Fate/Grand Persona - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - 51 Capitulo 50 Regreso a chaldea
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51: Capitulo 50: Regreso a chaldea 51: Capitulo 50: Regreso a chaldea El regreso a Chaldea no fue un alivio gradual.
Fue una sacudida violenta de la realidad, un desgarrón en el continuum espacio-temporal que escupió a Leonel y sus Servants de vuelta a la esterilidad blanca y azul de la sala de Rayshift.
Para Leonel, ya al borde del abismo, la transición fue la gota que colmó el vaso.
Apenas sintió el firme metal de la plataforma bajo sus pies.
La compensación automática de Chaldea intentó estabilizar su cuerpo, pero sus sistemas biológicos estaban más allá de lo que la tecnología podía mitigar.
Sus Circuitos Mágicos, repetidamente raspados hasta la última gota de mana y luego forzados a transitar la agonía de diez Noble Phantasmas simultáneos, emitieron un último «crujido» silencioso, una señal de angustia que solo él pudo sentir en lo más profundo de su alma.
No fue un dolor físico, sino un vacío absoluto, seguido de una frialdad que se extendió desde su núcleo mágico hacia cada extremidad, como si su propia esencia se estuviera apagando.
La visión se le nubló, los sonidos de las alarmas de re-calibración y las voces preocupadas de Roman y Da Vinci se convirtieron en un zumbido lejano.
Vio la figura borrosa de Mash, sus labios moviéndose, sus manos extendidas hacia él.
Vio el púrpura inquietante de la sombra de Scáthach aún fresca en su mente, y el escozor persistente en su labio.
Luego, la gravedad lo reclamó.
Sus rodillas cedieron sin fuerza alguna, y su cuerpo se desplomó hacia el frío suelo de la sala como un saco de huesos.
No hubo intento de amortiguar la caída.
El golpe, sordo y seco, fue la última sensación física que registró antes de que la oscuridad, densa y acogedora, lo envolviera por completo.
«¡Leonel!» El grito de Mash fue un cuchillo en el aire tenso.
El pánico, contenido durante la batalla, estalló en la sala.
Romani Archaman, su rostro pálido de preocupación, fue el primero en llegar, sus dedos buscando el pulso en el cuello del Maestro.
«¡Pulso débil y arrítmico!
¡Shock mágico severo!
¡Necesitamos llevarlo a la enfermería, ya!» Da Vinci, con su habitual serenidad fracturada por un brillo de alarma en sus ojos, asintió con brusquedad.
«Sus lecturas vitales se desploman.
El sistema de Rayshift registró un drenaje de energía sin precedentes en sus Circuitos.
Esto es más que agotamiento, Romani.
Esto es…
quema.» Entre los dos, con la ayuda de un par de asistentes automatizados, cargaron el cuerpo inerte de Leonel en una camilla de emergencia.
Las Servants, aún materializadas y mostrando diversos grados de fatiga y heridas, formaron un coro silencioso y angustiado.
Nero Bride intentó acercarse, pero Tamamo, con una expresión inusualmente grave, la detuvo con un gesto.
«Dejadles espacio, todas.
El Maestro necesita atención urgente.
Vuestro calor ahora solo interferiría», dijo la Caster, su voz carente de su usual coquetería, llena de una preocupación materna y profunda.
La marcha hacia la enfermería fue una procesión fúnebre.
La camilla flotante avanzaba por los corredores iluminados de Chaldea, seguida por un séquito de heroínas poderosas que en ese momento se sentían completamente impotentes.
Kiyohime lloraba en silencio, sus lágrimas haciendo pequeños hoyos en el suelo metálico.
Jeanne Alter apretaba los puños, sus nudillos blancos, la rabia una máscara para el pánico que la carcomía.
Artoria Alter caminaba con una rigidez estoica, pero su mirada no se despegaba de la figura pálida de Leonel.
Mordred miraba hacia otro lado, incapaz de procesar la vulnerabilidad extrema de quien había dirigido una batalla tan feroz solo minutos antes.
En la enfermería, bajo las luces frías y clínicas, Leonel fue conectado a una batería de monitores.
Las líneas en las pantallas pintaban una historia sombría: actividad cerebral reducida al mínimo, funciones corporales en modo de conservación, y una lectura mágica que era prácticamente plana, con pequeños picos erráticos que indicaban daño residual.
«Es como si sus Circuitos se hubieran…
fundido», murmuró Romani, pasando datos en su tablet con dedos temblorosos.
«Nightingale, necesitamos…» «Ya estoy en ello», cortó la Berserker, que había aparecido a su lado como un fantasma blanco y azul.
Sus ojos escudriñaban a Leonel con una intensidad clínica.
«No hay heridas físicas significativas más allá de contusiones menores.
El trauma es puramente mágico y, por extensión, espiritual.
Los estimulantes que administré en el campo solo pospusieron el colapso, no lo evitaron.
De hecho, pueden haber exacerbado el daño.» Mientras Nightingale y Romani trabajaban, inyectando soluciones estabilizadoras y aplicando dispositivos de soporte vital mágico, la mente de Leonel no descansaba en un sueño pacífico.
Había caído a través de capas de oscuridad, más allá de los sueños normales, hasta un lugar que era familiar y ajeno a la vez.
El aire cambió, volviéndose denso, cargado con el olor a café viejo, polvo de libros y el tenue aroma de flores marchitas.
La oscuridad se tiñó de un azul profundo, violáceo, y se materializó en formas reconocibles.
El Velvet Room.
Pero no era el mismo lugar etéreo y ligeramente desordenado de su primera visita.
Ahora tenía una apariencia más definida.
Las estanterías de libros, aunque aún llenas de volúmenes sin título, estaban más ordenadas.
El escritorio de Igor era más sólido, la alfombra carmesí más vibrante.
Sin embargo, una mirada más cercana revelaba grietas finas, casi imperceptibles, en las paredes azules.
El cristal de la gran ventana que debería mostrar el mundo exterior estaba opaco, como empañado por un aliento helado, y a través de él se vislumbraban formas distorsionadas, como si la realidad al otro lado pendiera de un hilo muy delgado.
La fragilidad del lugar, una metáfora del equilibrio del mundo humano, era palpable.
«Bienvenido de nuevo, querido invitado.» Leonel se encontró sentado en la silla frente al escritorio.
Igor estaba allí, con su eterna sonrisa enigmática, sus manos entrelazadas sobre la mesa.
A su lado, Selene, su asistente de cabello plateado y ojos llenos de estrellas, lo observaba.
Su expresión habitual de serena curiosidad estaba matizada por algo más: una preocupación profunda, casi maternal, y un dejo de…
¿lástima?
«Ha pasado un tiempo considerable desde tu última visita», continuó Igor, su voz como susurros de seda.
«Y vaya viaje el que has emprendido.
Las Singularidades, la Incineración de la Humanidad…
un panorama apocalíptico digno de las tragedias más grandes.» Leonel intentó hablar, pero su voz era un eco en este lugar.
En su mente, sin embargo, las palabras se formaron.
¿Por qué estoy aquí?
¿He…
he muerto?
«Oh, para nada, querido invitado», rió Igor suavemente, como si hubiera leído su pensamiento (y probablemente lo había hecho).
«Tu cuerpo descansa, al borde del abismo, pero tu espíritu, fortalecido por los vínculos que forjas y la Wild Card que albergas, encuentra refugio aquí.
Es un testimonio de tu resistencia, aunque también de lo cerca que has estado del final.» Selene asintió levemente, sus ojos estelares fijos en Leonel.
«Tu Viaje es…
más arduo de lo que anticipamos», dijo su voz, melodiosa pero cargada de un peso cósmico.
«La sombra que atraviesas no es solo una.
Es múltiple, estratificada.» Igor se inclinó hacia adelante, su sonrisa un poco más tenue.
«Has progresado admirablemente.
Has enfrentado a bestias, a demonios, a la corrupción de la historia misma.
Te felicito.
Tu crecimiento como portador del potencial infinito ha sido notable.» Hizo una pausa, y la atmósfera en la habitación se volvió más densa, más fría.
«Pero sería un error, un error catastrófico, creer que la tormenta termina con la última Singularidad.» Leonel lo sabía.
En lo más profundo de su ser, como el conocimiento residual del transmigrado que era, lo sabía.
El «Salomon» al que se enfrentarían en el Templo del Tiempo era solo el final del prólogo.
La verdadera amenaza, la que haría que la Incineración pareciera un mero preludio, venía después.
Los Lostbelts.
Mundos fenecidos que pugnaban por usurpar el tronco de la historia correcta, cada uno con su propia catástrofe congelada en el tiempo.
Y detrás de ellos, los Apóstoles del Dios Extranjero, seres de un horror más allá de la comprensión humana.
Pero…
¿por qué Igor se lo mencionaba ahora?
La advertencia era prematura.
A menos que…
«La percepción de la amenaza comienza a filtrarse en los cimientos de tu mundo», dijo Igor, como si siguiera el hilo de sus pensamientos.
«La organización a la que perteneces, Chaldea, pronto empezará a vislumbrar las grietas en el muro de la realidad.
Nuevos actores se moverán en las sombras, algunos con máscaras de aliados.
La distinción entre amigo y enemigo se volverá…
borrosa.» ¿Holmes?, pensó Leonel, con un frío repentino que no tenía nada que ver con la temperatura del Velvet Room.
El gran detective que aparecería en la próxima Singularidad, Camelot, presentándose como un Servant sin Maestro, una ayuda inestimable…
y que en realidad era uno de los Apóstoles, un agente del Dios Extranjero desde el principio.
La traición, cuando llegara, sería devastadora.
«Comprendes», murmuró Selene, su voz llena de una pena infinita.
«El peso que cargas es el de dos catástrofes superpuestas.
La inmediata, que consume tu presente.
Y la que se avecina, que amenaza con hacer añicos cualquier futuro que logres salvar.
Es una carga que ningún mortal debería soportar.» Leonel sintió una oleada de fatiga existencial.
Quería reír, una risa amarga y desesperada.
¿En serio?
¿Después de salvar la humanidad de la incineración, tendría que hacerlo de nuevo de mundos paralelos moribundos y de dioses alienígenas?
Su viaje, que parecía estar llegando a un clímax, era en realidad apenas el comienzo.
El camino era interminable.
Vio la expresión en el rostro de Selene.
No era solo preocupación.
Era una mezcla de admiración, compasión y una frustración impotente.
Ella e Igor eran observadores, guías en el límite de la realidad.
Podían ver el tablero, las piezas, la magnitud de la amenaza, pero no podían intervenir directamente.
Su papel era cultivar el potencial del «invitado», de la Wild Card, y tener esperanza.
Esperanza contra todo pronóstico, contra la lógica, contra la abrumadora evidencia de que la humanidad estaba condenada una y otra vez.
«No te hemos traído aquí para desmoralizarte, querido invitado», dijo Igor, recuperando su tono sereno pero firme.
«Al contrario.
Es un recordatorio.
Un llamado a no bajar la guardia, incluso en la aparente victoria.
Tu potencial es infinito, pero tu tiempo y tus recursos, no.
Forja tus vínculos.
Afila tu mente.
Fortalece tu espíritu.
Y recuerda…» Sus ojos, oscuros y profundos, parecieron contener galaxias enteras.
«…que la verdadera batalla por el derecho a existir de tu mundo, ni siquiera ha comenzado.» El Velvet Room empezó a desvanecerse alrededor de Leonel.
Las grietas en las paredes parecieron brillar levemente.
Selene le ofreció una última mirada, un asentimiento lento, un silencioso «sigue adelante» que resonó en su ser.
«Felicitaciones por tu progreso hasta ahora, Leonel Herrera», fueron las últimas palabras de Igor, mientras la habitación se disolvía en el azul profundo.
«Y que la fortuna acompañe tu insensato, necesario y heroico Viaje.» La oscuridad que lo reclamó esta vez no fue la del inconsciente total, sino la de un sueño profundo y sin sueños, el descanso de un guerrero cuyas batallas, supo ahora, nunca terminarían.
La conciencia regresó como la marea: lenta, arrastrando consigo sensaciones dispersas.
Primero fue el olor a antiséptico y a limpieza clínica, inconfundiblemente el de la enfermería de Chaldea.
Luego, la sensación de sábanas limpias y frescas bajo su cuerpo.
Y luego, el peso.
No era un peso opresivo, sino…
múltiple.
Calor.
Varias fuentes de calor.
Leonel entreabrió los párpados, la luz de la habitación, tenue pero presente, le hizo parpadear.
Su visión se enfocó lentamente.
A su izquierda, sentada en una silla pero con la cabeza apoyada en el borde de la cama, dormía profundamente Mash Kyrielight.
Su mano, cálida y suave, sostenía la de él con una firmeza gentil pero inquebrantable, como si temiera que se fuera a desvanecer si la soltaba.
Su rostro, normalmente sereno, mostraba signos de cansancio y de una preocupación que había dejado su huella.
A su derecha, la situación era más…
espacialmente comprometedora.
Nero Claudius (la Saber original, no la Bride) se había acomodado de alguna manera en la estrecha camilla junto a él.
Estaba acostada de lado, su cabeza sobre su hombro, un brazo echado sobre su pecho, roncando suavemente con una expresión de felicidad absoluta incluso en el sueño.
Su cabello dorado se esparcía sobre la almohada y sobre el brazo de Leonel.
Y luego estaba el calor principal.
Tamamo no Mae estaba literalmente encima de él.
No sentada, sino acostada sobre su torso y abdomen, su cabeza en el hueco de su cuello, respirando pausadamente.
Pero lo más distintivo eran sus colas.
Las nueve colas de zorro blanco, esponjosas y mágicamente cálidas, no solo la rodeaban a ella, sino que se habían extendido como mantas vivientes, envolviendo el torso de Leonel, sus piernas, formando un nido acogedor, íntimo y abrumadoramente cálido.
Leonel sintió que sudaba ligeramente bajo la combinación del calor corporal y el mágico de las colas.
Fue un cuadro de paz doméstica y posesividad absoluta, tan alejado de los campos de batalla y las advertencias cósmicas que Leonel necesitó unos segundos para procesarlo.
Movió ligeramente los dedos de la mano que Mash sostenía.
Fue el movimiento suficiente.
Los sentidos hiperalertas de una emperatriz, incluso dormida, no pasaron por alto.
Los ronquidos suaves de Nero cesaron.
Sus párpados dorados se abrieron, despejados e inmediatamente enfocados.
Sus ojos violeta encontraron los de Leonel, aún empañados por el sueño pero que al instante se iluminaron con una alegría pura y desbordante.
«¡AH!» El grito no fue de sorpresa, sino de éxtasis.
Nero saltó, no de la cama, sino sobre Leonel, desafiando la presencia de Tamamo encima.
«¡MI AMADO!
¡MI ESTRELLA!
¡HAS VUELTO A NOSOTROS!» El impacto, aunque amortiguado por Tamamo, hizo que Leonel «oof» y sacudió a la zorra dormida.
Tamamo se despertó con un suave y confuso «Mikon?», sus colas apretándose instintivamente alrededor de Leonel.
Pero Nero no se detuvo.
Sus manos tomaron el rostro de Leonel y, antes de que él pudiera articular una sílaba, sus labios se sellaron sobre los de él en un beso apasionado, teatral y lleno de un amor tan intenso como el sol que ella decía encarnar.
Fue un beso que declaraba posesión, alivio y alegría a gritos silenciosos.
El «espectáculo», como todo lo que involucraba a Nero, fue imposible de ignorar.
El escándalo despertó a Mash, que parpadeó y luego sonrió al ver a Leonel despierto, aunque su sonrisa se tornó ligeramente tímida al ver el beso.
También despertó a otras presencias en la habitación que Leonel no había notado.
Francis Drake se incorporó de un rincón donde se había recostado en el suelo, estirándose con un gruñido y una sonrisa lasciva.
«¡Vaya, el capitán despierta!
Y parece que la fiesta ya empezó sin mí.» Kiyohime, que había estado en forma espiritual pero materializada parcialmente junto a la cama de Mash, se solidificó por completo, sus ojos reptilianos brillando con lágrimas de alegría y una chispa de celos al ver a Nero.
«¡Anchin-sama!
¡Gracias a los cielos!» Incluso Jeanne Alter, que había estado apoyada contra la pared con los brazos cruzados, fingiendo desinterés pero sin haber abandonado la habitación en toda la noche, resopló y apartó la mirada, aunque sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor.
Artoria Pendragon (Lancer Alter), sentada en otra silla con su lanza apoyada al lado, observó la escena con sus dorados ojos inexpresivos, como un jurado evaluando un fenómeno curioso pero irrelevante para su búsqueda de batalla.
Y Mordred, que había estado medio escondida tras una cortilla, salió a la vista con la boca abierta, una expresión de completo y absoluto «¿qué diablos?» congelada en su rostro.
Estar en el campo de batalla era una cosa.
Ver la dinámica de harem de cerca, en un entorno doméstico y con toda su intensidad emocional y física, era otra muy distinta.
Cada día era una nueva y más sólida confirmación de que su Maestro era el núcleo de un torbellino romántico que desafiaba toda lógica caballeresca.
Nero finalmente se separó, dejando a Leonel sin aliento y con los labios sensibles.
«¡Oh, qué alivio!
¡Qué júbilo!
La melodía de mi corazón vuelve a tocar al verte con los ojos abiertos, Praetor!» «¡Espera, Rojo!» protestó Tamamo, ahora completamente despierta y frunciendo el ceño, aunque no se movió de su posición encima de Leonel.
«¡Yo también tengo derecho a un beso de bienvenida!
¡Fui yo quien estabilizó sus Circuitos con mi magia, después de todo!» «¡Yo fui su primer amor declarado!» argumentó Kiyohime, acercándose.
«¡Una capitana reclama su tributo!» dijo Drake, acercándose con su sonrisa pícara.
«S-senpai…» murmuró Mash, ruborizándose pero manteniendo firme su mano.
Hasta Jeanne Alter, tras un forcejeo interno visible, gruñó.
«¡Esto es ridículo!
Pero…
pero si todas lo hacen, no voy a ser la única excluida, ¿entendido?
¡No es que lo quiera o nada!» Fue un coro de demandas, celos, afecto y posesividad.
Leonel, aún débil, con la cabeza dando vueltas por el beso de Nero y la abrumadora proximidad de sus amadas, se sintió como un náufrago en un mar embravecido de emociones.
«¡Orden!
¡Un poco de orden, por favor!» intentó, pero su voz era débil.
Fue inútil.
El caos amoroso estaba en marcha.
Drake se inclinó y le robó un beso rápido y salado en los labios.
Kiyohime, llorando de alegría, le dio uno suave y devoto en la mejilla, luego, con un arrebato de audacia, en los labios también.
Tamamo, sin moverse de su posición, giró su cabeza y le dio un beso profundo y lento, lleno de promesas hogareñas y pasión contenida, sus colas acariciándolo.
Mash, con una ternura que hizo que el corazón de Leonel se estremeciera, se inclinó y le dio un beso casto pero lleno de puro amor en los labios, una confirmación silenciosa de su vínculo.
Jeanne Alter, tras varios segundos de lucha interna, se acercó con pasos ruidosos, agarró la barbilla de Leonel con brusquedad, y le dio un beso corto, duro y torpe, antes de soltarlo y retroceder rápidamente, su rostro rojo como su fuego.
«¡Ahí!
¡Feliz?
¡No le des importancia!» Artoria Alter solo asintió levemente desde su asiento, un gesto que, en su economía de movimiento, era tan significativo como un beso.
Mordred solo atinaba a rascarse la cabeza, completamente fuera de lugar.
Leonel, al final del «asalto» cariñoso, estaba exhausto de una manera nueva, sonrojado, y con una extraña sensación de calidez en el pecho que luchaba contra el frío dejado por las advertencias del Velvet Room.
Su harén, complejo, demandante y a veces caótico, era también su ancla, su razón para levantarse y seguir luchando.
Fue entonces cuando la puerta de la enfermería se abrió y Romani Archaman entró, su tableta en mano.
Se detuvo en seco, tomando la escena: a Leonel en la cama, rodeado y literalmente cubierto por un enjambre de Servants femeninas, todas mostrando diversos grados de afecto posesivo.
Tosiose.
«Ahem.
Me alegra ver que…
el paciente ha despertado.
Y que parece estar recibiendo…
atención intensiva.» Las Servants, un poco avergonzadas pero no lo suficiente, se hicieron a un lado, aunque Tamamo solo se movió lo justo para sentarse a su lado, manteniendo una cola enroscada en su brazo.
Nero se sentó en el borde de la cama, tomando su mano.
Mash se mantuvo a su izquierda.
Las demás formaron un semicírculo expectante.
Romani se acercó, revisando los monitores.
«Bien, las constantes vitales están dentro de parámetros normales.
La actividad mágica…» Frunció el ceño.
«Está en niveles bajísimos, pero estables.
Ya no hay picos erráticos.» Miró a Leonel con severidad.
«Leonel, lo que hiciste en Washington D.C.
estuvo al borde del suicidio.
Sobrecargaste tus Circuitos Mágicos de una manera que la medicina moderna (y la mágica) solo puede describir como «quemarlos».
Literalmente, los llevaste al punto de ruptura.» Hizo una pausa, dejando que la gravedad de sus palabras calara.
«Tuviste una suerte inmensa.
La intervención de Tamamo aquí, aplicando sus artes místicas de restauración y estabilización a nivel espiritual, fue lo que evitó que se produjera un daño permanente.
Pero fue muy, muy cerca.» Leonel bajó la mirada.
Lo sabía.
Lo había sentido.
«Lo sé, doctor Roman.
No tenía otra opción.» «Siempre hay otra opción», dijo Romani, pero su tono no era de reproche, sino de preocupación genuina.
«Tu vida, Leonel, no es solo tuya.
Es el último hilo del que pende la humanidad.
Si tus Circuitos Mágicos se dañan permanentemente, si dejan de funcionar…» Tragó saliva.
«No podrías sostener un solo Servant.
Chaldea caería.
Todo estaría perdido.» La habitación se quedó en silencio.
La verdad, desnuda y brutal, colgaba en el aire.
Todo el afecto, el poder, las estrategias, dependían de la frágil biología mágica de un joven.
«Prometo…
tratar de no volver a exigirme de esa manera», dijo Leonel, y esta vez fue sincero.
No podía permitirse el lujo de fallar, no así.
Romani estudió su rostro, y luego suspiró, su expresión suavizándose.
«Bien.
Eso es todo lo que puedo pedir.» Sonrió débilmente.
«Dicho eso, físicamente estás bien.
Magicamente, necesitarás una semana de reposo absoluto, sin invocaciones, sin uso de magia activa.
Te doy de alta de la enfermería, pero bajo esas estrictas condiciones.» El alivio fue palpable en la habitación.
Leonel asintió.
«Entendido.» Romani se dio media vuelta para irse, pero se detuvo en la puerta.
«Oh, y Leonel…
cuida esa…
eh…
vida social.
El estrés emocional también puede afectar la recuperación mágica.» Con una última sonrisa cómplice y un poco avergonzada, salió.
El silencio que dejó fue breve.
Tan pronto como la puerta se cerró, todas las miradas volvieron a Leonel, y en ellas no había rastro de la solemnidad del momento anterior.
Había una determinación nueva, nacida del susto que habían pasado.
«Escuchaste al doctor, Praetor», dijo Nero, su voz firme.
«¡Reposo absoluto!
Y ¿qué mejor forma de reposar que en compañía de tu emperatriz?
¡Te llevaré a mis aposentos!
¡Habrá música, uvas, y masajes imperiales!» «¡Eso suena a estrés, no a reposo!» objetó Tamamo.
«Lo que mi esposo necesita es el calor del hogar.
Una comida casera, un baño caliente preparado por mí, y descansar en el futon con su esposa zorra acurrucada a su lado.
¡Eso sí que es terapéutico!» «¡Anchin-sama descansará conmigo!
¡Yo velaré por su sueño y ahuyentaré cualquier pesadilla!» declaró Kiyohime, abrazándolo por el otro lado.
«Vaya, vaya, tantas opciones agobiantes», intervino Drake con una sonrisa.
«Lo que el chico necesita es aire libre…
bueno, aire de simulador.
Una copa de ron suave, una partida de cartas tranquila, y la compañía relajada de una capitana que no lo sofocará.
¿Qué dices, muchacho?» Hasta Jeanne Alter, con los brazos cruzados, murmuró.
«Si necesitas…
alguien que no hable mucho y solo esté ahí…
podría…
considerar vigilar tu puerta o algo.
No es una oferta especial.» Mash, la voz de la razón, intentó intervenir.
«¡Senpai necesita paz y silencio!» Fue una cacofonía de planes de «citas de recuperación».
Leonel se dio cuenta de que no tenía escapatoria.
Su «reposo absoluto» estaba a punto de ser programado minuto a minuto por un comité de novias sobreprotectoras y celosas.
Con un suspiro que era mitad resignación, mitad un extraño y cálido afecto, Leonel levantó las manos en un gesto de rendición.
«Está bien…
está bien.
Pero ordenadamente.
Podemos…
turnarnos.
Un rato con cada una.
En actividades tranquilas.
¿Trato?» No era una solución perfecta, pero era la única viable en el complicado mapa diplomático de su corazón.
Y así, comenzó lo que, para Leonel, fue una semana de «reposo» que fue cualquier cosa menos reposado.
Pasó las primeras horas con Tamamo, quien, fiel a su palabra, lo llevó a sus habitaciones (que habían decorado juntos para parecer un acogedor templo japonés) y lo mimó con una comida exquisita, un baño caliente perfumado con hierbas donde ella lo lavó con una ternura que lo hizo olvidar por un rato todas las guerras, y luego una tarde acurrucados en el futon, sus colas como una manta viviente, simplemente hablando de nada y de todo.
Luego fue el turno de Nero, cuyo «descanso» implicó un recital privado (bastante suave para sus estándares) de lira, alimentarlo con uvas y masajearle los hombros con una energía que, si bien era vigorizante, no era precisamente relajante, pero el amor con el que lo hacía era innegable.
Con Drake, jugaron a las cartas en el bar simulado de Chaldea, bebieron té (ella bebió ron) y ella le contó historias de alta mar que eran más hilarantes que estresantes.
Con Kiyohime, «descansaron» en su habitación, que ella había decorado como un templo de amor posesivo, y ella se limitó a abrazarlo y contarle en susurros cuánto lo amaba, lo cual, a pesar de la intensidad, era sorprendentemente calmante para su espíritu.
Incluso Jeanne Alter cumplió su extraña «vigilancia», sentándose en silencio en un rincón de la habitación de Leonel mientras él leía, lanzándole miradas furtivas y corrigiendo su postura con gruñidos ocasionales.
Fue incómodo, pero también, de una manera retorcida, reconfortante saber que estaba allí.
Mash, por supuesto, era su constante, su ancla.
Paseaban por los corredores de Chaldea (despacio), veían películas en la sala común, y hablaban del futuro, de sus miedos y sus esperanzas, en conversaciones que eran el bálsamo más efectivo para su alma cansada.
Artoria Alter, por su parte, lo «acompañaba» a sus sesiones de fisioterapia mágica, observando los ejercicios con la atención de una general estudiando maniobras.
Y Mordred…
bueno, Mordred a veces se «perdía» y terminaba en la misma sala común, fingiendo indiferencia pero escuchando las risas y las conversaciones, poco a poco aceptando que este era el extraño, caótico y afectuoso mundo que su Maestro había construido a su alrededor.
Fue una semana de paz doméstica forzada, llena de celos menores, negociaciones tácitas y una sobrecarga de afecto que, contra todo pronóstico, comenzó a sanar no solo sus Circuitos, sino también las grietas más profundas dejadas por la derrota en Londres y la tensión constante.
El amor de sus Servants era un poder tan real y sanador como cualquier magia.
Pero en el fondo, siempre presente, estaba el susurro de Igor, el escozor en su labio de la mordida de Scáthach, y la sombra alargada de las amenazas por venir: Camelot, el Templo del Tiempo, y más allá, los mundos fenecidos y los apóstoles alienígenas.
Mientras Leonel se dejaba arrastrar de una cita de «reposo» a otra, riendo, sonrojándose y acumulando recuerdos cálidos, el tiempo seguía corriendo.
Las futuras catástrofes solo ganaban tiempo para manifestarse, esperando pacientemente a que el último Maestro de la humanidad terminara su breve descanso en este nido de amor, antes de arrojarlo de nuevo al fuego de la historia por escribir.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
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