants de Leonel era absoluto, roto solo por el leve siseo de la piedra enfriándose.

Habían presenciado algo que trascendía el combate.

Habían visto a una leyenda caminar, y a un monstruo que los habría aniquilado siendo borrado de la existencia con la facilidad con la que uno aplasta un insecto molesto.

El respeto, el asombro y un profundo, primitivo temor, se mezclaban en sus rostros.

Scáthach ignoró todas esas miradas.

Sus ojos carmesíes encontraron de nuevo los de Leonel, que estaba pálido, tembloroso, pero con los ojos muy abiertos, tratando de procesar la monumentalidad de lo que acababa de presenciar.

Ella caminó hacia él.

Sus pasos eran silenciosos, pero cada uno resonaba en el corazón de Leonel como un tambor de guerra.

Tamamo, Nero, Kiyohime, Jeanne Alter…

todas se tensaron, pero algo en la presencia de Scáthach, en la absoluta indiferencia hacia cualquier amenaza que pudieran representar, las paralizó.

No era que no fueran poderosas.

Es que, en ese momento, ante ella, eran invisibles.

Se detuvo frente a Leonel, que seguía apoyado en Mash.

Miró hacia abajo, a sus ojos.

Una sonrisa terrible y hermosa jugueteaba en sus labios.

«Bien peleado, Maestro», dijo, su voz ahora un susurro íntimo que solo él parecía oír.

«Pero ahora es mi turno de reclamar mi pago por la intervención.» Antes de que Leonel pudiera preguntar, protestar o siquiera pensar, la mano de Scáthach se movió.

No fue un movimiento rápido, pero fue inevitable.

Sus dedos, fríos como el mármol de una tumba, se cerraron alrededor del cuello de su Codecast, no con fuerza para estrangular, sino con una firmeza absoluta, posesiva.

Y entonces, se inclinó.

El beso no fue romántico.

No fue apasionado en el sentido tradicional.

Fue una marcación.

Un acto de posesión primaria.

Sus labios se encontraron con los de Leonel con una presión firme, dominante.

Y luego, sintió un dolor agudo y breve.

Ella había mordido su labio inferior, no con juego, sino con suficiente fuerza para romper la piel, para que la sangre, su sangre, manchara ambos labios.

Fue un gesto bestial, antiguo, que hablaba de reclamar, de marcar territorio, de unir destinos con un sello de sangre y dolor.

Duró solo unos segundos, pero para Leonel fue una eternidad de conmoción, de una extraña mezcla de vulnerabilidad y una atracción terrible hacia la fuerza absoluta que esta mujer representaba.

Cuando Scáthach se separó, hubo una gota de sangre carmesí en la comisura de su boca, que lentamente lamió con la punta de la lengua, sus ojos brillando con satisfacción depredadora.

Leonel se quedó allí, aturdido, con el labio inferior palpitando, la pequeña herida ardiente, el sabor a hierro y a algo más, a sombras y a eternidad, en su boca.

El caos estalló a su alrededor.

«¡¿QUÉ TE PENSAS?!» «¡SUÉLTALO, BRUJA!» «¡MAESTRO!» Las protestas celosas y furiosas de sus novias finalmente encontraron voz, y un coro de indignación y poder desatado se elevó.

Se agolparon alrededor de Leonel, poniéndose entre él y Scáthach, sus armas y poderes destellando.

Scáthach solo se rió.

Una risa baja, genuinamente divertida esta vez, como un adulto viendo a unos niños jugar a la guerra.

Ni siquiera se molestó en mirarlas.

Sus ojos seguían clavados en Leonel, en la marca que había dejado en su labio.

«Guarda esa marca, Leonel Herrera», dijo, su voz perdiendo volumen, como si ya estuviera alejándose.

«Es tu promesa.

Y la mía.

Nos veremos pronto, en ese lugar llamado Chaldea.

Cuando llegue el momento, te reclamaré.

Como discípulo…

y como lo demás.» Y entonces, como había llegado, comenzó a desvanecerse.

No en un destello de luz, sino desintegrándose en sombras púrpuras y runas oscuras que se disolvían en el aire.

«Descansa.

Ganaste esta batalla.

La Singularidad…

se corrige.» Mientras la última mota de su presencia desaparecía, el mundo a su alrededor comenzó a desdibujarse.

Un zumbido familiar, el del sistema de Rayshift de Chaldea, llenó el aire.

La realidad de Washington D.C.

distorsionado comenzó a deshacerse como un sueño, las líneas y colores fundiéndose.

Leonel, todavía aturdido por el beso, la mordida, la demostración de poder y el peso abrumador de la promesa/amenaza de Scáthach, apenas sintió los brazos de Tamamo y Mash sujetándolo mientras la translocación los envolvía.

Vio a sus otros Servants, cada uno con expresiones de alivio, fatiga extrema y, en el caso de sus amadas, una profunda y celosa preocupación, comenzar también a desaparecer.

Lo último que vio, antes de que la blancura del Rayshift lo cubriera todo, fue el cráter humeante, y en su mente, la imagen imborrable de Scáthach, erguida frente al abismo, borrando un demonio con la facilidad de quien escribe su nombre en la arena, antes de volverse y reclamarlo a él con un beso que sabía a sangre y a futuros entrelazados.

El regreso a Chaldea fue un torbellino de luces y sensaciones amortiguadas.

Cuando la materialización se completó en la sala de Rayshift, Leonel cayó de rodillas, el agotamiento físico, mágico y emocional golpeándolo de lleno ahora que la adrenalina y el estimulante habían pasado.

Médicos y asistentes se abalanzaron, pero la imagen de Da Vinci y Romani acercándose con caras de preocupación y alivio fue borrosa.

Alguien, tal vez Nightingale con su eficiencia imperturbable, le limpió la cara con un paño frío.

Y cuando el paño pasó por sus labios, salió manchado de un rojo brillante.

Leonel se tocó el labio inferior con los dedos, sintiendo la pequeña pero inequívoca marca de los dientes de Scáthach.

Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero no era totalmente de temor.

Había una chispa de algo más, de anticipación, de un desafío aceptado en lo más profundo de su ser.

Pobre Leonel.

No sabía bien qué había pasado, ni lo que esa mordida significaba realmente.

Pero en el subsuelo de Chaldea, en los intrincados mecanismos del sistema de invocación, algo había sido activado.

Un catalizador único, compuesto de la sangre de un Maestro marcado por la Reina de las Sombras, de su voluntad probada en batalla, y de la promesa hecha en un campo de batalla apocalíptico, ahora latía como una semilla oscura, esperando el momento adecuado para germinar.

La Singularidad Americana había terminado.

Pero para Leonel Herrera, un nuevo y mucho más personal capítulo de entrenamiento, reclamo y poderío divino, acababa de ser prometido con un beso sangriento.

Y Scáthach no era de las que olvidaban sus promesas.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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